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4 de noviembre de 2023

La Economía en diez preguntas simples

 

En el año 1938, Harry Scherman afirmaba que la tarea educativa para formar a la población en materia económica podría llevar incluso siglos. Años antes, Giner de los Ríos había defendido, en España, el valor de los conocimientos económicos para crear una opinión pública solvente e informada. Ni siquiera en un país como Reino Unido, cuna de algunos de los más grandes economistas de la historia y con una larga tradición de debate público sobre cuestiones económicas, puede decirse que se haya completado la tarea. Así lo entiende el Banco de Inglaterra, que ha puesto en marcha una amplia campaña de extensión de los conocimientos económicos, apoyada en un texto elaborado por dos de sus economistas, Rupal Patel y Jack Meaning: “Can’t we just print more money? Economics in ten simple questions”.

En algo más de 300 páginas, se proponen condensar el esquema del razonamiento económico, tomando como referencia diez preguntas que califican como “simples”. Preguntas que puede plantearse cualquier integrante del entramado económico y social del que formamos parte: ¿no podemos simplemente imprimir más dinero?, ¿de dónde provienen los alimentos y bebidas que tomamos en nuestro desayuno diario?, ¿puede la Economía resolver el problema del cambio climático?, ¿cómo podemos lograr un aumento salarial?, ¿por qué las generaciones actuales son más ricas que las de hace décadas?, ¿por qué muchas de nuestras prendas de vestir vienen de Asia?, ¿por qué no hay ya ciertas chocolatinas tradicionales a un precio de 10 céntimos?, ¿qué es realmente el dinero?, ¿por qué no guardamos nuestros ahorros debajo del colchón?, y ¿por qué nadie vio venir la gran crisis financiera de la pasada década?

Se trata de una buena selección de preguntas para, a partir de una adecuada ilustración, introducirse en el análisis económico, comprender hechos y comportamientos, adquirir una capacidad para estudiar diversas situaciones, y disponer de una opinión propia. Patel y Meaning (este apellido, a tenor de lo visto, no es, desde luego, un false friend) llevan a cabo un meritorio trabajo para expresar con claridad los fundamentos económicos, enlazándolos con situaciones reales, y sin sacrificar el rigor.

De esta suerte, quien realice ese “curso” acelerado de aprendizaje económico puede sacar gran provecho formativo. Pero enseguida comprobará que la función de producción que tiene ese objetivo como output precisa incorporar un input imprescindible, el esfuerzo del lector. La primera regla de la Economía es que no existe nada que sea un “almuerzo gratis”. Alcanzar el nivel cognitivo asociado a los contenidos del texto del Banco de Inglaterra exige, pues, no sólo el tiempo de lectura. Constatar y reconocer la complejidad de las relaciones económicas es también una lección primordial que hay que tener presente desde un principio.

En toda acción formativa con fines divulgativos, ha de buscarse un buen equilibrio entre la facilidad expositiva y el mantenimiento de la extensión, la profundidad y el rigor de los contenidos. Pero la dedicación requerida a los participantes en la acción no puede pasar desapercibida, y una cosa es segura, no va a ser nula.

El buen pedagogo debe esmerarse en transmitir la esencia del análisis económico. Más que una doctrina, un enfoque para aproximarse a la realidad, desprovisto, en una primera fase, de un envoltorio de expresiones algebraicas disuasorias. Antes de pasar al plano formal es necesario destilar el líquido denso y hallar su fórmula magistral. En todo el libro sólo hay una ecuación, que es, más bien, una sencilla definición.

En el prólogo, Andrew Bailey, gobernador del Banco de Inglaterra, efectúa una defensa de la educación financiera, y señala que incluso una comprensión relativamente teórica de la Economía puede ser útil, ya que: i) permite dar más sentido a las noticias; ii) puede ser un instrumento para ayudarnos a adoptar mejores decisiones; y iii) es una disciplina fascinante y entretenida que merece la pena aprender.

Un adolescente me planteaba, no hace mucho, una pregunta similar a la que da título al libro del Banco de Inglaterra: ¿por qué no podemos simplemente imprimir más billetes para poder hacer frente a todas las necesidades sociales? Es, sin duda, una buena pregunta para comenzar un apasionante viaje por el mundo de las ideas económicas. Sin embargo, puede haber preguntas simples de formular, pero no siempre también lo son a la hora de responderlas.

(Artículo publicado en el diario “Sur”)



24 de septiembre de 2023

El aprendizaje de la Economía: el conocimiento no admite atajos

 

Existe una cierta tendencia a la caricaturización del aprendizaje de la Economía. Desde quienes desdeñan que exista una necesidad de su conocimiento, hasta quienes consideran que su contenido puede plasmarse fácilmente en una historieta de tebeo, pasando por aquellos otros, con mayores estándares de exigencia, que sostienen que puede asimilarse en tres tardes, nos encontramos con un amplio espectro de posiciones negacionistas, relativizadoras, tranquilizadoras, escépticas, o sobradamente optimistas. Sin embargo, la enorme complejidad de los fenómenos económicos y la inabarcable dimensión de la multiplicidad de relaciones y decisiones económicas que se producen continuamente vienen a desafiar categóricamente tales percepciones.

El hecho de que una institución tan señera como el Banco de Inglaterra, el banco central de un país que ha dado a muchos de los más grandes e influyentes economistas de la historia, y que tiene una marcada tradición de debate social de las cuestiones económicas, haya emprendido una campaña de difusión de los conocimientos económicos de la población sirve como claro contrapunto.

La centenaria institución monetaria ha encomendado a dos jóvenes economistas integrantes de su staff la elaboración de un texto con la finalidad de transmitir a la población los fundamentos de la ciencia económica. Rupal Patel y Jack Meaning son quienes han asumido ese reto. Tal vez estimulados por la evocación asociada al capricho patronímico del apellido del segundo de éstos, lo cierto es que logran estar a su altura. Si se permite la licencia, sus explicaciones, ejemplos y argumentaciones son bastante meaningful.

En algo más de 300 páginas, tratan de condensar todo el saber económico, tomando como referencia diez preguntas que califican como “simples”: “Can’t just print more money? Economics in Ten Simple Questions”, Cornerstone Press, 2023. Preguntas que puede plantearse cualquier integrante del entramado económico y social del que formamos parte: ¿no podemos simplemente imprimir más dinero? -la que da título al libro-, ¿de dónde provienen los alimentos y bebidas que tomamos en nuestro desayuno diario?, ¿puede la Economía resolver el problema del cambio climático?, ¿cómo podemos lograr un aumento salarial?, ¿por qué las generaciones actuales son más ricas que las de hace décadas?, ¿por qué muchas de nuestras prendas de vestir vienen de Asia?, ¿por qué no guardamos nuestro dinero debajo del colchón?, ¿por qué nadie vio venir la gran crisis financiera de la pasada década?...

Patel y Meaning llevan a cabo un meritorio esfuerzo para expresar con claridad los fundamentos económicos, enlazándolos con situaciones reales, y sin perder rigor expositivo. De esta suerte, quien realice ese “curso” acelerado de aprendizaje económico puede, sin duda, sacar gran provecho formativo. Pero enseguida comprobará que la función de producción que tiene ese objetivo como output precisa incorporar un input imprescindible, el esfuerzo del lector. La primera regla de la Economía es que no existe nada que sea un “almuerzo gratis”, recuerdan al inicio los economistas del BoE. Alcanzar el nivel cognitivo asociado a los contenidos del texto del Banco de Inglaterra exige, pues, no sólo una dedicación de tiempo. Constatar y reconocer la complejidad de las relaciones económicas es también una lección primordial que hay que tener presente desde un principio.

El buen pedagogo debe esmerarse en transmitir la esencia del análisis económico. Más que una doctrina, un enfoque para aproximarse a la realidad, desprovisto, en una primera fase, de un envoltorio de expresiones algebraicas disuasorias. Antes de pasar al plano formal es necesario destilar el líquido y hallar su fórmula magistral.

En toda acción formativa con fines divulgativos, ha de buscarse un buen equilibrio entre la facilidad expositiva y el mantenimiento de la extensión, la profundidad y el rigor de los contenidos. La dedicación y el esfuerzo de los partícipes en la acción actúan como fuerza compensatoria. Quizás una útil rule of thumb sea ir con preocupación cuando estos últimos factores aparezcan colocados en alguno de los extremos.



14 de agosto de 2023

Los orígenes de la filosofía del mercado libre

 

La defensa de la doctrina del mercado libre, dentro del pensamiento económico moderno, suele asociarse a la figura de Adam Smith. Sin embargo, no se trata de una filosofía que surgió por generación espontánea en la última parte del siglo dieciocho, sino que, por el contrario, es fruto de un largo proceso de gestación intelectual. Jacob Soll, en “Free Market: the history of an idea” (Basic Books, 2022), ofrece un detallado y minucioso recorrido histórico de dicho proceso. En dicha obra encontramos una serie de hitos que suelen pasar desapercibidos, pero que, según el relato de este profesor en The University of Southern California, desempeñaron un papel importante.

Llama la atención la importancia atribuida a Cicerón, cuyo “ideal de Roma sería una fuente de inspiración para los pensadores del mercado libre en el siglo diecinueve”. Según Soll, “los historiadores no han visto a Cicerón como un elemento clave para comprender los orígenes del pensamiento económico moderno. Pero Cicerón fue el primero el proclamar que los valores y los sentimientos morales llevaron a que el mercado funcionara autónomamente para crear un equilibrio económico”.

A raíz de la obra de Soll, nos vemos impelidos a ampliar la nómina de los pensadores que han fundamentado la filosofía del mercado libre, dentro de la que Cicerón se sitúa en una posición muy elevada: “La visión económica de Cicerón… era que la amistad y la búsqueda del conocimiento propiciarían la armonía y la paz, protegían la propiedad, y producían una sociedad justa basada en el servicio político, el afecto, la bondad, y la liberalidad. Las buenas virtudes morales, en otras palabras, conducían un mercado saludable, permitiendo que las personas éticas realizaran intercambios en confianza. La confianza era un mecanismo que liberaba el intercambio”.

A su conocida imagen como estandarte de la denuncia pública de las prácticas corruptas de una república en desintegración se une esta otra faceta, menos conocida, como precursor del ideario del mercado libre.



12 de agosto de 2023

El campo expandido de la Economía: la acción humana

 

Cuál debe ser el campo de estudio de la Economía sigue siendo una cuestión controvertida, especialmente desde que, a raíz de la gran crisis financiera internacional, se desatara un profundo e intenso proceso de revisión metodológica. A la búsqueda de una definición idónea de Economía, suelen yuxtaponerse las planteadas por las principales figuras del pensamiento económico. El elenco de definiciones que se acumulan, con énfasis a menudo bastante diferentes, es buena prueba de que la tarea no debe de ser demasiado sencilla.

Dentro de la corriente principal, a pesar de la relevancia intelectual y doctrinal alcanzada en su momento, no tienen un gran protagonismo los planteamientos de Ludwig von Mises. La recuperación de la perspectiva humana es uno de los rasgos de las tendencias recientes, pero ya en “Human Action. A Treatise on Economics”, obra publicada en 1949, von Mises hacía hincapié en que “el campo de nuestra ciencia es la acción humana”, aunque “no los eventos psicológicos que resultan en una acción”.

A la hora de reflexionar sobre la reconfiguración de la ciencia económica, es instructivo retomar los tratados de los pensadores más representativos de distintas corrientes. “Ningún tratamiento adecuado de los problemas económicos puede evitar partir de los actos de elección: la Economía llega ser parte, aunque la mejor elaborada hasta ahora, de una ciencia más universal, la praxeología”, señala el economista austríaco en la introducción de la obra citada. Todo un reto, de entrada, para quienes propugnan recuperar el carácter social de la Economía.



26 de abril de 2023

Economía con rostro de Mona Lisa

Las percepciones cotidianas sobre la situación y el rumbo de la economía parecen instaladas en una suerte de montaña rusa. Ora da la impresión de que nos vemos abocados al precipicio, ora percibimos mercados en ebullición, primero asalta el temor a un desempleo desatado, después vemos que no se encuentran suficientes personas con perfiles profesionales especializados, pero tampoco de otros carentes de grandes requerimientos, un día las cotizaciones bursátiles amenazan con desplomarse, otro se desata la euforia inversora, al amanecer se anuncia el ocaso de las criptomonedas, pero antes de llegar el anochecer sus cifras se reponen y se expanden, lo mismo, de una u otra forma, acá y allá.

La economía postpandémica es como la Mona Lisa, asevera The Economist. El rostro de la economía es tan ambiguo, equívoco y esquivo como el de la protagonista de tan admirada obra: “A primera vista… parece que sonríe. La miras de nuevo y su sonrisa se desvanece. Cuando reaparece, es una clase de sonrisa diferente. Leonardo da Vinci logró ese efecto ambiguo con el uso del esfumado… No importa cuántas veces la contemples, no estás seguro de lo que está ocurriendo”.

Aunque no puede decirse que la conclusión constituya una novedad -al menos como expresión conocida en los informes económicos de los organismos internacionales- es a la que llega el semanario británico: “la realización de previsiones raramente ha sido más difícil”. La multiplicación de la palabra “incertidumbre” en tales informes es un claro indicio. No obstante, en su día Umberto Eco venía a decir aquello de que “hubo un tiempo en el que tenía muchas dudas; ahora no estoy tan seguro…”.

Un repaso de cómo evolucionan algunos indicadores económicos, un tanto caprichosamente, lleva a sostener que, simplemente, el mundo ha podido volverse más volátil. Asimismo, se menciona la influencia de algunos cambios más profundos. El primero está relacionado con las disrupciones causadas por la Covid-19. El segundo, con la disminución del tamaño muestral de los colectivos de personas que aceptan participar en las encuestas oficiales. La caída en las tasas de respuesta ha podido elevar la volatilidad de los datos, además de estar originando sesgos: “Las personas que han dejado de responder en las encuestas parecen ser menos prósperas que las que continúan haciéndolo, lo que lleva a inflar engañosamente la renta”. Así, no es descartable que “la economía global permanezca esfumada durante algún tiempo”. No sólo es difícil predecir (“sobre todo el futuro”, ya se sabe), sino incluso saber lo que está ocurriendo. 



16 de abril de 2023

La vigencia de la Escuela de Salamanca, cinco siglos después

 

Ante un cúmulo de convulsiones económicas que se suceden sin solución de continuidad, el pensamiento económico se ve sometido a un desafío permanente, y las medidas de política económica convencionales quedan completamente desarboladas. Pero también en otras épocas ha habido grandes retos de ese tenor derivados de transformaciones extraordinarias. Así ocurría en la España del siglo XVI, en la que germinó la Escuela de Salamanca. Evocar su perspectiva metodológica y rememorar sus aportaciones doctrinales puede tener efectos reparadores y clarificadores en el confuso panorama en el que nos encontramos inmersos. Al hacerlo, no podemos dejar de asombrarnos del impresionante legado intelectual que nos dejaron los doctores escolásticos, como Francisco de Vitoria, Domingo de Soto, Martín de Azpilcueta, Cristóbal de Villalón, Luis de Alcalá, Luis Saravia, Juan de Medina, o Tomás de Mercado.

Soslayadas durante mucho tiempo, las aportaciones de la Escuela salmantina alcanzaron mayor reconocimiento dentro de la comunidad académica gracias a los trabajos de la historiadora británica Marjorie Grice-Hutchinson, afincada en Málaga y Doctora honoris causa por su Universidad. En su magna obra “Historia del análisis económico”, Schumpeter no dudó en atribuir a dicho grupo la consideración de fundador de la economía científica. Y ello a pesar de que el planteamiento de los escolásticos -en su mayoría, frailes pertenecientes a órdenes mendicantes- tenía unas raíces y una finalidad morales. Su intención era armonizar la fe y la razón. Para ellos, no era posible encontrar una solución acertada de los problemas únicamente a partir de principios generales. Consideraban necesario descender al estudio y al análisis minucioso de las circunstancias que definen cada caso concreto. La compraventa de bienes y el dinero, al igual que la institución de la propiedad privada, eran elementos necesarios para facilitar la vida en sociedad, y será en función de esa finalidad cómo los doctores escolásticos valoren su moralidad.

Esa mentalidad abierta, complementada con un espíritu crítico y con la libertad necesaria para ejercerlo, permitió desplegar una impresionante agenda investigadora, que no deja de causar admiración. Una lista, incluso no exhaustiva, de sus contribuciones permite constatar lo anterior:

i.Desempeño de un papel decisivo para construir las bases del Derecho de gentes, origen del moderno Derecho internacional.

ii.Justificación del cobro de un interés en los préstamos como una especie de prima de riesgo, y por la consideración del factor tiempo (preferencia temporal).

iii.Noción de “precio justo” como aquel que resulta de la interacción de la oferta y la demanda, sin interferencias, fraudes, engaños, ni monopolios.

iv.Desarrollo de una teoría del valor subjetivo basado en la utilidad: el valor de una cosa no depende de su naturaleza objetiva, sino de la estimación subjetiva de las personas.

v.Esbozo de la teoría cuantitativa del dinero, según la cual el nivel de precios depende de la cantidad de dinero en circulación. Así, la inflación (la “revolución de los precios”) podía no deberse a la especulación de los mercaderes, sino al aumento de la cantidad de dinero en circulación (entrada de oro y plata procedentes de América).

vi.Identificación de la teoría de la paridad del poder adquisitivo: los vaivenes del mercado de divisas pueden estar relacionados con los cambios en los niveles de precios en los mercados interiores de los países cuyas divisas se intercambian.

vii.Delimitación de las tres funciones de dinero: medio de pago, unidad de cuenta y depósito de valor. Para su cumplimiento, debía tener un valor fijo. La adulteración de la moneda da lugar a un tributo ilegítimo.

viii.Explicación embrionaria de la creación de dinero por la banca, y de las burbujas crediticias, preparatoria de la teoría austriaca del ciclo económico.

ix.Anticipo de la idea moderna de responsabilidad social empresarial, al calificar la actividad comercial como deshonesta por sí misma, si se dirige exclusivamente al logro de la ganancia. Para ser lícita, además del sustento del comerciante, debe encaminarse a la satisfacción de necesidades sociales.

x.Defensa de principios generales de la imposición: los impuestos deben establecerse por una autoridad suprema por causa justa (bien común), con el consentimiento del pueblo (las Cortes), y de forma proporcionada.

Cinco siglos después de su florecimiento, las aportaciones de la Escuela de Salamanca, merecedoras del mayor reconocimiento por su papel en la conformación de la doctrina económica, siguen siendo una valiosa fuente de inspiración para abordar los problemas económicos. No sólo por su sabio contenido, sino también por su enfoque metodológico, basado en el criticismo científico y académico, bajo el estandarte supremo de la libertad de pensamiento.

(Artículo publicado en el diario “Sur”)




26 de marzo de 2023

Nuevos paradigmas económicos

 

Con la llegada de la gran crisis financiera internacional iniciada en 2007 no sólo se vio socavado el conjunto de la actividad económica, también se vieron sacudidos los cimientos de la Economía como ciencia. A las críticas y el escepticismo tradicionales generalizados hacia la Economía -en ocasiones basados en tópicos recurrentes- vino a añadirse el desaliento dentro de la profesión y el desencanto entre los estudiantes universitarios. La ciencia económica, según la tesis dominante, no había estado a la altura. Se estimaba necesario reparar la maquinaria que sustentaba el análisis económico. En un alarde de autosuficiencia, bajo el amparo de un supuesto imperialismo de la Economía frente a las otras ciencias sociales, los economistas se dedicaban a elaborar modelos cada vez más complejos, pero no por ello más representativos de la realidad que se pretendía explicar. Llamativa es, singularmente, la ausencia de los canales financieros en algunos de los enfoques adoptados.

Fueron diversas las iniciativas puestas en marcha para enmendar el rumbo, a fin de robustecer el aparato metodológico para abordar los grandes problemas sociales. La incorporación de las perspectivas aportadas por otras ciencias sociales, como la Psicología, la Sociología, la Antropología, o el Derecho, aparecía como una opción inexcusable.

No obstante, no faltan prestigiosos economistas que rechazan la idea de que el conocimiento económico haya podido ser irrelevante. En opinión de Tim Harford, el problema deriva más bien de que algunas personas no han sabido cuándo aplicarlo ni cómo adaptarlo a la realidad. Y casi es inevitable recordar la tajante taxonomía de los economistas establecida por un famoso Premio Nobel, para quien, en el fondo, sólo hay dos categorías de aquellos: los que saben y los que no saben.

Como ha señalado la OCDE, el mundo afronta profundos desafíos económicos, ambientales y sociales, pero muchas de las políticas aplicadas en las últimas décadas ya no tienen la capacidad de mejorar la situación económica y social en la forma que se esperaba. Cuatro tendencias se combinan para hacer que la necesidad de una respuesta eficaz sea más imperiosa: el deterioro medioambiental, el vertiginoso cambio tecnológico, los nuevos patrones de globalización, y el cambio demográfico.

Según la iniciativa “Nuevos Enfoques a los Desafíos Económicos” (NAEC, por sus siglas en inglés), se requiere una revisión de muchos de los enfoques dominantes por los que se han venido rigiendo las políticas económicas en los países de la OCDE en las cuatro últimas décadas. Dicha revisión debería comprender, entre otros, los siguientes elementos: i) una nueva concepción del progreso económico y social, con un mejor entendimiento de la relación entre crecimiento, bienestar humano, disminución de las desigualdades económicas, y sostenibilidad medioambiental; ii) nuevos marcos de teoría y de análisis, con una mejor comprensión del funcionamiento del sistema económico; iii) nuevos enfoques de la política económica, complementados con una serie de reformas institucionales, y orientados a los nuevos objetivos económicos y sociales.

Para los impulsores de la referida iniciativa, cuatro deben ser los objetivos prioritarios: la sostenibilidad medioambiental, la elevación del bienestar personal, la reducción de la desigualdad, y la resiliencia del sistema económico.

A la hora de concebir las medidas para hacer frente a los distintos retos planteados, no puede obviarse que muchos de los problemas tienen un carácter sistémico. Y, como ha destacado Gabriela Ramos, una de las responsables de la NAEC, la experiencia demuestra que no podemos gestionar los problemas complejos y conectados mediante intervenciones ad hoc parceladas, basadas en la tradición científica del “reduccionismo” ligado a una estricta especialización. El “pensamiento sistémico” ofrece una serie de ventajas en los ámbitos del análisis de la situación, el diseño de actuaciones, y la ejecución de las medidas.

Lo que también parece claro es que no todo el mundo es consciente de la complejidad del sistema económico, que algunas escuelas han pretendido abordar queriendo emular a los físicos. Una frase atribuida a Murray Gell-Mann, Premio Nobel de Física por sus descubrimientos sobre partículas elementales, resulta bastante más clarificadora que muchos textos especulativos: “Imagina lo difícil que sería la Física si los electrones pudieran pensar”.

(Artículo publicado en el diario “Sur”)



6 de noviembre de 2022

Escuela Austríaca de Economía, ¿o Escuela Española de Economía?

 

El retraso con el que los estudios universitarios de Economía lograron asentarse en España es sobradamente conocido. En el recinto de la Facultad de Económicas de Málaga, la memorable sentencia de Keynes con motivo de su visita a España nos lo recuerda de alguna manera. Pero en modo alguno eso significa que mucho antes de la consagración de los estudios universitarios el pensamiento económico hubiese estado huérfano de relevantes aportaciones hispanas. Especialmente gracias al “descubrimiento” de Marjorie Grice-Hutchinson, los maestros de la Escuela de Salamanca ocupan hoy un elevado pedestal en la configuración de las doctrinas económicas. Algunas de sus aportaciones siguen, cinco siglos después, causando admiración por su perspicacia, solidez y creatividad. En buena medida, la influyente Escuela Austríaca de Economía, surgida en las postrimerías del siglo XIX, bebe de sus fuentes. Tanto es así, según algunas interpretaciones, que el profesor Jesús Huerta de Soto, considerado un representante actual de dicha corriente, está “empeñado en rebautizar, para que no se conozca más con el nombre de escuela austríaca, sino que se conozca con el nombre de ‘Escuela Española’, porque es el verdadero nombre que le corresponde en atención a quienes son sus iniciadores”.

Así lo afirma en un ensayo en el que vierte jugosas manifestaciones y donde, por cierto, no sale demasiado bien parado el venerado Adam Smith[1].



[1] “El obispo Diego de Covarrubias, los escolásticos españoles y la Escuela Austriaca de Economía”, en León M. Gómez Rivas (coord.), “Don Diego de Covarrubias. Un defensor de la libertad política y económica en la Escuela de Salamanca”, Unión Editorial, Centro Diego de Covarrubias, 2022.


5 de noviembre de 2022

El problema de la enseñanza de la Economía: ¿atrapados en el tiempo?

 

“El hecho de que haya una amplia divergencia entre muchas de las conclusiones prácticas de la ciencia económica, tal y como se han establecido por sus exponentes profesionales, y el pensamiento del público en general, como se refleja en las discusiones actuales y en la legislación, es algo familiar para todo el mundo… La visión actual de las cuestiones en liza entre las partes contendientes es que los prominentes economistas del pasado… construyeron una ciencia abstracta que el pensamiento y la experiencia recientes han demostrado que es inaplicable al estado actual de la sociedad industrial.

Tales autores estaban tan ansiosos por hacer de sus conclusiones los únicos principios directores de la legislación económica, que ignoraron las dificultades derivadas de las complejas condiciones del organismo social que existe en la actualidad. Su sistema ha sido, sin embargo, enseñado y llevado a efecto con tal persistencia que el resultado es una rebelión que amenaza ahora con hacer zozobrar la estructura completa de la ciencia económica. Desde este punto de vista, la divergencia se da entre un sistema coherente pero un tanto anticuado, en su mayor parte perteneciente al pasado, y un cuerpo de nuevas ideas introducidas por una generación más joven de pensadores”.

Argumentaciones como la transcrita han sido y son moneda común en los últimos tiempos, dentro de una gran corriente de crítica y revisión de los postulados económicos. Podemos encontrar proposiciones similares en revistas académicas actuales.

La larga cita procede de un número del Quarterly Journal of Economics, pero se da la circunstancia de que no es de ayer, sino que acumula casi 130 años, desde que Simon Newcomb publicara, en el año 1893, su conocido artículo titulado “The Problem of Economic Education”. No puede decirse que Newcomb eligiera un tema llamado a quedar pronto desfasado.



10 de septiembre de 2022

La teoría de los sentimientos morales: el lado menos conocido de A. Smith

 

Especialmente desde el desencadenamiento de la gran crisis económica y financiera internacional, en la segunda mitad de la primera década del presente siglo, vienen oyéndose cada vez más voces que reclaman la reconversión de la ciencia económica, de manera que incorpore ciertas perspectivas comúnmente ignoradas en el análisis económico convencional. Partículas énfasis se pone en el componente ético y moral, a cuya ausencia se imputa en gran medida la combustión de una crisis cuyo origen no acababa de comprenderse. ¿Qué opinaría de ese tipo de prescripciones alguien tan significado como Adam Smith, cuya imagen se asocia al egoísmo imperante en una economía capitalista de mercado?

La faceta del padre de la Economía moderna como filósofo y moralista es menos conocida, eclipsada históricamente por la fuerza arrebatadora que emana de la colosal “Riqueza de las naciones”. Sin embargo, más de un cuarto de siglo antes de la aparición de esta obra cumbre Smith publicó “La teoría de los sentimientos morales”, cuya lectura nos descubre aspectos inusitados de quien avanzó la explicación de lo que, mucho después, se formalizaría como primer teorema fundamental de la Economía del bienestar.

“Por más egoísta que se pueda suponer al hombre, existen evidentemente en su naturaleza algunos principios que le hacen interesarse por la suerte de otros, y hacen que la felicidad de éstos le resulte necesaria, aunque no derive de ella nada más que el placer de contemplarla. Tal es el caso de la lástima o la compasión, la emoción que sentimos ante la desgracia ajena cuando la vemos o nos la hacen concebir de forma muy vívida”. De esta forma arranca “La teoría de los sentimientos morales”, contribución de primer orden, de consulta ineludible ante cualquier proceso de reconstrucción de la Economía.



12 de julio de 2022

La revisión del análisis económico: el planteamiento de Diane Coyle

Hay dos cuestiones centrales que motivan la reflexión metodológica en el ámbito económico realizada por Diane Coyle[1]: i) ¿puede una ciencia social aspirar a la objetividad cuando sus practicantes son parte de la sociedad?; ii) ¿cómo debe cambiar el análisis económico ante la forma en que está cambiando la economía, particularmente a causa de la digitalización?

Después de un recorrido por un conjunto de cuestiones seleccionadas, en el que parte de criticar el negativo “dominio masculino” en la Economía, sostiene la tesis de que ésta debe cambiar para continuar haciendo tantas contribuciones como sea posible a la política económica, y sirviendo a los ciudadanos. En su opinión, “los economistas son influyentes en el gobierno (y en las empresas), pero aún no son capaces de abordar de forma práctica algunos de los importantes desafíos planteados por la transformación de la economía moderna”.

Entre otros, pone de relieve los siguientes planteamientos:

a.      La necesidad de que los economistas tengan más en cuenta la forma en la que sus propias acciones cambian la economía.

b.      La aceptación de que lo que “es” y lo que “debería ser” no pueden separarse en última instancia. Aunque debemos pretender ser siempre imparciales y basarnos en la evidencia, no puede ignorarse que los economistas son en sí mismos agentes poderosos.

c.      La exigencia de prestar más atención al significado de bienestar.

d.      El requerimiento de ensamblar los bloques disponibles en la investigación económica existente en un marco de referencia apropiado para la economía digital, y ofrecer apropiados instrumentos de política económica dentro de ese marco.

Finalmente, se declara convencida de que se requiere un cambio de paradigma de la corriente principal y, asimismo, de que éste emergerá. Apunta hacia los eventos como razones principales, en la medida en que las tecnologías digitales han cambiado de forma fundamental y permanente las estructuras tanto en el consumo como en la producción.





[1] “Cogs and monsters. What economics is, and what it should be”, Princeton University Press, 2021. 

28 de enero de 2022

¿Hacia la convergencia del pensamiento económico?

A pesar de los espectaculares desarrollos de la teoría económica, lo cierto es que las discrepancias entre los economistas, a la hora de explicar los fenómenos económicos y de propugnar medidas para afrontar los problemas sociales, son extraordinarias, en algunos casos abismales. Tanto es así que a veces cuesta trabajo asimilar que determinadas proposiciones, por su antagonismo absoluto y manifiesto, puedan provenir del mismo campo del conocimiento. A lo anterior viene a añadirse la extendida tendencia a confundir la utilización del pensamiento económico, supuestamente basado en una estructura de construcción científica, con la emisión de meras apreciaciones o valoraciones personales carentes de respaldo académico.

En el ámbito de la influyente American Economic Association (AEA) se vienen realizando encuestas entre miembros de dicha asociación a fin de estudiar cómo evoluciona el grado de coincidencia o de discrepancia acerca de un conjunto de proposiciones económicas. El último cuestionario, realizado en 2020, cubre un total de 46 proposiciones[1].

En el trabajo se compara cómo ha evolucionado la posición de los economistas a lo largo de cuatro décadas. El principal resultado obtenido es un aumento del grado de coincidencia sobre numerosas proposiciones económicas, especialmente las referentes al papel de la política fiscal en macroeconomía y las cuestiones relativas a la distribución de la renta. Los autores del estudio señalan que “los economistas asumen ahora el papel de la política fiscal de una forma que no era obvia en anteriores estudios y son en gran medida partidarios de políticas gubernamentales que mitiguen la desigualdad de la renta. Otra área de consenso es la preocupación por el cambio climático y el uso de instrumentos adecuados de política económica para abordarlo”.

Como se aprecia en el gráfico adjunto, el porcentaje de proposiciones en las que coinciden apreciablemente los economistas ha aumentado significativamente: de menos de un 10% del total en 1990, a un tercio en 2020.

Pese a todo, como ha señalado The Economist, “la ciencia lúgubre no ha pasado a ser, sin embargo, enteramente armoniosa… Bastante espacio, aún, para un debate saludable”[2]. Las 46 proposiciones económicas incluidas en el estudio de la AEA son de gran interés. Para contestarlas no hace falta ser economistas. También éstos, como cualquier persona, pueden dar respuestas basadas en juicios de valor, y condicionadas por el estado de las corrientes generales de opinión dominantes.



[1] D. Geide-Stevenson y A. La Parra, “Consensus among economists 2020 – A sharpening of the picture”, AEA, diciembre 2021.

[2] “The new consensus. Economists are agreeing with each other more”, 22-1-2022.


                             Fuente: Mural de la Facultad de Económicas de Málaga.





23 de agosto de 2021

Los cuatro pilares del conocimiento económico

 

La edición de la obra “The four pillars of economic understanding”, escrita por Peter J. Boettke, profesor de Economía y Filosofía de la George Mason University, es bastante penosa[1]. Lo es en cuanto a maquetación, diseño y aspectos formales, como el abundante número de citas que no aparecen en la sección bibliográfica. Deja también bastante que desear respecto a la sistematización de los contenidos.

Sin embargo, todo ello no le resta interés como aportación al enfoque metodológico de la docencia de la Economía, ni como síntesis de las contribuciones de relevantes figuras del pensamiento económico que han quedado soslayadas ante el curso tomado por las corrientes dominantes en dicho campo.

El autor lleva a cabo una apasionada defensa del liberalismo económico, fundamentada en señaladas aportaciones doctrinales y en la experiencia histórica de países que se han regido por diversos modelos económicos y políticos. Y lo hace tomando como referencia los que considera son los cuatro pilares de la educación económica: verdad y luz; belleza y asombro; esperanza; y compasión:

Verdad y luz: La Economía comienza con un reconocimiento de la escasez, lo que obliga a tener que realizar continuamente elecciones. Según Boettke, “el aprendizaje de la Economía es, en considerable medida, el aprendizaje de todas las implicaciones de la escasez, y así la persistente y consistente aplicación del razonamiento del coste de oportunidad a todos los asuntos humanos… La Economía aporta luz y verdad a la oscuridad, y penetra la niebla para dar sentido a todos los empeños humanos…”.

Belleza y asombro: Pensemos simplemente en todos los bienes y servicios que tenemos a nuestro alcance, sin que respondan a un sistema reglado de distribución de funciones. Recuerda Boettke que Hayek utilizaba la palabra “maravilla” para “sacudir a sus colegas profesionales de la complacencia sobre la belleza y el asombro de la compleja coordinación de una economía de libre mercado”[2].

Esperanza: “La Economía nos enseña la esperanza en la mejora de la mejora de la condición humana”, cómo, a través de la expansión del comercio, los refinamientos en la división del trabajo, las innovaciones tecnológicas, y la adopción de reglas del juego económico que promueven estos desarrollos, la humanidad ha logrado escapar de su destino malthusiano y, con ello, miles de millones de personas han podido mejorar sus condiciones de vida.

Compasión: Por último, Boettke considera que “la enseñanza de la Economía debe subrayar cómo el progreso económico no resulta en ganancias sólo para los ricos, sino que también mejora a los menos favorecidos de su anterior situación precaria a través del avance material”.

En definitiva, la obra comentada constituye una valiosa referencia para todas aquellas personas interesadas en promover la enseñanza del conocimiento económico a partir de una base consistente, pegada a la realidad cotidiana, con una mente abierta y libre de prejuicios y dogmas. Las teorías juegan un papel muy importante, pero deben pasar un filtro ineludible, el de los hechos. Si una teoría se muestra incapaz de explicar la realidad, lo que procede, en primera instancia, es reconsiderar su validez, no la de los hechos objetivos.

“La Economía como instrumento de crítica social… es un método racional para valorar políticas alternativas e incluso sistemas económicos. La estricta adhesión a la libertad como valor en el análisis implica que el economista toma los fines del proponente como dados, y limita su análisis crítico a la efectividad del medio elegido por el proponente para el logro de los fines declarados por éste para la política o el sistema”, proclama Boettke, poniendo de relieve, implícitamente, el papel del enfoque normativo de la Economía.





[1] American Institute for Economic Research, 2020.

[2] Hace algún tiempo, el filósofo Ernesto Villanueva me expresaba cómo le maravillaba pensar todo lo que era necesario para que él pudiera tener un lápiz encima de su mesa. Creía que era un verdadero milagro. Yo, también. Le comenté que, hace más de medio siglo, Leonard Read había escrito un texto justamente sobre todas las actividades necesarias para producir un lápiz (“I, pencil”). Le dije que trataría de escribir una nota al respecto, que sigue pendiente.

1 de septiembre de 2019

El viraje lingüístico de los textos anglosajones de Economía: ¿economía o deseconomía?

Hace diez años, en agosto de 2009, publiqué en el diario “La Opinión de Málaga” un artículo con el título “El fin de la economía del lenguaje”. Desde luego, no se necesitaban muchas dotes de oráculo (¿se podría decir “orácula”?, ¿debería utilizarse también “economisto”?) para pronosticar esa tendencia. Allí mismo reflexionaba, con un ejemplo ilustrativo, sobre cómo debería reescribirse “El Quijote” para que pudiera ajustarse a los nuevos cánones.

También hacía alusión a la práctica tradicionalmente seguida en los manuales anglosajones de Economía, particularmente del otro lado del Atlántico. En aquéllos, tras hacer alusión a alguna persona innominadamente solía aparecer luego la referencia “he or she”, o, si procedía, “his or her”. Se incurría así en una cierta pérdida de economía, bastante tolerable a efectos cuantitativos. Otra práctica, que personalmente he seguido en distintos textos, sobre todo de ejercicios, era identificar previamente a la persona por su nombre o por sus iniciales, despejando así, en adelante, cualquier duda sobre su sexo y evitando todo coste en términos de economía lingüística.

A título de ejemplo, en un manual tan significado y relevante como “Public finance in theory and practice”, de Richard A. Musgrave y Peggy B. Musgrave, en su cuarta edición, del año 1984, encontramos la siguiente frase (pág. 483): “Society may wish to limit a person’s right to dispose of his or her property at death”.

Por lo que concierne a ese tipo de textos, un tanto curiosamente, se ha buscado una fórmula, a lo que se ve bastante ingeniosa, para acabar con esa dualidad expresiva, avanzando de esa manera hacia una mayor eficiencia gramatical. Así, algunos autores (y algunas autoras) optan, como últimamente en la revista “The Economist”, por la alternancia: una veces la persona es “he” y otras, “she”.

Otros (y otras) han adoptado una postura más radical y determinante, en el sentido de que prevalece inequívocamente el “she”. Esa tendencia llega en algunas obras al paroxismo, como ocurre en “Radical markets. Uprooting capitalism and democracy for a just society”, de Eric A. Posner y E. Glen Weyl (2018). A título de ejemplo de lo que puede encontrarse el lector (y la lectora) del libro en su versión original: “The scheme works best when the shares owned by each partner exactly equal the chance she is the best eventual owner for the company” (pág. 53). La solución que adoptan es verdaderamente radical, por eso llama la atención -sin que encontremos indicio alguna ante el enigma- que únicamente en un párrafo se quiebre la regla aplicada: “… between votes for a favored candidate and votes against his o her opponents” (pág. 119). 

No, no se percibe, prima facie, ninguna pista de esa desviación. ¿Podría ser, tal vez, algún señuelo para buscar la socorrida explicación: “es simplemente la excepción que confirma la regla”? Sin embargo, esta excepción, como cualquier otra, no viene a confirmar sino a desafiar la regla, por lo que quedamos sumidos en la duda.

16 de agosto de 2019

La lotería del tiempo de los deportistas de élite

En algunas entradas de este blog nos hemos planteado diversos interrogantes acerca de la legitimidad de las retribuciones de los deportistas y otros profesionales de élite, y de la carga impositiva adecuada sobre las mismas. En su obra “Termites of the state. Why complexity leads to inequality” (Cambridge University Press, 2018), de la que próximamente aparecerá una reseña en la revista “e-pública, revista electrónica sobre la enseñanza de la economía pública”, Vito Tanzi ofrece una perspectiva llena de interés.

El prestigioso economista italiano lleva a cabo un análisis de los factores explicativos del éxito alcanzado por algunas empresas e individuos en la actualidad y, a raíz del mismo, de los elevados niveles de renta y de riqueza asociados. Uno de esos factores concierne a la disponibilidad de las tecnologías de la comunicación, que posibilitan la venta o la distribución de servicios a millones de personas alrededor del mundo. En su opinión, no todos los nuevos productos o servicios que se benefician de la protección ofrecida al capital intelectual tienen una base científica o intelectual. Tal es el caso, entre otros, de los deportistas de élite.

Para ilustrar su argumentación aborda la situación del tenista Novac Djokovic, de origen serbio, pero que opera a escala mundial. Tanzi señala que si Nole hubiese nacido un siglo antes (¡en 1887!, por lo que habría sido casi coetáneo de J. M. Keynes, nacido en 1883), y hubiese sido un jugador de tenis igualmente tan bueno, “su renta habría estado limitada por la renta media de su país y por el número de espectadores de pago que pudieran ser acomodados y estuviesen dispuestos a comprar una entrada para verlo jugar en las pistas de tenis de su país”. Ya sabemos las ventajas que conlleva la globalización desde el punto de vista de la difusión de los espectáculos deportivos, y los sustanciosos beneficios cosechados por los protagonistas más exitosos.

Tanzi argumenta que el incremento de la renta logrado por Djokovic no han requerido de un esfuerzo extra por su parte, por lo que sus ingresos revisten la característica de ser, en gran medida, una renta económica pura. En suma, arguye que la capacidad y el esfuerzo de los deportistas no ha tenido que cambiar apreciablemente para lograr unas rentas tan elevadas: “Las estrellas simplemente tuvieron la suerte de haber encontrado una política y un entorno tecnológico que les ha permitido multiplicar enormemente sus emolumentos. La lotería del nacimiento no ha hecho sino proveerlos de talento, pero la lotería del tiempo ha actuado muchísimo en su favor, al haberlos hecho nacer en un período en el que sus actuaciones podían atraer a muchos más espectadores y más valor, y cuando podían ser protegidos por los derechos de propiedad”.

17 de abril de 2018

Acerca del negacionismo económico

Aunque pueda ser algo exagerado afirmar que la Economía como ciencia está aún en su infancia, no lo es tanto afirmar que se mantiene en la bisoñez, especialmente cuando se compara con ciencias milenarias. Además, la crisis de 2007-2008 ha tenido un impacto involucionista, en la medida en que ha obligado a revisar esquemas establecidos y a desandar parte del camino a fin de poder reemprender la marcha sobre bases más sólidas. Los ataques a la ciencia económica han provenido de fuera, desde todos los puntos cardinales, pero también de las filas de los propios economistas.

A diferencia de lo que ocurre con otras disciplinas científicas, en las que las recomendaciones sobre las pautas de actuación suelen quedar circunscritas a los especialistas respectivos, el campo económico queda abierto a las exhortaciones de cualquier persona sin que se considere necesario exhibir ningún aval profesional.

Quizás lo anterior no resulte demasiado extraño teniendo en cuenta el cisma existente dentro de la profesión económica, que podría resumirse en la polarización entre los “ortodoxos” y los “heterodoxos”. Los primeros pueden ser más influyentes en los círculos académicos; los segundos, en la formación de la opinión pública. Dentro de ésta, tiende a prevalecer la idea de que la Economía no es una disciplina científica. Por sus connotaciones sociales, existe la creencia de que no es posible construir proposiciones científicas ni alcanzar un consenso académico.

Este punto de vista no es compartido por Pierre Cahuc y André Zylberberg, quienes sostienen que no es el objeto de estudio lo que nos permite saber si una disciplina es científica o no, sino el método empleado para validar los resultados, lo que diferencia el saber científico de las demás formas de conocimiento. Especialmente en la época de los “big data”, la Economía se ha convertido en una ciencia experimental en la que es posible establecer relaciones de causa y efecto. Relaciones de carácter estadístico, desprovistas de condicionamientos ideológicos, como las que son frecuentes en la ciencia de la Medicina. De esta manera han podido proveerse conocimientos sobre una amplia variedad de asuntos que, en numerosas ocasiones, chocan frontalmente con las creencias o los intereses de agentes concretos.

Según los citados economistas franceses, autores del libro “El negacionismo económico”, la Economía es la disciplina que se enfrenta al negacionismo más virulento. El conocimiento económico genera verdades incómodas que, como en otros campos bien conocidos (cambio climático y efectos del tabaco, entre otros), pueden ser objeto de actitudes descalificatorias motivadas por el interés personal o la ideología.

Como preámbulo, Cahuc y Zylberberg nos recuerdan la sobrecogedora experiencia vivida en la Unión Soviética en la larga fase de dominio del lysenkoísmo, doctrina que negaba la influencia de la genética y que contó con el apoyo de renombrados intelectuales extranjeros. Ciencia proletaria frente a ciencia burguesa, capitalista o reaccionaria. Bajo otros ropajes, según los autores del libro reseñado, esa visión distorsionada sigue presente, particularmente en el terreno de la Economía. Los que se consideran economistas “heterodoxos”, entre los que destacan algunos conocidos colectivos, vendrían a desempeñar ese papel etiquetador, según la tesis expuesta en la referida obra.

Dentro del paraguas del enfoque metodológico que propugnan, sus autores efectúan un recorrido en el que examinan diversos temas a la de luz de las evidencias empíricas acumuladas: efectos del salario mínimo sobre el empleo, consecuencias de las restricciones a la competencia empresarial, eficacia de las políticas keynesianas, impacto de la reducción de la jornada laboral sobre el nivel general de la ocupación, evaluación del sector público como intermediario financiero, y análisis de las repercusiones de las medidas impositivas.

Cahuc y Zylberberg reivindican el carácter científico de la Economía. Para saber cuál es la mejor manera de curar el cáncer, es preferible fiarse de los investigadores médicos, y no de los curanderos, por lo que recomiendan que esa directriz de recurrir a los investigadores cualificados sea también seguida como mejor opción para obtener una opinión informada sobre temas que no conocemos. Sin embargo, son numerosas las personas ajenas a la Economía que se consideran autorizadas para pontificar sobre los asuntos económicos.

“Querer cambiar la sociedad sin tener en cuenta los conocimientos producidos por el método científico es dejarse arrastrar por el negacionismo”, lo que provoca una “ceguera (que) hace que gran parte de las élites francesas vivan en una forma de pensamiento económico que tiene más de creencia fantástica que de racionalismo. Se proponen remedios mágicos que nos curarán instantáneamente y sin coste de todos los males”.

Ante un planteamiento como el de los autores del libro comentado, claramente a contracorriente, es difícil que pueda lograrse la aquiescencia popular, pero, como ellos recuerdan, la lógica de la producción científica nada tiene que ver con el funcionamiento de la democracia. Por ello, antes de adoptar una actitud negacionista apriorística puede ser conveniente una aproximación libre de juicios de valor. ¿Es esto posible en Economía? Una reflexión al respecto he realizado recientemente en mi blog personal. En su conocida obra “El político y el científico”, Max Weber afirmaba que “allí en donde un hombre de ciencia permite que se introduzcan sus propios juicios de valor deja de tener una plena comprensión del tema”.

Y, desde luego, si alguien estima que todos los problemas económicos pueden resolverse dentro de un molde ideológico, no tendría demasiado sentido dedicar esfuerzos a la investigación económica. El significado de la célebre frase de Keynes, reproducida en las paredes de la Facultad de Económicas de Málaga, decaería por completo: “Nada es más importante para el desarrollo de un país que una buena Escuela de Economía”. Aún así, no cabría olvidar la enseñanza de Max Weber: “la primera tarea de un profesor es la de enseñar a sus alumnos a aceptar los hechos incómodos… aquellos hechos que resultan incómodos para la corriente de opinión que los alumnos comparten, y para todas las corrientes de opinión, incluIda la mía propia, existen hechos incómodos”.

(Artículo publicado en el diario “Sur”, el día 16 de abril de 2018)

24 de marzo de 2018

Economía y juicios de valor: el valor de los antinegacionistas

¿Puede existir una ciencia neutral? ¿Puede establecerse una diferenciación entre una “ciencia burguesa” y una “ciencia proletaria”? ¿Puede haber una Economía libre de juicios de valor?

He de confesar que cuando, por primera vez, en la Facultad de Económicas, me explicaron la distinción entre la Economía Positiva y la Economía Normativa, sentí un considerable alivio. Aquella ciencia tan cuadriculada en sus esquemas metodológicos permitía incorporar, de manera abierta, juicios de valor en el análisis de los problemas sociales. Al fin y al cabo, todos tenemos juicios de valor, cuya expresión resulta bastante más fácil que la tarea de resolver complejas ecuaciones diferenciales. La vertiente normativa de la Economía parecía ser una válvula para su democratización, para que nadie quedase excluido de la posibilidad de adentrarse en una ciencia que, en su evolución, se había ido convirtiendo cada vez más en un satélite de las Matemáticas.

Es cierto que la incorporación explícita y diferenciada de juicios de valor es un pilar metodológico de suma trascendencia. De su formulación no cabe excluir a nadie. Sin embargo, ese enfoque es el que posibilita que la Economía sea más científica y, paradójicamente, libre, hasta donde resulta posible, de juicios de valor y de apreciaciones subjetivas. Por su propia naturaleza, no cabe discutir acerca de los juicios de valor; pueden plantearse los que se consideran oportunos (dentro de los límites una mínima racionalidad). Pero, una vez que se han manifestado, ya no hay lugar para la subjetividad. Debe buscarse la mejor solución para alcanzar el objetivo señalado desde el ámbito de los juicios de valor, a partir de un proceso de construcción científica. Las puertas que la Economía Normativa aparentemente abre a cualquier persona quedan pronto cerradas. Como en cualquier otra disciplina científica, hay que ser un especialista para elaborar proposiciones científicas.

Esta regla, que vemos con naturalidad respecto a la mayoría de las ciencias, no se cumple en la práctica en relación con la Economía. Cualquier intelectual ajeno a la Economía, cualquier artista o cualquier político se considera plenamente capacitado para sentar cátedra en los dominios de la ciencia económica y sus aplicaciones.

¿Por qué ese asimetría? Sin duda, el carácter social de la Economía es una causa explicativa, a la que viene a añadirse la influencia directa de los problemas económicos en la vida de las personas. Las enormes divergencias tanto en teorías explicativas como en las líneas de acción recomendadas son un elemento que tiende a desacreditar el oficio de economista y, de manera destacada, una suerte de invitación para todo tipo de ideas y propuestas.

¿A qué pueden obedecer tales contrastes entre los economistas? ¿Es posible que algunos de ellos no actúen como tales, sino que se vean condicionados por su ideología?

Esa es justamente la tesis que se sostiene en un libro reciente de los economistas franceses Pierre Cahuc y André Zylberberg, “El negacionismo económico”, publicado en Francia en 2016 y en 2018 en su versión española. En esta se añade un subtítulo bastante significativo: “Un manifiesto contra los economistas secuestrados por su ideología”.

No había tenido conocimiento del mismo hasta que una persona allegada me lo ha hecho llegar. Mi agradecimiento es doble. Ciertamente merece una lectura atenta; también, una profunda reflexión sobre las consideraciones expuestas. Se trata de una obra a contracorriente y poco complaciente con el estado de opinión prevaleciente social y políticamente respecto a las cuestiones económicas, además de abiertamente opuesta a los autodenominados “economistas aterrados”. Si lo pensamos bien, dadas las condiciones en las que en los últimos tiempos tiene lugar el debate sobre los problemas económicos, hay que tener poco juicio o mucho valor para posicionarse en tales términos como lo hacen los autores.

En una próxima entrada espero poder recoger una reseña del referido libro. Hoy, al meditar sobre estas cuestiones, tampoco he podido evitar evocar un párrafo que leí en el conocido manual de N. Piskunov “Cálculo diferencial e integral” (Montaner y Simón, 1970). Durante mi prestación del servicio militar en Tenerife coincidí con un físico nuclear catalán, Joan Solà i Peracaula, a quien le pedí que me recomendara un buen texto para repasar y practicar dicha modalidad de Cálculo, tan relevante en la disciplina a la que pretendía dedicarme tras finalizar el período de conscripción. Compré el texto en la librería Rodin de Santa Cruz, en la que trabajaba a tiempo parcial otro recluta de nuestra misma unidad de Hoya Fría. El libro me costó, según consta en su primera página, 1.100 pesetas (31,21 euros a precios de hoy), aunque me hicieron algún descuento. Corría el año 1980.

En el capítulo primero, al hablar de magnitudes, variables y constantes, se recoge lo siguiente: “Federico Engels escribe en Dialéctica de la naturaleza: ‘La magnitud variable de Descartes señaló un cambio de rumbo en la matemática. Introdujo el movimiento y, con él, la dialéctica, y se hicieron inmediatamente indispensables, el cálculo diferencial e integral’”. La edición original del magnífico manual fue publicada en Moscú en el año 1966.

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