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3 de junio de 2021

De tulipanes a bitcoins: burbujas de coincidencia

 

Circunstancialmente, hoy me he topado con el libro “De tulipanes a bitcoins”, de Torsten Dennin, publicado en España en 2021 por Profit Editorial, dos años después de su aparición en versión inglesa. En esta obra se hace un repaso de una larga lista de episodios especulativos ligados a las más variadas “materias primas” (“commodities”), entendiendo como tales todo bien económico primario o básico que está estandarizado.

Dichos episodios -“Una historia de fortunas creadas y perdidas en los mercados de materias primas”, como reza el subtítulo del libro- encajan, grosso modo, dentro de la extendida categoría de “burbuja”.

Hoy mismo, sin embargo, también he tenido conocimiento de una nueva regla (hay también otros tipos de burbujas), propuesta por Robert Armstrong, editor de finanzas del Financial Times, la “regla de Garber”[1]. Se basa ésta en ciertas consideraciones planteadas por Peter M. Garber, a la sazón, autor de una relevante obra sobre burbujas económicas[2].

En un artículo anterior sobre el mismo tema expresa lo siguiente[3]: “Antes de que los economistas releguen un evento especulativo a la categoría inexplicable o de burbuja, sin embargo, debemos agotar todas las explicaciones económicas razonables. Aunque tales explicaciones no son a menudo fácilmente generadas debido a la inherente complejidad de los fenómenos económicos, la misión de los economistas es encontrar ingeniosas explicaciones fundamentales de mercado; y nuestra metodología debe siempre requerir que busquemos intensivamente fundamentales de mercado antes de aferrarnos al último de recurso de la ‘burbuja’”.

La advertencia del profesor Garber nos insta a no dejarnos arrastrar por la “rápida disponibilidad de una explicación banal de la tulipomanía”. Este tipo de fácil interpretación puede llevarnos a ignorar importantes factores que pueden estar en la base del descalabro de algunos experimentos económicos y financieros.

En el libro de Dennin tenemos 42 casos para tratar de contrastar si en los diagnósticos realizados se ha seguido o no la “regla de Garber”.

Inevitablemente, el imán de la “burbuja explicativa” atrae al omnipresente y ubicuo bitcoin, que, según Dennin, “se ha convertido actualmente en materia prima”.





[1] “Unhedged”, Financial Times, 3 de junio de 2021.

[2] “Famous first bubbles: the fundamentals of early manias”, The MIT Press, 2000.

[3] Peter M. Garber, “Famous first bubbles”, Journal of Economic Perspectives, primavera 1990.

28 de enero de 2018

Lecciones de las burbujas económicas: la diferencia entre el antes y el después

El mundo de las burbujas económicas no deja de causarnos asombro, a la par que nos aporta interesantes lecciones, aunque, desafortunadamente, algunas de ellas nos llegan con retraso, en ocasiones con demasiado retraso.

Una de las obras de referencia ilustrativa del registro histórico de algunos significados episodios es la que en el año 1841 publicó Charles Mackay (“Extraordinary popular delusions and the madness of crowds”). En ella el autor, con la distancia que otorga la perspectiva histórica, ridiculiza a quienes fueron víctimas de estallidos de burbujas tan conocidas como la de la South Sea Company y la de los tulipanes. El primero atrapó a una eminencia científica tan elevada como Isaac Newton. Su lamento es memorable: “I can calculate the movement of stars, but not the madness of men”.

Hoy día, especialmente después del escarmiento del brutal reventón de la burbuja inmobiliaria en España asociado a la reciente crisis económica, aparentemente la lección está aprendida. Al propio tiempo, son cada vez más quienes exhiben sus dotes clarividentes para la detección de la gestación de burbujas, aunque con un matiz no desdeñable: en la mayoría de los casos, tales dotes tienen un carácter retrospectivo. Como hace mucho sentenció Mark Twain, las predicciones suelen ser bastante difíciles, sobre todo cuando conciernen al futuro.

Nuestra percepción de la realidad cambia radicalmente una vez que se deshace la burbuja. Aun así, no faltan personas recalcitrantes. Recuerdo la opinión manifestada por un importante promotor inmobiliario español que, instalados ya en plena crisis, aseveraba tener la receta mágica para salir de ella, y que, aseguraba, había trasladado personalmente al Presidente del Gobierno de la Nación. El remedio era incentivar fuertemente la adquisición de viviendas (sic).

Sin embargo, no faltan episodios un tanto pintorescos y desafiantes. En un artículo publicado por Tim Harford en el Financial Times en enero de 2018, recuerda cómo tomó conciencia de la incipiente burbuja de las “punto.com” a finales de los años noventa, cuando un colega le comentó que Amazon.com, entonces centrada en la venta online de libros, estaba valorada por encima de cualquier vendedor de libros del mundo. Según Harford, difícilmente podría imaginarse un ejemplo más claro de manía. ¡Qué buena recomendación es, hoy, la de haber invertido entonces en tan exitosa compañía!

Pero no acaban ahí las sorpresas. Aunque minoritarios, en plenas fases de burbuja hay también observadores que alertan sobre los riesgos de derrumbe, y Tim Harford nos aporta una jugosa referencia de alguien que consideraba que quienes hacían sonar las alarmas respecto a que pudiese desencadenarse una crisis en la industria del ferrocarril, a mediados del siglo XIX, estaban exagerando el peligro. Pero la crisis llegó, causando un auténtico desastre financiero. Nos encontraríamos ante una mera anécdota, si no fuera por un pequeño detalle: ese campeón del escepticismo fallido fue nada más y nada menos que… ¡el mismísimo Charles Mackay!, acreditado narrador de burbujas pretéritas, pero, en cambio, como el común de los mortales, incompetente pronosticador de tendencias en curso.

6 de diciembre de 2017

¿Invertir en bitcoins?

Hace unos días, una persona allegada me comentaba que su pareja -con la que, si no me equivoco, forma una sociedad de gananciales- tenía previsto invertir una suma no despreciable en bitcoins. Ella recordaba que yo había escrito, hace algún tiempo, un breve artículo sobre esa moneda virtual, por lo que recababa mi parecer acerca de la operación proyectada.

Después de una breve búsqueda pude facilitarle una copia del artículo en cuestión (“El dinero en la era digital: llega el bitcoin”, diario Sur, 10 de febrero de 2014), acompañada de otros más recientes, entre los muchos, algunos francamente interesantes, que se han escrito en los últimos tiempos.

Fiel a una de las máximas que inspira el proyecto de educación financiera Edufinet, la de evitar a toda costa formular recomendaciones sobre cómo actuar a la hora de adoptar decisiones financieras, me limité a refrescar las conclusiones que había reflejado en aquel artículo introductorio y a sugerirle la lectura de otros más actualizados y fundamentados.

Las opiniones sobre el bitcoin se han intensificado en las últimas semanas, como una lluvia torrencial, al hilo de la escalada de la cotización de esa criptomoneda, que ha llegado a cotizarse por encima de los 11.000 dólares, frente a los 1.000 dólares de comienzos de 2017. Indudablemente, quien comprara a ese precio y haya vendido al actual no ha hecho un mal negocio. No sería la primera ni la última operación que arroje jugosos resultados individuales, algo frecuente en numerosos procesos especulativos. Cuestión distinta es lo que pueda ocurrir en un momento dado si se desatara una tendencia de ventas masivas. El valor de un activo puede llegar a desmoronarse si se entra en una fase en la que los tenedores tienen urgencia por desprenderse de él. Ahora bien, mientras esto no ocurra, quien afiance operaciones aprovechando la ola puede hacerse sumamente rico.

Entre las decenas de artículos sobre el bitcoin publicados últimamente ha aparecido uno escrito por Jean Tirole (Financial Times, 30 de noviembre de 2017), economista francés galardonado con el Premio Nobel de Economía en el año 2014. Sus apreciaciones y reflexiones pueden ser bastante ilustrativas para aquellas personas, como la referida al inicio, interesadas en esa enigmática moneda. 

De entrada, apela a la cautela respecto a la tendencia observada y postula que los inversores sean protegidos, y que los bancos regulados, las compañías de seguros y los fondos de pensiones no puedan mantener exposiciones en este tipo de instrumentos. Asimismo, se apresura a matizar que su escepticismo no se extiende a la tecnología blockchain, que considera una innovación útil, ya que su preocupación se centra en las criptomonedas en sí mismas.

Tirole plantea dos cuestiones respecto al bitcoin: ¿Es sostenible? Y, suponiendo que lo sea, ¿contribuye al bien común? Sus respuestas, en el mismo orden, son estas: probablemente no y definitivamente no.

Por lo que se refiere a la primera, sostiene que el bitcoin es una pura burbuja, un activo sin un valor intrínseco, por lo que su precio caerá a cero si la confianza desaparece. No obstante, recuerda que hay burbujas que han logrado mantenerse a lo largo del tiempo; entre ellas destaca el oro, pero también las monedas nacionales, que hoy día solo están respaldadas por la confianza en los respectivos países.

En relación con la segunda, Tirole señala que no logra apreciar el valor social del bitcoin en su proceso de creación y, mucho menos, en su uso para actividades de evasión fiscal o de blanqueo de capitales.

En suma, si se admite que el bitcoin es una burbuja, conlleva el riesgo de que estalle en un momento dado. En el ínterin, algunos inversores pueden ganar mucho dinero, pero otros podrían experimentar situaciones menos positivas, como en otros episodios históricos. Hoy por hoy es particularmente arriesgado hacer pronósticos. ¿Habrá un “momento Minsky” para el bitcoin?

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