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29 de julio de 2024

“Universal basic income: the bad idea that never quite dies”

 

Con este título (que, con algunos matices, evoca el de un famoso libro de Kristian Niemietz), Chris Giles (Financial Times, 26-7-2024) pretende sintetizar los resultados de una investigación reciente, llevada a cabo por OpenResearch, sobre la aplicación de una renta básica universal. Aunque efectúa finalmente algunas matizaciones, viene a decir que, a raíz de las conclusiones de la referida investigación, “los débiles resultados deberían bastar para que todo el mundo aceptara que una ayuda financiera incondicional no tiene efectos mágicos. Vivimos en un mundo de alternativas difíciles”. El panorama que se desprende para una medida que “tiene el raro rasgo de seducir tanto a la izquierda política como a la derecha libertaria” no es, según su interpretación, muy prometedor.

Es cierto que en el estudio de OpenResearch se afirma que “cash alone cannot address challenges such as chronic health conditions, lack of childcare, or the high cost of housing”, pero se advierte de que “It is one piece of the puzzle, and the impact of the cash varied based on recipients' circumstances”, y de que “Understanding the limitations of the cash transfers is just as important as understanding the benefits”.

La investigación que se realiza tiene un carácter abierto, pero este tampoco está ausente de los resultados, pese al contundente título del artículo.



9 de julio de 2024

Sorpresas económicas británicas

 

El resultado de las recientes elecciones generales en Reino Unido no ha causado demasiada sorpresa, pero sí lo ha hecho la divulgación de determinados aspectos concernientes a la esfera de la Economía Política. Algunos de los recogidos por Chris Giles en un artículo (“Labour must always choose growth over redistribution”, Financial Times, 4-7-2024) publicado el día de la cita electoral pueden adscribirse a esa categoría.

Uno de ellos, referido a una cuestión que suele atenderse como una declaración de principios, alude a la tarea gubernamental de mejorar el bienestar material de los ciudadanos en el sentido de “más dinero en mi bolsillo”. Dicen los liberales que el mejor sitio donde está el dinero, y, sobre todo, la capacidad de su utilización, es el bolsillo de los ciudadanos. Es preciso leer el texto varias veces para tomar conciencia de que esa proclamación no proviene de las filas liberales o conservadoras, sino de las laboristas, por boca del ya electo Prime Minister, Keir Starmer. Por si hubiese alguna duda, según reseña Giles, “en su misión de mejorar el nivel de vida, el líder laborista ha puesto el dedo en la llaga sobre lo que realmente importa a la gente – un sentido de que sus propias finanzas mejorarán a lo largo de los próximos cinco años”.

El mismo Giles recuerda que “no hay duda de que los últimos 14 años han visto un progreso miserable en el nivel de vida”, pero destaca como “más interesante” un hecho completamente inesperado en la evolución de la distribución de la renta: “A pesar de un enorme aumento en el uso de bancos de alimentos y de los recortes en la seguridad social para las familias en edad de trabajar, la sorpresa es que son las familias más pobres las que lo han hecho mejor que el resto del Reino Unido”. Tomando datos de la Resolution Foundation, constata que “sólo el 20% más bajo en la distribución de la renta vio ganancias reales en el último parlamento… Y a pesar de que los pobres se vieron golpeados más fuertemente en sus bolsillos por los anteriores años de austeridad, las ganancias de renta fueron mayores para la familias pobres que para las ricas”.

Una de las explicaciones aportadas no tiene desperdicio como fuente de enseñanzas económicas. Así, se destaca que “el crecimiento del empleo fue lo suficientemente fuerte para hacer crecer las rentas mientras las prestaciones se reducían”, y “fue quizás el efecto de las condiciones estrictas en el sistema de prestaciones lo que forzó a la gente a obtener un empleo”. Remata Giles su comentario sobre este punto señalando que “estos son números remarcables y ha habido una cierta conspiración de silencio en el mundo de la investigación sobre su explicación”.

El prestigioso columnista, a partir de los hechos observados, no se abstiene de señalar cuál debe ser la misión de Starmer: “crear crecimiento y riqueza debe ser el primer, el segundo y el tercer instinto de los laboristas”. El crecimiento, antes que la redistribución. Si hay crecimiento, puede haber redistribución; es algo más difícil que se invierta la secuencia.



4 de mayo de 2021

La izquierda está ganando la batalla económica de las ideas

 

El título de esta entrada reproduce literalmente el de un artículo del prestigioso articulista Chris Giles publicado recientemente en el diario Financial Times[1]. Antes de leer el texto surge la duda de si se refiere, como se indica, a la batalla económica de las ideas, o a la batalla de las ideas económicas. No son precisamente lo mismo.

Nada más comenzar la lectura, queda claro que el mensaje concierne al segundo aspecto, pero realmente creo que la victoria aludida se da en las dos vertientes. No hay más que ver cuáles son las tendencias imperantes entre las grandes corporaciones multinacionales, el posicionamiento de las principales instituciones económicas internacionales, los planteamientos de algunos de los mayores magnates financieros mundiales, o incluso las doctrinas impartidas por medios tan influyentes como el mencionado diario o el semanario The Economist, antaño catalogados como defensores del mercado. O no digamos las que provienen de la Plaza de San Pedro.

A este paso únicamente cabe encontrar la defensa pragmática de ese denostado mecanismo desde la vía china. Ya se sabe, lo importante es que el gato cace ratones. La célebre, y cuestionada, tesis de Fukuyama sobre el “fin de la historia” perfilado en torno a un estado liberal vinculado a la economía de mercado, simplemente, gone with the wind.

Como señala Chris Giles, el comienzo de la salida de la pandemia del coronavirus está propiciando un proceso de revisión de la forma de gestionar los sistemas económicos. Recoge las principales conclusiones de una encuesta realizada en Estados Unidos, Alemania, Francia y Reino Unido[2]. Algunas de dichas conclusiones no son de demasiada ayuda, según el articulista: “No es ninguna sorpresa que a grandes mayorías en Estados Unidos, Alemania, Francia y Reino Unido les gustaría que otras personas sufragaran las cosas que piensan les beneficiarían”. Tal vez un tanto “unhelpful”, pero no por ello menos sugerente. Más interesante considera el hecho de que grandes mayorías en los cuatro países están descontentas con el sistema económico, y propugnan cambios importantes.

En este contexto, se manifiesta un intenso deseo expreso de tener un sistema que genere resultados más equitativos. Incluso entre las personas más ricas está extendido el apoyo a mayores prestaciones sociales, a una mayor oferta de viviendas públicas, y a impuestos más elevados sobre los ricos. Una visión con la que está alineada la Administración Biden.

Las ideas económicas radicales ganan predicamento en los países considerados. No obstante, Francia aparece como un caso aparte con algunas singularidades. En este país, “todo el mundo está descontento: los pobres y la izquierda creen que no obtuvieron una parte justa de la tarta, mientras que los ricos y la derecha consideran que la economía no estaba actuando para ellos”.

Giles destaca una importante lección: “El modelo del capitalismo pre-coronavirus, con altos niveles de desigualdad, está perdiendo apoyo popular, sugiriendo la necesidad de un mundo post-Covid con más respaldo para los vulnerables y mayores impuestos…”.

No obstante, nos recuerda que sigue existiendo un importante conflicto entre la equidad y la eficiencia: “Llevemos la redistribución demasiado lejos y nadie estará satisfecho”. Poner a prueba dónde queda situado el límite de la redistribución “será el gran experimento económico del mundo post-pandémico”.

Las pandemias han sido uno de los terribles jinetes del Apocalipsis igualadores de la riqueza[3]. La pandemia del coronavirus, al margen de su incidencia directa en el plano distributivo, está siendo un potentísimo motor de cambio (en unos casos positivos y en otros, no tanto) social, económico y político, ha propiciado un escenario para la experimentación real en diversos frentes, y ha expedido el pasaporte para promover el “gran reinicio”, proceso de perfiles difusos.



[1] “The left is winning the economic battle of ideas”, Financial Times, 29 de abril de 2021.

[2] K. Devlin, S. Schumacher, y J. J. Moncus, “Many in Western Europe and U.S. want ecomomic changes as pandemic continues”, Pew Research Center, 22 de abril de 2021.

[3] “Los terribles jinetes del Apocalipsis igualadores”, blog Tiempo Vivo, 9 de septiembre de 2018.

10 de junio de 2018

Populismo y desigualdad: a lomos de un elefante

La ola del populismo se ha desatado en los últimos años. La Real Academia Española define este vocablo como la “tendencia política que pretende atraerse a las clases populares”. Resulta significativo que el término no aparezca en la edición del “Diccionario de la Lengua Española” de 1992. El populismo se ha extendido en muchos países, con distinta suerte en cuanto al acceso al poder formal. Con independencia de ello, su influencia real, en una sociedad en la que han alcanzado tanta relevancia las redes sociales, es notoria. Pese a las tendencias recientes, en modo alguno es un fenómeno novedoso.

Tampoco lo es ya la narrativa convencional que postula que el ascenso del populismo tiene sus raíces en la marginación de las clases medias (especialmente en sus estratos inferiores) en el reparto de los frutos de los cambios económicos acaecidos en el curso de las últimas décadas, marcadas por la globalización económica y el avance de las denominadas economías emergentes. El empeoramiento relativo de los “excluidos”, “marginados” o “relegados” (“the left behind”) aparece como uno de los principales factores desencadenantes de la ola de descontento popular.

Un estudio económico de gran impacto aportó un aval estadístico a dicha tesis. Christoph Lakner y Branko Milanovic, en un trabajo publicado en 2015 (“Global income distribution: from the fall of the Berlin Wall to the Great Recession”, The World Bank Economic Review Advance Access, 12 de agosto), ponían de manifiesto la variación acumulada de la renta entre 1988 y 2008 por grupos de renta, para la economía mundial en su conjunto.

El gráfico en cuestión muestra unos rasgos muy señalados: i) unos crecimientos muy altos, entre el 60% y el 80%, para las rentas medianas; ii) también un crecimiento muy elevado, entre el 40% y el 60%, para las mayores rentas; y iii) un estancamiento para los grupos integrantes del 20% situado a la izquierda de los más ricos.

Reconozco que la primera vez que vi este gráfico, cuyo tratamiento tenía -y tengo- pendiente desde hace tiempo en el marco de un trabajo sucesivamente aplazado sobre la desigualdad económica, no pude evitar evocar el artículo que el escritor Juan Ceyles publicó en el primer número de la revista eXtoikos (“¡Cuidado con los gráficos!”, nº 1, 2011): “Al pie de estos enormes escenarios figuraban edictos en diferentes idiomas, pero tan solo pude colegir los términos latinos y logré traducir el nombre del país y las cotas referenciadas”. Aun cuando en este caso esa tarea no resultara tan inmediata, sí se ha cumplido el vaticinio de que “… en estos juegos de pértigas y cordajes, en ese bajar y subir de rampas y escaleras, estaba trazada toda nuestra vida y que era fácil tomar conciencia de toda esa realidad con solo mirarla con un poco de atención; y hasta vivenciarla… en tal dimensión, que para mí fuera antes era terrorífica y ahora se me presentaba como felizmente mágica”.

La curva trazada por los datos calculados por Lakner y Milanovic no tardó en ser descrita como la “curva del elefante”, que ha llegado a ser calificada como “el gráfico más importante para comprender la política actual”, “el gráfico más influyente de la última década” o “el gráfico que explica el mundo”.

La identificación de la curva con el perfil de un elefante no requiere de demasiadas dotes imaginativas (sí de algunas), pero sí son precisas ciertas matizaciones para conciliar su forma con las conclusiones antes expresadas. La fundamental, que en la franja correspondiente a los percentiles 80º y 90º, claramente “ricos” dentro del ranking mundial, se sitúan las familias más pobres de los países más avanzados.

El éxito de la “curva del elefante” ha sido extraordinario, ya que, como señalaba antes, aportaba un soporte estadístico a la tesis predominante acerca del descontento social en los países desarrollados.
Sin dejar de reconocer en modo alguno la importancia de la desigualdad económica, la medición de esta, especialmente a lo largo del tiempo, se enfrenta con notables escollos metodológicos, como poníamos de manifiesto en el número 13 (2014) de eXtoikos.
En este contexto, hay que hacer mención del estudio realizado por Adam Corlett (“Examining an elephant”, Resolution Foundation, septiembre 2016), en el que se pretendía dilucidar si la “curva del elefante” resolvía realmente la explicación acerca de la evolución de las clases medias de los países ricos.

Según este estudio, el mayor crecimiento de la población en los países emergentes supone una dificultad para comparar la evolución de las familias con rentas medias-bajas a lo largo del tiempo, ya que su posición en el ranking de renta global ha cambiado. De hecho, la imagen del elefante se desvanece cuando se toman los datos a partir de una población constante con exclusión de China, Japón y los países excomunistas.

Igualmente, una actualización realizada por B. Milanovic con datos hasta 2011 sugiere un mayor crecimiento entre los grupos afectados por el estancamiento de sus rentas en los 30 años anteriores, y mucha menos ganancia para las personas situadas en el 1% más alto de las rentas globales (C. Giles y S. Donnan, “Globalisation ‘not to blame’ for income woes, study says”, Financial Times, 13 de septiembre de 2016).

La desigualdad económica tiene una enorme trascendencia. La realidad diaria de aquellas familias que no tienen suficiente capacidad adquisitiva o, aún peor, de aquellas otras que quedan excluidas económica y socialmente es un problema crucial que no puede desatenderse. De su adecuado tratamiento depende en gran medida la estabilidad política y social. Esa realidad condiciona las preferencias políticas, pero también lo hace de manera destacada la percepción social de los problemas económicos. De ahí la trascendencia de que los diagnósticos realizados reflejen lo más fidedignamente posible su verdadero alcance.

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