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11 de marzo de 2021

La “fatiga de Zoom”: esperando a Godot… en holograma

 

Se ve que la denominada “fatiga de Zoom”, a la que se hacía alusión en una reciente entrada de este blog (9-3-2021), sigue acaparando atención, a tenor de la gran cantidad de artículos en los que se aborda, y de conversaciones en las que está presente. De forma paralela, el trabajo de Jeremy N. Bailenson, de la Universidad de Stanford, en el que se analizan las causas de dicho fenómeno y se aportan posibles soluciones, se ha convertido en una referencia cada vez más extendida[1].

Tales soluciones consisten, esencialmente, en poner distancia física entre el participante en una videoconferencia y la cámara, prescindir de su propia imagen en la ventana común, tratar de efectuar algún movimiento ocasionalmente, y desconectar el vídeo, manteniendo solo la conexión de audio, de vez en cuando. Curiosamente, sin embargo, el citado profesor no incluye en el artículo una solución adicional que, según ha comunicado en alguna entrevista periodística, podría ser su favorita: el uso de hologramas. Éstos se concebirían, no como “proyecciones al estilo de Star Wars sino como avatares realistas que podríamos ver a través de cascos o de gafas inteligentes de forma que parecerían estar en nuestra estancia”[2].

Según el profesor Bailenson, que ha dirigido el Virtual Human Interaction Lab de Stanford durante casi 20 años, la sustitución de los rostros en una pantalla plana por una representación 3D de una persona elimina un montón de problemas de las videoconferencias: “La cuestión clave es que retiene la geografía espacial para todas estas personas”.

La tecnología que haría posible esa experiencia aún no está disponible, pero puede que llegue más pronto de lo que se cree, según expone T. Bradshaw, quien describe diversas opciones en fase de prueba. En Silicon Valley está extendida la idea de que, para finales de la presente década, las gafas de realidad aumentada serán tan habituales como hoy lo son los smartphones. Mientras tanto, el corresponsal de tecnología global del Financial Times recuerda que hay una solución más económica, planteada por el mencionado prestigioso profesor, para la "fatiga de Zoom": recurrir al teléfono como alternativa (vaya inventiva, hay que reconocerlo).

Los sistemas de videoconferencia no sólo generan fatiga, sino que también dan lugar a importantes mermas de eficiencia y de eficacia. Tales defectos son especialmente apreciables en el plano educativo. Además de limitar enormemente el ejercicio de la función docente y de restringir las interacciones, aquellos son más proclives al infraaprovechamiento –léase despilfarro- de las acciones formativas. Como algunos testimonios de estudiantes ponen de manifiesto, “es fácil desconectarse de la clase cuando estás sentado en tu habitación”[3], lo cual no significa, en modo alguno, que no existan elementos de autodistracción en las aulas, ni que haya grandes dificultades para la no asistencia a las clases presenciales o para ausentarse en medio de una sesión.

Según los expertos, la enseñanza telemática muestra el poder de la “nube” para la transformación la educación, si bien advierten de que “el cambio a las clases fuera del aula ha sido un shock cultural para educadores y estudiantes”. Puede que sea así, pero, en el fondo, es la propia educación lo que constituye un descomunal reto, un desafío permanente, una tarea inacabada.



[1] Jeremy N. Bailenson, “Nonverbal overload: a theoretical argument for the causes of Zoom fatigue”, Technology, Mind, and Behavior, febrero 2021.

[2] Tim Bradshaw, “Are holograms going to put an end to Zoom fatigue?”, Financial Times, 9-3-2021.

[3] Vid. Nicholas Fearn, “Remote learning shows the power of the cloud to transform education”, Financial Times, 9-3-2021.

9 de marzo de 2021

Cansado sin causa, hastiado con razón

 

Hasta no hace mucho, para alguien residente en Málaga que tuviera que asistir a una reunión en Madrid de dos o tres horas (o incluso menos) de duración, era ineludible tener que incurrir en unos importantes costes fijos de tiempo, al margen de los dinerarios. Como mínimo, unas siete horas entre viajes y desplazamientos. En la práctica, bajar de las diez horas en total, en la “era AVE”, era ya un reto bastante exigente. La pandemia del coronavirus ha decretado de manera implacable un parón en ese régimen de reuniones, cuya manifiesta ineficiencia ha quedado retratada, obligando a buscar alternativas telemáticas, algunas ya con visos de permanencia.

Tales alternativas presentan enormes ventajas, aunque también significativos inconvenientes, más allá de su incapacidad, hoy por hoy, de replicar las condiciones de un encuentro personal y directo. Al menos de momento, no se pueden pedir peras al olmo.

En este contexto, ya sea a raíz de la propia experiencia, como de la transmitida por otras personas, constatamos, cada vez más, que los participantes en reuniones virtuales a través de plataformas de comunicación virtual acusan síntomas de fatiga, cansancio y saturación. La extensión del fenómeno ha dado pie a la realización de estudios científicos como el llevado a cabo por el profesor Bailenson en la Universidad de Stanford[1]. En éste, considerado el “primer artículo evaluado por pares que sistemáticamente deconstruye la fatiga del Zoom desde una perspectiva psicológica”, el autor valora dicha plataforma según sus aspectos técnicos individuales[2].

Cuatro son las razones identificadas como causa de la fatiga generada por las videoconferencias:

1.    Una excesiva cantidad de contacto visual de primer plano: en una videoconferencia, aunque esto pueda ser matizable, en función de la configuración de la pantalla, todo el mundo está mirando a todo el mundo, todo el tiempo. Un oyente es tratado no verbalmente como un orador, incluso aunque no intervenga.

2.   Contemplarse a sí mismo constantemente durante una videoconferencia es fatigoso: es como estar permanentemente delante de un espejo.

3.     Las reuniones virtuales reducen drásticamente nuestra movilidad usual, en formas que no son naturales.

4.   La carga cognitiva es mucho más elevada en las conversaciones por videoconferencia: mientras que, en una interacción cara a cara, la comunicación no verbal es bastante natural y ofrece indicios útiles, en las videoconferencias hay que esforzarse más para enviar y recibir señales.

El profesor Bailenson apunta algunas pautas (aparentemente) simples para atenuar los referidos problemas: i) reducir la cuadrícula general de intervinientes, y el tamaño de las caras; ii) crear la opción de que no veamos nuestra propia imagen; iii) tratar de incorporar algunos elementos de movilidad física, y también desconectar la cámara de vez en cuando; iv) buscar pausas de “solo audio”.

Por lo que respecta a la docencia, a partir de la experiencia podría formular la hipótesis de que dar una clase por videoconferencia es mucho más agotador que una clase presencial, aunque quizás menos que grabar una sesión sin oyentes.

En un entrevista reciente, el citado investigador ha reconocido que los problemas de la “fatiga del Zoom” palidecen en comparación con el trauma diario soportado por el personal sanitario en hospitales saturados[3].



[1] Jeremy N. Bailenson, “Nonverbal overload: a theoretical argument for the causes of Zoom fatigue”, Technology, Mind, and Behavior, febrero 2021.

[2] Vignesh Ramachandran, “Stanford researchers identify four causes for ‘Zoom fatigue’ and their simple fixes”, Stanford News, 23 de febrero de 2021.

[3] Tim Bradshaw, “’Zoom fatigue’ brought into focus by Stanford study”, Financial Times, 26 de febrero de 2021.


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