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27 de marzo de 2024

Reencuentro con Cioran: el espejismo de la edad

“Los lectores de Cioran saben que en sus libros hallarán siempre más preguntas que respuestas, mas vacilaciones que certezas”, reza así la contraportada de “Ese maldito yo” (Tusquets, 2024). Y aun así es difícil esquivarlo. Una y otra vez sale a nuestro encuentro y, cuando no, somos nosotros quienes iniciamos la búsqueda. Sabiendo que el desgarramiento interior está garantizado.

Pese a todo, a veces, sí encontramos respuestas, allí donde realmente no las hay. Más que una vacilación, una certeza que invita a tratar de eludir desgastes del todo improductivos. Así, “Cuanto más progresamos en edad, mejor nos damos cuenta de que nos creemos liberados de todo y de que en realidad no lo estamos de nada”. 



16 de marzo de 2024

La reivindicación del traductor

 

De vez en cuando, se cruza en nuestro camino Cioran. Ninguno de sus aforismos nos deja indiferentes. Destrozan cualquier certeza pretendida, y nos mueven a tratar de ubicarlos en una escala de desgarramiento, en la que es difícil vislumbrar el límite superior.


En uno de esos aforismos efectúa una contraposición entre la figura del escritor y la del traductor: “He conocido a escritores obtusos e incluso tontos. Por el contrario, los traductores con los que he tratado eran más inteligentes e interesantes que los autores a quienes traducían. Es lógico: se necesita más reflexión para traducir que para ‘crear’”. 


Ahora bien, habría que tener en cuenta que, mientras que es relativamente fácil identificar lo que es un traductor, no siempre lo es acotar lo que es la creación e, incluso, o lo que es un escritor. A veces, ni siquiera se sabe lo que es un escribidor.





11 de junio de 2021

La quimera de la vida: la lucidez tenebrosa de Cioran

 

Las tardes de los viernes son particularmente propicias para visitar a Cioran y dejarse arrastrar por los intrincados vericuetos de su desgarradora prosa. Nuevo fin de semana, aunque, a estas alturas, no estoy ya tan seguro de que las semanas tengan fin, ni tampoco de cuándo empieza y acaba un día. La vida instalada en un tropel que se pierde en la memoria. Aun así, recuerdo aquellas lejanas tardes infantiles en las que el Sol descendía sobre la adorada cima del Monte Coronado. Mientras, trataba de vislumbrar un futuro desprovisto de inacabables pruebas y exigencias. A duras penas llegó luego un futuro que desveló su verdadero rostro para mostrar que la vida sería un arduo proceso sujeto a evaluación continua.

Todas las quimeras soñadas se hicieron añicos… “Pero para llegar a ese lugar es preciso haber sufrido mucho, y para que los actos de nuestra vida adquieran profundidad es mucho lo que tendríamos que padecer. Nuestros actos cotidianos son banales e insignificantes cuando se realizan en las condiciones naturales de la vida. El mero hecho de vivir, por sí solo, no significa nada. Vivir lisa y llanamente es no conferir profundidad alguna a los actos de la vida… Es una tontería afirmar que la vida nos ha sido dada para vivirla; nos la han dado para sacrificarla, o sea, para extraer de ella más de lo que sus condiciones naturales permiten. No existe otra ética excepto la del sacrificio”[1].




[1] Emil Cioran, “El libro de las quimeras”, Tusquets, 2021, pág. 81.


30 de abril de 2021

Asomarse a la ventana que da a la nada


Estaba convencido de que, en alguna entrada de estos recónditos parajes suspendidos en una extraña nube, que –uno tiene la sensación- el día menos pensado se desvanece, encontraría algunas referencias a Cioran. No opina lo mismo el solícito buscador, que me desafía a rastrear su pista paso a paso. No sería la primera vez que esa herramienta podría haber tendido una trampa, pero tampoco que la convicción estuviese totalmente divorciada de la realidad. De todas formas, me resulta raro no localizar su nombre, siquiera sea de refilón, después de haber deambulado, de vez en cuando, por sus espinosas cimas de la desesperación, a la búsqueda de algún desgarro autoinfligido. La irresistible atracción de lo que hiere.

Esta caprichosa tarde, que ahora nos regala una lluvia reparadora, se presentaba propicia para reposar la mente, tratando de reconfigurar los pensamientos. Tal era mi intención cuando, al encontrarme -en la cola de los libros cuyo lectura tal vez nunca llegará- con una obra traducida hace poco al español, “Ventana a la nada”, me he visto impelido a hojearla, aunque fuera fugazmente. Los aguijones aparecen desde los primeros párrafos. En la parte central localizo fortuitamente un aforismo que tiene fuerza suficiente, si no para desterrar totalmente ese propósito de resituar el panorama mental, sí para posponerlo sine die: “El pensamiento es una sucesión de sandeces para uso de aquellos que no están suficientemente tocados; los pensadores: sufrientes, al gusto de los frívolos aficionados a la enfermedad. El público que asiste al drama del pensar solo está compuesto por convalecientes; la escena: un hospital”. Maltrechos y derrotados nos deja, como casi siempre, Cioran… “Ser el amo y el lacayo de cada duda, ¡ese es el infausto celo de aquel que piensa!”



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