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20 de octubre de 2020

La importancia del destino del dinero del endeudamiento público


Vivimos una época en la que están en ascenso viejos paradigmas envueltos en nuevos ropajes que respaldan el recurso ilimitado a la creación de dinero y a la emisión de deuda por el sector público. Aunque, a la vista de las calamidades que algunos experimentos monetarios han acarreado a lo largo de la historia, hay quienes muestran sus reticencias, lo cierto es que las políticas del “dinero libre” van ganando posiciones. Especialmente en una etapa de tipos de interés ultrarreducidos o incluso negativos, y ante una disrupción económica como la provocada por la pandemia del coronavirus.

Ante niveles de deuda que superan ya, o lo harán en un breve plazo, la cota del 100% del PIB en numerosos países, hay economistas que, distanciados de los métodos basados en el repudio de la deuda, consideran que ésta debe ser pagada, objetivo que se complica ante la debilidad del crecimiento económico y la ausencia de inflación. Uno, en fin, podía esperar objeciones al desenfreno de la deuda de economistas de corte ortodoxo, y llamadas de atención sobre el empleo del dinero por parte de quienes creen que, para evitar que la deuda sea una carga para las generaciones venideras, aquél debe dedicarse a actuaciones productivas que generen beneficios futuros para la sociedad.

Más sorprendente ha resultado el llamamiento en tal sentido efectuado por el “hombre que salvó al euro”, y quien asimismo ayudó a contener los bríos de la prima de riesgo de la deuda soberana de España, tras pronunciar el mítico “whatever it takes”; hacer lo que haga falta para combatir una crisis mayúscula. El activo del Banco Central Europeo (BCE) da fe de que así se hizo, de que se aplicó una política monetaria extraordinariamente expansiva.

Hacia finales de marzo de este año, Mario Draghi escribía que “la pandemia del coronavirus es una tragedia humana de proporciones potencialmente bíblicas”. A la vista del balance acumulado, en términos de las pérdidas de vidas humanas y de los destrozos económicos causados, aparte de la quiebra del modelo de sociedad hasta ahora vigente, nos vemos ante la tentación, casi inevitable, de suprimir la matización adverbial.

El expresidente del BCE tenía claro que, a fin de evitar que la recesión económica desencadenada se convirtiese en una profunda depresión, la respuesta a la situación debía implicar un aumento significativo de la deuda pública. Según Draghi, entra dentro del papel del Estado desplegar su arsenal para proteger a los ciudadanos y a la economía frente a perturbaciones de las que el sector privado no es responsable y que, además, no puede absorber. Ineludiblemente han de elevarse los niveles de deuda pública, ya que “la alternativa -una destrucción permanente de la capacidad productiva y, en consecuencia, de la base fiscal- sería mucho más dañina para la economía y, eventualmente, para el crédito del sector público”.

Sin embargo, en una conferencia pronunciada a mediados de agosto de este año, incidía en una crucial distinción entre la deuda “buena” y la deuda “mala”: “Este aumento en la deuda será sostenible -esto es, continuará siendo financiado en el futuro por las instituciones europeas, por los ahorradores, por los mercados- sólo si es utilizada con fines productivos: inversión en capital humano, en infraestructuras cruciales para la producción, en investigación. En tal caso, será vista como deuda ‘buena’. Sin embargo, si la deuda se utiliza para fines improductivos, será vista como deuda ‘mala’ y su sostenibilidad se verá erosionada”.

Firme partidario del mantenimiento de los valores en los que se ha cimentado la construcción del proyecto europeo (multilateralismo, solidaridad e imperio de la ley), considera que los gobiernos europeos deben asumir como “imperativo moral” la inversión en educar a los jóvenes, que tendrán que hacer frente a la mayor deuda ahora contraída: “Es pues nuestro deber equiparlos con los medios para atender el servicio de dicha deuda, y hacerlo viviendo al mismo tiempo en sociedades mejoradas”. Una advertencia en toda regla que, con toda lógica, propugna la utilización de los recursos públicos buscando el mayor impacto en el beneficio colectivo, teniendo en cuenta la perspectiva intergeneracional.

(Artículo publicado en el diario “Sur”)


4 de septiembre de 2020

Las advertencias económicas de M. Draghi: deuda “buena” vs deuda “mala”

Hacia finales de marzo de este año, en plena expansión de la pandemia del coronavirus, Mario Draghi escribía que “la pandemia del coronavirus [era] una tragedia humana de proporciones potencialmente bíblicas”. A la vista del balance acumulado, en términos de las pérdidas de vidas humanas y de los destrozos económicos causados, aparte de la quiebra del modelo de sociedad hasta ahora vigente, nos vemos ante la tentación, casi inevitable, de suprimir la matización adverbial.

El expresidente del Banco Central Europeo (BCE) tenía claro que, a fin de evitar que la recesión económica desencadenada se convirtiese en una profunda depresión, la respuesta a la situación debía implicar un aumento significativo de la deuda pública. Una conclusión ésta que no precisa de demasiada sofisticación justificativa, si tenemos en cuenta que la propia reacción de los estabilizadores automáticos, por la doble vía de los ingresos y de los gastos públicos, genera un desequilibrio presupuestario, que ha de ensancharse con la adopción de medidas de mera supervivencia económica.

Según Draghi, entra dentro del papel del Estado desplegar su hoja de balance para proteger a los ciudadanos y a la economía frente a perturbaciones de las que el sector privado no es responsable y que, además, no puede absorber: “la cuestión clave no es si el Estado debe utilizar su balance, sino cómo debe hacerlo para lograr un buen uso”. Y concluía señalando que ineludiblemente habían de elevarse los niveles de deuda pública, ya que “la alternativa -una destrucción permanente de la capacidad productiva y, en consecuencia, de la base fiscal- sería mucho más dañina para la economía y, eventualmente, para el crédito del sector público”.

Podría pensarse que esta línea argumental otorga un aval a la posición de aquellos que, siguiendo interpretaciones radicales de la doctrina keynesiana, tienden a respaldar incondicionalmente cualquier aumento del gasto y de la deuda . Sin embargo, en el primer discurso pronunciado, a mediados de agosto, desde que abandonó la presidencia del BCE , Draghi efectúa algunas matizaciones que vienen a desafiar esa visión absolutista. Europa, viene a decir, sólo se recuperará totalmente del impacto económico del coronavirus si los gobiernos utilizan el fuerte incremento de la deuda pública para invertir en los jóvenes, la innovación y la investigación. 

A mayor abundamiento, introduce una crucial distinción entre la deuda “buena” y la deuda “mala”: “Este aumento en la deuda será sostenible -esto es, continuará siendo financiado en el futuro por las instituciones europeas, por los ahorradores, por los mercados- sólo si es utilizada con fines productivos: inversión en capital humano, en infraestructuras cruciales para la producción, en investigación. En tal caso, será vista como deuda ‘buena’. Sin embargo, si la deuda se utiliza para fines improductivos, será vista como deuda ‘mala’ y su sostenibilidad se verá erosionada”.

Para Draghi, los bajos tipos de interés no son en sí mismos una garantía de sostenibilidad, y estima que la percepción de la calidad de la deuda incurrida es igual de importante. Firme partidario del mantenimiento de los valores en los que se ha cimentado la construcción del proyecto europeo (multilateralismo, solidaridad e imperio de la ley), considera que los gobiernos europeos deben asumir como “imperativo moral” la inversión en educar a los jóvenes, que tendrán que hacer frente a la mayor deuda ahora contraída: “Es pues nuestro deber equiparlos con los medios para atender el servicio de dicha deuda, y hacerlo viviendo al mismo tiempo en sociedades mejoradas”.

Pero, al margen del componente económico descrito, en el mencionado discurso, M. Draghi hace referencia a otro suyo anterior que tuvo lugar en la Universidad Católica de Milán en 2019, cuando puso de relieve las tres cualidades que juzga indispensables para aquellas personas que ejercen el poder público: i. La búsqueda del conocimiento, de manera que las decisiones se basen en hechos y no sólo en convicciones. ii. El coraje para adoptar decisiones, especialmente cuando no todas sus consecuencias son conocidas con certeza, puesto que la inacción en sí misma tiene consecuencias y no exime de responsabilidad a quienes han de adoptar las decisiones. iii. La humildad para comprender que el poder que se les ha otorgado no lo ha sido para usarlo arbitrariamente, sino para alcanzar los objetivos que el legislador les ha asignado dentro de un mandato específico.

No son pocos, en definitiva, los requerimientos para el logro de los fines establecidos. Hacen falta, como mínimo, los siguientes: altura de miras y de propósitos, conocimiento para evaluar y seleccionar las mejores alternativas, disponibilidad de instrumentos eficaces, determinación para la acción, y ejecución adecuada. Tras una labor, ampliamente reconocida, desde las altas torres del BCE, fuera de ese ámbito, M. Draghi proporciona ahora su capital intelectual, especialmente valioso en una coyuntura tan adversa como la que estamos afrontando. Todo ello en un contexto en el que cada vez es más importante la Economía Política de la Política Económica. 

(Artículo publicado en “EdufiBlog”)

30 de agosto de 2020

Invitación a la serenidad: la propuesta de M. Draghi


Tal y como se señalaba en una reciente entrada de este blog (23-8-2020), en sus discursos económicos Mario Draghi tiende a conjugar el uso del análisis riguroso con el recurso a principios y valores filosóficos. Y asimismo muestra una especial habilidad para aderezar sus argumentos con citas impactantes verdaderamente aleccionadoras y significativas.

En la conferencia pronunciada, el día 18 de agosto de 2020, en un encuentro celebrado en Rímini, un Draghi sumamente relajado, a quien ha cambiado notoriamente el rictus tras haber abandonado la enormemente presionante sala de máquinas del gran acorazado monetario, examina la situación económica ocasionada por la pandemia del coronavirus[1].

En su opinión, “debemos aceptar la inevitabilidad del cambio con realismo y, al menos hasta que se encuentre un remedio, debemos adaptar nuestros comportamientos y políticas”. Más que dar una lección de política económica, según dice, pretendía hacer un llamamiento de una naturaleza más ética -hace hincapié en el “impegno ético”- para afrontar juntos los desafíos de la construcción y reafirmar los valores y objetivos sobre los que queremos reconstruir nuestras sociedades y economías.

Al hilo de su discurso evoca la “oración de la serenidad”, que, no obstante su disputada paternidad, él atribuye a Reinhold Niebuhr (1892-1971): “Dame la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar; el coraje para cambiar las cosas que puedo cambiar, y la sabiduría para conocer la diferencia entre unas y otras”.

Ante tan sabias y bellas palabras palidecen, al menos durante un instante, los dictados económicos, imprescindibles para intentar salir del laberinto en el que andamos perdidos. Su simple lectura es un motivo de deleite, y una oportunidad para reponer fuerzas a fin de tratar de encontrar el camino de salida, que, además de tortuoso y escarpado, será largo.



[1] Vid. “Draghi’s speech at Rimini Meeting”, 18 de agosto de 2020, htpps://www.meetingrimini.org/en.

23 de agosto de 2020

La tríada básica de cualidades del buen gobernante: la visión de M. Draghi

En su trayectoria como máximo representante de la primera institución monetaria europea, Mario Draghi se ha distinguido, al menos, por tres atributos: ser un decidido hombre de acción, acumular y manejar sabiamente los fundamentos del análisis económico, e inspirarse en principios y valores filosóficos de gran alcance y profundidad. Tras dejar las responsabilidades en las que evidenciaba ese primer atributo, sigue exhibiendo los otros dos.

Sus advertencias y recomendaciones económicas acerca de la gestión de los elevados montantes de deuda pública en el contexto de la pandemia del coronavirus, plasmadas en una reciente conferencia pronunciada, el día 18 de agosto de 2020, en un encuentro en Rímini, son particularmente valiosas.

Pero, al margen del componente económico, en ese discurso, M. Draghi hace referencia a otro suyo anterior que tuvo lugar en la Universidad Católica de Milán en 2019, cuando puso de relieve las tres cualidades que considera indispensables para aquellas personas que ejercen el poder público:

i. La búsqueda del conocimiento, de manera que las decisiones se basen en hechos y no sólo en convicciones.

ii. El coraje para adoptar decisiones, especialmente cuando no todas sus consecuencias son conocidas con certeza, puesto que la inacción en sí misma tiene consecuencias y no exime de responsabilidad a quienes han de adoptar las decisiones.

iii. La humildad para comprender que el poder que se les ha otorgado no lo ha sido para usarlo arbitrariamente, sino para alcanzar los objetivos que el legislador les ha asignado dentro de un mandato específico.

No es complicado ir añadiendo otros requisitos para definir el perfil “ideal” de un gobernante público, pero sin duda sí es sumamente difícil que la tríada sugerida por Draghi pueda ser rebatida como pilar fundamental para el diseño de un molde adecuado, y como piedra de toque para evaluar las actuaciones individuales. Sin embargo, la evaluación imparcial y objetiva es una tarea cada vez más ardua ante la influencia creciente de los medios comunicación y de las redes sociales como creadores de opinión.

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