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8 de abril de 2024

La relativización de Zweig del aprendizaje académico

 

“Para mí nunca ha perdido validez el axioma de Emerson según el cual un puñado de buenos libros vale tanto como la mejor universidad, y sigo convencido de que se puede llegar a ser un excelente filósofo, historiador, filólogo, abogado o cualquier otra cosa sin haber pisado nunca una universidad ni haber cursado siquiera el bachillerato”.

Aun sin pretender negar ese resultado como posibilidad teórica, parece un tanto exagerada la conjetura de Zweig. En cualquier caso, cabe suponer que un entorno académico facilita de alguna manera el marco y la senda del conocimiento. Fuera de aquél, probablemente es más fácil perderse por el camino, o quedarse varado en un rincón. Ser autodidacta tiene ventajas, pero conlleva también importantes riesgos. Su verdadera potencia se despliega después de haber tenido la oportunidad de vivir una experiencia productiva en una institución académica prestigiosa, o de haber tenido a disposición, desde la infancia, un cuadro de instructores cualificados.




16 de noviembre de 2023

El rol del profesorado ante las dudas del estudiantado

 

Surgen bastantes dudas acerca de cómo debe actuar una persona perteneciente al colectivo del profesorado que sea buena en su profesión ante las dudas planteadas por algún integrante del estudiantado. El respeto a las normas vigentes sobre el uso del lenguaje obliga a algunos rodeos en la expresión. Más directo es referirse, en este caso, a cómo debe proceder un buen o una buena docente antes las dudas de sus alumnos o alumnas. Aun lo es más si, circunstancialmente, y sólo por mera economía del lenguaje, se toma el atajo de utilizar el género masculino como neutro, omnicomprensivo de cualquier sujeto, con advertencia expresa de esa intención meramente pragmática.

Tradicionalmente, ha podido existir una tendencia a valorar muy positivamente que el profesor resolviera de manera inmediata las dudas de los alumnos. La duda entendida como un obstáculo en el camino del aprendizaje que hay que despejar cuanto antes por alguien autorizado. Otras posturas, sin embargo, se alinean con la idea de que es preferible que el estudiante, por sí mismo, se encargue de descubrir la respuesta correcta, ya que, de esa forma, se generan eslabones en el proceso de desarrollo cognitivo.

No todos los grandes docentes participan de esa tesis. Así, por ejemplo, James Mirrlees, Premio Nobel de Economía en 1996, considerado un profesor extraordinario, si bien indicaba a sus alumnos los fallos cometidos, dejaba que los propios estudiantes encontraran las soluciones. Así se recogía en un artículo publicado por The Economist en septiembre de 2018 con motivo del fallecimiento del economista británico.

No obstante, John Kay, en otro artículo de finales de agosto de 2018, publicado en el diario Financial Times, ofrecía una perspectiva que no se antoja demasiado complementaria de la praxis mencionada. Según narra este prestigioso hacendista, los privilegiados investigadores que asistían a los seminarios por invitación en el despacho de Mirrlees difícilmente podrían olvidar la experiencia de ser destinatarios del siguiente mensaje: “Pienso que lo que Vd. quería decir era…”, lo que podía interpretarse generalmente como: “Lo que Vd. ha dicho es una absoluta tontería, y esto es lo que tenía que haber hecho”.



8 de mayo de 2023

Amenazas de la inteligencia artificial

 

No hace mucho, alguien me envió un texto sobre el papel de los bancos escrito con ciertas reminiscencias o evocaciones de “Cien años de soledad”. Más tarde, me comentaba que el ensayo había sido elaborado, automáticamente, por una famosa aplicación de inteligencia artificial (IA) a la que había solicitado el encargo específico. Los logros alcanzados por la IA nos dejan estupefactos, atónitos, llenos de incredulidad ante los avances que se están viviendo. Otro destacado jurista me venía a decir que había sometido la aplicación a considerables exigencias de conocimientos jurídicos, constatando luego que el desempeño era notable. Aunque el dispositivo no se mostraba infalible ante las pruebas planteadas, reconocía sus lagunas o errores, y evidenciaba su capacidad de aprendizaje. La IA está hundiendo, por otro lado, la moral de muchos docentes, algunos de los cuales no han tenido más remedio que desechar la elaboración de trabajos breves como forma de actividad práctica. Con la duda añadida de si el recurso a las nuevas aplicaciones es extensible a la realización de trabajos de fin de grado completos o, incluso, de tesis doctorales. Más allá de esas dudas razonables, una joven profesora se planteaba cómo, en los próximos años, podría competir con un chatbot omnisciente, disponible las 24 horas…

Seguramente, más bien temprano que tarde, habrá que reinventar la profesión, al igual que otras muchas. Hoy día, no obstante, a esas amenazas de índole tecno-estructural, se unen otras más mundanas, pero no triviales, que también hay que procesar. Como recoge la revista The Economist en un artículo dedicado a la incidencia de la IA en el periodismo[1], no hay que tomar como dogma de fe, sin más, las noticias provenientes de dispositivos artificiales presuntamente inteligentes, ni, por supuesto, tampoco las de origen no artificial.

Una primicia sensacional fue difundida, hace poco, por una emisora de radio estadounidense, según la cual “’el cohete de sexo masivo espacial’ de Elon Musk había estallado durante el lanzamiento”. En el artículo se aclara luego que esa sorprendente primicia “resultó ser una transcripción automática errónea de SpaceX, la empresa de cohetes del multimillonario”.



[1] “Ghost writers”, 6-5-2023.


24 de diciembre de 2021

Clase con vistas y vistas sin clase

 

En una entrada anterior de este blog se reflexionaba en torno a las clases con vistas y a las vistas con clase[1]. La experiencia indica que también hay vistas sin clase.

Me comenta una persona allegada que su hija, que estudia en una Universidad francesa, ha tenido que alterar su plan de viaje vacacional, puesto que ha sido convocada a una presentación en clase, a principios de enero. Podría faltar, pero ha decidido no hacerlo. En su centro existe una norma según la cual, si acumula más de 15 horas de faltas a clase durante todo el curso, empiezan a aplicarse determinadas penalizaciones académicas.

Al menos teóricamente, el control de la asistencia efectiva a las sesiones docentes parecería lógico ante la noción de “haber académico” en la que se sustenta el enfoque metodológico del Espacio Europeo de Educación Superior. Las horas lectivas son un componente de dicho indicador. No obstante, en algunas Universidades no se sigue en la práctica ninguna regla similar a la apuntada. Aunque es innegable que una asistencia a clase meramente pasiva -no digamos si la asistencia equivale a una ausencia mental, autónoma o auxiliada por dispositivos electrónicos- no aporta mucho, es llamativo el elevado número de estudiantes que deciden libremente obviar las clases presenciales. Y ello pese a que durante la fase más aguda de la pandemia del coronavirus se manifestara la añoranza por no poder llevarlas a cabo.

Hace varias décadas, en una época supuestamente más atrasada, eso era algo completamente inconcebible. Una hora de clase de la misma materia y en las mismas condiciones de contenido implicaba entonces, en atención al número de asistentes voluntarios, una mayor producción que actualmente. Las cuentas económicas nacionales, dado que se basan en los costes incurridos, no registran ninguna diferencia. Pero la falta de aprovechamiento de las actividades académicas -supuestamente valiosas-, a tenor de su carácter de servicio colectivo, implica un despilfarro en sentido económico. Tal vez el hecho de que la mayor parte del coste sea soportada por el sector público pueda ser uno de los factores explicativos de comportamientos poco comprensibles.

Si en fechas ordinarias el fenómeno descrito es ya patente, en vísperas navideñas puede llegar a alcanzar cotas insospechadas: la producción, en términos económicos, puede ser incluso totalmente nula. Y todo ello sin hablar de los costes de oportunidad…

“Triste y sola se queda la escuela, triste y llorosa se queda la facultad”… A veces, no es sólo la facultad la que se queda triste y llorosa.

                            Fotografía: Aula nº 22, Facultad de Económicas de Málaga, 22-12-2021, 16,30 h.




25 de octubre de 2018

La mejora de la enseñanza universitaria, un reto crónico

Algunas metas parecen regirse por unos calendarios distintos de los oficiales, que trazan arcos de mucho mayor amplitud que el del ritual anual. Por la enverdagura de las tareas es lógico que así sea en algunos casos, pero esa perspectiva no debe servir de excusa para aplazar sine die la puesta en marcha de los proyectos que sean estratégicos para el progreso social.

Resulta bastante difícil encontrar otro ámbito que sea más relevante en tal sentido que el de la educación. La necesidad de mejorar los planes educativos, en todos los niveles del ciclo formativo, que ya no tiene fin, es un objetivo que suele ser compartido de manera generalizada. Cuestión distinta es, por supuesto, lo que ocurre acerca del rumbo que deba adoptarse. Las voces se multiplican sobre lo que debe y no debe hacerse, pero el “desfase educativo” respecto a las exigencias de una sociedad y una actividad económica que cambian a toda velocidad, así como en comparación con los países más avanzados, no sólo no se contiene sino que se amplifica.

En un reciente artículo publicado en el diario Expansión, Clemente Polo, Catedrático de Fundamentos del Análisis Económico de la Universidad Autónoma de Barcelona, plantea un catálogo de medidas -más bien de forma implícita- para la mejora de la calidad de la enseñanza universitaria básica (Grados) (“Una propuesta para mejorar la enseñanza universitaria”, 10-12-2018), que, en mi opinión, merece la pena considerar  como base para una reflexión y posterior discusión. En el artículo se ponen de relieve algunas “características interrelacionadas que como mínimo dificultan a nuestros universitarios obtener una sólida formación”:

Criterios de entrada laxos: “Concebir el acceso a la Universidad como un derecho casi universal constituye un grave error… a la Universidad sólo deberían acceder personas con una preparación contrastada y dispuestas a realizar el esfuerzo de adquirir una formación superior”.

Excesiva especialización: “Obsesión de quienes diseñan los planes de estudio por abarcar todos los aspectos de un solo ámbito del conocimiento”.

Elevado número de asignaturas y horas lectivas: “… pasar muchas horas en clase, además de producir fatiga y tedio, no garantizan la comprensión de la materia”.

Grupos muy numerosos y falta de trabajo personal supervisado.

El análisis, aunque simple y directo, se centra en algunas cuestiones fundamentales que no pueden eludirse. La primera es crucial, si bien, a tenor de la evolución social observada en los últimos años, resulta difícil de abordar formalmente. Para poder resolverla parece imprescindible la potenciación y la dignificación de los estudios de formación profesional. La continuación por la senda de la relajación de estándares presenta el problema del distanciamiento respecto a los centros de mayor prestigio y, lo que es peor, abona el terreno para la cronificación de las diferencias en razón del origen académico de los egresados universitarios.

Por lo que concierne al diseño de los planes de estudio, siempre me ha llamado la atención cómo puede haber diferencias tan notables entre los planes de las mismas titulaciones, no ya en el ámbito nacional, sino también en el europeo. Sería lógico que, para una titulación válida en un territorio, las materias nucleares tuvieran que estar necesariamente presentes, así como el desarrollo de las competencias profesionales asociadas a cada especialidad. En este contexto, la moda de los dobles grados merecería alguna reflexión. ¿Tiene sentido seguir segmentando la oferta educativa?

La inutilidad de la asistencia meramente pasiva a una clase deja poco margen para la discusión. Lo verdaderamente relevante de una actividad presencial es que pueda servir para clarificar un marco sistemático para abordar un problema, suscitar preguntas, generar una interactuación y, sobre todo, desarrollar un pensamiento crítico. Hoy día, con todo el bagaje de información y conocimiento disponibles, y las posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías, es inevitable y recomendable que cambie el rol del profesor. Aunque no debemos confundirnos; incluso en una época arcaica en lo tecnológico, dicho papel nunca debía limitarse a “dictar apuntes”. Abrir la mente a los problemas y enseñar a enfrentarse a ellos han sido tareas docentes desde tiempo inmemorial, que ahora se magnifican, si cabe.

Escéptico como se manifiesta el profesor Polo respecto al interés de los políticos por mejorar la enseñanza universitaria, así como de la disposición de las distintas “partes interesadas”, se decanta, como vía más rápida y efectiva, por adoptar las pautas que funcionan bien, por tratar de replicar los modelos de éxito, entre los que destaca el estadounidense.

En fin, nos encontramos ante un reto complejo, pero sumamente trascendente, que requiere ser abordado sin demora. Los antecedentes, sin embargo, no invitan a ser demasiado optimistas.

La mejora de la enseñanza, en general, y de la universitaria, en particular, es un bien de carácter colectivo. Como tal se ve afectado por el “problema del polizón”, en este tipo de casos concretado en una falta de acción a escala individual, ante la creencia de que una medida aislada resultará ineficaz en el conjunto global, máxime si no se enmarca dentro de un plan sistemático. Más allá de la lamentación, no queda otra opción, mientras dicho plan se pone en marcha, que tratar de aportar cada uno su granito de arena. Eso sí, suponiendo que sea un grano puro, que merezca la pena acumular en la maceta. Con la semilla, el abono y el riego adecuados tal vez pueda llegar a brotar algún bonsái.

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