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26 de abril de 2023

Economía con rostro de Mona Lisa

Las percepciones cotidianas sobre la situación y el rumbo de la economía parecen instaladas en una suerte de montaña rusa. Ora da la impresión de que nos vemos abocados al precipicio, ora percibimos mercados en ebullición, primero asalta el temor a un desempleo desatado, después vemos que no se encuentran suficientes personas con perfiles profesionales especializados, pero tampoco de otros carentes de grandes requerimientos, un día las cotizaciones bursátiles amenazan con desplomarse, otro se desata la euforia inversora, al amanecer se anuncia el ocaso de las criptomonedas, pero antes de llegar el anochecer sus cifras se reponen y se expanden, lo mismo, de una u otra forma, acá y allá.

La economía postpandémica es como la Mona Lisa, asevera The Economist. El rostro de la economía es tan ambiguo, equívoco y esquivo como el de la protagonista de tan admirada obra: “A primera vista… parece que sonríe. La miras de nuevo y su sonrisa se desvanece. Cuando reaparece, es una clase de sonrisa diferente. Leonardo da Vinci logró ese efecto ambiguo con el uso del esfumado… No importa cuántas veces la contemples, no estás seguro de lo que está ocurriendo”.

Aunque no puede decirse que la conclusión constituya una novedad -al menos como expresión conocida en los informes económicos de los organismos internacionales- es a la que llega el semanario británico: “la realización de previsiones raramente ha sido más difícil”. La multiplicación de la palabra “incertidumbre” en tales informes es un claro indicio. No obstante, en su día Umberto Eco venía a decir aquello de que “hubo un tiempo en el que tenía muchas dudas; ahora no estoy tan seguro…”.

Un repaso de cómo evolucionan algunos indicadores económicos, un tanto caprichosamente, lleva a sostener que, simplemente, el mundo ha podido volverse más volátil. Asimismo, se menciona la influencia de algunos cambios más profundos. El primero está relacionado con las disrupciones causadas por la Covid-19. El segundo, con la disminución del tamaño muestral de los colectivos de personas que aceptan participar en las encuestas oficiales. La caída en las tasas de respuesta ha podido elevar la volatilidad de los datos, además de estar originando sesgos: “Las personas que han dejado de responder en las encuestas parecen ser menos prósperas que las que continúan haciéndolo, lo que lleva a inflar engañosamente la renta”. Así, no es descartable que “la economía global permanezca esfumada durante algún tiempo”. No sólo es difícil predecir (“sobre todo el futuro”, ya se sabe), sino incluso saber lo que está ocurriendo. 



1 de octubre de 2022

Una visión más allá del PIB: la Riqueza en Activos Naturales

 

Desde que algunos indicadores comenzaran a amenazar con dar jaque al PIB[1], lo cierto es que su hegemonía apenas se ha resentido en la práctica. Conforme pasan los años, son cada vez los nuevos indicadores económicos alternativos que salen a escena sin que, hasta ahora, hayan logrado demasiado éxito en el empeño de ofrecer una imagen más ajustada de las consecuencias de la actividad económica registrada en las cuentas nacionales.

Recientemente, con ocasión de la celebración del Día de la Tierra (22 de abril), el Presidente Biden firmó una orden ejecutiva para encargar a la Office of Science and Technology Policy el desarrollo de una guía para un mejor cómputo de la naturaleza y sus beneficios en la toma de decisiones del gobierno federal, de manera que lleve a las primeras cuentas de capital natural para Estados Unidos[2].

Tales cuentas del capital natural medirán el valor económico que los recursos naturales proveen a la sociedad, e ilustrarán cómo una economía robusta depende de un medioambiente natural bien conservado”[3].

Como recuerda The Economist, los esfuerzos en esta línea no son del todo nuevos, y algunos anteriores no lograron salir adelante. Ahora existe la esperanza de que prospere la iniciativa y que, una vez que se disponga del nuevo indicador, pueda arrojarse luz sobre las elecciones entre crecimiento y sostenibilidad, ayudando a que los políticos y los inversores se aparten de la adopción de decisiones perjudiciales[4]. ¿Llegaremos a poder contraponer pronto el PIB con el RAN?



[1] Vid. “Jaque al PIB”, La Opinión de Málaga, 7 de octubre de 2009.

[2] The White House, “Executive Order on Strengthening the Nation’s Forests, Communities, and Local Economies”, 22 de abril de 2022.

[3] The White House, “A New National Strategy to Reflect Natural Assets on America’s Balance Sheet”, 21 de junio de 2022.

[4] The Economist, “Looking beyond GDP”, 17 de septiembre de 2022.


17 de febrero de 2022

Los datos también se equivocan

 

Memento mori. Este imperecedero adagio ha de ser aplicable no sólo a las personas. La realidad no suele equivocarse. Es la que es, pero los datos, como construcción humana para aprehenderla, no escapan a ese ineludible dictado. Los agentes económicos se mueven en función de sus percepciones, pero los datos estadísticos juegan un papel muy influyente en la formación de las expectativas y en la toma de decisiones. La importancia de la disponibilidad, fiabilidad, exactitud, prontitud y objetividad de la información estadística difícilmente pueden, pues, ser exageradas. La obtención, el tratamiento y la agregación de datos microeconómicos constituyen tareas complejas para las que se requiere un alto grado de accesibilidad, de especialización técnica y de medios adecuados. Estados Unidos es un país en el que se presta una enorme atención a los indicadores económicos, y que cuenta con acreditados organismos públicos y agencias privadas que aportan prestaciones estadísticas difícilmente superables.

Pero ni siquiera las fuentes de mayor solera llegan a alcanzar la perfección en el manejo de la información económica a través de indicadores estadísticos. Así lo pone de manifiesto Robert Armstrong en un artículo con un título bastante expresivo: “Data can be wrong, too” (Financial Times, 8-2-2022). A este respecto, las cifras de la evolución del empleo en Estados Unidos, en los últimos meses, han sido objeto de una más que apreciable revisión (gráfico adjunto), lo que lleva a una interpretación bastante diferente acerca del tono del mercado laboral.

Armstrong sugiere extraer algunas lecciones de esta experiencia: “Los datos del gobierno con los que los participantes en los mercados [financieros] están obsesionados día a día no son unas sagradas escrituras. Son indicadores, no hechos exactos, fijos”.

Y también se despacha con una reflexión de connotaciones “Eco-umbertianas”: “En los mercados, parece siempre que las cosas son más inciertas que nunca, pero hay un argumento plausible en el sentido de que actualmente estamos en un momento objetivamente más incierto”.



29 de julio de 2018

La tiranía de la métrica


Al oír la palabra métrica no puedo evitar retrotraerme a una etapa muy lejana, cuando, en la adolescencia, descubría, lleno de admiración, las claves de la estructura y la medida de los versos, en las clases de doña Juana García Revillo en el Instituto de Martiricos. En ellas percibí la magia oculta de la poesía y también hube de afrontar difíciles pruebas de redacciones improvisadas. Los derroteros de la vida académica y profesional diluyeron pronto la inclinación por el estudio de ese arte y fueron dando paso a otras mediciones de connotaciones muy diferentes.

Hoy esa sonora palabra no evoca ya la poesía. Vivimos en una época de apogeo de la métrica, de un exacerbado protagonismo de mediciones de todo tipo (ventas, espectadores, cuotas de pantalla, seguidores en redes sociales, tiempos de espera para intervenciones quirúrgicas, estudiantes egresados…), en todos los ámbitos institucionales. Los indicadores cuantitativos se han convertido en la fórmula predominante para la evaluación del comportamiento de una organización o de una persona concreta.

De ese frenesí cuantitativo se ocupa una reciente obra del profesor estadounidense Jerry Z. Muller, que lo eleva a la categoría de “tiranía” (“The tyranny of metrics”, 2018). La tesis del libro puede resumirse de manera breve: i) lo que puede medirse no es siempre lo que merece la pena medir; ii) lo que acaba midiéndose puede no tener relación con lo que realmente queremos saber; iii) las mediciones pueden proporcionarnos un conocimiento aparentemente sólido, pero pueden estar distorsionadas y resultar engañosas.

Vivimos en la era de la rendición de cuentas (“accountability”), lo que debería significar ser responsables de nuestras acciones. Sin embargo, debido a una simplificación del lenguaje, ese concepto se ha impuesto en la práctica en el sentido de tratar de demostrar el éxito a través de una medición estandarizada, como si solo lo que pudiera medirse contara. El rasgo más característico de la obsesión por la métrica es la tendencia a reemplazar la evaluación basada en la experiencia por unos indicadores tipificados. Y los problemas se agravan cuando tales guarismos se convierten en los criterios para la recompensa y la penalización de comportamientos.

El referido autor destaca que la mayoría de las organizaciones tienen fines múltiples y no siempre es pertinente centrarse solo en algunos de ellos. Pone de relieve los problemas de distorsión de la información que pueden darse: se mide lo que es más fácil de medir; lo simple, cuando el resultado deseado es complejo; la utilización de recursos, en vez de los resultados obtenidos; asimismo, se degrada la calidad de la información a través de la estandarización. A partir del estudio de numerosos casos, en campos tan diversos como las universidades, las escuelas de educación secundaria, el ejército, la medicina, la policía, los negocios, las finanzas y la filantropía, ilustra cómo la utilización de indicadores como elemento central de la evaluación tiende a desencadenar estrategias perversas (“jugando con las estadísticas”): seleccionando los casos a tratar, disminuyendo los niveles de exigencia para mejorar las cifras, omitiendo o distorsionando los datos, o incluso llevando a cabo manipulaciones directas.

Seguramente quien tenga experiencia en cada uno de esos campos podrá encontrar ejemplos que puedan encajar en los distintos supuestos señalados. La ingente cantidad de tiempo derivada de los trámites burocráticos aparejados al proceso de “rendición de cuentas” es otro foco de atención: con todo el tiempo absorbido por el “reporting”, las reuniones y las coordinaciones, queda poco margen para hacer lo que realmente habría que hacer. En el caso de los profesores universitarios, Muller, partiendo de sus propias vivencias, señala que se ven forzados a dedicar cada vez más tiempo al papeleo en vez de a enseñar e investigar.

La idea que subyace al uso de indicadores para la medición de la actuación se remonta a mediados del siglo diecinueve y en su extensión influyó decisivamente la normalización de métodos impulsada por el taylorismo. Más recientemente, su utilización adquirió gran protagonismo en los planes lanzados por Margaret Thatcher y también por Bill Clinton. Muller, sin embargo, toma la crítica de la planificación económica formulada por Hayek como base para cuestionar la exaltación del uso de la métrica, que, en su opinión, replica muchas de las deficiencias de los esquemas de planificación en los países comunistas.

La tiranía de la métrica se ha impuesto hoy, superando las barreras ideológicas. “En un círculo vicioso, una falta de confianza social lleva a la apoteosis de la métrica, y la fe en la métrica contribuye a una decreciente apelación al juicio”, asevera Jerry Muller. Para este, contrariamente a las corrientes de opinión imperantes, la transparencia puede llegar a ser el enemigo de una buena actuación, y sostiene que, llevada a su extremo, en lugar de hacer del mundo un lugar mejor, conduce frecuentemente a la parálisis.

En suma, aunque estamos abocados a vivir en una era de medición omnipresente, nos vemos inmersos en una fase de medición deficiente, excesiva, engañosa y contraproducente. Parafraseando al filósofo Isaiah Berlin, Jerry Muller considera que el juicio es una especie de competencia para comprender las particularidades únicas de una situación, y ello conlleva un talento para la síntesis más que para el análisis. En su opinión, una orientación hacia el conjunto y un sentido para apreciar lo singular son precisamente los atributos que la métrica no puede ofrecer.

En los últimos tiempos, la función de la “calidad del dato” se está abriendo paso como uno de los ejes de una buena gobernanza de las organizaciones y un requisito básico para una adecuada toma de decisiones. El contenido del libro aquí comentado no viene sino a reafirmar la relevancia de garantizar la coherencia, la veracidad, la consistencia, la fiabilidad, la comparabilidad y la exactitud de los datos en su ciclo completo. La calidad integral del dato está llamada a desempeñar un papel imprescindible para que no se consolide la “tiranía de la métrica”. Las estadísticas son necesarias para aplicar un buen juicio, si bien nunca pueden llegar a sustituirlo de forma mecánica.

(Artículo publicado en el diario “Sur”)

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