Mostrando entradas con la etiqueta Riqueza. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Riqueza. Mostrar todas las entradas

2 de junio de 2024

Un impuesto mínimo global sobre los multimillonarios

 

Basándose en los datos del Global Taxation Report 2024, del que él mismo es uno de los coordinadores, Gabriel Zucman señala que, incluyendo todos los impuestos, los individuos con un elevado patrimonio neto tienden a pagar proporcionalmente menos en impuestos que los restantes grupos socioeconómicos.

La razón de esta regresividad radica en que los multimillonarios pueden estructurar su riqueza de modo que genere poca -a veces, ninguna- renta gravable[1]. En la reunión de ministros de finanzas del G-20 celebrada en 2024, y por encargo del gobierno brasileño, el economista francés defendía que la mejor manera de abordar dicha regresividad era mediante la creación de un estándar mínimo común a través de la cooperación internacional[2].

Considera que, en la práctica, un impuesto mínimo sobre los individuos más ricos podría estructurarse como un complemento (top-up) del impuesto sobre la renta individual. Sin embargo, dado que la noción de renta no está bien definida para los situados en la parte más alta de la distribución de la renta (debido a que pueden retener renta en las sociedades o en otras estructuras intermedias), dicho impuesto mínimo debe ser expresado como una fracción de la riqueza, que está bien definida. En ese marco, podría aplicarse la siguiente regla: “asegurar que los individuos más ricos paguen al menos el equivalente a un 2% (por ejemplo) de su riqueza en impuesto sobe la renta cada año”.

Según Zucman, el colectivo de personas a las que se aplicaría el referido impuesto mínimo sería de unas 3.000 en todo el mundo. A pesar del reducido número, la recaudación estimada es de 250.000 millones de dólares anualmente. Cree que “algunos de ellos, quizás muchos, o incluso la mayoría, pueden también entender que es en su propio interés respaldar tales ataques sobre la concentración de la renta”[3].

La propuesta de Zucman, según éste, es de un espíritu muy similar a la del presidente Biden consistente en el establecimiento de un gravamen sobre los milmillonarios incorporando elementos del concepto de renta extensiva en la tradición de Schanz-Haig-Simons, en los términos planteados por el senador Wyden[4].

La propuesta ha sido calificada como un híbrido entre la riqueza y la renta: se valora la riqueza, se toma el 2% de ésta y se complementa hasta ese nivel si los impuestos sobre la renta realmente pagados son de un importe inferior… la idea es aplicarlo globalmente, de forma que no se puede eludir mediante el traslado de la residencia”[5].



[1] No obstante, cabe entender que, para la obtención de la carga impositiva sobre la renta antes de impuesto, la renta no gravable se incluye en el denominador.

[2] “Speech at the G20 finance ministers meeting in São Paulo”, 29-2-2024.

[3] “Taxing the super-rich: at the G20, Gabriel Zucman advocates for international standards for tax justice”, G20 Brasil 2024, 23-5-2024.

[4] Vid. M. Sandbu, “We are a step closer to taxing the super-rich”, Financial Times, 17-5-2024.

[5] Vid. R. Armstrong y M. Sandbu, “Transcript: The billionaires’ tax”, Financial Times, 30-5-2024.




6 de abril de 2024

Propuestas fiscales antirricos

Informa la revista The Economist de la aparición de dos obras con ideas fiscales deslumbrantes, sin duda producto de un largo y profundo proceso de análisis y reflexión. Ambas están motivadas por la preocupación existente a causa de la desigualdad económica existente y de la acumulación de grandes sumas de riqueza por una minoría de personas muy ricas. Y ambas propugnan una solución bastante expeditiva.

Especialmente, Ingrid Robeyns (“Limitarianism”), quien hace un planteamiento no demasiado complicado: que el Estado prohíba que cualquier persona acumule una riqueza superior a 10 millones de dólares (o, da igual, de euros o de libras esterlinas).

Por su parte, Luke Hildyard (“Enough”) propone recurrir a una vía algo más sofisticada y adaptativa a la situación de cada país: que nadie obtenga más de los ingresos que marquen el umbral para entrar en el top 1% de los contribuyentes.

Tras evaluar sucintamente las propuestas, en esta ocasión, el semanario británico, a diferencia de otras anteriores, evidencia una postura asaz crítica (“The fallacious case for abolishing the rich”, 30-3-2024) en la que podríamos decir que, de facto, se cuestionan los títulos (“Limitarianismless” y “Enough is not enough”). 

Ahora bien, esas reticencias no deberían impedir apreciar algunos efectos colaterales no desdeñables. Las referidas contribuciones permitirían una acusada simplificación de la teoría de la imposición y, en particular, desactivarían el enfoque de las reformas fiscales.




27 de junio de 2023

Tamaño del sector público y milmillonarios

 

Los economistas preocupados por la determinación del tamaño óptimo del sector público han llevado a cabo análisis a fin de comprobar la relación existente entre la magnitud económica alcanzada por dicho sector con el desempeño en las tres grandes vertientes de la asignación, la distribución y la estabilización. Ante un panorama cuajado de dificultades metodológicas que desafían la obtención de unos resultados contundentes, parecía desprenderse una cierta conexión positiva -aunque sujeta a matizaciones- entre la dimensión económica del Estado -aproximada por la ratio del gasto público respecto al PIB- y la existencia de un menor grado de desigualdad económica.

Esa asociación viene a ser desafiada por el análisis de Ruchir Sharma (“Billionaires find big wins in big government”, Financial Times, junio 2023), quien utiliza como indicador el peso que, sobre el PIB, representa la riqueza acumulada por los milmillonarios -colectivo dentro del que diferencia entre quienes lo son por herencia, los “malos” (que han generado su riqueza en industrias captadoras de rentas), y los “buenos” (que obtienen su riqueza en industrias productivas)-.

Destaca el caso de Francia, donde “la clase milmillonaria coexiste con el Estado del bienestar con mayor nivel de gasto del mundo”, con una riqueza que crece a un ritmo muy elevado, y que llega ya al 21% del PIB. Las fortunas heredadas representan en el país galo un 85% de la riqueza de los milmillonarios. Con cifras similares se encuentra Suecia, mientras que en Japón la referida ratio sobre el PIB es de un 4%. Asimismo, países con sectores públicos reducidos, como Corea o Taiwán, u otros que, tras una experiencia ligada al socialismo, se han decantado por el capitalismo, como Polonia, muestran los niveles más bajos.

Según Sharma, presidente de Rockefeller International, “estos resultados sugieren que las tendencias socialistas pueden generan resultados contraproducentes al promover la concentración en vez de la distribución de la riqueza… Esto debe ofrecer algún motivo de reflexión a muchos que creen que la respuesta a los males actuales del capitalismo es un gobierno que sea, todavía más, de apoyo”.

5 de abril de 2021

La desigualdad en la distribución de la riqueza: la importancia de los indicadores

 

En dos recientes entradas de este blog, de fechas 27 de febrero y 4 de abril de 2021, se hace referencia a la última obra de Tim Harford, “10 reglas para comprender el mundo” (Conecta, 2021), en la que aborda cómo la utilización adecuada de la información numérica puede ayudarnos a comprender mejor lo que sucede en el mundo.

La tercera de tales reglas se concreta en el siguiente mensaje: “Evita la enumeración prematura”. No dispongo del texto original, pero este enunciado genera alguna duda sobre el significado exacto del mensaje, aunque el sentido parece claro. A través de una serie de ejemplos, el economista británico nos alerta a fin de no dejarnos llevar por las primeras impresiones cuando observamos datos numéricos. Recomienda que nos tomemos “un momento para comprender el hecho principal y más obvio: ¿qué se mide o qué se cuenta? ¿Qué definición se está empleando?”. Todas las cautelas son pocas cuando afrontamos una información estadística simplificada, especialmente ante la amenaza latente de los sesgos que nos pueden influenciar.

Éstos adquieran un relieve especial cuando nos situamos antes datos relativos a cuestiones con fuertes connotaciones sentimentales o ideológicas. El tratamiento de la justicia distributiva y de la desigualdad ocupa un lugar destacado al respecto. Es uno de los grandes temas de una agenda permanentemente abierta. Algunas incursiones hemos llevado a cabo de las que se ha ido dejando rastro en este blog[1].

La desigualdad económica es un problema mundial de primera magnitud, muy difícil de resolver en la práctica. También, aunque en un plano muy diferente, las dificultades son considerables en la vertiente metodológica. Como expone el sagaz columnista estrella del Financial Times, una inadecuada medición de la desigualdad puede distorsionar grandemente la percepción sobre su alcance real. A la cuantificación de la desigualdad en la distribución de la riqueza mundial dedica una buena parte del capítulo tercero del libro mencionado.

A este respecto, comienza haciendo alusión a un estudio de Oxfam del que, en el año 2014, se hicieron eco los principales medios de comunicación de todo el mundo: “Las 85 personas más ricas del mundo tienen tanto dinero como la mitad más pobre de la población mundial”. Inicialmente dicha organización sostenía que “la riqueza mundial está dividida en dos: casi la mitad está en manos del 1% más rico de la población, y la otra mitad se reparte entre el 99% restante”[2]. Poco después, sin embargo, señalaba que “entre 2013 y 2014, las 85 personas más ricas del planeta –quienes poseen la misma riqueza que la mitad más pobre de la población mundial- aumentaron su patrimonio en 668 millones de dólares al día, lo que equivale a casi medio millón de dólares cada minuto”[3].

Tras cuestionar este cambio tan notorio, Harford no tiene empacho en afirmar que “las mediciones de Oxfam eran una manera muy escandalosa y desinformadora de pensar en la desigualdad”[4]. En el libro se relatan otras flagrantes distorsiones publicadas por medios de gran influencia y notoriedad. Entre ellos, todavía podemos encontrar en Internet la nota de la BBC en la que se recogían los nombres de “los 8 millonarios que tienen más dinero que la mitad de la población del mundo”[5]. Algún periódico llegó a identificar el grupo de los 85 multimillonarios con el 1% de la población mundial. Es verdad que un 1% es un porcentaje muy pequeño, pero, proyectado sobre un colectivo de 7.500 millones de personas, la cifra absoluta es algo superior…

Paradójicamente, los datos ofrecidos por Oxfam provenían de un estudio internacional auspiciado por un banco, y no precisamente por un banco de barrio, sino por el Credit Suisse. Dicho informe contiene información de la distribución de la riqueza neta (activos menos deudas) de la población adulta mundial.

Harford argumenta, con base en algunos ejemplos reales, que “la riqueza neta es una forma efectiva de medir a los ricos, pero no funciona tan bien para medir la pobreza”[6]. Al margen de otras limitaciones metodológicas, podemos aproximarnos al estado de la distribución de la riqueza mundial a través de la última edición del estudio de Credit Suisse[7].

La información básica se recoge en el cuadro adjunto.

A partir de estos datos podemos señalar lo siguiente: i) el 1% más rico, unos 52 millones de personas, posee un 43,4% de la riqueza mundial; ii) el 11,4% que le sigue en riqueza, 500 millones de personas, acumula algo más de un 40% del total; iii) más de 1.700 millones de personas aglutinan algo menos de un 15% del total; y iv) casi 2.800 millones de personas sólo poseen un 1,4% del total.

En suma, algo menos de 550 millones de personas acaparan la inmensa mayor parte de la riqueza mundial, casi un 84% del total.

De forma complementaria, los gráficos adjuntos permiten una comparación más visual.





[1] Por ejemplo, “Populismo y desigualdad: a lomos de un elefante”, 10 de junio de 2018. También en la revista eXtoikos: “Tiempos de desigualdad: cuestiones básicas para el análisis económico”, nº 13, 2014.

[2] Vid. Oxfam, “Gobernar para las élites. Secuestro democrático y desigualdad económica”, 20 de enero de 2014.

[3] Vid. Oxfam, “El número de multimillonarios del mundo se ha duplicado desde 2008 y la desigualdad alcanza niveles extremos”, 30 de octubre de 2014.

[4] Op. cit., pág. 87.

[5] Vid. BBC, 16 de enero de 2017.

[6] Op. cit., pág. 90.

[7] “Global Wealth Report”, octubre 2020.

10 de agosto de 2020

¿Somos más ricos de lo que pensamos?

La pregunta que da título a esta entrada es la que, no hace mucho, nos planteaba Jason Butler, autodenominado experto en bienestar financiero y conocido de esta modesta “casa” (“Are you richer than you think?”, Financial Times, 29 de julio de 2020).

Tomando como referencia la historia narrada en la película “En busca de la felicidad”, protagonizada por Will Smith y su hijo Jaden, cuestiona la idea de que sólo podemos alcanzar grandes cosas y vivir una buena vida si triunfamos en nuestra carrera profesional y obtenemos  retribuciones económicas muy elevadas.

Frente a otras retóricas que ponderan el significado de la vida a través de acciones cotidianas (bienestar emocional), la tangibilidad del dinero lo coloca en una posición privilegiada como indicador para determinar si alguien está viviendo una buena vida.

Butler sostiene que el dinero no debe desempeñar un protagonismo tan señalado en la vida de las personas, y destaca que tendemos a formar la mayor parte de nuestras creencias básicas sobre el dinero en nuestra infancia, a partir de lo que vemos y oímos.

Según las aportaciones de Brad Klontz, recogidas en el artículo citado, las creencias relativas al dinero ejercen influencia sobre nuestro comportamiento y nuestra felicidad en la forma de ciertas historias que nos contamos a nosotros mismos, y que denomina “guiones del dinero”. Siguiendo al referido psicólogo, hay cuatro guiones básicos sobre el dinero y uno tiende a ser el dominante: i) el de “evitación del dinero”, que considera que el dinero es un mal, y extiende las ideas de que no merece la pena tenerlo, y de que quienes lo acumulan se dejan llevar por la avaricia o la falta de escrúpulos; ii) el del “culto del dinero”, que estimula a los individuos a creer que disponer de más dinero resolverá sus problemas; iii) el del “estatus del dinero”, que iguala el patrimonio neto con el valor de la propia persona, y tiende a creer que el éxito y la riqueza están determinados por los signos externos de consumo; y iv) el de la “vigilancia del dinero”, que hace que la gente sea consciente, motivada y diligente sobre su situación financiera, con tendencia a un estilo de vida frugal, favoreciendo el ahorro frente al gasto.

En el artículo aparece un link que lleva a una página en la que se ofrece la realización de un test individual para discernir cuál es el patrón dominante, pero se trata de una página con apariencia comercial. Sin necesidad de practicar ningún test, parece evidente que no todos los estudiosos de los comportamientos financieros participan de la filosofía senequista, incorporada en los idearios de proyectos como Edufinet y Econospérides, de compartir altruistamente el conocimiento.

Con gran solemnidad, Butler nos recuerda que “tener suficiente dinero para atender las necesidades evita la miseria de la pobreza absoluta, y aquellos con altos niveles de renta o de riqueza son más felices, pero no se da una relación lineal. Quienes ganan 80.000 libras al año, por ejemplo, no son el doble de felices que quienes ganan 40.000 libras, según han concluido las investigaciones”. Desde luego, la existencia de un impuesto sobre la renta progresivo garantiza, de entrada, que no se dé esa supuesta relación proporcional.

Y acaba recomendando como mejor inversión cultivar y nutrir las relaciones humanas: “… vivir una vida con propósito y minimizar las lamentaciones cuanto nos llegue la hora están a nuestro alcance, cualquiera que sea nuestra situación financiera… [lo verdaderamente importante es] pensar acerca de las personas que tienes en la vida. Si te centras en esto, tendrás probabilidades de ser rico en todos los sentidos de la palabra”.

15 de enero de 2019

El sentido de la vida: ¿debe haber alguna norma sobre las aspiraciones vitales?

Si, a estas alturas, alguien me preguntara cuál había sido mi aspiración máxima en la vida, sin duda me pondría en un aprieto. Al cabo de los años, las expectativas, las prioridades, las ilusiones, las preferencias van alterando sus perfiles; lo que eran certezas se transforman en pompas de jabón, las creencias, en puras vaguedades que estrechan sobremanera el abanico de opciones reales. A menudo, nuestras propias vivencias nos llevan por unos detorreros a marchas forzadas, sin apenas margen para pararnos a pensar hacia dónde vamos o queremos ir, sin poder detenernos a calibrar cuál es el rumbo que más nos convendría, si en realidad tuviéramos la capacidad para emprenderlo.

Aunque el paso del tiempo ha ido enterrando lo que en su día fueron pretensiones más o menos vanas, o factores de autoestímulo, o meras ensoñaciones, en interminables capas de sedimento, hay algunas que todavía siguen haciéndonos llegar su señal, a pesar de llevar tantos años apagada. El sueño de llegar a ser guardameta del por aquel entonces, a mediados de los años sesenta, Club Deportivo Málaga es una de ellas. Así lo relataba, junto con otros recuerdos difusos, en un artículo que escribí para el periódico digital editado por Paco Rengel, cuyos contenidos se fueron con él.

Hace unos días, una persona allegada me contaba que sus dos hijos, cuya edad actual es similar a la que yo tenía cuando proclamaba aquella utópica aspiración, hace más de cincuenta años, aún en modo “monodigital”, al ser preguntados por su pretensiones para la edad adulta se decantaban con nitidez por la acumulación de sustanciales riquezas materiales.

También una cierta dosis de sorpresa me ha producido la reacción de algunos estudiantes, en la primera clase del nuevo año, ante un ejercicio en el que se planteaba el análisis, desde el punto de vista de los principios de la imposición, de una hipotética reforma fiscal consistente en el establecimiento de un tipo de gravamen del 75% como tipo máximo del IRPF, aplicable a partir de un umbral de 1 millón de euros. Según el sentir de tales estudiantes, dicha carga sería excesivamente elevada y totalmente injustificada. Su razonamiento les llevaba a cuestionar el derecho del Estado a detraer tan significativa proporción de ingresos logrados con el esfuerzo personal. Tal y como les comenté, dicha propuesta no estaba muy alejada de la propugnada hace no mucho en un país vecino de España. Además de ilustrar algunas experiencias históricas en determinados países, entre ellas la aludida en la canción de “Taxman” de Los Beatles, también recordé que, en España, diversos políticos y economistas abogan por tipos de este tenor, o incluso superiores. La noción de la posible confiscatoriedad planea siempre en debates de esta naturaleza.

No obstante lo señalado, el asombro adquiere mayores proporciones cuando nos hacemos eco del episodio narrado por Lucy Kellaway en el artículo comentado hace poco en este blog (Financial Times, 28-12-2018). En él relata cómo, no hace mucho, mostró a sus alumnos londinenses de enseñanza secundaria el siguiente titular: “La fundadora de Bet365 [Denise Coates] se paga a sí misma unos ‘obscenos’ 265 millones de libras”. Mientras que para la articulista dicha situación está relacionada con la codicia y un sistema roto, para sus alumnos se equiparaba a una historia de éxito. A renglón seguido pidió a los asistentes a clase que alzaran la mano si consideraban que hay un límite sobre lo que es apropiado que gane un primer ejecutivo: “Treinta y dos brazos permanecieron completamente quietos”.

Aunque no sean más que meras anécdotas por su falta de representatividad real, no dejan de ser llamativas las motivaciones que pueden subyacer en los comportamientos mencionados. Ahora bien, con independencia del juicio que a cada uno le merezca esta clase de posicionamientos y de los indicios que puedan ofrecer sobre el sentido de la vida, hay algún aspecto positivo que podemos encontrar en las manifestaciones expresadas. En cierto modo están efectuadas bajo una especie de “velo de la ignorancia”. Los niños y jóvenes en cuestión no saben qué futuro económico les espera, por lo que quizás se cubren ante la eventualidad de que alcancen una posición privilegiada, de la que les gustaría disfrutar sin la intervención previa del Fisco. No sabemos si por una vía que no fuera la coactiva de los tributos estarían dispuestos a ceder parte de sus recursos en beneficio de causas nobles. Dicho lo cual, también es evidente que otras personas que ya conocen cuál ha sido su sino económico pueden carecer de incentivos para ser reticentes a procesos de redistribución de la renta y la riqueza por parte del poder tributario.

28 de octubre de 2018

Cotizaciones bursátiles y destrucción de riqueza

A lo largo de las últimas jornadas se están viviendo bruscos movimientos en los mercados bursátiles, en los que especialmente algunos sectores se han visto severamente castigados. No es ahora mi pretensión centrarme en el análisis de alguno de dichos sectores, como tampoco en el de las acciones de una compañía concreta. Más bien, recuperar una reflexión acerca del alcance de la destrucción de valor que suele predicarse con ocasión de las evoluciones negativas de las cotizaciones bursátiles.

La determinación del valor de una acción es una cuestión sumamente compleja, pues son muchos los factores, económicos y extraeconómicos, que entran en juego. El anterior aserto es una mera perogrullada, aunque con alguna peculiaridad. A veces, un exceso de confianza o de falso dominio de la situación lleva a decantarse por una simplicidad que puede costar cara.

La hipótesis de los mercados eficientes postula que el precio de una acción recoge toda la información relevante y, por tanto, que aquél es un buena estimación de su valor intrínseco. En determinadas condiciones, dicha hipótesis puede reflejar adecuadamente el funcionamiento de los mercados. Sin embargo, por diversas circunstancias, el precio de cotización de un valor puede no reflejar fidedignamente el valor real de la compañía. Tener una fe desmedida en la eficiencia de los mercados suele ser una estrategia poco eficiente, bastante ineficaz y hasta económicamente ruinosa.

Dejando al margen aquellos casos en los que la caída en la cotización viene explicada por un deterioro cierto aflorado o una fundada expectativa de un impacto negativo, la referida reflexión concierne a aquellas situaciones en las que, por factores no ligados a los “fundamentales” empresariales, se produce un declive bursátil generalizado, con una fuerte incidencia negativa en las cotizaciones. En este tipo de coyunturas, es un tópico afirmar que se registra una destrucción de riqueza. ¿Es así?

Supongamos que el accionista A es titular de 100.000 acciones de la compañía X, las cuales cotizan a un precio unitario de 2 euros. Su riqueza por este concepto asciende, por tanto, a 200.000 euros. Por su parte, B es un ahorrador con 200.000 euros en una cuenta corriente, dispuesto a efectuar una inversión en acciones de la compañía X, al precio de mercado. Si la transacción se lleva a cabo al precio indicado, A y B mantienen su riqueza, conmutando sus posiciones en activos.

Imaginemos que, antes de efectuarse la transacción en el mercado, el precio de las acciones de X cae a 1 euro, sin que haya habido ningún cambio en el valor real de la empresa. Si se lleva a cabo la operación en tales condiciones, A quedará con un efectivo de 100.000 euros, computando una pérdida patrimonial respecto de la situación precedente por importe de 100.000 euros. A su vez, B quedará con 100.000 euros en acciones y 100.000 euros en cuenta corriente. Además, si el precio de 2 euros reflejaba el valor real de la sociedad X, se habría hecho con una plusvalía latente por importe de 100.000 euros. De confirmarse posteriormente esa recuperación, la pérdida sufrida por A encontraría esa contrapartida en el patrimonio de B.

En el supuesto de que no se produjera esa revalorización, no aparecería, lógicamente, esa contrapartida. Bajo las hipótesis manejadas, no habría habido destrucción de riqueza real, y sí un quebranto patrimonial para A como producto de una valoración desajustada. La clave estaría en saber a qué precio adquirió sus acciones. Al fin y al cabo, también los mercados juegan un importante papel redistributivo.

14 de diciembre de 2017

Riqueza dinástica: ¿mito o realidad?

Hace tan solo unos años, con la publicación de la gran obra de Thomas Piketty “El capital en el siglo veintiuno” (2014), se produjo uno de los fenómenos editoriales más notables de los últimos tiempos. El hecho de que un libro de casi 700 páginas, escrito por uno de los jóvenes economistas contemporáneos más destacados, se convirtiera en un best seller es ciertamente destacable. Pero aún más apreciable ha sido su influencia social, su impacto en el estado de opinión mundial acerca de la dinámica del sistema capitalista y de las consecuencias de la desigualdad económica.

La obra de Piketty ha tenido una extraordinaria acogida en medios especializados y no especializados. Todo el mundo reconoce la envergadura del trabajo realizado. Especialmente desde determinados sectores se ha aplaudido su acérrima crítica al capitalismo, su llamada de atención sobre el problema de la desigualdad económica y su popular propuesta de establecimiento de un impuesto progresivo global sobre el patrimonio. No obstante, tampoco han faltado posiciones críticas que han cuestionado la posible simplificación de las leyes básicas del capitalismo divulgadas por Piketty y la consistencia de algunas de las bases estadísticas utilizadas.

Dentro de esta última corriente se inscribe la investigación realizada por Robert Arnott, William Bernstein y Lillian Wu (en adelante, Arnott et al.) y publicada en Cato Journal (vol. 35, nº 3, 2015). Estos autores consideran que el mensaje básico de Piketty está sesgado en varios aspectos, como resultado de errores fundamentales y evitables en sus supuestos básicos.

De su conocida hipótesis de que la tasa de rendimiento del capital invertido es superior a la tasa de crecimiento económico, Piketty deriva que las familias ricas lo serán cada vez más en las generaciones futuras, llevando a una sociedad dominada por la riqueza hereditaria. Arnott et al. consideran que esa lógica sería cierta solo si tales familias ricas nunca disiparan su patrimonio a través de diversas vías: gastos, donaciones, impuestos, inversiones fallidas y segregación entre porciones hereditarias.

Recurren a la evidencia empírica procedente de las listas de personas ricas publicadas por la revista Forbes para refutar el argumento de Piketty, sobre la base de que, según ellos, en cualquier momento, la mitad o más de la riqueza conjunta de los extremadamente ricos es de primera generación, no de procedencia hereditaria. A partir de dicho análisis concluyen que la acumulación de la riqueza dinástica es simplemente un mito.

Arnott et al. admiten que la desigualdad en la distribución de la riqueza se ha intensificado en el pasado reciente, pero discrepan de la fundamentación ofrecida por Piketty y recuerdan que la tasa de rendimiento del capital relevante es la neta de impuestos, gastos, división entre herederos, donaciones caritativas y otros métodos de utilización o agotamiento.

Argumentan que, si la acumulación de la riqueza dinástica fuese un fenómeno generalizado, habría que esperar poco cambio en la composición del ranking de Forbes año tras año. Pero, en lugar de ese rasgo, encuentran que hay una alta tasa de rotación. La riqueza agregada de los descendientes de los ricos que inauguraron la lista de Forbes era del 39% en el año 2014, lo que viene a implicar que el otro 61% proviene de una riqueza nueva.

En definitiva, Arnott et al. señalan que los ricos en su conjunto son más ricos, pero no por las razones esgrimidas por Piketty. La explicación radica en una combinación de nuevos ricos creadores de riqueza con el beneficio para los preexistentes derivado de una larga fase expansiva en los mercados de valores. Las valoraciones crecientes vienen en parte explicadas por la caída en los rendimientos del capital.

Entradas más vistas del Blog