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12 de mayo de 2024

Las cualidades personales de mayor utilidad social: el dictado de A. Smith

 

Es Adam Smith una figura incómoda, a pesar de los estereotipos. Tanto para los críticos del liberalismo y del mercado, como para los defensores a ultranza de la “mano invisible”. La lectura de “Teoría de los sentimientos morales” [1] puede dejar completamente desarbolado a quienes, en un exceso de simplificación, se centran exclusivamente en sus proposiciones más difundidas, especialmente si se prescinde de cualquier contextualización. Y, de hecho, a todo aquél que considera que se rige por motivaciones sociales lo coloca ante un espejo de perfiles bien definidos del que no es fácil salir bien parado.

“Humanidad, justicia, generosidad y espíritu público, son las cualidades de mayor utilidad para los demás”, opina el autor de “La riqueza de las naciones”. Para éste, “la humanidad consiste meramente en el exquisito sentimiento hacia el prójimo, que el espectador abriga respecto del sentimiento de las personas principalmente afectadas, de tal modo que llora sus penas, resiente sus injurias y festeja sus éxitos”.

Prosigue su discurso ético señalando que “Jamás se es generoso sino cuando de algún modo preferimos otra persona a nosotros mismos, y sacrificamos algún grande e importante interés propio a otro igual interés de un amigo o de alguien que es nuestro superior”.

El espíritu público no encuentra una expresión directa, pero queda claramente vinculado conceptualmente a la anteposición de un proyecto colectivo, como una nación, al interés y a la situación individuales.

En todo caso, apunta que “La propiedad de la generosidad y del espíritu público se funda en el mismo principio que en el caso de la justicia”.

Con independencia de cómo se concreten las definiciones, parece claro que la toma en consideración de esos cuatro ingredientes como guía espiritual tendería a mejorar grandemente los resultados de la “mano invisible”, y también los de la “mano visible”.


1 de noviembre de 2023

La condena de la alcabala por Adam Smith

 

En “La riqueza de las naciones”, Adam Smith se mostraba muy crítico respecto a determinados impuestos sobre ventas, en particular de aquellos que recaían sobre cada una de las transacciones por las que pasaba un bien a lo largo de su proceso de producción y distribución.

En dicha obra señala lo siguiente: “Como consecuencia de la idea de que los derechos sobre los bienes de consumo eran impuestos sobre los beneficios de los empresarios, esos derechos en algunos países han sido repetidos en cada venta sucesiva de los bienes. Si se gravaran los beneficios del comerciante importador o empresario industrial, la equidad parecía exigir que se hiciera lo propio con los de todos los comerciantes intermedios situados entre ellos y el consumidor. La famosa alcabala de España fue establecida según este principio”.

La notoriedad de la alcabala era, pues, manifiesta. La aplicación de este tributo presenta gran interés desde el punto de vista de la incidencia económica de los impuestos. Tanto es así que protagoniza algunas inolvidables referencias en “El Quijote”[1].

Smith tenía claro su diagnóstico: “En la mayor parte de un país donde se imponga un gravamen de estas características no se producirá nada para su venta en mercados lejanos”, y destacaba lo siguiente: “De ahí que Uztáriz[2] impute a la alcabala la ruina de la industria española. Podría de igual forma haberle atribuido la decadencia de la agricultura, puesto que no sólo grava las manufacturas sino también los productos primarios”.

En cualquier caso, no puede decirse que Adam Smith fuese un partidario entusiasta de los impuestos indirectos: “La imposibilidad de gravar a las personas por capitación en proporción a su ingreso parece haber ocasionado la invención de los impuestos sobre los bienes de consumo. Al no saber el Estado cómo gravar al ingreso de sus súbditos directa y proporcionalmente, lo intenta gravar indirectamente con impuestos sobre sus gastos, que se supone que en la mayor parte de los casos estarán casi en proporción con sus ingresos”.

El carácter de la alcabala como impuesto acumulativo fue heredado por el impuesto general sobre el tráfico de las empresas (ITE), que mantuvo su vigencia en España hasta la implantación del IVA con motivo de la incorporación a la Comunidad Económica Europea.



[1] Vid.: “El Quijote y los tributos: la fiscalidad en la época de Cervantes”, eXtoikos, número especial, 2016.

[2] Jerónimo de Uztáriz (1670-1732).

 

2 de noviembre de 2022

Del amor a la alabanza y a ser loable

 

Ayer mismo alguien me preguntaba a qué dedicaría mi tiempo -ese don de duración incierta- a partir de la situación de jubilación. En ella llevo, de hecho, colocado algunos meses, según algunos observadores, pese a mis infructuosos intentos de rebatir su supuesta compatibilidad con el desempeño formal de actividades académicas. No es menos cierto, si hacemos caso de la afilada pluma del Profesor Molina Morales, cuando afirmaba que señeros miembros del claustro académico llevaban décadas en verdadero estado de “reserva inactiva”, que otras posiciones especiales pueden ser factibles en la práctica. Alguien puede interpretarlas como una panacea, aunque no por ello uno esté dispuesto a arrendarle las ganancias.

En cualquier caso, llegado el momento, si es que llega y hay facultades suficientes, la lectura o la relectura de obras significativas, de distintos estilos y épocas, podría ser una tarea para comenzar con mayor o menor determinación. Quién sabe. Algunas estarían necesariamente incluidas en la lista. De Adam Smith, “La teoría de los sentimientos morales” se disputaría el tiempo con “La riqueza de las naciones”. La sabiduría incluida en una y otra se antojan un caudal inacabable. Se abran por donde se abran, encontramos siempre en esos libros alguna idea que nos atrapa y nos lleva a la reflexión.

En uno de los capítulos del primero de ellos hallamos este sugerente título: “Del amor a la alabanza y a ser loable; y del pavor al reproche y a ser reprochable”. “El deseo de ser laudable no se deriva en absoluto exclusivamente del apego a la alabanza”, afirma Smith, que también nos recuerda que “la persona que nos aplaude por acciones que no realizamos o por motivaciones que nunca influyeron sobre nuestra conducta no nos aplaude a nosotros sino a algún otro”.

10 de septiembre de 2022

La teoría de los sentimientos morales: el lado menos conocido de A. Smith

 

Especialmente desde el desencadenamiento de la gran crisis económica y financiera internacional, en la segunda mitad de la primera década del presente siglo, vienen oyéndose cada vez más voces que reclaman la reconversión de la ciencia económica, de manera que incorpore ciertas perspectivas comúnmente ignoradas en el análisis económico convencional. Partículas énfasis se pone en el componente ético y moral, a cuya ausencia se imputa en gran medida la combustión de una crisis cuyo origen no acababa de comprenderse. ¿Qué opinaría de ese tipo de prescripciones alguien tan significado como Adam Smith, cuya imagen se asocia al egoísmo imperante en una economía capitalista de mercado?

La faceta del padre de la Economía moderna como filósofo y moralista es menos conocida, eclipsada históricamente por la fuerza arrebatadora que emana de la colosal “Riqueza de las naciones”. Sin embargo, más de un cuarto de siglo antes de la aparición de esta obra cumbre Smith publicó “La teoría de los sentimientos morales”, cuya lectura nos descubre aspectos inusitados de quien avanzó la explicación de lo que, mucho después, se formalizaría como primer teorema fundamental de la Economía del bienestar.

“Por más egoísta que se pueda suponer al hombre, existen evidentemente en su naturaleza algunos principios que le hacen interesarse por la suerte de otros, y hacen que la felicidad de éstos le resulte necesaria, aunque no derive de ella nada más que el placer de contemplarla. Tal es el caso de la lástima o la compasión, la emoción que sentimos ante la desgracia ajena cuando la vemos o nos la hacen concebir de forma muy vívida”. De esta forma arranca “La teoría de los sentimientos morales”, contribución de primer orden, de consulta ineludible ante cualquier proceso de reconstrucción de la Economía.



8 de diciembre de 2021

Apuntes sobre la teoría bancaria en “La riqueza de las naciones”

 

“La riqueza de las naciones” de Adam Smith es una obra inconmensurable. La visita a esta cumbre del conocimiento es una de las pautas más recomendables que debería seguir todo economista. En cada una de esas aproximaciones, podemos descubrir o redescubrir aspectos que antes pudieron pasar inadvertidos. Tal es la profundidad del análisis y la riqueza de contenidos del tratado. Como igualmente complejos, prolijos y enrevesados son muchos de los pasajes que encontramos a lo largo del amplio texto.

Algunos apuntes sobre el papel de los bancos son dignos de consideración a la hora de repasar los fundamentos de la teoría de la intermediación bancaria. Así, en el capítulo dedicado al dinero, deja sentado el papel que pueden desempeñar los bancos en la dinamización de la actividad económica: “El modo como las juiciosas operaciones de un Banco incrementan la actividad económica de un país, no es precisamente aumentando su capital, sino haciendo que la mayor parte de este capital se haga más activo y más productivo que si el Banco no existiera. Aquella parte del capital que cualquier negociante se ve obligado a mantener inactiva y en dinero efectivo, para responder a los requerimientos de pago que se le pueden presentar, es un capital muerto, que mientras permanezca en esa situación ni produce nada, ni a su dueño, ni al país. Las operaciones prudentes de un banco le facultan para transformar ese capital muerto en una masa productiva… en capital productivo para la persona que opera con él, y para el país entero”[1].

Hace referencia luego a las “sabias operaciones de un Banco”, que, haciendo uso de una metáfora, “aunque algo violenta”, equipara “a una especie de carretera aérea” que “hace posible que la mayor parte de los caminos reales de un país se conviertan en pastos y en sembradíos, acrecentando de esta suerte el producto de su trabajo y de sus tierras”[2].

Quizás sea un buen momento para rememorar estas palabras del “padre de la Economía”, cuando asistimos a diversos movimientos que van en la línea de poner fin a la labor de intermediación bancaria.

Ahora bien, unas páginas atrás, advierte Smith en el sentido de que “cuando los bancos comprenden cuál es su verdadero interés, la circulación jamás se halla saturada con moneda de papel. Pero como no siempre estas compañías comprenden o actúan de acuerdo con su verdadero interés, ocurre que la circulación se ve con frecuencia sobrecargada con esa clase de dinero”[3].





[1] Vid. A. Smith, “Investigación sobre la naturaleza y causa de la riqueza de las naciones”, versión castellana, Fondo de Cultura Económica, México, 1979, pág. 290.

[2] Ibíd.

[3] Op. cit., pág. 273.

29 de marzo de 2018

La guerra arancelaria de Donald Trump: la visión de M. Feldstein

Del mandato presidencial de Donald Trump puede decirse cualquier cosa menos que sea rutinario o anodino. Desde un primer momento, las medidas de política económica, anunciadas o implementadas, no han dejado de soliviantar a amplios sectores dentro y fuera de Estados Unidos. Ya la reforma fiscal aprobada en diciembre de 2017, aunque finalmente con notables diferencias respecto a los planteamientos iniciales, tiene una importante incidencia en el ámbito internacional. Más recientemente, su gabinete ha anunciado otras medidas fiscales especiales centradas en el comercio internacional, con una aspiración netamente proteccionista. Barreras proteccionistas las hay de diversa naturaleza; el arancel, como impuesto sobre las importaciones es una de ellas. El acero y el aluminio, con tipos de gravamen del 25% y del 10%, respectivamente, centran la iniciativa del gobierno estadounidense.

Es evidente que un impuesto sobre las importaciones tiende a incrementar el precio de éstas y a dificultar su colocación, salvo que los vendedores soporten efectivamente la carga impositiva. Es el mismo caso que el de un impuesto sobre ventas. Todo depende de las magnitudes relativas de la oferta y de la demanda del producto en cuestión. También, cuando entran en juego distintas divisas internacionales, de cómo respondan los tipos de cambio.

Matizaciones aparte, desde hace siglos, los economistas han venido advirtiendo de los efectos negativos de los aranceles sobre el comercio, cuya restricción perjudica el bienestar de la población. 

Especialmente destacado es el papel desempeñado por Adam Smith en la defensa del comercio libre frente a las políticas mercantilistas. En “La Riqueza de las Naciones” (1776), Adam Smith sentó las bases económicas de las ventajas del comercio internacional para la creación de riqueza por las naciones. Entre los argumentos esgrimidos figuran los siguientes: i) mientras mayor sea la posibilidad de efectuar transacciones comerciales, mayor será la capacidad de especialización productiva, con las ventajas que ello conlleva; ii) las dificultades de acceso a mercancías más baratas producidas en otros países, debido a la aplicación de políticas comerciales restrictivas, hace que la industria del país que las aplica sea menos productiva y competitiva y, con ello, la nación se hace más pobre; iii) la aplicación de medidas comerciales restrictivas en un país tiende a desencadenar medidas similares en otros países, dando lugar a una espiral que acaba perjudicando a todas las partes implicadas.

Así pues, la defensa del libre comercio es un rasgo consustancial al liberalismo económico, por lo que el calificativo de “neoliberal”, tan en boga hoy día como etiqueta descalificadora, no sería de aplicación al gabinete de Donald Trump, sino la de mercantilista.

Ahora bien, como señala The Economist, justamente en su columna titulada “Free exchange” de fecha 17 de marzo de 2018, “en los años 1950s y 1960s, los norteamericanos asociaban la liberalización con un crecimiento económico rápido y generalizado. Ya no”, e incluso significados representantes del Partido Demócrata se han pronunciado a favor de los aranceles.

En un artículo anterior (10-2-2018), la misma revista apunta algunas claves significativas. De un lado, la escasa importancia relativa de las importaciones de acero y aluminio, que representan un 2% del total de bienes importados por Estados Unidos y un 0,2% de su PIB. De otro, el riesgo derivado de la justificación dada por la Administración, basada en una ley de escasa utilización que permite a un presidente proteger una industria por razones de seguridad nacional, y que puede dar pie a su réplica por otros países.

Por su parte, Martin Feldstein, catedrático de Economía de la Universidad de Harvard, expone una perspectiva que ayuda a completar la visión de la propuesta analizada. En su opinión (Project Syndicate, 15-3-2018), el objetivo real de los aranceles sobre el acero y el aluminio es China, país que ha venido posponiendo su compromiso de reducir su exceso de producción de acero, que ha vendido a Estados Unidos a precios subvencionados. Sin embargo, la mayor preocupación comercial actual respecto a China concierne, según él, a las transferencias tecnológicas, por considerar que se dañan los intereses norteamericanos al apropiarse de tecnología desarrollada por empresas estadounidenses. Éstas se quejan de que, para acceder al mercado chino, son a menudo requeridas a transferir su tecnología a empresas del gigante asiático.

Al no poder dilucidarse este tipo de controversias en los foros internacionales, la amenaza de imponer aranceles sobre los productores chinos puede ser, según Feldstein, una forma de persuadir al gobierno chino de abandonar la política de las transferencias de tecnología “voluntarias”. Y no duda en afirmar que “si esto ocurre… la amenaza de los aranceles habrá sido un instrumento de política comercial muy exitoso”. ¿Estamos, pues, ante una política arancelaria con tintes ajedrecistas?

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