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17 de abril de 2018

Acerca del negacionismo económico

Aunque pueda ser algo exagerado afirmar que la Economía como ciencia está aún en su infancia, no lo es tanto afirmar que se mantiene en la bisoñez, especialmente cuando se compara con ciencias milenarias. Además, la crisis de 2007-2008 ha tenido un impacto involucionista, en la medida en que ha obligado a revisar esquemas establecidos y a desandar parte del camino a fin de poder reemprender la marcha sobre bases más sólidas. Los ataques a la ciencia económica han provenido de fuera, desde todos los puntos cardinales, pero también de las filas de los propios economistas.

A diferencia de lo que ocurre con otras disciplinas científicas, en las que las recomendaciones sobre las pautas de actuación suelen quedar circunscritas a los especialistas respectivos, el campo económico queda abierto a las exhortaciones de cualquier persona sin que se considere necesario exhibir ningún aval profesional.

Quizás lo anterior no resulte demasiado extraño teniendo en cuenta el cisma existente dentro de la profesión económica, que podría resumirse en la polarización entre los “ortodoxos” y los “heterodoxos”. Los primeros pueden ser más influyentes en los círculos académicos; los segundos, en la formación de la opinión pública. Dentro de ésta, tiende a prevalecer la idea de que la Economía no es una disciplina científica. Por sus connotaciones sociales, existe la creencia de que no es posible construir proposiciones científicas ni alcanzar un consenso académico.

Este punto de vista no es compartido por Pierre Cahuc y André Zylberberg, quienes sostienen que no es el objeto de estudio lo que nos permite saber si una disciplina es científica o no, sino el método empleado para validar los resultados, lo que diferencia el saber científico de las demás formas de conocimiento. Especialmente en la época de los “big data”, la Economía se ha convertido en una ciencia experimental en la que es posible establecer relaciones de causa y efecto. Relaciones de carácter estadístico, desprovistas de condicionamientos ideológicos, como las que son frecuentes en la ciencia de la Medicina. De esta manera han podido proveerse conocimientos sobre una amplia variedad de asuntos que, en numerosas ocasiones, chocan frontalmente con las creencias o los intereses de agentes concretos.

Según los citados economistas franceses, autores del libro “El negacionismo económico”, la Economía es la disciplina que se enfrenta al negacionismo más virulento. El conocimiento económico genera verdades incómodas que, como en otros campos bien conocidos (cambio climático y efectos del tabaco, entre otros), pueden ser objeto de actitudes descalificatorias motivadas por el interés personal o la ideología.

Como preámbulo, Cahuc y Zylberberg nos recuerdan la sobrecogedora experiencia vivida en la Unión Soviética en la larga fase de dominio del lysenkoísmo, doctrina que negaba la influencia de la genética y que contó con el apoyo de renombrados intelectuales extranjeros. Ciencia proletaria frente a ciencia burguesa, capitalista o reaccionaria. Bajo otros ropajes, según los autores del libro reseñado, esa visión distorsionada sigue presente, particularmente en el terreno de la Economía. Los que se consideran economistas “heterodoxos”, entre los que destacan algunos conocidos colectivos, vendrían a desempeñar ese papel etiquetador, según la tesis expuesta en la referida obra.

Dentro del paraguas del enfoque metodológico que propugnan, sus autores efectúan un recorrido en el que examinan diversos temas a la de luz de las evidencias empíricas acumuladas: efectos del salario mínimo sobre el empleo, consecuencias de las restricciones a la competencia empresarial, eficacia de las políticas keynesianas, impacto de la reducción de la jornada laboral sobre el nivel general de la ocupación, evaluación del sector público como intermediario financiero, y análisis de las repercusiones de las medidas impositivas.

Cahuc y Zylberberg reivindican el carácter científico de la Economía. Para saber cuál es la mejor manera de curar el cáncer, es preferible fiarse de los investigadores médicos, y no de los curanderos, por lo que recomiendan que esa directriz de recurrir a los investigadores cualificados sea también seguida como mejor opción para obtener una opinión informada sobre temas que no conocemos. Sin embargo, son numerosas las personas ajenas a la Economía que se consideran autorizadas para pontificar sobre los asuntos económicos.

“Querer cambiar la sociedad sin tener en cuenta los conocimientos producidos por el método científico es dejarse arrastrar por el negacionismo”, lo que provoca una “ceguera (que) hace que gran parte de las élites francesas vivan en una forma de pensamiento económico que tiene más de creencia fantástica que de racionalismo. Se proponen remedios mágicos que nos curarán instantáneamente y sin coste de todos los males”.

Ante un planteamiento como el de los autores del libro comentado, claramente a contracorriente, es difícil que pueda lograrse la aquiescencia popular, pero, como ellos recuerdan, la lógica de la producción científica nada tiene que ver con el funcionamiento de la democracia. Por ello, antes de adoptar una actitud negacionista apriorística puede ser conveniente una aproximación libre de juicios de valor. ¿Es esto posible en Economía? Una reflexión al respecto he realizado recientemente en mi blog personal. En su conocida obra “El político y el científico”, Max Weber afirmaba que “allí en donde un hombre de ciencia permite que se introduzcan sus propios juicios de valor deja de tener una plena comprensión del tema”.

Y, desde luego, si alguien estima que todos los problemas económicos pueden resolverse dentro de un molde ideológico, no tendría demasiado sentido dedicar esfuerzos a la investigación económica. El significado de la célebre frase de Keynes, reproducida en las paredes de la Facultad de Económicas de Málaga, decaería por completo: “Nada es más importante para el desarrollo de un país que una buena Escuela de Economía”. Aún así, no cabría olvidar la enseñanza de Max Weber: “la primera tarea de un profesor es la de enseñar a sus alumnos a aceptar los hechos incómodos… aquellos hechos que resultan incómodos para la corriente de opinión que los alumnos comparten, y para todas las corrientes de opinión, incluIda la mía propia, existen hechos incómodos”.

(Artículo publicado en el diario “Sur”, el día 16 de abril de 2018)

24 de marzo de 2018

Economía y juicios de valor: el valor de los antinegacionistas

¿Puede existir una ciencia neutral? ¿Puede establecerse una diferenciación entre una “ciencia burguesa” y una “ciencia proletaria”? ¿Puede haber una Economía libre de juicios de valor?

He de confesar que cuando, por primera vez, en la Facultad de Económicas, me explicaron la distinción entre la Economía Positiva y la Economía Normativa, sentí un considerable alivio. Aquella ciencia tan cuadriculada en sus esquemas metodológicos permitía incorporar, de manera abierta, juicios de valor en el análisis de los problemas sociales. Al fin y al cabo, todos tenemos juicios de valor, cuya expresión resulta bastante más fácil que la tarea de resolver complejas ecuaciones diferenciales. La vertiente normativa de la Economía parecía ser una válvula para su democratización, para que nadie quedase excluido de la posibilidad de adentrarse en una ciencia que, en su evolución, se había ido convirtiendo cada vez más en un satélite de las Matemáticas.

Es cierto que la incorporación explícita y diferenciada de juicios de valor es un pilar metodológico de suma trascendencia. De su formulación no cabe excluir a nadie. Sin embargo, ese enfoque es el que posibilita que la Economía sea más científica y, paradójicamente, libre, hasta donde resulta posible, de juicios de valor y de apreciaciones subjetivas. Por su propia naturaleza, no cabe discutir acerca de los juicios de valor; pueden plantearse los que se consideran oportunos (dentro de los límites una mínima racionalidad). Pero, una vez que se han manifestado, ya no hay lugar para la subjetividad. Debe buscarse la mejor solución para alcanzar el objetivo señalado desde el ámbito de los juicios de valor, a partir de un proceso de construcción científica. Las puertas que la Economía Normativa aparentemente abre a cualquier persona quedan pronto cerradas. Como en cualquier otra disciplina científica, hay que ser un especialista para elaborar proposiciones científicas.

Esta regla, que vemos con naturalidad respecto a la mayoría de las ciencias, no se cumple en la práctica en relación con la Economía. Cualquier intelectual ajeno a la Economía, cualquier artista o cualquier político se considera plenamente capacitado para sentar cátedra en los dominios de la ciencia económica y sus aplicaciones.

¿Por qué ese asimetría? Sin duda, el carácter social de la Economía es una causa explicativa, a la que viene a añadirse la influencia directa de los problemas económicos en la vida de las personas. Las enormes divergencias tanto en teorías explicativas como en las líneas de acción recomendadas son un elemento que tiende a desacreditar el oficio de economista y, de manera destacada, una suerte de invitación para todo tipo de ideas y propuestas.

¿A qué pueden obedecer tales contrastes entre los economistas? ¿Es posible que algunos de ellos no actúen como tales, sino que se vean condicionados por su ideología?

Esa es justamente la tesis que se sostiene en un libro reciente de los economistas franceses Pierre Cahuc y André Zylberberg, “El negacionismo económico”, publicado en Francia en 2016 y en 2018 en su versión española. En esta se añade un subtítulo bastante significativo: “Un manifiesto contra los economistas secuestrados por su ideología”.

No había tenido conocimiento del mismo hasta que una persona allegada me lo ha hecho llegar. Mi agradecimiento es doble. Ciertamente merece una lectura atenta; también, una profunda reflexión sobre las consideraciones expuestas. Se trata de una obra a contracorriente y poco complaciente con el estado de opinión prevaleciente social y políticamente respecto a las cuestiones económicas, además de abiertamente opuesta a los autodenominados “economistas aterrados”. Si lo pensamos bien, dadas las condiciones en las que en los últimos tiempos tiene lugar el debate sobre los problemas económicos, hay que tener poco juicio o mucho valor para posicionarse en tales términos como lo hacen los autores.

En una próxima entrada espero poder recoger una reseña del referido libro. Hoy, al meditar sobre estas cuestiones, tampoco he podido evitar evocar un párrafo que leí en el conocido manual de N. Piskunov “Cálculo diferencial e integral” (Montaner y Simón, 1970). Durante mi prestación del servicio militar en Tenerife coincidí con un físico nuclear catalán, Joan Solà i Peracaula, a quien le pedí que me recomendara un buen texto para repasar y practicar dicha modalidad de Cálculo, tan relevante en la disciplina a la que pretendía dedicarme tras finalizar el período de conscripción. Compré el texto en la librería Rodin de Santa Cruz, en la que trabajaba a tiempo parcial otro recluta de nuestra misma unidad de Hoya Fría. El libro me costó, según consta en su primera página, 1.100 pesetas (31,21 euros a precios de hoy), aunque me hicieron algún descuento. Corría el año 1980.

En el capítulo primero, al hablar de magnitudes, variables y constantes, se recoge lo siguiente: “Federico Engels escribe en Dialéctica de la naturaleza: ‘La magnitud variable de Descartes señaló un cambio de rumbo en la matemática. Introdujo el movimiento y, con él, la dialéctica, y se hicieron inmediatamente indispensables, el cálculo diferencial e integral’”. La edición original del magnífico manual fue publicada en Moscú en el año 1966.

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