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1 de julio de 2024

La renuncia a la transmisión del saber

“… ese abandono de la transmisión de saberes como eje esencial de cualquier sistema escolar, está llevando a la desaparición de la escuela como institución fundamental de los países occidentales. Esa desaparición… va a llevar consigo la desaparición de la propia civilización occidental”.

Es la conclusión, clara e inequívoca, con la que Alicia Delibes, remata su libro “El suicidio de Occidente: la renuncia a la transmisión del saber” (Ediciones Encuentro, 2024). En las 358 páginas anteriores explica el cómo y el porqué, desgrana el proceso, relata el declive de la corriente de la instrucción que defendía Condorcet, y describe cómo se ha producido la derrota del espíritu de la Ilustración. Una serie de nombres destacados han ido abonando el camino.

La nómina es larga, pero una deuda especial es la contraída con Rousseau. Como otros intelectuales comprometidos, mostró siempre una completa coherencia entre sus planteamientos filosóficos y políticos con su comportamiento en su vida privada. No se entiende cómo Voltaire pudo censurar su conducta, esgrimiendo que alguien que había abandonado a sus hijos, cediéndolos, por supuesto, por su bien, a acogedores orfanatos, pretendiera impartir lecciones sobre la educación de los niños.

Ese alguien, que había refutado la visión pesimista de Hobbes sobre los rasgos del ser humano, encumbrando al “buen salvaje”, fue quien aportó la clave de bóveda sobre la que se han levantado regímenes políticos que, de manera sui generis, han combinado las esferas individual y colectiva. Tales regímenes se han basado y se basan en “el libre sometimiento del individuo a la voluntad general, [con] una renuncia voluntaria al ejercicio del derecho a elegir en aras de un hipotético bien común”. Según Rousseau, la voluntad general exige “la rendición de cada individuo con todos sus derechos a la comunidad”.

Tampoco se entiende cómo pudo Isaiah Berlin proclamar que el filósofo ginebrino fue “uno de los más siniestros y más formidables enemigos de la libertad en toda la historia del pensamiento moderno”.

La respuesta a estas y otras dudas, en el libro de Alicia Delibes, un intenso réquiem por la transmisión del conocimiento. En sólo tres palabras: “Worth Read-Ing”. 



29 de septiembre de 2018

Steven Pinker, el defensor de la Ilustración


Me atrevería a decir que “En defensa de la Ilustración” está llamada a ser una obra sumamente relevante en el ámbito del conocimiento económico, pese a no estar escrita por un economista, sino por un especialista en ciencia cognitiva, Steven Pinker, profesor de la Universidad de Harvard. También aventuraría el pronóstico de que no gozará del entusiasmo dispensado a otros textos, aparecidos en los últimos años, centrados en la crítica a las deficiencias observadas en los sistemas económicos imperantes en los países occidentales desarrollados. No cabe esperar un gran respaldo de una comunidad como la de los intelectuales, a la que no se dirigen precisamente grandes halagos: “los intelectuales que se llaman a sí mismos ‘progresistas’ en realidad odian el progreso. No es que odien los frutos del progreso [de los que disfrutan]… Lo que exaspera a los intelectualoides es la idea de progreso: la creencia ilustrada en que nuestra comprensión del mundo puede mejorar la condición humana”.

A diferencia de tales evaluaciones demoledoras y, en algunos casos, apocalípticas, el propósito declarado de la obra del profesor Pinker es desmontar la “oscura visión” de que vivimos en un mundo lúgubre. Esa visión es, según él, no simplemente errónea, sino completamente errónea.

La Ilustración, identificada con los ideales de la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso, halló pronto en su camino la oposición de corrientes contrarias. Para Pinker parece una locura que, en pleno siglo XXI, los ideales anti-Ilustración sigan encontrándose presentes en una inusitada gama de movimientos culturales e intelectuales de las élites, además de en sectores como los del fundamentalismo religioso, el nacionalismo, el populismo, y las ideologías políticas de izquierda y de derecha, convertidas en religiones seculares.

La civilización moderna, según algunas tesis influyentes, está en un proceso de declive y camina hacia el colapso. El grueso del libro va dedicado a refutar ese dictamen, sin limitarse a una línea argumental en un plano meramente dialéctico. Su autor parte de exponer algunas de las causas que llevan a alimentar las visiones más pesimistas, entre las que señala la naturaleza de las informaciones que se difunden (las noticias conciernen a las cosas que ocurren, no a las que no ocurren).

Pinker se pregunta qué es el progreso y plantea una serie de dimensiones para su identificación, sobre la base de considerar que la vida es preferible a la muerte; la salud, a la enfermedad; el sustento, a la penuria; la abundancia, a la pobreza; la paz, a la guerra; la seguridad, al peligro; la libertad, a la tiranía; la igualdad de derechos, a la discriminación; la alfabetización, al analfabetismo; el conocimiento, a la ignorancia; la inteligencia, a la torpeza; la felicidad, al sufrimiento; las oportunidades de disfrutar de la familia, los amigos, la cultura y la naturaleza, al trabajo penoso y la monotonía. Dado que todos estos aspectos pueden ser objeto de medición, si se pudiese demostrar que los atributos preferidos han aumentado o mejorado a lo largo del tiempo, habría que concluir que ha habido progreso.

Su defensa de los logros y resultados de la Ilustración se basa, pues, en datos. Apoyándose en una amplia batería de indicadores socioeconómicos nos ilustra documentadamente acerca de cómo han evolucionado los principales elementos que definen el bienestar de las personas. Éstas son algunas de las conclusiones obtenidas:

  1. Sea cual sea la edad de una persona, tiene por delante muchos más años de vida, y en mejores condiciones de salud, que las personas de la misma edad en décadas y siglos anteriores.
  2. Más de 5.000 millones de vidas han sido salvadas, históricamente, gracias a los descubrimientos científicos.
  3. De los 70 millones de personas que murieron en las mayores hambrunas del siglo veinte, el 80% fueron víctimas de colectivizaciones forzadas de regímenes comunistas, de confiscaciones punitivas, y de la planificación central totalitaria.
  4. En 1800, un 95% de la población mundial vivía en una situación de extrema pobreza; hoy, la cifra es de un 10%.
  5. La desigualdad económica ha aumentado en los últimos años (dentro de los países), pero todo el mundo (en promedio) es hoy más rico. Un aumento de la desigualdad no es necesariamente malo, ni una disminución necesariamente buena.
  6. Los problemas medioambientales tienen solución, a partir de un conocimiento adecuado y de las medidas apropiadas. No se han cumplido algunas profecías catastrofistas, pero existe un problema primordial asociado a las emisiones de CO2.
  7. Pese a los conflictos bélicos subsistentes, el número de víctimas ha disminuido notoriamente, y ha cambiado la percepción social de la guerra.
  8. Se constata una disminución de las personas fallecidas como consecuencia de distintos eventos relacionados con la seguridad.
  9. Aun cuando sus efectos son menores en comparación con otros riesgos, el terrorismo logra crear un clima de pánico, amplificado por su alcance mediático. La graduación de la reacción ante este fenómeno es clave.
  10. En 1971, existían en el mundo 31 países democráticos; en 2015, 103. No obstante, desarrollos recientes muestran la fragilidad de algunos esquemas democráticos.
  11. Los derechos de las mujeres y de la minorías continúan avanzando.
  12. La alfabetización sigue progresando en el mundo.
  13. La combinación de una semana laboral más corta, un mayor tiempo de ocio retribuido y un retiro más prolongado hace que la fracción de la vida de una persona dedicada al trabajo haya caído un 25% desde 1960.
  14. El análisis estadístico revela una asociación positiva entre el nivel de riqueza de un país y el grado de felicidad de sus habitantes.
  15. De las amenazas existenciales que angustian a la humanidad, aunque algunas son infundadas, otras son perceptibles, en particular la de la guerra nuclear, lo que exige la adopción de medidas.

Después de dos siglos y medio, la Ilustración ha demostrado que funciona, posibilitando que, a través del conocimiento, se haya favorecido el florecimiento humano. Subsiste un amplio elenco de problemas, pero el progreso no es una utopía y existe margen para continuarlo. Para Pinker, es momento de defender las ideas de la Ilustración frente a nutridas huestes de enemigos, algunos de ellos sorprendentes. Su obra no es sólo una instructiva apología de la razón y del saber, sino también una impresionante fuente de conocimiento.

(Artículo publicado en el diario "Sur"),

24 de junio de 2018

Steven Pinker, el ilustrado ilustrador de la Ilustración

Acaba de aparecer la edición española de “Enlightenment now” (“En defensa de la Ilustración”), obra de Steven Pinker. Su propósito declarado es desmontar la “oscura visión” de que vivimos en un mundo lúgubre. Esa visión es, según él, no simplemente errónea, sino completamente errónea.

Para sustentar su tesis, este profesor de ciencia cognitiva no se limita a una línea argumental en un plano meramente dialéctico. Su defensa de los logros y resultados de la IIustración, identificada con los ideales de la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso, se basa en datos. Apoyándose en una amplia batería de indicadores socioeconómicos, algunos ciertamente sorpresivos cuando se contemplan con perspectiva histórica, nos ilustra documentadamente acerca de cómo han evolucionado los principales aspectos que definen el bienestar de las personas.

La obra de Pinker, claramente a contracorriente de las tendencias intelectuales predominantes, es todo un acontecimiento literario y científico. Una invitación difícil de declinar para valorar la senda del progreso social y ordenar las ideas para afrontar el futuro.

A pesar de ello, él mismo aporta implícitamente las claves por las que su libro, en un entorno donde la “progresofobia” cuenta con mejores condiciones para germinar que la “progresofilia”, no alcanzará la difusión ni la relevancia de otras publicaciones recientes que predican justamente lo contrario. El libro está lleno de afirmaciones y conclusiones que, probablemente, levantarán bastantes ampollas y desencadenarán furibundas reacciones por parte de los custodios de la verdad revelada.

La constatación, recogida en el capítulo dedicado al sustento alimenticio de la población, de que “De los setenta millones de personas que murieron en las mayores hambrunas del siglo veinte, el 80 por ciento fueron víctimas de colectivizaciones forzadas, de confiscaciones punitivas, y de la planificación central totalitaria de regímenes comunistas”, puede servir como botón de muestra de lo que puede encontrarse el lector en este, cuando menos, ilustrativo texto.

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