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28 de julio de 2024

La maldición española y otras inconveniencias estadísticas

 

Hace muchos años, cuando no existía Internet, ni nada parecido, la búsqueda de indicadores estadísticos estaba supeditada a la disponibilidad de publicaciones impresas. El tiempo y las posibilidades de acceso se medían entonces de otra manera. Una vez que los informes aparecían en la hemeroteca, el pulso se aceleraba y la emoción era creciente cuando se comprobaba que el documento consultado contenía datos sobre la variable estudiada para una amplia gama de países. Primero surgía la duda, ya que podía deberse a un error de apreciación, cuando, en una primera inspección, no aparecía el nombre de España. La duda daba paso a la sorpresa, esta luego a la incredulidad para, finalmente, quedar sumido en la frustración. Inexplicablemente, el episodio se repetía una y otra vez. Parecía como si una maldición pesara sobre las estadísticas de origen hispano.

Con el paso del tiempo, ha habido mejoras impresionantes en la disponibilidad, accesibilidad y celeridad en la consulta de datos estadísticos, y en la cobertura de los diferentes países. Por eso, ahora resulta más llamativo encontrar informes y estudios en los que no aparezca información relativa a España. Particularmente, si se trata de una cuestión tan relevante como la distribución de la renta. Es lo que ocurre con un reciente informe de la OCDE, “Taxation and inequality” (julio 2024), en el que, en su primer capítulo, se recoge la evolución de la participación del 10% más rico de la población en la renta disponible, entre los años 1995 y 2022. Hay información de 34 países, pero no de España.

En la parte izquierda del gráfico se recogen aquellos países donde la referida participación ha aumentado. Los casos más notorios son los de Dinamarca y Bulgaria. Sin embargo, en Estados Unidos el porcentaje se mantiene prácticamente inalterado. En la parte derecha aparecen los países donde disminuye tal porcentaje. El caso más llamativo es el de Bolivia, pero entre ellos también se incluye el Reino Unido. Así, la evolución observada en algunos casos resulta significativa, en la medida en que vienen a desafiar las percepciones y las ideas comúnmente asumidas.



11 de marzo de 2024

La batalla académica sobre la desigualdad

 

Pocas constataciones empíricas pueden reclamar la categoría de “hechos estilizados”, si nos atenemos a la cantidad de evidencias acumuladas, como el incremento de la desigualdad económica. Especialmente desde el acaecimiento de la gran crisis financiera de 2008-2009, en casi todos los países, y singularmente en algunos como Estados Unidos, las diferencias de renta y de riqueza se agudizan sin cesar. De manera particular, el privilegiado grupo del 1% de la población con mayor nivel de renta (el top 1%) acapara cuotas crecientes.

Tres estrellas económicas mundiales, Thomas Piketty, Emmanuel Saez y Gabriel Zucman, vienen ejerciendo desde hace años el apostolado redentor de los grandes contrastes económicos personales. Con el respaldo de la obra del primero de ellos “El capital en el siglo XXI”, convertida en best seller a escala planetaria, han aportado abundante información estadística, perfilado teorías explicativas, reclamado la intensificación de la intervención del sector público, y propugnado la aplicación de impuestos para hacer frente al problema de la desigualdad. Frente al “despiadado capitalismo”, la opción de un “nuevo socialismo” recupera posiciones, levantando el vuelo a pesar del fracaso histórico, esgrimido por sus detractores, del “socialismo real”.

Con todo, pese a la hegemonía del pensamiento y de las conclusiones estadísticas pikettianas, durante estos años no han faltado algunos analistas e investigadores que, vanamente, trataban de contrarrestar o cuestionar la potencia del aparato discursivo del aclamado trío estelar. La definición y la medición de la desigualdad son problemas complicados que tropiezan con considerables escollos metodológicos: ¿qué es más importante, el nivel relativo de la renta, o su cuantía absoluta?, ¿debe medirse la desigualdad atendiendo al conjunto de la vida de los individuos, o referida a un año concreto?, ¿cómo influyen las diferencias, por niveles de renta, en la composición de las unidades declarantes (familias) del IRPF?, ¿qué ocurre cuando, a lo largo del tiempo, las personas no permanecen en los mismos estratos de renta, cuya composición no se mantiene inalterada?, ¿cómo influye el hecho de que el IRPF sea en la práctica un impuesto más progresivo, como sucede en Estados Unidos, de lo que se supone?...

Sin embargo, una verdadera sorpresa ha sacudido el mundo académico cuando, en una de las más prestigiosas revistas internacionales, ha aparecido un estudio realizado por Gerald Auten, técnico del Departamento del Tesoro estadounidense, y David Splinter, del Comité sobre Tributación del Congreso norteamericano. Ambos economistas argumentan que las estimaciones de las porciones de renta del 1% superior, basadas sólo en las declaraciones individuales del IRPF, están sesgadas por diversos factores, y señalan que, después de impuestos, el top 1% obtiene el 9% de la renta nacional estadounidense, frente al 15% estimado por Piketty, Saez y Zucman. Y, en contraste con estos, sostienen que la participación de dicho 1% prácticamente no ha cambiado desde los años sesenta del pasado siglo. Si esta fuese la senda verdadera, entonces, según Chris Giles (Financial Times), “nos hemos estado planteando las preguntas erróneas sobre la sociedad estadounidense”. Como pregunta más adecuada apunta la siguiente: “¿Por qué un aumento en la redistribución ha sido tan ineficaz en resolver los males de la sociedad estadounidense?”.

Los datos y los argumentos esgrimidos por Auten y Splinter no parecen haber mermado la convicción de Piketty & Co. Más bien, da la impresión de que no se muestran demasiado preocupados por lo que tienden a tipificar como un nuevo caso de “negacionismo” económico. Para otros economistas, en cambio, sí resultan creíbles y, en cualquier caso, la controversia no viene sino a recordarnos que ni siquiera los economistas ungidos por los dioses se ven liberados de la amenaza de planteamientos heréticos, ya sean teóricos o empíricos.

Aun cuando los indicios sobre la desigualdad se perciban de forma contundente, el análisis económico no se presta a dogmas de ningún tipo ni a formulaciones apriorísticas. Sólo el examen objetivo y riguroso de la realidad puede dictar un veredicto. Mientras tanto, The Economist ha llegado a reconocer que “la idea de que la desigualdad está creciendo está muy lejos de ser una verdad evidente”. Confundidos ante un panorama insospechado, hemos de admitir que, efectivamente, estamos ante una economía con rostro de Mona Lisa, con la que compite en su carácter esquivo y ambiguo. Ya no sólo es difícil efectuar predicciones, sino incluso poder describir con certeza lo que está pasando.

(Artículo publicado en el diario “Sur”)



4 de diciembre de 2023

Estimaciones de la desigualdad económica: ¿está aumentando la desigualdad metodológica?

 

El desmesurado aumento de la desigualdad económica registrado a lo largo de las últimas décadas es, sin duda, uno de los argumentos más contundentes en los que se ha basado la evolución del pensamiento económico, político y social en nuestros días. Algunos estudios han contribuido, en particular, a mostrar las cifras de las enormes diferencias existentes entre personas y grupos poblacionales, tanto en relación con la distribución de la renta como respecto al reparto de la riqueza. Algunos de los indicadores ofrecidos son estremecedores. Thomas Piketty, Emmanuel Saez y Gabriel Zucman ocupan un lugar preeminente en esa tarea de divulgación estadística, complementada con una labor apostólica en pro del establecimiento de cargas fiscales correctoras de tales divergencias.

Singularmente, la parte de la renta acaparada por el 1% de la población con mayores ingresos se ha disparado en muchos países y, de manera especial, en Estados Unidos, según las estimaciones de esos reputados e influyentes economistas. Ese privilegiado colectivo ha sido, en resumidas cuentas, el gran beneficiado de la globalización y de los avances tecnológicos.

¿Qué ocurriría, sin embargo, si, en realidad, la desigualdad en la distribución de la renta en Estados Unidos no hubiese crecido tanto? Es, de hecho, la pregunta que se plantea Chris Giles en un reciente artículo publicado en el Financial Times (“What if US income inequality hasn’t risen?”, 23-11-2023). La duda surge a raíz de un nuevo estudio sobre la desigualdad a cargo de Gerald Auten y David Splinter, ambos funcionarios estadounidenses (del Tesoro y del Congreso, respectivamente). Estos analistas, tras revisar los cálculos realizados procedentes de las declaraciones fiscales, concluyen que la participación en la renta antes de impuesto del 1% superior ha pasado del 9,8% al 12% entre 1960 y 2019.

Si esta fuese la senda verdadera, entonces, como apunta Giles, “nos hemos estado planteando las preguntas erróneas sobre la sociedad estadounidense”. Una pregunta más adecuada podría ser la siguiente: “¿Por qué un aumento en la redistribución ha sido tan ineficaz en resolver los males de la sociedad estadounidense?”.



29 de agosto de 2023

El engañoso significado de algunas estadísticas sobre la pobreza

 

Narra Chris Giles, editor económico del diario Financial Times, que, en 2018, recibió el encargo de actuar como árbitro acerca de cuál de dos economistas que pronosticaron, en ese año, la tasa de pobreza infantil, en Reino Unido, para el período 2021-2022 resultaría, en su momento, ganador de una apuesta. Uno de ellos -el perdedor de las 1.000 libras apostadas- pronosticó que dicha tasa pasaría del 30% en 2016-17 al 41% en 2021-22. El dato real resultó ser del 29%.

El articulista aprovecha el episodio para extraer algunas lecciones de la referida pifia[1]. Parte de recordar que la medida de pobreza infantil utilizada era la proporción de niños que viven en hogares con rentas (después de los costes de la vivienda) por debajo del 60% de la mediana. El problema para el perdedor de la apuesta no fue que el gobierno hubiese aplicado una mayor generosidad en sus políticas sociales, sino, simplemente, no haber previsto que las rentas medianas pudiesen crecer tan lentamente. De aquí concluye que “los resultados demuestran que la medidas relativas globales abusan de la palabra ‘pobreza’. La pobreza medida tiende a aumentar en los tiempos buenos, ya que las rentas medianas reales aumentan más rápidamente, y más personas quedan por debajo del umbral vinculado a la mediana. Aquellas caen en los malos tiempos malos cuando la verdadera pobreza está aumentando”[2].

Finalmente, después de desacreditar de esta manera al indicador utilizado habitualmente para cuantificar la pobreza, destaca como aspecto más importante, “que lo que realmente importa para una genuina reducción de la pobreza es el crecimiento económico”.



[1] Vid. “Lessons from a big bet on poverty statistics”, Financial Times, 30-3-2023.

[2] Algunas cuestiones metodológicas relacionadas con la desigualdad se abordan en el número 13 de la revista eXtoikos (http://www.extoikos.es/n13/pdf/2.pdf).

9 de agosto de 2022

La desigualdad en la distribución de la renta en España

 

Recientemente, el Banco de España ha presentado los resultados de la Encuesta Financiera de las Familias 2020, que constituye una fuente fundamental para el conocimiento de la situación económica y financiera de las familias españolas.

En el estudio se incluye asimismo información muy útil sobre la distribución de la renta y la riqueza. Entre otros aspectos, se pone de relieve cómo la renta mediana es bastante inferior a la renta media. Ante una distribución desigual, la media ofrece una visión demasiado favorable respecto al nivel de renta más representativo.

También se constata cómo las familias con mayores niveles de ingresos concentran una gran cuantía de la renta total, según puede apreciarse en los gráficos adjuntos, tomados del Banco de España. Así, las familias que conforman el 1% más elevado reciben un 8,6% de la renta total[1].

No obstante, debe tenerse presente que los datos se refieren a la renta bruta (antes de impuestos directos y cotizaciones sociales). La detracción de dicha carga impositiva es básica a fin de poder apreciar el efecto corrector del sistema tributario.





[1] En el texto reproducido se utiliza la expresión “detentan”. Ciertamente, no cabe suponer que haya existido intencionalidad alguna en la posible atribución del significado que la Real Academia Española da al verbo en cuestión.

9 de octubre de 2021

¿Pueden ser las herencias un factor de corrección de la desigualdad de la riqueza?

 

Las herencias son consideradas tradicionalmente como una fuente de desigualdad económica. Aparentemente, es algo bastante intuitivo. Es de esperar que las personas ricas transfieran a sus herederos activos por un valor muy superior al que puedan alcanzar los de las personas menos pudientes, salvo que, por alguna circunstancia, unas y/o tras dejen de serlo, respectivamente, en la recta final de sus vidas. En este contexto, una cuestión que ha sido objeto de análisis es la importancia de la riqueza dinástica[1].

Sin perjuicio de lo antes señalado, cabe preguntarse si, atendiendo a las formas usuales de medición, las herencias podrían llegar a ser un mecanismo atenuante de la desigualdad. Es evidente que hay que prestar mucha atención a los criterios utilizados. No siempre son neutrales y asépticos. En una hipotética situación inicial, el individuo A tiene una riqueza de 100.000 euros, y B, de 20.000. Hay mucha desigualdad: A tiene una riqueza que es 5 veces la de B. Posteriormente, tras aplicarse un impuesto sobre la riqueza con un tipo de gravamen medio del 10% para B y del 82% para A, los activos disponibles son de 18.000 euros para las dos personas. Se habría logrado una igualdad absoluta, aun cuando ambas estén peor que antes, sobre todo A.

Supongamos que, en la situación de partida, A recibe una herencia de 50.000 euros y B, otra de 40.000 euros. Ahora, la riqueza de A se situaría en 150.000 euros, y la de B, en 60.000. La relación entre los patrimonios de ambos se ha situado en 2,5. Por tanto, la desigualdad ha mejorado sustancialmente respecto a las posiciones iniciales, aunque no se haya aplicado un impuesto sobre las herencias recibidas. La clave radica en que A ha recibido como herencia una cuantía superior, pero representa un 50% de su riqueza inicial; en el caso de B, un 200%. El elemento crucial es, pues, la proporción que las herencias representen sobre la riqueza de los herederos.

¿Cabe la posibilidad de que, incluso en ausencia de un impuesto sobre sucesiones, las herencias sean un factor corrector de la desigualdad?

A pesar de lo contraintuitivo de ese supuesto, corresponde con el resultado obtenido en una investigación poco conocida, realizada, hace varios años, para el caso estadounidense[2]. En dicho trabajo se concluye que, aunque es cierto que las familias más ricas reciben mayores transferencias de riqueza que las pobres, como proporción de sus tenencias de riqueza (en el momento de la recepción de la herencia) son realmente mayores para las familias pobres que para las familias ricas.

De representar esta conclusión un resultado firme y generalizable, ¡las herencias, aun sin el juego de un impuesto sucesorio, serían un factor redistributivo!



[2] Vid. E. N. Wolff y N. Gittleman, “Inheritances and the distribution of wealth or whatever happened to the great inheritance boom?", Journal of Economic Inequality, nº 12, 2014.

9 de septiembre de 2018

Los terribles jinetes del Apocalipsis igualadores


Sin perjuicio de que puedan efectuarse algunas precisiones y matizaciones no triviales, vivimos en un mundo caracterizado por una tendencia generalizada de mayores desigualdades económicas. Se afirma que las 62 personas más ricas del planeta son propietarias de tanta riqueza personal neta como la mitad más pobre de la población mundial, esto es, más de 3.500 millones de personas. ¿Merecería la pena recuperar situaciones de épocas anteriores en las que las diferencias interpersonales no eran tan acusadas? ¿Sería fácil lograrlo?

Son éstas preguntas bastante trascendentales para cuya respuesta Walter Scheidel (“El gran nivelador. Violencia e historia de la desigualdad desde la Edad de Piedra hasta el siglo XXI”, ed. Planeta, 2018) nos proporciona importantes claves sustentadas en la experiencia histórica.

La desigualdad económica no es un fenómeno que nació ayer; sus raíces se remontan a los orígenes de la Humanidad. Ya en el Holoceno, asevera el autor del libro citado, profesor de la Universidad de Standford, la desigualdad creciente y persistente se convirtió en un rasgo definitorio.

También según él, la historia global es imposible a menos que estemos preparados para inferir, por lo que declara que eso es justamente lo que intenta hacer en su obra. Y bien que lo hace a lo largo de sus 620 páginas, que, en buena parte, constituyen un ejercicio de “arqueología económica”.

En ella se constata que, a lo largo de miles de años, la civilización no se prestó a una equiparación pacífica. Las igualaciones más relevantes han resultado siempre de las sacudidas más brutales, protagonizadas por los “cuatro jinetes del Apocalipsis”: la guerra a gran escala, la revolución, el fracaso del Estado y la pandemia.

Los tres primeros tuvieron en común el recurso a una violencia extrema para alterar la distribución de la renta y la riqueza junto con el orden político y social. Las dos guerras mundiales fueron los dos niveladores más potentes de la historia, mientras que la revolución comunista, “que expropiaba, redistribuía y a menudo colectivizaba, erradicó la desigualdad de forma drástica”. A su vez, la descomposición de los Estados ha fulminado ocasionalmente la posición de las élites situadas en la cima del poder político o en sus aledaños. Por último, la historia está jalonada de dramáticas fases provocadas por el azote de enfermedades devastadoras, como la peste negra, que disminuyeron drásticamente el porcentaje de personas que vivían en situación de pobreza y también mermaron la riqueza de los estratos más altos.

Estos cuatro métodos, cada uno a su manera, han sido eficaces igualadores, aunque, en algunos casos, atribuyendo nuevos privilegios a minorías selectas. Pero ¿existían otros mecanismos más pacíficos y menos cruentos para reducir la desigualdad?, se pregunta Walter Scheidel.

Si lo que pensamos es en una igualación económica significativa, nos saca pronto de dudas. La respuesta es negativa: “No existe un repertorio de medios de compresión benignos (reforma agraria, democracia, educación, desarrollo económico, crisis macroeconómica) que haya conseguido resultados ni remotamente comparables a los causados por los cuatro jinetes”.

El grueso del libro está dedicado a un examen pormenorizado de las manifestaciones de la desigualdad económica a lo largo de las distintas etapas históricas y civilizaciones, desde las más remotas hasta llegar a nuestros días. De vez en cuando, uno tiene que frotarse los ojos para comprobar que no está leyendo una obra de ficción. Si hallar datos de indicadores de desigualdad de años recientes es a veces complicado, en el libro nos topamos con el cálculo del coeficiente de Gini para sociedades de hace miles de años. O bien, hay que tomar aliento para verificar que no se trata de un guion de alguna obra de terror, cuando se relatan pormenorizadamente episodios acontecidos en experiencias bélicas o revolucionarias.

Una de las etapas de mayor igualación económica de la historia alcanzó su máxima cota hacia mediados del siglo XX y se prolongó hasta la década de los 80: “En Europa occidental, la ratio de existencias del capital respecto del PIB anual disminuyó unos dos tercios entre 1910 y 1950 y quizá cerca de la mitad en todo el mundo… Dos de los cuatro caballos de la igualación violenta -la movilización militar de masas y la revolución transformadora- habían sido liberados con consecuencias violentas… Al igual que las guerras mundiales, [los regímenes comunistas] se cobraron directa o indirectamente hasta cien millones de vidas”.

Afortunadamente, como recuerda Scheidel, ninguno de los mecanismos igualadores más contundentes está en activo en el presente: “los cuatro jinetes se han bajado de sus corceles. Y nadie en su sano juicio querría que volvieran a montar”. A este respecto, podrían suscitarse algunas dudas acerca de si este avezado historiador conoce tan bien las pretensiones de formaciones políticas que aún pululan por la Europa de hoy como los detalles de la historia económica, que maneja con profusión de datos.

La desigualdad económica plantea un gran desafío a las democracias actuales. Según Scheidel, incluso una combinación de las intervenciones públicas más radicales, basadas en medidas reguladoras, impositivas y de gasto público, como las que han propuesto recientemente algunos destacados economistas de la escena internacional, solo sería capaz de revertir parcialmente los efectos de la renaciente desigualdad. Entre tales medidas cabe mencionar las siguientes: elevación del salario mínimo, renta básica universal, representación de los empleados en los órganos de gobierno de las empresas, regulación de los flujos de capital internacionales, seguros sobre los activos de los grupos con ingresos más bajos, limitación de la transmisión de riqueza entre generaciones, tipo máximo del IRPF entre el 65% y el 80%... Sin embargo, la dotación de renta y de riqueza a repartir, como también la historia enseña, no es un fruto que surge espontáneamente y se mantiene intacto bajo todo tipo de condiciones ambientales.

“Todos aquellos que valoramos una mayor igualdad económica haríamos bien en recordar que, con las más raras excepciones, siempre ha venido acompañada de tristeza. Cuidado con lo que deseas”, es el mensaje inquietante que nos deja esta extensa, ilustrativa y aleccionadora obra.

(Artículo publicado en el diario "Sur")

6 de agosto de 2018

El gran nivelador: la acción de la violencia igualadora

Aunque puedan efectuarse algunas precisiones y matizaciones, vivimos en un mundo caracterizado por una tendencia generalizada de mayores desigualdades económicas. ¿Merecería la pena recuperar situaciones de épocas anteriores en las que las diferencias interpersonales no eran tan acusadas? ¿Sería fácil lograrlo?
Son éstas preguntas bastante trascendentales para cuya respuesta Walter Scheidel (“El gran nivelador. Violencia e historia de la desigualdad desde la Edad de Piedra hasta el siglo XXI”, 2018) nos proporciona importantes claves sustentadas en la experiencia histórica.
En esta obra se constata que la desigualdad económica se remonta a los orígenes de la Humanidad, y que, a lo largo de miles de años, la civilización no se prestó a una equiparación pacífica. Las igualaciones más relevantes han resultado siempre de las sacudidas más brutales, protagonizadas por los “cuatro jinetes del Apocalipsis”: guerras a gran escala, revoluciones, fracaso de los Estados y pandemias.
Estos cuatro métodos, cada uno a su manera, han sido eficaces igualadores, aunque, en algunos casos, atribuyendo nuevos privilegios a minorías selectas. Pero ¿existían otros mecanismos más pacíficos y menos cruentos para reducir la desigualdad?
Si lo que pensamos es en una igualación económica significativa, la respuesta es negativa: “No existe un repertorio de medios de compresión benignos (reforma agraria, democracia, educación, desarrollo económico, crisis macroeconómica) que haya conseguido resultados ni remotamente comparables a los causados por los cuatro jinetes”.
"Todos aquellos que valoramos una mayor igualdad económica haríamos bien en recordar que, con las más raras excepciones, siempre ha venido acompañada de tristeza. Cuidado con lo que deseas”, es el mensaje inquietante que nos deja esta extensa y aleccionadora obra, aunque de lectura agotadora.


14 de diciembre de 2017

Riqueza dinástica: ¿mito o realidad?

Hace tan solo unos años, con la publicación de la gran obra de Thomas Piketty “El capital en el siglo veintiuno” (2014), se produjo uno de los fenómenos editoriales más notables de los últimos tiempos. El hecho de que un libro de casi 700 páginas, escrito por uno de los jóvenes economistas contemporáneos más destacados, se convirtiera en un best seller es ciertamente destacable. Pero aún más apreciable ha sido su influencia social, su impacto en el estado de opinión mundial acerca de la dinámica del sistema capitalista y de las consecuencias de la desigualdad económica.

La obra de Piketty ha tenido una extraordinaria acogida en medios especializados y no especializados. Todo el mundo reconoce la envergadura del trabajo realizado. Especialmente desde determinados sectores se ha aplaudido su acérrima crítica al capitalismo, su llamada de atención sobre el problema de la desigualdad económica y su popular propuesta de establecimiento de un impuesto progresivo global sobre el patrimonio. No obstante, tampoco han faltado posiciones críticas que han cuestionado la posible simplificación de las leyes básicas del capitalismo divulgadas por Piketty y la consistencia de algunas de las bases estadísticas utilizadas.

Dentro de esta última corriente se inscribe la investigación realizada por Robert Arnott, William Bernstein y Lillian Wu (en adelante, Arnott et al.) y publicada en Cato Journal (vol. 35, nº 3, 2015). Estos autores consideran que el mensaje básico de Piketty está sesgado en varios aspectos, como resultado de errores fundamentales y evitables en sus supuestos básicos.

De su conocida hipótesis de que la tasa de rendimiento del capital invertido es superior a la tasa de crecimiento económico, Piketty deriva que las familias ricas lo serán cada vez más en las generaciones futuras, llevando a una sociedad dominada por la riqueza hereditaria. Arnott et al. consideran que esa lógica sería cierta solo si tales familias ricas nunca disiparan su patrimonio a través de diversas vías: gastos, donaciones, impuestos, inversiones fallidas y segregación entre porciones hereditarias.

Recurren a la evidencia empírica procedente de las listas de personas ricas publicadas por la revista Forbes para refutar el argumento de Piketty, sobre la base de que, según ellos, en cualquier momento, la mitad o más de la riqueza conjunta de los extremadamente ricos es de primera generación, no de procedencia hereditaria. A partir de dicho análisis concluyen que la acumulación de la riqueza dinástica es simplemente un mito.

Arnott et al. admiten que la desigualdad en la distribución de la riqueza se ha intensificado en el pasado reciente, pero discrepan de la fundamentación ofrecida por Piketty y recuerdan que la tasa de rendimiento del capital relevante es la neta de impuestos, gastos, división entre herederos, donaciones caritativas y otros métodos de utilización o agotamiento.

Argumentan que, si la acumulación de la riqueza dinástica fuese un fenómeno generalizado, habría que esperar poco cambio en la composición del ranking de Forbes año tras año. Pero, en lugar de ese rasgo, encuentran que hay una alta tasa de rotación. La riqueza agregada de los descendientes de los ricos que inauguraron la lista de Forbes era del 39% en el año 2014, lo que viene a implicar que el otro 61% proviene de una riqueza nueva.

En definitiva, Arnott et al. señalan que los ricos en su conjunto son más ricos, pero no por las razones esgrimidas por Piketty. La explicación radica en una combinación de nuevos ricos creadores de riqueza con el beneficio para los preexistentes derivado de una larga fase expansiva en los mercados de valores. Las valoraciones crecientes vienen en parte explicadas por la caída en los rendimientos del capital.

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