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1 de junio de 2024

Las motivaciones del escritor sin lectores

 


“Si en verdad no cuenta con tener lectores, ¿por qué establece usted esos convenios consigo mismo, y además por escrito, diciendo que ni piensa atenerse a ningún orden ni sistema…? ¿A qué vienen esas explicaciones? ¿Por qué se disculpa?”.

Son las anteriores preguntas bastante lógicas si alguien declara previamente que “escribo para mí mismo y declaro de una vez para siempre que si escribo como si me dirigiese a los lectores, lo hago tan solo en apariencia, porque así me resulta más fácil escribir. Esto es una cuestión de forma, de pura forma, pues jamás tendré lectores”.

En la era pre-internet ese planteamiento podía ser perfectamente coherente. ¿Puede seguir siéndolo en la blogosfera? Vocacionalmente, puede mantenerse el propósito, aunque, por definición, es ya imposible aferrarse estrictamente a él, toda vez que, circunstancial o azarosamente, alguien puede acceder a producciones pensadas para el autoconsumo personal. Al dejar abierta esa puerta, aunque sea remota, inevitablemente se relaja la motivación de partida. Por supuesto, resulta conveniente que la posible pretensión de no congregar un colectivo de seguidores en dicho espacio sea manifestada ex ante, y no ex post a la vista del track record.

Nada impide que en la era de la navegación internáutica se siga recurriendo a la plasmación física no reproducible de los escritos, si bien el nuevo marco tecnológico posibilita un acceso cuasi-ubicuo e instantáneo al propio generador de los contenidos, que puede sacar así provecho de los servicios de un sistema de registro abierto permanentemente.

Algunas ideas pueden ser provechosamente analizadas desde el subsuelo, como hizo Fiódor M. Dostoievsky en sus apuntes.

16 de marzo de 2024

La reivindicación del traductor

 

De vez en cuando, se cruza en nuestro camino Cioran. Ninguno de sus aforismos nos deja indiferentes. Destrozan cualquier certeza pretendida, y nos mueven a tratar de ubicarlos en una escala de desgarramiento, en la que es difícil vislumbrar el límite superior.


En uno de esos aforismos efectúa una contraposición entre la figura del escritor y la del traductor: “He conocido a escritores obtusos e incluso tontos. Por el contrario, los traductores con los que he tratado eran más inteligentes e interesantes que los autores a quienes traducían. Es lógico: se necesita más reflexión para traducir que para ‘crear’”. 


Ahora bien, habría que tener en cuenta que, mientras que es relativamente fácil identificar lo que es un traductor, no siempre lo es acotar lo que es la creación e, incluso, o lo que es un escritor. A veces, ni siquiera se sabe lo que es un escribidor.





27 de febrero de 2024

¿Fin del mito del escritor solitario?

Nada surge del vacío. Incluso el primer escritor de la historia tuvo que ser deudor, en alguna medida, de circunstancias de su entorno. El acervo cultural acumulado a lo largo del tiempo es inconmensurable. Cada vez resulta más difícil que pueda surgir algo original al cien por cien. De acuerdo. Hay que admitirlo así. ¿Pero excluye este reconocimiento la posibilidad de que existan escritorios solitarios, que, aislados en su guarida, rodeados por el inmenso torrente que fluye sin cesar, generen su propia producción de manera individual?

Simon Kuper, haciendo gala de la elevada posición intelectual que suele impregnar sus apreciadas e influyentes contribuciones en el Financial Times, y apoyándose en una serie de casos significativos del mundo del arte, incide en que “desde hace tiempo se ha entendido que la mayor parte de los actos de creación son colaborativos”, y “sólo respecto a los libros, especialmente de ficción, persiste la presunción del genio solitario”[1]. Aunque, a renglón seguido, cuestiona que ese modelo prevalezca realmente en la práctica, y ensalza el potencial de las “writer’s rooms”.

Con un patente bagaje colaborativo proveniente del entorno, Kuper apunta hacia el fin del supuesto mito del escritor solitario. Y, con ello, decreta la muerte del espíritu del escritor, como ave solitaria, una especie en peligro de extinción, que se resigna a incorporarse a algunas de las bandadas que cubren el horizonte.




[1] “Time to tackle the myth of the lone writer”, 24-2-2024. 

25 de octubre de 2020

Amanecer de rubí: el espíritu del escritor nunca muere

En ese momento Bob me estaba transmitiendo la increíble y extraordinaria noticia. Nuestro gran sueño se había hecho por fin realidad, después de tantos años de investigación. Milagrosamente, yo era Paul R. Milgrom, y estaba empezando a vivir una experiencia sublime, tras la confirmación de la buena nueva en la madrugada californiana.

Sin embargo, cuando abrí los ojos, me di cuenta de que yo no era el profesor Milgrom y de que, en vez del venerable profesor Wilson, tenía ante mí al pequeño Comendador. Después de semanas de ausencia, ha tenido que elegir precisamente este día, justamente cuando ha llegado el cambio estacional de hora y, por fin, había logrado enlazar un buen número de horas de descanso. Si bien cada vez se me hace más cuesta arriba sobrellevar los atardeceres prematuros, es quizás la única noche del año que afronto con un cierto relajamiento, ante la perspectiva del margen que otorga la recuperación de la hora perdida.

Inexplicablemente, mi inefable amigo me urgía a que me levantara y me apresurara a ver el amanecer. De su acelerado y confuso discurso me pareció entender que hoy era el cumpleaños de un gran escritor y artista polifacético a quien el mundo literario no había hecho justicia. Si hay un mercado que se caracteriza por no rendir tributo a la igualdad de oportunidades, ese es el literario, pensé.

Aunque no quiso darme el nombre del personaje, me aseveró que su oficio le venía de antiguo y que no había dejado de ejercerlo contra viento y marea. Nacido en Málaga, como Picasso, y como éste, tal día como hoy, 68 años después que el genial pintor, estuvo durante años peregrinando por rutas literarias impulsando y promoviendo el trabajo de otros creadores. Después de un largo periplo vuelve ahora a sus orígenes, inducido por una fuerza febril que desborda los territorios conocidos.

Hace algún tiempo, el Comendador trabó amistad con él y ahora está ilusionado en dar alas a su magno proyecto editorial, a la altura de la vastedad de su obra inédita.

Infructuosamente, le pedí detalles y explicaciones, pero se limitó a decirme que saliera al mirador, que estaba a punto de amanecer.

Cuando regresé, no había rastro de él.



14 de mayo de 2020

Aviso al escritor: comienza la escalada


Acudo de nuevo a este sitio, una vez más, en busca de solaz momentáneo; a este refugio recóndito, recordando aquellos lejanos tiempos de la adolescencia cuando dejaba pequeñas huellas en las páginas de los diarios perdidos. Alivio fugaz que se ve en parte perturbado, pero siempre bajo el estímulo de la intriga, que sigilosa llega de fuentes camufladas, aunque a veces con tonos inquietantes.

“El mayor favor que se le puede hacer a un escritor es impedirle que publique y, sobre todo, que escriba… durante algún tiempo. Tendría que haber, para su mayor beneficio, regímenes tiránicos de corta duración, cuyo objetivo fuera suprimir cualquier actividad intelectual. El peligro del escritor es prodigarse demasiado, no tener tiempo de acumular. La libertad de expresión sin interrupción alguna es nefasta: atenta contra las reservas del espíritu.

El único tema que comprendo a fondo es el del peligro de la libertad, y el del peligro al que esta expone los talentos”.

Y debajo de semejante declaración, una frases lacónicas e incomprensibles: “De Popper no era precisamente el pensador predilecto, y no se olvide, profesor, las de la desesperación son cumbres que pueden ser bastante elevadas. No se fíe de las proclamaciones falaces de las llamadas desescaladas; comienza la escalada hacia esas altas cumbres. Cordialmente, Betteredge”.
Trataré de encontrar algunos indicios dentro de este laberinto dialéctico. Pero no puedo evitar partir de una pregunta elemental: ¿cuántos han sido, históricamente, los "regímenes tiránicos de corta duración"?

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