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13 de octubre de 2018

Los atascos de tráfico: entre la economía y la psicología

He de comenzar este artículo confesando mi pavor ante los atascos de tráfico. Quizás en parte obedezca a la falta de costumbre. Cuando algo se internaliza en nuestra rutina solemos asumirlo de otra manera, como algo normal. Hace años, cuando viajaba a Madrid en avión y me veía atrapado en las caravanas que se formaban para acceder al centro de la gran urbe, me preguntaba cómo los “commuters” eran capaces de habituarse a ese suplicio cotidiano.

Más recientemente, una exalumna de la Facultad de Económicas de Málaga me contaba que, la primera vez que viajó a Los Ángeles para una estancia formativa, había alquilado un coche a retirar en el aeropuerto y, desde allí, no dudó en adentrarse en los sinuosos “scalextrics”, hasta llegar a la residencia donde iba a alojarse. Yo jamás, ni siquiera a su edad, me habría atrevido a planear semejante proeza. Me acordé de ella al ver la escena inicial de “La La Land”. Sin duda, afrontar situaciones de ese tipo puede resultar mucho más valioso en la vida que acumular conocimientos teóricos. Espero que le haya ido bien en su trayectoria profesional, y también que si, por una remota casualidad, llegara a leer este texto, me lo hiciera saber.

Pese a la aversión a sufrirlos en la realidad, los atascos de tráfico son un tema de estudio apasionante y lleno de alicientes. Las carreteras son un ejemplo útil para ilustrar el concepto de bien colectivo impuro, sujeto a congestión.

A partir de un determinado volumen de tráfico, la incorporación de vehículos adicionales a una vía de circulación origina un coste para los demás conductores en la forma de una menor fluidez de tráfico. Se trata de un caso típico de externalidad o efecto externo, de carácter negativo. Éste consiste simplemente en que, cuando alguien lleva a cabo una acción, ésta origina algún perjuicio a otra persona, sin que tal inconveniente se recoja en el precio que, en su caso, paga por realizar dicha acción. Por supuesto, en este ámbito se dan efectos cruzados, ya que todos los conductores generan un coste para los demás.

La receta tradicional propugnada por los economistas para tratar de corregir los efectos externos negativos es la de establecer una carga, mediante un precio o una tasa, que refleje el coste que se está originando al resto de personas. Algunas ciudades vienen aplicando una tasa por congestión que recae sobre los vehículos que circulan por las zonas delimitadas. En un artículo de The Economist de fecha 25 de agosto de 2018 se menciona el caso de Londres, cuyo sistema, según se indica, adolece de tres deficiencias: i) el importe que se paga es de cuantía fija por acceder al centro de la capital, sin que se module según la hora y, consiguientemente, la densidad del tráfico; ii) se trata por igual a los vehículos de servicio público que a los de los particulares; iii) no se reconoce que los problemas de congestión del tráfico y de contaminación son diferentes; también los vehículos no contaminantes provocan congestión de tráfico.

Otro artículo de The Economist, de fecha 8 de septiembre de 2018, da pie para seguir reflexionando acerca de los atascos de tráfico. En él se nos describe el sobrecogedor panorama de aquellas ciudades del mundo donde los atascos constituyen un elemento casi permanente del paisaje urbano, pero a escala descomunal. Ciudades como El Cairo, Delhi, Daca, Yakarta, Lagos, Manila, Naironi y Sao Paulo se llevan la palma. Sin embargo, según el ranking elaborado por Inrix, una compañía especializada en el análisis de datos de tráfico (www.inrix.com), fueron los “commuters” de Los Ángeles los que afrontaron un mayor número de horas en atascos de tráfico en el año 2017 (102), por delante de Moscú (91) y Nueva York (91). En ese ranking de 1.360 ciudades del mundo, en el que no se incluye Málaga, Madrid aparece con 42 horas, Sevilla con 25, y Zaragoza con 13.

Según las estimaciones de Inrix, los retrasos en el tráfico originaron un coste de 19.200 millones de dólares a la ciudad de Los Ángeles en 2017, y de 33.700 millones de dólares a la de Nueva York, con una cifra media por conductor de 2.900 dólares aproximadamente en ambos casos. En una ciudad más comparable, en términos poblacionales, a Málaga, como es Liverpool, las cifras respectivas fueron 273 millones de libras y 1.101 libras.

En el segundo de los artículos de The Economist mencionados se apunta un aspecto interesante y controvertido. Frente a la idea de que resultar afectado por la densidad del tráfico es un despilfarro, “ver los atascos de tráfico como una pérdida de tiempo es ignorar algo. Para los economistas, cada hora empleada en el tráfico es una hora no empleada en algo productivo. Pero en las ciudades con el peor tráfico, esto no siempre es verdad. Ni está claro que a las personas les desagraden tanto los atascos como dicen”. A este respecto, se aportan ejemplos de personas que convierten su tiempo de desplazamiento en un “espacio de aislamiento individual” o en una oportunidad para desarrollar algunas actividades. En fin, la capacidad de adaptación a las más diversas circunstancias da mucho de sí.

Dicho artículo, a pesar de su brevedad, nos ofrece una serie de perspectivas sugerentes para abordar el análisis del tráfico. Y, más allá de su contenido, nos brinda una externalidad positiva, la invitación a hacer una incursión literaria, a la búsqueda del cuento de Cortázar “La autopista del Sur”. En sus primeras líneas podemos leer que “… Cualquiera podía mirar su reloj pero era como si ese tiempo atado a la muñeca o el bip bip de la radio midieran otra cosa, fuera el tiempo de los que no han hecho la estupidez de querer regresar a París por la autopista del sur un domingo por la tarde…”.

Hace mucho tiempo, en junio del año 1979, tuve ocasión de vivir esa experiencia. Desde ese recuerdo lejano puedo verificar que la descripción del escritor argentino no era un cuento. Se puede tener aversión al tráfico, pero, insospechadamente, también, circunstancialmente, alguna añoranza.

17 de diciembre de 2017

Tráfico, congestión, contaminación y presupuesto: el experimento de Oregón

El tráfico de vehículos plantea un amplio elenco de cuestiones de gran calado e interés desde el punto de vista del análisis económico y de enorme trascendencia social: estilo de vida, influencia sobre la salud, accidentes, contaminación, congestión, ingresos públicos, inversiones, gastos de mantenimiento, integración económica, turismo, productividad, competitividad…

El análisis económico ha aportado soluciones o, al menos, alternativas para abordar tales problemas. Algunos de los instrumentos propuestos se utilizan a veces para atender simultáneamente varios objetivos. Tal es el caso del impuesto especial o accisa sobre carburantes. Es este una representación genuina de un impuesto pigouviano, concebido como remedio para corregir el efecto externo de la contaminación provocado por el consumo de carburantes; también, el de la congestión de tráfico. Sin embargo, dicho impuesto es también en la práctica una forma, indirecta y aproximada, de aplicar el principio del beneficio, esto es, para recabar una contribución tributaria de aquellas personas que se benefician individualmente de un servicio público, en este caso, el de circulación por carreteras.

Los avances logrados en la eficiencia energética de los vehículos son altamente eficaces para reducir el impacto contaminador de los automóviles, pero, al manifestarse en una menor carga impositiva, no evitan el efecto de la congestión del tráfico ni frenan la continuidad en el uso de aquellos como medio de transporte. Además, la menor recaudación asociada a la eficiencia energética repercute también de manera negativa en las arcas públicas. Eventualmente, si se utilizaran exclusivamente coches no contaminantes, desaparecería la recaudación del impuesto sobre carburantes y persistirían dos problemas: el de la congestión y el de la obtención de recursos para la construcción y el mantenimiento de vías públicas.

Desde hace ya tiempo, algunas ciudades se han significado por la utilización de dispositivos tecnológicos para modular el tráfico mediante la aplicación de tasas por circular por determinadas zonas o rutas.

Más recientemente, el Estado norteamericano de Oregón, al que ya nos hemos referido en este blog en relación con el impuesto sobre las bicicletas, ha puesto en marcha un programa piloto orientado a afrontar los problemas de la congestión y la financiación presupuestaria (Robert Wright, Financial Times, 8 de diciembre de 2017).

Dicho programa se basa en el uso de una pieza electrónica ya obligatoria en todos los vehículos modernos en Estados Unidos. Dicho dispositivo recoge información del ordenador del vehículo acerca de la distancia recorrida y del carburante consumido.

Los conductores acogidos voluntariamente a este programa, en lugar de soportar (en última instancia) el impuesto sobre carburantes (30 centavos por galón, aproximadamente 7,93 centavos por litro), han de pagar 1,5 centavos por milla recorrida (0,93 centavos por kilómetro).

Mensualmente, recibirán un reembolso o una factura dependiendo de si la tasa por circulación devengada es mayor o menor que el impuesto pagado. Actualmente, el importe de la tasa es de cuantía fija, pero cabe, lógicamente, la posibilidad de graduar su importe en función de la zona y/o de la hora de circulación.

El diario Financial Times incluye un artículo sobre esta iniciativa en su sección “50 Ideas para Cambiar el Mundo”, y no cabe duda de que las nuevas tecnologías ofrecen un extraordinario potencial para transformar las políticas públicas en ámbitos tan relevantes como el de la circulación de vehículos. La magnitud de los problemas asociadas a esta demandan ciertamente ideas brillantes, eficaces y eficientes para evitar llegar a un punto de no retorno.

6 de septiembre de 2017

¿Aparcar los aparcamientos?

Sobran coches y escasean las plazas de aparcamiento en las ciudades. ¿Qué política municipal debería seguirse: ampliar la oferta de tales plazas o, por el contrario, restringirlas y encarecerlas?

Según cuentan, algunos académicos estadounidenses galardonados con el Premio Nobel confesaban que, en el fondo, el otorgamiento de una plaza de aparcamiento en su universidad era la prebenda más apreciada ligada a tan alta distinción. En horas punta, un lugar para estacionar el vehículo se convierte en un tesoro sumamente apreciado; su ausencia transforma un eficaz y controlable medio de locomoción -en el supuesto de que no haya congestión de tráfico- en un auténtico estorbo.

En un número del pasado de abril, la revista The Economist dedica un interesante, y a veces un tanto complejo, análisis a la política de aparcamientos, bajo un título de por sí bastante expresivo: “Aparkalypse now”, reflejo de la posición beligerante que sostiene contra las políticas de fomento del parking. Frente a la apariencia de la inocuidad, la multiplicación de los espacios dedicados a aparcamientos, especialmente si no se gestionan adecuadamente, puede acarrear una serie de consecuencias negativas, entre ellas la contaminación del aire.

De entrada, el informe se hace eco de estudios que ponen de relieve que una gran parte del tráfico en la ciudad proviene de conductores a la búsqueda de un estacionamiento. Este componente llega, en la ciudad alemana de Friburgo, a la sorprendente cifra del 74% de los vehículos.

El autor o los autores del análisis, en la línea del anonimato que caracteriza a la influyente publicación británica, cuestionan la política de requerimiento de un número mínimo de plazas de garaje por edificio construido. A tal efecto se argumenta que ni a las compañías suministradoras de agua o de electricidad se les obliga a ofertar todo el agua o toda la energía que se demandaría si fueran gratuitas.

La dotación de plazas de aparcamiento conlleva importantes costes que acaban afectando a usuarios y no usuarios de vehículos, e implica un desaprovechamiento de recursos que podrían destinarse a otros usos más productivos. Por ello abogan por detener el incremento de la oferta de plazas, así como poner fin a su reserva en favor de propietarios residentes. En su lugar, propugnan el cobro de precios de manera generalizada hasta lograr un equilibrio entre la demanda y la oferta disponible. Por otro lado, la existencia de espacios para el aparcamiento de vehículos gratuitos o de bajo coste frena la introducción de nuevos modos de transporte de carácter colaborativo.

No, no se desprende un panorama demasiado halagüeño para el uso individualizado del automóvil según el modelo tradicional, al menos en el ámbito urbano. En definitiva, la tesis adoptada podría resumirse en el sentido de que la oferta de plazas de aparcamiento crea e incrementa su propia demanda. El establecimiento de trabas se concibe como vía para atemperar esta última. El problema es, no obstante, alterar las pautas de comportamiento que responden a políticas del pasado con fuertes restricciones y cuya inercia es difícil de quebrar sin alternativas eficaces.

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