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21 de agosto de 2021

El caso Messi: algunas reflexiones económicas

El deporte brinda una especie de gran laboratorio natural donde aplicar el análisis económico a una diversidad de situaciones y tomas de decisiones empresariales y profesionales. El tránsito de una estrella como Leo Messi desde el Fútbol Club Barcelona (FCB) al París Saint-Germain (PSG) suscita numerosas reflexiones económicas generales y particulares:

Las vinculaciones y afinidades recíprocas entre jugadores y clubes que no estén plasmadas y cuantificadas en un contrato suelen carecer de eficacia en los momentos cruciales.

Las exorbitantes remuneraciones de las estrellas deportivas vienen explicadas por la capacidad de generación de ingresos a escala global. Hay signos evidentes de que el nivel medio de las retribuciones, en algunos mercados deportivos, futbolísticos y de otras disciplinas, es resistente a la baja para ajustarse a las condiciones reales de la demanda. La utilización de acciones del club -o de instrumentos equivalentes- dentro del paquete de remuneraciones es una alternativa planteada por algunos analistas.

Una buena parte de los salarios más elevados percibidos por las grandes figuras deportivas se deriva simplemente del efecto globalizador de los medios de comunicación, no de mayores cualidades o de un mayor sacrificio. Se trata, pues, de una renta económica pura, que justificaría la aplicación de una tributación más elevada que la ligada al esfuerzo personal.

Cuando un jugador tiene capacidad para negociar un salario en términos netos de impuesto, en la práctica está logrando que el impuesto sobre la renta sea soportado por su empleador. Un impuesto directo se convierte en un impuesto indirecto. Pese a todo, el uso de “refugios fiscales” es una tentación para los agentes maximizadores de ingresos.

El coste íntegro de la contratación, integrado por diversos componentes, es la variable clave a considerar por el club. En función de diversas circunstancias, el salario neto puede llegar a multiplicarse por más de 3 para obtener el coste total.

Aunque, en una liga deportiva, la existencia de competencia y de incertidumbre es en sí misma un producto, una condición esencial, los comportamientos económicos de algunos clubes, lanzados a la búsqueda de un dominio absoluto, parecen decididos a desafiar ese principio. En Europa se estima poco probable la adopción de fórmulas del “socialismo deportivo” de algunas ligas estadounidenses (topes salariales reforzados, reparto lineal de los derechos de emisión, preferencia en la elección de jugadores para los peor clasificados cada temporada, y “cánones sobre el lujo”).

La situación económica condiciona incluso a un club tan potente como el FCB, que, en 2019-20, lideró la tabla mundial de clubes de fútbol por ingresos, con 715 millones de euros. Pese a ello, acumula una deuda de 1.100 millones de euros, tuvo unas pérdidas cercanas a los 500 millones de euros la pasada temporada, y afrontaba unos costes salariales, incluso sin Messi, iguales al 95% de los ingresos, por encima del 70% prescrito por la Liga española.

Como ha señalado Simon Kuper, en cualquier negocio basado en el talento, la decisión de gestión más importante es la del reclutamiento de profesionales, pero el FCB ha perdido la “guerra por el talento”. En 2017, rechazó el ofrecimiento de Kylian Mbappé y, posteriormente, el de Erling Braut Haaland, y se ha permitido pagar jugosas sumas por las contrataciones de otros jugadores (más de 1.000 millones de euros entre 2014 y 2019). Además, los “productos finales” de La Masía, últimamente, no salen tan ajustados como antaño.

La productividad y la eficacia de Messi rompen todos los registros. Con él, en 17 temporadas, el FCB ha ganado 10 Ligas y 4 Champions Leagues, además de otra veintena de títulos. Pero no era un recurso barato (en términos absolutos), a tenor de las cifras que han salido publicadas (555 millones de euros en 4 temporadas), y del incremento de su retribución en los últimos años. Ello suponía un freno para la incorporación de otras estrellas y ejercía un efecto contagio sobre el resto de la plantilla. Pero la pérdida de un activo como Messi sin ninguna compensación ha sido ya propuesta como caso de estudio de cómo no gestionar inversiones.

El paradigma de las finanzas sostenibles se está extendiendo por todo el circuito económico. La alineación de la sostenibilidad financiera, como titular, de manera efectiva, en un terreno de juego verdaderamente equilibrado, es hoy día una aspiración básica en el mundo del deporte profesional. En cualquier caso, la incorporación de la transparencia sería altamente valiosa para la mejor aplicación del análisis económico.

(Artículo publicado en el diario “Sur”).



21 de abril de 2021

Europhemeral Super League: learning by (un)doing

 

Desde hace bastante tiempo venía planeándose la idea de constituir una superliga europea de fútbol. Era un proyecto que tenía interés en analizar, que había anclado en la larga lista de autoencargos, acumulando ya meses de demora. Es una de las cuestiones a abordar, dentro del estudio de los clubes deportivos desde un punto de vista económico que recientemente proponía a un alumno ante la realización de su trabajo de fin de grado. Finalmente se decantó por el análisis de las implicaciones fiscales de tales clubes.

El lunes de esta semana saltaba la noticia. El proyecto que venía larvándose por fin tomaba forma con una fuerza aparentemente imparable. No había ya excusa para demorar el intento de realizar una incursión en dicha iniciativa desde un prisma económico. El fútbol europeo seguía así los pasos del baloncesto, que, no sin algunos escollos ni sin controversias, ha logrado consolidar una competición sumamente exitosa de primerísimo nivel deportivo, la Euroleague Basketball.

Ante una tesitura de esta naturaleza, es casi inevitable que surjan sentimientos contrapuestos entre los aficionados: ¿se debe rechazar radicalmente este tipo de competiciones, cerradas o cuasicerradas?, ¿hay que intentar estar incluido dentro de la élite deportiva?...

La actividad de los clubes deportivos presenta una serie de características muy singulares. Su proceso productivo no responde a ningún modelo empresarial estándar. Los aficionados juegan un papel esencial en todo momento. Aunque no formalmente, pueden ejercer una gran influencia, en la práctica, en la gobernanza de las entidades deportivas. También, en su condición de grupos de interés con gran incidencia en la opinión pública y, por esta vía, en las posiciones de los políticos maximizadores de votos, valga la redundancia.

La corta vida del ostentoso proyecto de la European Superleague (en el caso del fútbol no hacen falta especificaciones) ha demostrado que la incidencia efectiva de dichos colectivos puede ser sumamente poderosa. Los organizadores del gran proyecto deportivo quizás no habían llegado a evaluar adecuadamente los riesgos de ejecución a los que podían enfrentarse. Aunque tal vez pocos pudieran pensar que el recorrido iba a ser tan corto.

Está por ver cuál será el desenlace de la iniciativa. Es un buen momento para recordar y reivindicar el espíritu de los Bromley Boys[1], pero no puede eludirse el peso del “factor presupuestario”, condicionante de muchas decisiones. Como en otros ámbitos, puede demandarse que un servicio –público o privado- sea gratuito y de calidad, pero, desde luego, eso no es sinónimo de que pueda producirse con un coste nulo o reducido.



[1] Dicho espíritu se evoca en la entrada de este blog de fecha 18 de agosto de 2019.

4 de agosto de 2019

Futbolistas e impuestos

¿Cuánto debería tributar en concepto de IRPF un deportista profesional, en general, y un futbolista de élite, en particular? Si no es fácil zanjar esta pregunta cuando nos referimos a un contribuyente cualquiera, lo es mucho menos cuando nos situamos ante uno de tales características, en el que concurren circunstancias especiales.
A la hora de adoptar decisiones referentes al diseño del sistema impositivo hemos de partir de la toma en consideración de algunos principios básicos, en torno a la justicia, la eficiencia, la operatividad y la capacidad recaudatoria. Si sólo tuviéramos en cuenta la primera de estas perspectivas, estaríamos inclinados a establecer tarifas progresivas con tipos de gravamen máximos bastante elevados. Apenas habría problemas en este sentido si los contribuyentes aceptasen cualquier carga tributaria sin alterar su comportamiento económico. Ahora bien, si los individuos reaccionan al gravamen soportado, los tipos impositivos óptimos serían menos pronunciados. Así, a mayor capacidad de respuesta, menor tendería a ser el tipo aplicable. En la práctica, la tributación de la renta de los diferentes factores depende de la elasticidad de su oferta.
Un aspecto de gran trascendencia desde el punto de vista social es la mayor o menor legitimidad de las retribuciones. Normalmente, suelen aceptarse como válidas las remuneraciones obtenidas, aunque sean muy altas, siempre que respondan al esfuerzo o al talento personales. A este respecto hay quienes consideran que una gran parte de las exorbitantes ganancias de algunos deportistas de élite son en buena medida fruto de las nuevas tecnologías, que han creado mercados de comunicación globales. Las diferencias entre el estatus económico de figuras deportivas de nivel similar en la actualidad y a mediados del siglo veinte son bien expresivas. Si se acepta este argumento, ese componente de ganancia extraordinaria que no depende directamente del esfuerzo admitiría un gravamen muy superior al de la retribución de índole personal.
Los criterios de justicia que se quisieran aplicar serían fácilmente practicables si existiera una única autoridad internacional y una política impositiva común. En su ausencia, la movilidad puede resultar rentable para los deportistas, ante una situación fiscal dispar según países y una competencia desatada para atraer recursos de alta cualificación. El conflicto de objetivos está servido: ¿cómo respetar la justicia y atraer estrellas deportivas sin disparar los costes de los clubes contratantes?
En este contexto, es clave centrar la atención en la cuña fiscal, esto es, la diferencia entre el coste total que afronta un club por la contratación de un jugador y el importe de la retribución neta que éste percibe. Los jugadores de élite tienen capacidad para marcarse un objetivo salarial en términos de dólares o de euros netos de impuesto, además de disfrutar de una serie de prestaciones en especie, igualmente en esos términos. Para un futbolista con un significativo poder de mercado, el régimen fiscal aplicable es, hasta cierto punto, indiferente, puesto que podrá garantizarse sus emolumentos netos. Sin embargo, no es menos cierto que preferirá un tratamiento fiscal lo más benigno posible, por cuanto ello le permitirá obtener un mayor salario para un coste dado del club.
Un gestor deportivo tiene que computar, pues, una considerable gama de elementos para calcular el coste de un jugador: derechos de traspaso (a amortizar en función de la duración del contrato), comisión del representante del jugador, viajes, alojamiento, seguro médico, otras prestaciones, salario, derechos de imagen, IRPF, y cotizaciones sociales. Pongamos un ejemplo relativamente “moderado”: contratación de un jugador (residente) por tres años, por el que hay que pagar un derecho de traspaso de 30 millones de euros, con un salario anual de 10 millones de euros netos, unos derechos de imagen de 3 millones de euros, y unas prestaciones extrasalariales estándares. El coste total anual para el club se situaría en una cifra del orden de los 35 millones de euros. 
Si nos ceñimos al montante del salario en sentido estricto, con los tipos del IRPF vigentes en España, los 10 millones de euros netos se convertirían en unos 19 millones de euros brutos. Algunos países europeos aplican un régimen más favorable para atraer a personas con altas rentas -como es, singularmente, el caso de Italia-, lo que llevaría a un montante entre un 25% y un 33% más bajo (¿les sugiere esto algo a los aficionados del Unicaja Baloncesto?). Ante esta desventaja, los mandatarios de la Liga española de fútbol reclaman medidas para lograr una “competición fiscalmente competitiva” o, lo que lo mismo, un rescate de la “Ley Beckham”.
Hay algunas interesantes enseñanzas que se desprenden de la dinámica de los mercados deportivos de élite: i) el jugador es siempre quien declara y soporta formalmente el IRPF, pero puede tener suficiente poder de mercado para trasladarlo a su empleador, que se convierte en el contribuyente efectivo; ii) aunque pueda resultar paradójico que el club abone el coste de un agente que presta servicios a su jugador representado, en términos económicos es indiferente quien lo satisfaga formalmente; en función del precio final que se fije, acabará recayendo en una u otra parte; iii) es un grave error dejarse arrastrar por la cifra del salario neto para tomar una decisión de contratación; la única manera de evitar una posible ilusión financiera es computar absolutamente todas las implicaciones económicas derivadas del contrato.
Y otra lección importante a tener en cuenta, a partir de la experiencia internacional: para un país con un IRPF progresivo y con tipos elevados, es imposible respetar la equidad en el tratamiento a todos los contribuyentes y crear un espacio fiscal competitivo para la atracción de las estrellas deportivas cuyos costes adicionales nadie esté dispuesto a asumir. Lo anterior, empero, no impide al menos plantear la siguiente reflexión: ¿merecería la pena sacrificar la justicia tributaria y algunos ingresos públicos, a cambio de potenciar una actividad que puede generar beneficios para los aficionados y una serie de efectos económicos directos e indirectos?
(Artículo publicado en el diario “Sur”, con fecha 3 de agosto de 2019)

16 de julio de 2019

Fútbol y cisnes negros: el caso del Leicester


Los ecos de la conclusión de las temporadas futbolísticas nacionales se han ido apagando, ante la celebración de la UEFA Euro 2016, pero el triunfo del Leicester City Club en la Premier League ha generado una serie de efectos duraderos. Los análisis realizados van mucho más allá de los aspectos deportivos, abarcando consideraciones de orden económico, estadístico, cultural, estratégico o de gestión. La histórica victoria de “Los Zorros” tiene implicaciones en diversos ámbitos y, de manera destacada, representa un hito y un signo de esperanza para muchos clubes que no parten muy bien posicionados en las carreras por los títulos. La gesta conseguida ha sido calificada por The Economist como el mayor evento de éxito de un “perdedor esperado” en la historia del deporte.

El caso del club inglés está, pues, lleno de alicientes desde las perspectivas más diversas. Para colmo, su entrenador, Claudio Ranieri, apodado “The Tinkerman” (dícese del técnico que experimenta permanentemente), llegó a ser tildado de zombi por el propietario de uno de sus exequipos. De él también se había afirmado que era “el perfecto Perdedor, con p mayúscula”.

Si, por otro lado, recurrimos a los criterios que, según los analistas, mejor pronostican la posición final de un equipo, el puesto obtenido en la última competición y el importe de la masa salarial, tampoco el Leicester contaba con demasiado respaldo. Así, en la campaña anterior, 2014/15, era considerado un candidato al descenso, que pudo eludir gracias a un progreso “milagroso” en la recta final. Por lo que a los ingresos se refiere, ocupaba el puesto 12º entre los equipos de la Premier League.

Nicholas Taleb ha popularizado el concepto de “cisne negro”. Durante años, en los mercados financieros se vivió bajo la ficción de que los sucesos altamente improbables, para los que ni siquiera existían precedentes históricos, no podían darse en la práctica. A partir de una serie de sofisticados indicadores que mostraban los resultados esperados en un 95% o en un 99% de las posibles situaciones,  los gestores vivían con una gran confortabilidad, irradiando un ambiente de confianza y control. Los modelos contemplaban eventos extraordinarios que podrían generar un gran impacto negativo, pero, dada su rareza, casi podía esperarse que no llegarían a ocurrir.

Algo parecido debieron de pensar los corredores de apuestas que estaban dispuestos a pagar 5.000 libras por cada libra apostada a favor de que el Leicester conquistara el título de liga. Si pudiésemos retrotraernos al inicio de la temporada 2015/16 y repetir el experimento 5.000 veces, la expectativa era que se proclamara campeón solo una vez. Algunos especialistas habían afirmado que era más probable que se descubriera el monstruo del Lago Ness que ganar la liga con una posición de 5.000 a 1.

El hecho de que, contra todo pronóstico, lo haya logrado difícilmente puede atribuirse a una explicación única. Entre otras, se ha apuntado el acierto en la contratación de algunos jugadores, la ausencia de lesiones, la no participación en competiciones europeas e incluso algunas decisiones arbitrales favorables. Por otro lado, ha hecho un uso intensivo de las nuevas tecnologías para analizar miles de datos sobre la actuación de los jugadores. Asimismo, ha invertido en actuaciones que dan fruto a largo plazo, como la construcción de un estadio de entrenamiento, la potenciación de la cantera o el “scouting” de talentos en el mercado.

El caso del Leicester, al margen de su importancia intrínseca, se ha convertido en un referente de primera magnitud para otros clubes sin grandes títulos en sus vitrinas. ¿Podría el Málaga, C. F., emular algún día la hazaña del club inglés? Si cualquier aficionado del club de Martiricos ha soñado alguna vez con esa posibilidad, el logro comentado viene a refutar la idea de que los resultados deportivos han de responder a un determinismo puro, aunque, como reflejan los datos de los últimos años, sea cada vez más difícil escapar de la tiranía de los presupuestos.

Puestos a buscar, podemos incluso encontrar algunos paralelismos. Ambos clubes son más que centenarios, aunque el inglés, fundado en 1884, es más antiguo, y propiedad de inversores extranjeros. El mejor resultado anterior del campeón inglés (un segundo puesto) se remontaba al año 1929. Mucho más reciente es la más que meritoria cuarta plaza alcanzada por el club malacitano en la liga española. Con una población bastante inferior a la de Málaga (330.000 habitantes), la ciudad de Leicester es destacada por su diversidad demográfica y vive actualmente una etapa calificada de renacimiento.

Sobre el papel, si atendemos a los datos estadísticos, la trayectoria histórica del Málaga arrojaría un mayor grado de dificultad. De los partidos disputados desde la temporada 1995-96, ha ganado un 29%, empatado un 26% y perdido un 45%; en un número similar de encuentros, los registros del Leicester son, respectivamente, del 42%, 28% y 30%. La probabilidad de alcanzar 85 puntos (promedio requerido para ser campeón de la liga española a lo largo de los últimos 20 años) con el mencionado historial es sumamente reducida; de hecho, solo un 7% de la que se le atribuiría al equipo de las “Tierras Medias”. Pero la rareza estriba precisamente en el desafío a lo esperable.

Una de las claves de su éxito ha sido, según numerosas opiniones, haber conseguido que prevaleciera el espíritu de equipo. Algunos afamados analistas se han apresurado a matizar que, en el fútbol, el espíritu tiende a acompañar los resultados, en vez de causarlos. Quizás no haya más remedio que aceptar esa demoledora tesis a la luz de los bucles que se observan en la realidad entre los resultados y las dinámicas de los equipos, pero sería demasiado duro tener que renunciar a la creencia de que una estrategia sustentada en estrictos principios deportivos pueda conducir al olimpo. Ya que han aparecido cisnes negros futbolísticos, que destrozan las inercias históricas, no habría que perder la esperanza de que algún día, en la ribera del Guadalmedina, lo haga también un mirlo blanco o, mejor aún, blanquiazul.

(Artículo publicado en el diario “Sur”, el 14-7-2016; se incluye en este blog en julio de 2019, a sugerencia de Juan Francisco García Aranda, experto en Economía del Deporte)urocup, pero el gando,

Lecciones del fútbol para la gestión empresarial


Desde hace años, la influencia del deporte profesional se viene extendiendo a facetas cada vez más diversas y distantes de los estadios. El ámbito de la gestión empresarial, en general, y el de los recursos humanos, en particular, se encuentran entre las áreas donde más ha florecido la aplicación de enfoques y prácticas seguidos en el mundo del deporte. De hecho, la disciplina orientada al adiestramiento de personas con vistas a la consecución de objetivos o a la asimilación de técnicas ha adoptado una denominación (coaching) enraizada en un rol tan relevante como el del entrenador. Ni que decir tiene que los entrenadores máds exitosos y experimentados han encontrado ahí un amplio filón ante una demanda generalizada de encontrar las claves para desenvolverse en un entorno competitivo y complejo, armónicamente combinada con una hábil oferta de prometedores efectos revolucionarios.

El deporte profesional ofrece un campo sumamente sugerente de experiencias para el análisis económico y la gestión empresarial. La concentración del talento en los equipos de élite y la ocurrencia de eventos singulares que han de afrontarse en condiciones de máxima exigencia, en los que algunas decisiones pueden ser determinantes del éxito o del fracaso, hacen que puedan extraerse provechosas lecciones de la trayectoria vivida por tales conjuntos y, en particular, de las estrategias adoptadas por los máximos responsables de las decisiones para la conducción del colectivo de jugadores.

En un artículo publicado en el Financial Times el pasado mes de mayo, Mike Forde, auxiliado por Simon Kuper, identifica algunas lecciones deportivas para la gestión del talento. El primero, consultor en este ámbito, fue director de operaciones del Chelsea; el segundo, columnista del diario británico, especialista en cuestiones deportivas. Las lecciones identificadas proceden de la experiencia de los entrenadores más destacados, a quienes consideran, por encima de todo, gestores del talento:

  1. Talento y ego: El gran talento viene acompañado habitualmente de un elevado ego. La organización necesita de la aportación de los grandes talentos, especialmente en situaciones cruciales. Ellos son conscientes y se aprovechan de su poder. Aunque el saber convencional considera que otorgar un estatus privilegiado puede perjudicar una organización, recomiendan aceptar los caprichos de las estrellas.
  2. El test de la madurez: Hasta los profesionales excelsos necesitan haber pasado por un proceso de maduración. Para calibrar el potencial de una persona es importante identificar si ha superado o no dicha etapa.
  3. Espíritu de sacrificio por el grupo: Alabar a quien se sacrifica por el bien del grupo es un aliciente para que otros lo imiten.
  4. El rol del entrenador: La apuesta es por el objetivo de ganar partidos, aparcando la misión de dominar el comportamiento de las figuras. Más que liderazgo absoluto, se impone un liderazgo “sirviente”.
  5. La selección de las estrategias: Incluso ante la toma de decisiones en momentos clave, hay entrenadores que se inclinan por dar protagonismo a quienes tienen que ejecutarlas. Es lo que se denomina el “apoderamiento de talento”, que difícilmente cabría entenderlo como ilimitado.
  6. La motivación del talento: Frente a otras interpretaciones que defienden la misión motivadora del entrenador, se recogen testimonios que subrayan que los grandes talentos están habitualmente automotivados, por lo que lo esencial es no desmotivarlos al no plantearles los retos y objetivos que sus condiciones requieren.
  7. El valor de la confianza horizontal: En coyunturas cruciales, la relación de confianza clave es la que debe existir entre quienes tienen que realizar conjuntamente el trabajo.
  8. Nadie queda excluido de la necesidad de mejorar: Los buenos gestores son quienes crean una cultura de aprendizaje en la que todos los intervinientes puedan mejorar. Concentrar los esfuerzos de mejora en los primeros espadas puede ser más productivo que hacerlo con actores secundarios.
  9. El talento interno está por descubrir: Los destellos de las estrellas exteriores no deben deslumbrar hasta el punto de impedir ver los brotes del talento interno. No reconocerlo a tiempo puede representar incurrir en elevados costes futuros.
  10. La movilidad inherente al talento: Las figuras más sobresalientes son un factor intrínsecamente móvil. Más que apelar a una permanencia basada en una posible “lealtad” a unos colores, la búsqueda de la productividad suele ser más interesante y eficaz. La correcta evaluación de cuándo alcanza cada jugador su cima deportiva es básica a este respecto.

Los anteriores puntos son una apretada síntesis de las enseñanzas destiladas por Forde y Kuper, provenientes de las vivencias de algunos de los más acreditados entrenadores de fútbol y de otras disciplinas deportivas. Cada una de ellas puede ser objeto de una amplia discusión. Sin perjuicio de que aportan perspectivas interesantes, es evidente que la realidad en la que se lleva a cabo la actuación de las organizaciones empresariales mundanas es bastante distinta de la que viven los clubes deportivos de élite. El proceso de producción de estos presenta una serie de características irrepetibles que hacen que no puedan extrapolarse sin más las situaciones vividas.

Por lo demás, todo el razonamiento expuesto está impregnado de una filosofía eminentemente ganadora. Lo único verdaderamente importante es la victoria a toda costa. Los títulos son los que cuentan al fin y al cabo; son los que otorgan el pasaporte para pasar a la historia. El problema de este enfoque no es esa búsqueda monolítica, sino que, en la práctica, no va demasiado desencaminado, hasta tal punto de que llega a eclipsar otros valores fundamentales del deporte, sea o no profesional.

(Artículo publicado en el diario “Sur”, el 11-9-2015; se incluye en este blog en julio de 2019, a sugerencia de Juan Francisco García Aranda, experto en Economía del Deporte)

1 de agosto de 2018

El lance del penalti: entre la destreza y el azar, entre el premio y el castigo

En no pocas ocasiones, los vericuetos del lenguaje llevan a un vocablo a enfrentarse con su destino. En otros supuestos, son los propios mimbres etimológicos los que condicionan las expresiones al uso. En el caso del penalti, aun cuando la palabra inglesa originaria no albergue ninguna duda de su vocación sancionadora, no deja de ser curiosa la acepción del penal argentino. Al margen de eso, el penalti se utiliza en los campeonatos de fútbol no solo como práctica sancionadora de una infracción tipificada como grave, sino también como instrumento para dirimir un empate. Para los equipos que no han sido capaces de evidenciar su supuesta superioridad frente a su rival, llegar a la tanda de penaltis se convierte en un castigo por no haber podido atenerse al guion; para el adversario, un premio por la resistencia mostrada.

El recurso al lanzamiento de penaltis en los mundiales de fútbol es relativamente reciente. Antes del mundial de 1982 (“Naranjito” remembered), cuando un partido de eliminatoria finalizaba con empate tras la prórroga, el ganador se dilucidaba mediante el lanzamiento de una moneda al aire, simplemente a cara o cruz.

¿Es la alternativa de los penaltis un método menos dependiente del azar que la de jugárselo a cara o cruz? En un reciente artículo de The Economist (“Football penalties. The lucky 12 yards”, 23-6-2018) se sostiene que es discutible que así sea. En dicho artículo se recogen algunas consideraciones de interés tanto para el aficionado al fútbol como para el amante de la técnica estadística, basadas en el análisis de la propia revista como en el de un profesor de la London School of Economics, Ignacio Palacios-Huerta, que hace años fue jefe de identificación del talento del Athletic Club de Bilbao. Aquí se recogen, de manera sintética, algunas de ellas:

1. No existe relación entre el nivel deportivo de un equipo y su éxito en las tandas de penaltis.

2. Sí hay algunas pautas para mejorar la probabilidad de victoria.

3. Es preferible ser los primeros en el turno de lanzamiento: el equipo que comienza lanzando triunfa en un 60% de las ocasiones.

4. Los lanzadores marcan gol un 75% de los lanzamientos, pero el porcentaje de acierto disminuye en el cuarto de los penaltis (de los cinco estipulados inicialmente), hasta un 70% para quien lanza primero y un 56% para quien lo hace después.

5. La importancia de los cinco penaltis presenta una forma de “U”: los lanzamientos que tienen mayor impacto en la práctica son el primero y el quinto; el que menos suele importar, el tercero.

6. La mayor dificultad para detener un penalti corresponde a los que se tiran por arriba; los porteros solo paran un 3% de estos.

7. Sin embargo, la tasa de fallos de los lanzamientos por arriba es elevada, de un 18%, frente a únicamente un 5% para los que van rasos.

8. La combinación de ambos aspectos, dificultad y probabilidad de fallo, hace que se aproximen bastante las tasas de éxito de los dos tipos de lanzamiento, 79% y 72%, respectivamente.

9. Hay poca diferencia en las tasa de éxito de los tiros lanzados por la izquierda, por el centro o por la derecha.

10. Los lanzadores golpean el balón en su dirección natural, según sean diestros (hacia la izquierda de la portería, derecha del guardameta) o zurdos (hacia la derecha de la portería, izquierda del guardameta), un 25% más frecuentemente que en la otra dirección.

Decidir un partido mediante el lanzamiento de penaltis puede ser considerado un procedimiento más justo que el dictado de una moneda al aire, pero conlleva unos elementos de incertidumbre y tensión que pueden desembocar en heroicidades o en episodios trágicos. Cabría razonablemente plantearse si debe someterse a los jugadores a semejante coste potencial. Pero quizás a muchos de ellos el aliciente de la gloria les puede compensar el riesgo incurrido.

[Dedicado a la memoria de Valero Enfedaque, quien, a lo largo de su vida, tuvo la capacidad, la destreza y el aplomo para detener muchos penaltis. Solo ha podido ser batido cuando alguien ha alterado las reglas y ha permitido un segundo lanzamiento a puerta vacía. Ahora, desde su nueva atalaya, su valentía, su entereza, su actitud ante la vida y su bonhomía seguirán siendo un ejemplo imborrable para todos los que tienen que seguir enfrentándose, sin ayuda de nadie, como cancerberos solitarios, al duro lance de los penaltis en este deporte inescrutable, muchas veces injusto y cruel, que es la vida.]

26 de julio de 2017

El valor económico de un club de fútbol


Posiblemente muchos de los seguidores de los clubes de fútbol, especialmente de aquellos que atesoran una gloriosa trayectoria centenaria, consideren que es imposible reducir a términos económicos el valor de su identidad deportiva, como absurdo sería tratar de convertir en unidades monetarias el significado de los sentimientos que están ligados a un escudo y a unos colores, a un barrio, a una ciudad. Personalmente, me alineo entre los que puedan pensar así. Hay que recurrir a supuestos verdaderamente heroicos para cuantificar el valor de ciertos intangibles y hay algunos que, por más que se quiera, difícilmente pueden admitir una moneda de cambio.

Sin embargo, el fútbol profesional, como actividad empresarial, se desarrolla en el marco de entidades y organizaciones definidas que pueden cambiar de propietarios o de administradores de facto, llevando aparejada toda su carga simbólica y sentimental, todo el acervo patrimonial y cultural acumulado a lo largo del tiempo. De hecho, con solo algunas excepciones ciertamente llamativas, las entidades que compiten en las ligas deportivas profesionales españolas han de adoptar la forma jurídica de sociedad anónima deportiva.

De manera genérica, la determinación del valor económico de una empresa no es una tarea automática ni exenta de discusión. Hay diferentes criterios de valoración y la dinámica de los mercados bursátiles refleja continuamente las distintas percepciones de los inversores acerca de las compañías cotizadas.

Como prueba de la creciente importancia económica del deporte, en general, y del fútbol, en particular, las grandes consultoras mundiales (BCG, DTTL, EY, KPMG, McK, OW o PwC) vienen difundiendo estudios económicos de gran relieve y utilidad, ya sea sobre eventos internacionales o sobre las competiciones continentales.

Este año, por segunda vez, Kpmg, una de las ‘Big Four’ (o como, de manera redundante, a veces se afirma, ‘una de las cuatro Big Four’), ha publicado un informe sobre la valoración empresarial de los principales clubes de fútbol europeos. El informe se circunscribe a lo que se considera la élite de dichos clubes a 1 de enero de 2017, integrada por un total de 32. Lo primero que hice, naturalmente, fue comprobar si entre estos aparecía el Málaga CF, pero no es así. Al margen del Real Madrid CF, FC Barcelona y Atlético de Madrid, el Athletic Club Bilbao, el Sevilla FC y el Valencia CF son los que figuran incluidos dentro del ‘ránking’ elaborado por la consultora.

Esta informa de cuáles son los criterios empleados para incluir a un club en su investigación, a partir de una revisión de los estados financieros de las temporadas 2014/15 y 2015/16: I) estar entre los 50 primeros equipos europeos por ingresos operativos; II) estar entre los 50 primeros equipos según el coeficiente quinquenal de la UEFA; III) en caso de no cumplir alguno de los dos criterios anteriores, ser uno de los primeros 30 equipos por número de seguidores en las redes sociales.

Para llevar a cabo las valoraciones de los clubes, Kpmg se decanta por un enfoque centrado en los ingresos generados. Una vez que se dispone de las cifras de ingresos, estas se multiplican por un factor derivado de las observaciones de clubes similares que cotizan en bolsa y de operaciones de adquisición de compañías comparables. Ahora bien, ese factor se ajusta para cada entidad en función de cinco métricas que atienden a las diferencias entre los clubes, así como en los mercados y las economías en los que actúan: rentabilidad (relación entre los gastos de plantilla y los ingresos), popularidad (número de seguidores en las redes sociales), potencial deportivo (valoración de la plantilla), derechos televisivos y propiedad del estadio de competición.

Con arreglo a la metodología empleada, el valor estimado para el conjunto de los 32 clubes es prácticamente de 30.000 millones de euros. La lista está encabezada por el Manchester United FC, con 3.095 millones. Le siguen el Real Madrid CF (2.976), el FC Barcelona (2.765), el FC Bayer Munich (2.445) y el Manchester City FC (1.979). Este grupo del ‘Top 5’ acumula un 44,3% del total estimado. A su vez, el ‘Top 10’, colectivo en el que se integran, además, el Arsenal FC, el Chelsea FC, el Liverpool FC, la Juventus FC y el Tottenham Hotspur FC, concentra más de los dos tercios del valor total. La tabla se cierra con el Olympique de Marsella, con 187 millones de euros. Los otros cuatro clubes españoles mencionados presentan, en el orden señalado, valores de 793, 300, 261 y 235 millones de euros.

Los autores del informe resaltan, en la parte final, la diferencia entre los conceptos de precio y valor establecida por la teoría económica: precio es lo que una persona paga por un producto o servicio dado, mientras que valor es el que se atribuye a un producto o servicio. Más allá de la posible asunción de la filosofía machadiana, que ya alertaba de esa dicotomía, la realidad económica se encarga repetidamente de poner de manifiesto que una cosa es el valor atribuido a un activo en un momento determinado y otra distinta el precio efectivo que se pueda conseguir si se opta por venderlo, en particular si una gran mayoría de propietarios deciden hacerlo de manera simultánea.

Quizás, como posible consuelo de los aficionados de los equipos que no figuran dentro del ranking de la élite europea, deba tenerse en cuenta que las métricas de valoración utilizadas incluyen el número de seguidores en las redes sociales pero no la intensidad de los sentimientos. Esta, sin embargo, puede ser uno de los pilares de la longevidad de una organización deportiva. Y, quién sabe, en alguna ocasión puede acabar haciendo posible la aparición de algún ‘cisne negro’ o, preferiblemente, blanquiazul, si no en El Guadalmedina, sí al menos en El Guadalhorce.
 
(Publicado en el diario "Sur" el 23 de julio de 2017)

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