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17 de febrero de 2022

Los datos también se equivocan

 

Memento mori. Este imperecedero adagio ha de ser aplicable no sólo a las personas. La realidad no suele equivocarse. Es la que es, pero los datos, como construcción humana para aprehenderla, no escapan a ese ineludible dictado. Los agentes económicos se mueven en función de sus percepciones, pero los datos estadísticos juegan un papel muy influyente en la formación de las expectativas y en la toma de decisiones. La importancia de la disponibilidad, fiabilidad, exactitud, prontitud y objetividad de la información estadística difícilmente pueden, pues, ser exageradas. La obtención, el tratamiento y la agregación de datos microeconómicos constituyen tareas complejas para las que se requiere un alto grado de accesibilidad, de especialización técnica y de medios adecuados. Estados Unidos es un país en el que se presta una enorme atención a los indicadores económicos, y que cuenta con acreditados organismos públicos y agencias privadas que aportan prestaciones estadísticas difícilmente superables.

Pero ni siquiera las fuentes de mayor solera llegan a alcanzar la perfección en el manejo de la información económica a través de indicadores estadísticos. Así lo pone de manifiesto Robert Armstrong en un artículo con un título bastante expresivo: “Data can be wrong, too” (Financial Times, 8-2-2022). A este respecto, las cifras de la evolución del empleo en Estados Unidos, en los últimos meses, han sido objeto de una más que apreciable revisión (gráfico adjunto), lo que lleva a una interpretación bastante diferente acerca del tono del mercado laboral.

Armstrong sugiere extraer algunas lecciones de esta experiencia: “Los datos del gobierno con los que los participantes en los mercados [financieros] están obsesionados día a día no son unas sagradas escrituras. Son indicadores, no hechos exactos, fijos”.

Y también se despacha con una reflexión de connotaciones “Eco-umbertianas”: “En los mercados, parece siempre que las cosas son más inciertas que nunca, pero hay un argumento plausible en el sentido de que actualmente estamos en un momento objetivamente más incierto”.



3 de junio de 2021

De tulipanes a bitcoins: burbujas de coincidencia

 

Circunstancialmente, hoy me he topado con el libro “De tulipanes a bitcoins”, de Torsten Dennin, publicado en España en 2021 por Profit Editorial, dos años después de su aparición en versión inglesa. En esta obra se hace un repaso de una larga lista de episodios especulativos ligados a las más variadas “materias primas” (“commodities”), entendiendo como tales todo bien económico primario o básico que está estandarizado.

Dichos episodios -“Una historia de fortunas creadas y perdidas en los mercados de materias primas”, como reza el subtítulo del libro- encajan, grosso modo, dentro de la extendida categoría de “burbuja”.

Hoy mismo, sin embargo, también he tenido conocimiento de una nueva regla (hay también otros tipos de burbujas), propuesta por Robert Armstrong, editor de finanzas del Financial Times, la “regla de Garber”[1]. Se basa ésta en ciertas consideraciones planteadas por Peter M. Garber, a la sazón, autor de una relevante obra sobre burbujas económicas[2].

En un artículo anterior sobre el mismo tema expresa lo siguiente[3]: “Antes de que los economistas releguen un evento especulativo a la categoría inexplicable o de burbuja, sin embargo, debemos agotar todas las explicaciones económicas razonables. Aunque tales explicaciones no son a menudo fácilmente generadas debido a la inherente complejidad de los fenómenos económicos, la misión de los economistas es encontrar ingeniosas explicaciones fundamentales de mercado; y nuestra metodología debe siempre requerir que busquemos intensivamente fundamentales de mercado antes de aferrarnos al último de recurso de la ‘burbuja’”.

La advertencia del profesor Garber nos insta a no dejarnos arrastrar por la “rápida disponibilidad de una explicación banal de la tulipomanía”. Este tipo de fácil interpretación puede llevarnos a ignorar importantes factores que pueden estar en la base del descalabro de algunos experimentos económicos y financieros.

En el libro de Dennin tenemos 42 casos para tratar de contrastar si en los diagnósticos realizados se ha seguido o no la “regla de Garber”.

Inevitablemente, el imán de la “burbuja explicativa” atrae al omnipresente y ubicuo bitcoin, que, según Dennin, “se ha convertido actualmente en materia prima”.





[1] “Unhedged”, Financial Times, 3 de junio de 2021.

[2] “Famous first bubbles: the fundamentals of early manias”, The MIT Press, 2000.

[3] Peter M. Garber, “Famous first bubbles”, Journal of Economic Perspectives, primavera 1990.

24 de marzo de 2020

El destino de las empresas zombis


Recientemente han aparecido dos obras muy significativas acerca del empresariado y de la propia historia económica y social de la ciudad de Málaga, “Comercios históricos malagueños”, y “Comercios malagueños que dejaron huella”, ambas de Fernando Alonso González. Cada una se centra en un colectivo específico: la primera acoge comercios tradicionales subsistentes; la segunda, una muestra de los que, desafortunadamente, ya no forman parte del panorama económico malacitano. El primer grupo -aunque deja abierta la puerta a incorporaciones- acusa una tendencia menguante, mientras que el segundo acumula nuevos registros a costa del primero.

A las personas de mi generación, que fuimos niños en los lejanos años sesenta, nos invade indefectiblemente una sensación de tristeza cuando constatamos cómo han ido desapareciendo referencias emblemáticas que ayudaron a forjar la Málaga del presente. Y es también cuando apreciamos, desde la distancia, la relevancia de un amplio número de proyectos empresariales que alumbraron una época y que, ciertamente, dejaron huella. Huella que, gracias a contribuciones como la de Fernando Alonso, no ha de perderse.

La próxima edición de la segunda de las obras mencionadas incluirá comercios tradicionales que, por distintas razones, no hayan conseguido alargar el curso de su existencia. Algunos lo habrán intentado pero sin poder resistir el embate de los modernos paradigmas. Puede que sea un signo ineludible de una especie de evolución darwiniana o una manifestación de la dinámica schumpeteriana, pero, cuando un comercio señero echa el cierre definitivo, la ciudad pierde un trozo de su alma y, con ello, se esfuma también una parte de nuestras vivencias.

Desde hace algunos años, los economistas han acuñado la expresión “empresa zombi”, para hacer referencia a corporaciones que, a duras penas, se mantienen operativas en el mercado. Los analistas llaman la atención en el sentido de que, después de una década de políticas expansivas de los bancos centrales, que han inyectado ingentes cantidades de liquidez, ahora hay un número mayor de ellas. Y, según Robert Armstrong (Financial Times, 5-2-2020), “pueden estar devorando los cerebros del mundo corporativo”.

Existen diversos criterios para catalogar una empresa como “zombi”. El más extendido es el de la falta de rentabilidad a lo largo de un período extendido, especialmente si no tiene capacidad para atender los costes del servicio de la deuda a partir de los beneficios corrientes.

En un estudio del Banco de Basilea (Ryan Banerjee y Boris Hofmann), basado en el examen de compañías cotizadas de 14 economías avanzadas, se obtiene que la proporción de “empresas zombis” ha aumentado, en promedio, desde un 2%, a finales de los años ochenta, a un 12% en 2016. También ha aumentado muy llamativamente la probabilidad de seguir siendo una empresa de esas características, desde el 3% al 85%.

En el mismo estudio se concluye que las “empresas zombis” tienen unos menores niveles de productividad, de inversión y de crecimiento del empleo que sus homólogas “plenamente vivas”. Son las supervivientes de una devastación, gracias a la política monetaria acomodaticia y a unos tipos de interés ultrarreducidos. Tal vez éstos se mantengan así durante mucho tiempo, pero eso no impide que algunos analistas alerten acerca del posible estallido de la burbuja de las “compañías zombis”. Para el editorialista jefe del Financial Times, “corresponde a los inversores proteger sus compañías del virus zombi… El más aterrador efecto colateral de la política de los bancos centrales pueden no ser las compañías zombis, sino más bien los inversores zombis”, que, según él, no exigen que los ejecutivos adopten decisiones difíciles, en vez de dejarse arrastrar hacia un estado letárgico.

A pesar de todo ello, ojalá, antes de una desaparición irreversible, algunas empresas pudieran continuar algún tiempo en ese estado, a la espera de alguna solución viable. En los complicados tiempos que nos ha tocado vivir, lograr el estatus de “empresa zombi” puede llegar a ser un hito. Tal vez haya que reinventar la taxonomía empresarial, y también la de los virus.

(Artículo publicado en el diario “Sur”, con fecha 24 de marzo de 2020)

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