Realmente
no alcanzo a entender cómo Bertrand de Jouvenel ha pasado tan desapercibido en
el campo de los estudios teóricos sobre la intervención del sector público en
la economía. Sin embargo, una de sus aportaciones es resaltada en una obra
reciente de uno de los más influyentes economistas dedicados al sector público
de las últimas décadas como es Vito Tanzi. Así, en “Termites of the state”,
publicada en 2018, señala (página 45) que en un influyente libro escrito por
aquél se ponía de relieve que el gravamen de los ricos podía no ser suficiente
para financiar los programas asociados al Estado del bienestar.
El
librito en cuestión (unas 100 páginas de tamaño reducido, precedidas de un
estudio introductorio) es “La ética de la redistribución” (Ediciones Encuentro,
2009) y en él se recogen unas conferencias impartidas en Cambridge por el
pensador francés, publicadas originariamente en 1952.
El
referido estudio preliminar, a cargo de Armando Zerolo Durán, también
traductor, es altamente ilustrativo acerca de la biografía y la obra de
Bertrand de Jouvenel (1903-1987). Si la referencia a Adolf Wagner en la
Enciclopedia Británica (15ª edición), como señalaba aquí mismo no hace mucho,
era tan escueta, imagínense cómo es la del filósofo y economista francés, nula.
Señala
Jouvenel en el prefacio del libro comentado que “este pequeño ensayo no
pretende ser una gran contribución al importante debate sobre la
redistribución, sino más bien una llamada de atención sobre ciertos principios
normalmente despreciados en el debate”.
Y
esa es sin duda su principal virtud, lanzar una serie de ideas interesantes
sobre la redistribución y el gasto público. Se me antoja que su prosa se
despliega de una forma bastante desordenada, con agudos contrastes entre
pasajes de claridad meridiana y otros bastante impenetrables. No es fácil
sintetizar ni ordenar sus ideas, pretensiones que exceden de mi propósito aquí,
que no es más que recoger algunas de las proposiciones contenidas en su
discurso, breve pero considerablemente denso:
La
asunción por el Estado de las funciones redistributivas
La implicación del Estado en la tarea de la
redistribución de la renta en los países occidentales no se origina en un plan
preconcebido, sino que se explica por distintas circunstancias, especialmente
las dos grandes guerras, unidas a las presiones sociales.
Los cambios inducidos por la Revolución
Industrial implicaron un repliegue o un desmantelamiento de los mecanismos
redistributivos tradicionales. A este respecto, alude a la Iglesia como
“agencia redistributiva muy importante”.
Ante la nueva situación caracterizado por la
pérdida de protagonismo de otros agentes, Jouvenel no discute el papel del
Estado, pero cree que está sujeto a discusión:
i) si las políticas redistributivas son el mejor medio para aumentar los
ingresos de las clases medias; ii) si tales políticas pueden ser efectivas, y
iii) si no entran en conflicto con otros objetivos sociales legítimos.
La redistribución como causa de la expansión del
sector público, una de las líneas de investigación seguida en fechas más
recientes, aparece esbozada en el texto comentado.
Las
coordenadas del análisis de la redistribución
Según la experiencia, la mayoría de las personas
responde a las recompensas materiales asociadas a su esfuerzo individual. Sin
embargo, realiza su análisis bajo la hipótesis de que la redistribución no
ejerce una influencia desincentivadora y no afecta a la magnitud ni al
crecimiento de la producción. Es decir, trata de despojar el debate de sus
connotaciones prácticas para centrarse exclusivamente en la dimensión ética.
La
redistribución como fin: aspectos doctrinales
La política de redistribución de la tierra
aspira a una igualdad en la posesión de recursos naturales, a partir de los
cuales podrán derivarse diferentes productos y beneficios.
La anteposición de la sociedad frente al individuo
y la eliminación de la propiedad privada, causa de antagonismos, como elementos
básicos del socialismo, provienen de los planteamientos filosóficos de
Rousseau. Una vez se extingan los antagonismos sociales, el poder del Estado
resultará innecesario. Para Jouvenel, “La promesa de que el Estado se
marchitará es esencial para la doctrina socialista, dado que la desaparición de
antagonismos es su objetivo fundamental… Sin embargo, es demasiado evidente que
al tiempo que la propiedad privada ha sido prácticamente destruida, el poder
policial se encuentra en sus máximos históricos, lo que refuta claramente la
creencia socialista. Está claro que la destrucción de la propiedad privada ni
ha acabado con los antagonismos ni ha hecho crecer ese espíritu de solidaridad
entre los hombres que pudiese librarles del poder policial”.
Ahora bien, “una comunidad que no se base en la
independencia económica, sino en el reparto fraternal del producto común, e
inspirada en el sentimiento profundo de que sus miembros son parte de la misma
familia no debería ser considerada utópica… Una comunidad así funciona, ha
funcionado durante siglos y la podemos ver con nuestros propios ojos en
cualquier comunidad monástica”. La unidad emana no de la pertenencia a un
cuerpo social sino a un cuerpo místico.
El socialismo quiere buscar una unidad
comunitaria pero sin renunciar al valor del consumo. Para Jouvenel, el
socialismo “se ha convertido en un sistema heterogéneo desgarrado por una
contradicción interna… si el bien de la sociedad reside en un aumento de la
riqueza, ¿por qué no también para los individuos?... Si el apetito por la
riqueza es malo en los individuos, ¿por qué no es malo para la sociedad?”.
La redistribución: aspectos conceptuales
Jouvenel pone el dedo en la llaga de un problema
cada día más extendido: “se ha convertido en un hábito moderno llamar ‘justo’ a
cualquier cosa entendida como emocionalmente deseable”. Recomienda diferenciar
entre la convicción de que es bueno y necesario eliminar la necesidad, así como
atender a los más necesitados, y la relativa a la erradicación de la
desigualdad de medios.
Hay que agradecerle que define el concepto de
redistribución, término que suele prestarse a bastantes confusiones:
“redistribución es todo aquello que exime al individuo de un gasto que podría,
y probablemente lo haría, pagar de su propio bolsillo y que, liberando una
parte de sus ingresos, es equivalente a un aumento de éstos… En su forma más
pura… cuando se quita de las rentas más altas para agregárselo a las más
bajas”.
La dimensión económica de la redistribución
Adicionalmente apunta que la redistribución
tiende a asociarse con una idea de “suelo” por debajo del cual no se debería
dejar caer a nadie. Dicho “suelo” es definido por “la clase social que forma la
opinión pública”. A su vez, hay un “techo” que marca la renta máxima
considerada como deseable. Hay un suelo y un techo “intelectualmente
armónicos”, y también otros que son “económicamente armónicos”. Para Jouvenel,
es un error creer que lo que se conceptúe como intelectualmente armónico
también ha de ser, necesariamente, económicamente armónico. Sobre la base de
una ilustración numérica, llega a una conclusión bastante evidente, aunque no
pocas veces ignorada: “la cantidad final que realmente se puede transferir guarda
poca relación con los deseos evocados”.
A partir de unos cálculos, Jouvenel concluye
que, para conseguir el objetivo de procurar cubrir el mínimo de ingresos para
todos los individuos, no es suficiente disponer del superávit de los ricos,
sino que es preciso “dar un buen mordisco a las rentas de la clase media”. A
este respecto, anticipa una conclusión obtenida mucho más recientemente por la
OCDE, en el sentido de que podría alcanzarse el mismo efecto redistributivo con
un menor tamaño del sector público, con menores flujos de impuestos y
transferencias que, en determinados casos, afectan a la mismas familias.
Tras hacer un breve recorrido por diversos
aspectos técnicos de la estructura de un impuesto sobre la renta (mínimo
exento, gastos necesarios…) alude al cambio de política llevado a cabo en su día
en la Unión Soviética, en la que “tras un breve período de igualdad, se volvió
a la desigualdad, y tan marcadamente, que la escala de remuneraciones es mucho
más pronunciada que en Occidente”. En este contexto, sostiene que “está
suficientemente claro que el progreso va unido a la existencia de élites, cuya
producción y mantenimiento es muy costoso, y que sus rentas no pueden ser
menguadas sin gran pérdida social”.
La teoría económica ante la redistribución
Se adentra luego en el territorio de la teoría económica
para cuestionar la idea de la comparabilidad de las satisfacciones individuales,
y plantear esquemas de determinación de una imposición óptima. Curiosamente,
expone el principio impositivo del sacrificio marginal igual, bajo la premisa
de una utilidad marginal decreciente, tomando como referencia la aportación de
Lerner, y no la originaria de Edgeworth. Considera que “No está demostrado que
la suma de las satisfacciones de los beneficiados sea mayor que la suma de las
insatisfacciones de los despojados”.
Apela a la proposición de la discriminación de
las minorías basándose en un razonamiento económico.
El estado de la distribución y la asignación de los
recursos
Alude igualmente a las consecuencias de la
igualdad y de la desigualdad sobre la asignación de los recursos productivos.
Las verdaderas implicaciones de la redistribución
La asociación de la redistribución con el
aumento del poder del Estado es otro de los caballos de batalla argumentales
que espolea Jouvenel.
Igualmente deja claro que “la redistribución es
no tanto una redistribución del rico al pobre cuanto una redistribución de
poder del individuo al Estado”.
Visiones sobre la renta
El capítulo dedicado al gasto público se inicia
con una exposición de dos visiones antagónicas sobre la renta: i) la del
redistribucionista, que la ve esencialmente como un medio para la satisfacción
del consumidor, y da prioridad a la igualación de satisfacciones; ii) la del
antirredistribucionista, que la concibe como una recompensa por los servicios
productivos, y prioriza su elevación para maximizar el flujo de dichos
servicios.
La imposición progresiva
La imposición progresiva ejerce un efecto
desincentivador desde un punto de vista psicológico, a lo que se suma el freno
para la acumulación del capital. No obstante, son mencionarlos de manera
expresa, el impacto real dependerá de las magnitudes relativas de los conocidos
efecto sustitución y efecto renta.
El diferente tratamiento de las familias y las sociedades
mercantiles
El trato de las sociedades mercantiles en
comparación con el de las familias atrae también la atención del pensador galo,
que no se libra de incurrir en algunas de las conocidas falacias económicas
relacionadas con el tratamiento fiscal. Según él, una sociedad mercantil goza
de una triple ventaja sobre la familia, a la que no se le permite la
desgravación de la depreciación de sus activos, ni la deducción de sus gastos
operativos y, además, su renta se somete a una escala de gravamen progresiva. Incluso
llega a plantear un enfoque novedoso del asalariado como un verdadero
empresario: “… si se valorasen las necesidades de una familia como se valoran
las de las corporaciones, entonces habría que tener en cuenta el coste de
mantenimiento de una casa, el del desarrollo de talentos y así sucesivamente”.
Servicios gratuitos y contabilidad nacional
También muestra su carácter anticipatorio y
crítico respecto a los criterios de la contabilidad nacional cuando apunta que “el desprecio de los
servicios gratuitos va contra la raíz de la democracia”.
Otra buena apostilla es la que proporciona
cuando refuta que pueda considerarse gratuito un servicio cuyos productores
exigen una retribución, aun cuando se financie con cargo a los impuestos.
Proclama Jouvenel que “los únicos servicios que son realmente gratuitos son
aquellos que son ofrecidos por individuos que no piden un pago por ellos”.
Impuestos y democracia
Interesantes son también las aproximaciones
política y sociológica al establecimiento de impuestos. Muestra su añoranza por
el declive de la resistencia de los contribuyentes a los impuestos, que ve como
el bastión perdido de la libertad individual y la piedra angular de la
libertad. Y no se detiene en poner el acento en una cuestión manifestada por
otros pensadores de corte liberal: “Está implícito en la condición de ciudadano
el no cargar obligaciones sobre sus conciudadanos que él mismo no asuma
también”.
Existen distintos grados de tolerancia de las desigualdades
Y, ya en la recta final, nos encontramos con una
selecta pieza cognitiva e interpretativa, cuyo alcance se remonta en el tiempo
y mantiene vigencia en los tiempos presentes. Merece la pena recogerla con todo
detalle. Alude Jouvenel al “sentimiento profundo de que no tiene sentido ser
rico por sí mismo y para uno mismo, mientras que la riqueza de los gobernantes
es una forma de autosatisfacción para el pueblo que piensa en ellos como ‘mi’
gobernante. A este respecto, es remarcable que los comunistas franceses se
pusiesen de acuerdo para regalar a Thorez, su líder, un coche de cuatro mil
libras y, en su quincuagésimo aniversario, una extraordinaria selección de
regalos. Esto ha sido objeto de mofa de un modo poco inteligente por resultar
contradictorio con la ética comunista, y la gente esperaba que el magnífico
coche dañase la popularidad del líder comunista, lo cual no fue así. La
conducta de los seguidores de Thorez es el comportamiento natural de los
hombres hacia los líderes que aceptan. Lejos de ser esencialmente envidiosa,
tal y como se la representa, la gente siempre ha sido más generosa con sus
escasos medios hacia aquellos que ven como sus superiores y sus jefes. Es como
si algún oscuro instinto de la especie nos alertara de que tenemos que mimar a
los tipos más elevados, variante cuyas necesidades son mayores que las del tipo
medio”.
Esta, a pesar de no ser exhaustiva, larga relación pone de
manifiesto que muchos de los temas planteados por Jouvenel siguen teniendo
plena vigencia en la actualidad. Aparte de afirmaciones desafiantes que, cuando
menos, requerirían de algún mínimo sustento estadístico histórico, Bertrand de
Jouvenel formula una serie de proposiciones fundamentadas en el sentido común,
concernientes a cuestiones que, en bastantes casos, suelen pasar
desapercibidas. Ausente de los textos y manuales que dominan el análisis
económico de la intervención del sector público, su voz apagada aporta mimbres
apreciables para enriquecer el debate sobre el alcance y el sentido de dicha
intervención. Debate intenso e inagotable que no permite vaticinar ningún fin de
la historia.