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27 de enero de 2022

Tribalismo político y Covid-19: ¿hacia arriba o hacia abajo?

 

Una de las tendencias sociales más acentuadas en los últimos años es la polarización política dentro de la sociedad, esto es, el ensanchamiento de las brechas entre las posiciones ideológicas de los ciudadanos. La tolerancia respecto a las opiniones y posiciones de otras personas se ha visto considerablemente mermada. Los mensajes que suelen cruzarse en las redes sociales, no ya sólo en relación con cuestiones específicas de matiz político, sino también sobre otras muchas de carácter más general, son un buen termómetro. A raíz de la pandemia de la Covid-19 muchas han sido las zonas de fricción y de controversia. Hasta cierto punto es normal. Cuando surgen dificultades y problemas suelen aflorar comportamientos no activables en épocas de bonanza.

Suele denominarse “Polarización afectiva” al grado de animosidad que los seguidores de un partido político sienten hacia los de otros partidos. Cuando ese grado es elevado puede hablarse de “tribalismo político”. ¿Cómo ha evolucionado dicha polarización afectiva a raíz de la pandemia de la Covid-19? ¿Se ha exacerbado como consecuencia de las difíciles situaciones vividas y las controversias sobre los cursos de acción recomendables? ¿O se ha atenuado ante la necesidad manifiesta de sumar fuerzas para hacer frente a situaciones de suma gravedad? ¿Qué ha ocurrido en España y en los países de nuestro entorno?

Una respuesta nos la da un informe elaborado por el Centre for the Future of Democracy de la Universidad de Cambridge[1]. Queda reflejada en el gráfico adjunto: “Un año y medio después del inicio de la pandemia del coronavirus, la polarización afectiva parece haber disminuido en la mayoría de las democracias… especialmente entre los jóvenes (18-35 años)” (op. cit., págs. 26-27). Como explicación se apunta la posibilidad de que la experiencia de afrontar un desafío social compartido haya podido estimular un mayor sentimiento de unidad y de propósito común: “Tal sentimiento compartido ayuda a superar las diferencias en identidad y valores políticos” (pág. 27).

En el gráfico podemos ver cómo en España ha disminuido relativamente poco la referida polarización, si bien era ya uno de los que registraba (¿sorprendentemente?) un nivel más bajo antes de la pandemia. Hay algunos casos llamativos sobre la escasa disminución del índice, especialmente el de Estados Unidos, singularizado como el país con mayor polarización y una nula variación a raíz de la pandemia.




[1] “The Great Reset. Public opinion, populism, and the pandemic”, enero 2022.


29 de julio de 2021

Verdades sobre la pandemia que desafían la intuición, según Harford

 

Las contribuciones de Tim Harford se caracterizan esencialmente por una lúcida y brillante aplicación del análisis económico a las más variadas situaciones. La relevancia social y económica de un evento como la pandemia de la Covid-19 viene espoleando, desde hace año y medio, su fértil actividad analítica. Muchos son los artículos que ha dedicado a este evento tan adverso, cambiante y persistente. También es típico de Harford motivar al lector con proposiciones que desafían su intuición. Esto es lo que pretende hacer en un reciente artículo en el que recoge lo que plantea como cinco verdades pandémicas en esa línea: “Five pandemic truths that defy intuition” (Financial Times, 23-7-2021). La consideración de las tesis que apunta tiene gran interés desde distintos puntos de vista: sanitario, económico, filosófico, psicológico y sociológico.

Estas son las verdades proclamadas:

1ª. Si una elevada proporción de las personas hospitalizadas están vacunadas, ello es una señal de éxito.

2ª. La inmunidad de rebaño no es el fin de una pandemia.

3ª. Las mascarillas importan, pero no por las razones que la gente cree.

4ª. Los confinamientos también importan menos de lo que todo el mundo piensa.

5ª. El Covid no ha sido, en el fondo, un fenómeno tan adverso.

Repasemos sucintamente los argumentos esgrimidos por el economista británico:

1ª. La aplicación de una vacuna no llega a proteger al 100% de la población vacunada, sino, por ejemplo, al 95%. Supongamos que, en una población de 1.000.000 de habitantes, se vacunan 950.000 personas y el resto (50.000) no. De estos últimos, un 1% es ingresado (500). De las 950.000 personas vacunadas, 9.500 estarían en riesgo de ingreso hospitalario, pero son protegidas por la vacuna, salvo un 5% (475). Las personas vacunadas representan un 48,7% del total de ingresos hospitalarios, pero la vacuna ha logrado que, en lugar de 10.000 ingresos potenciales, haya solo 975 ingresos efectivos. Si nos atenemos a los grandes números, la efectividad de las vacunas, desde el prisma del análisis coste-beneficio, está fuera de toda duda. No obstante, a escala individual, desde un punto de vista estrictamente estadístico, cada persona debería hacerse el siguiente planteamiento: comparar la probabilidad de contraer secuelas graves e incluso de fallecer, en caso de no recibir la vacuna, con la probabilidad de tales situaciones por la misma enfermedad, teniendo también presente la probabilidad de posibles efectos negativos derivados de la propia vacuna. Aunque sólo sea como un ejemplo ilustrativo de una toma de decisiones bastante relevante, merecería la pena una consideración específica.

2ª. Por inmunidad de rebaño se entiende el momento en el que ya hay muchas personas inmunes, de manera que la epidemia empieza a remitir por sí misma. Sin embargo, puede llevar mucho tiempo que se detenga totalmente.

3ª. Aunque hay posiciones contrapuestas respecto al uso de las mascarillas, aporta una serie de ventajas apreciables en comparación con la incomodidad que generan. Su uso puede quedar más justificado si se interpreta como una señal de "lealtad tribal".

4ª. Harford considera que, en ausencia de un confinamiento forzoso, la mayoría de la gente lo habría practicado de forma voluntaria. Un confinamiento que no sea ampliamente aceptado no es efectivo ni sostenible.

5ª. En verdad cuesta trabajo situar algunos de los anteriores argumentos entre los más brillantes y ocurrentes del economista camuflado, pero esa apreciación se da singularmente cuando nos recuerda que la incidencia de la pandemia podía haber sido mucho peor. No cabe duda de que podría haber sido así. Su planteamiento lleva, sin dejar de computar los costes, a agradecer lo que se tiene, y, de manera especial, nuestra preparación para la próxima pandemia.

7 de julio de 2021

Pandemia y oferta de trabajo: ¿lecciones para la renta básica universal?

 

La renta básica universal viene ganando enteros en los programas de los partidos políticos, al tiempo que la propuesta va calando cada vez más como un derecho integrante del nuevo contrato social. No faltan, sin embargo, quienes se oponen a dicho planteamiento, ya sea por razones económicas o de tipo ético. La cultura del derecho frente a la cultura del esfuerzo. Ambas mantienen viva su disputa.

También en este apartado se proyecta el criterio de los economistas respecto a la noción de renta, que, como es sobradamente conocido, no se sigue en la práctica. Un protagonismo especial dentro del análisis económico corresponde al tratamiento del ocio no forzado.

En un interesante artículo, Merryn Somerset Webb hace un análisis acerca de las posibles lecciones que, para la renta básica universal, pueden extraerse de la experiencia de las medidas de sostenimiento de la renta adoptadas durante la crisis de la Covid-19[1].

De entrada, ofrece un ejemplo altamente ilustrativo y que, de una manera sencilla, sintetiza algunos argumentos estándares del análisis económico: "Supongamos que estás desempleado y alguien te ofrece $15 por hora para trabajar 40 horas a la semana… en McDonald's en Estados Unidos. Esto te daría $600 a la semana. No es una fortuna. Tampoco algo horrible. Así, si todo lo demás permanece igual, si estuvieras en la necesidad de trabajar, probablemente aceptarías el puesto. ¿Pero qué ocurriría si alguien distinto te estuviera ofreciendo un poco más de $600 a la semana si no lo aceptaras? Quizás $650 -por permanecer en casa. Mi apuesta es que podrías pensártelo dos veces".

Según Webb, una situación similar podría estar en parte detrás del problema encontrado actualmente por las empresas estadounidenses para contratar a personal. A raíz de las ayudas públicas concedidas en el contexto de la pandemia, ha podido darse la circunstancia de que "la renta del empleo esperada sea menos que las transferencias públicas y el valor del tiempo libre".

Igualmente en opinión de la autora, "todo esto podría parecer obvio. Pero es un problema para quienes creen en una renta universal básica… La premisa básica [de ésta] es que si se puede disponer del dinero para dar a todo el mundo una renta incondicional, no sujeta a recursos, para cubrir todas sus necesidades básicas, los perceptores pasarán a ser más felices, más sanos, más productivos y -crucialmente- menos proclives a estar desempleados. Es una idea estupenda. Pero más allá de la muy obvia cuestión del coste, surge un problema: ha habido muchos pequeños experimentos,  ninguno de los cuales ha producido evidencia de que funcione".

No obstante, ante la extensión de la aplicación de este tipo de esquemas, sin duda habrá más oportunidades de contrastar sus ventajas e inconvenientes.

Muy probablemente, la percepción de cada uno de nosotros acerca del papel de los impuestos, las transferencias y los servicios públicos se vea bastante condicionada por la senda que haya tenido nuestra trayectoria personal o profesional. Hoy pensamos una cosa, pero no sé qué habríamos pensado si, con 20 años de edad, alguien nos hubiese dicho que nos garantizaba una renta anual mínima de 43.000 euros anuales. Es lo que ha prometido el gobierno escocés si consigue la independencia. Quizás no tanto respecto a los defensores "ex post", pero sí respecto a los "ex ante", a la cultura del esfuerzo le saldría un considerable rival.




[1] “Why pandemic benefits spell trouble for universal basic income”, Financial Times, 28 de mayo de 2021.


7 de mayo de 2021

Biden vs Merkel: diferencias patentes

 

Joe Biden, que es ya conocido internacionalmente –según me dice un correligionario suyo- como “el-presidente-que-todo-lo-hace-bien”, planea tomar medidas para suspender temporalmente las patentes de las vacunas anti Covid-19, con el encomiable propósito de expandir drásticamente su producción y poder extender su aplicación para inmunizar a gran escala a la población mundial. Era una decisión que casi todo el mundo esperaba ansioso desde hace tiempo, desde la estupefacción de ver cómo se viene gestionando, en el ámbito internacional, el suministro y la utilización de ese instrumento de protección tan necesario.

“Ésta es una crisis sanitaria global y las extraordinarias circunstancias de la pandemia del Covid-19 reclaman medidas extraordinarias”, ha declarado, con toda lógica, Katherine Tai, asesora comercial del Presidente Biden. Aunque declara la “firme creencia” de la Administración Biden en la protección de los derechos de propiedad intelectual, la opción de la suspensión temporal de éstos se abre camino[1]. De levantarse la veda, cualquier productor farmacéutico del mundo podría replicar vacunas sin temor a ser perseguido judicialmente por infracción de la normativa sobre protección de la propiedad intelectual.

La Organización Mundial de la Salud (OMS), que no puede decirse que haya sido un modelo de perfección de gestión pública global, ya se había manifestado con anterioridad en tal sentido, así como, posteriormente, una larga lista de países. También la presidenta de la Comisión de Europea, Ursula von der Leyen, ha expresado su disposición a estudiar la propuesta, después de haberse mostrado contraria hasta ahora. El “efecto Biden” tiene, en todos los campos, una fuerza imparable.

La industria farmacéutica –sin que ello haya causado una excesiva sorpresa- no ha tardado en hacer público su rechazo. Algunos de sus representantes sostienen que la liberación de las protecciones legales no posibilitará una expansión de la oferta de vacunas. Así, el CEO de Moderna esgrime que “no habría suficientes sitios para la producción ni trabajadores cualificados capaces de aumentar rápidamente la oferta de vacunas ARNm… y que concentrar los esfuerzos en ampliar la producción dentro de las compañías que ya tienen la tecnología y el conocimiento es la vía más rápida y efectiva para suministrar al mundo las vacunas ARNm”[2].

En un plano más general, la controversia sobre las patentes y los precios de los fármacos venía arrastrándose desde hace bastante tiempo. Incluso el mismísimo Donald Trump se había significado como un adalid de las críticas a las compañías farmacéuticas, al tiempo que acusaba a los países extranjeros de aprovecharse de la investigación estadounidense[3].

Circunstancialmente, ayer me encontré con William Ramsey, quien me dio clases de inglés hace ya más de treinta años. Este británico afincado en Málaga, admirador de Thatcher y de Reagan, me decía que era milagroso cómo han podido lograrse vacunas contra el Covid-19 en tan poco espacio de tiempo, y me transmitía que para él seguía siendo un misterio cómo el mercado libre, a través de la “mano invisible” que ensalzó su genial compatriota hace dos siglos y medio, podía ser capaz de suministrar tal diversidad de bienes y servicios para todos los gustos y necesidades. Allá en los lejanos años ochenta, discutíamos acerca de la contraposición entre la planificación y el mercado. Ya entonces cuestionaba que los hacendistas nos centráramos tanto –casi exclusivamente- en la teoría de los fallos del mercado. Puede que éstos sean bastantes, me decía, pero también los aciertos y los éxitos. Hemos quedado en organizar, cuando sea posible, un coloquio en el marco del Instituto Econospérides, cuya nave transita a duras penas por aguas semicongeladas.

La preservación o no del régimen de patentes es una cuestión ineludible a ser abordada en ese contexto.

Con cierta sorpresa asistíamos ayer al voto discrepante de Angela Merkel, acusada por algunos sectores de actitudes complacientes en su etapa más reciente. Según la canciller germana, una estrella que se apaga, frente a la fuerza luminosa de Joe Biden, la suspensión de las patentes tendría “serias implicaciones” para la producción de vacunas a escala mundial: “los factores limitativos en la oferta de vacunas son las capacidades de producción y los estándares de alta calidad, no las patentes”[4].

¿Quién lleva razón, Biden o Merkel? Suponiendo que la decisión a adoptar recayera sobre nosotros, ¿qué deberíamos recomendar? ¿Qué sería lo mejor a corto plazo? ¿Y para el futuro?

Hoy he recibido un regalo de William, un ejemplar del libro “La rebelión de Atlas”, de Ayn Rand. Con una extensión de 1.224 páginas, tiene algo en común con las obras de Piketty, pero no creo que sea una lectura que recomendaría el economista galo.



[1] Vid. A. Williams, K. Stacey, H. Kuchler, y D. P. Mancini, “US backs plan to suspend Covid vaccine patents”, Financial Times, 6 de mayo de 2021.

[2] Vid. N. Asgari y H. Kuchler, “Moderna CEO ‘didn’t lose sleep’ over US backing of patent waiver”, Financial Times, 6 de mayo de 2021.

[3] Vid. “El precio de los medicamentos, entre el coste y el valor”, blog Tiempo Vivo, 17 de julio de 2018.

[4] Vid. G. Chazan, E. Solomon, H. Kuchler, y J. Brunsden, “Angela Merkel rejects US move to waive patents on vaccines”, Financial Times, 6 de mayo de 2021.

25 de septiembre de 2020

El terrible binomio muerte-depresión económica: los cuadrantes de la Covid-19

Con independencia de cuál sea su verdadero origen, el coronavirus es una máquina de destrucción total, capaz de quebrar los cimientos de nuestra civilización. Su expansión incontenible, que ha dejado en evidencia la precariedad del marco mundial de protección ante una plaga de proporciones bíblicas, ha causado estragos en los más diversos órdenes.

Es comprensible que un fenómeno tan insólito, en el último año de la segunda década del siglo veintiuno, no pudiera preverse, pero es más discutible que no pudiera vislumbrarse el escenario probable una vez que algunos gobiernos conocieron que el virus había iniciado su despliegue, como cuestionable que no estuviese articulado un sistema de prevención de riesgos de esa naturaleza; y completamente inaceptable que, tras la detonación, no se diseñara un plan de actuación racional sustentado en el mejor conocimiento científico disponible.

Dentro de la estrechez de los límites, las estrategias aplicadas por los distintos países han diferido en cuanto a las condiciones de los confinamientos, las prácticas sanitarias, el funcionamiento del aparato económico, y los esquemas de gobernanza de la crisis.

Como resultado de todo ello, nos encontramos con que, ante un problema común (bien es cierto que no manifestado con la misma intensidad en todos los sitios), los impactos no han sido uniformes. A priori, cabría esperar que la duración e intensidad del confinamiento mostrase una relación positiva tanto con el ahorro de vidas humanas como con el deterioro de la actividad económica.

¿Se observa en la práctica esa doble relación directa? Un gráfico recogido en el diario Financial Times, aquí reproducido, nos aclara la situación, al menos para un intervalo temporal significativo.

Es cierto que una imagen vale más que mil palabras, pero a veces es necesario facilitar su interpretación especificando los criterios utilizados, especialmente para aquellas personas que padecen algún tipo de “graficofobia”.

En el gráfico mencionado se conjugan dos criterios: en el eje horizontal, el número de fallecidos por coronavirus por cada millón de habitantes; en el vertical, la caída en el PIB en el primer semestre de 2020.
Respecto al eje horizontal, mientras más a la izquierda, mejor; mientras más a la derecha, peor. Respecto al eje vertical, mientras más arriba, mejor; mientras más abajo, peor.

Tomando como referencia la media de los países de la Unión Europea, quedan delimitados cuatro cuadrantes, numerados siguiendo el sentido de las agujas del reloj:

El cuarto (superior izquierda), que aglutina las mejores posiciones (menos fallecimientos, menor impacto económico), claramente el ideal.

El primero (superior derecha) y el tercero (inferior izquierda) presentan perfiles contrapuestos (muchas muertes, poco impacto económico, el primero; pocas muertes, fuerte impacto económico, el tercero).

El segundo (inferior derecha), claramente el peor (muchos fallecimientos, fuerte impacto económico).

En un horizonte a corto plazo, podríamos esperar, a tenor de los argumentos usualmente esgrimidos, que todos los países se situaran a lo largo de una línea o de una curva, con pendiente positiva, reflejando una conexión directa entre el número de víctimas (confinamiento más o menos severo) y la caída del PIB. Vemos que no es así, y observamos países dispersos en los mencionados cuatro cuadrantes.

Rompiendo esquemas, Finlandia aparece en una posición envidiable, exhibiendo unas de las menores dosis de negatividad en las dos variables objeto de comparación. En las antípodas se localizan dos países. Desgraciadamente, uno de ellos es España.
Fuente: Financial Times

9 de septiembre de 2020

Pandemia y contabilidad nacional: el caso de la producción pública

La medición del impacto de la pandemia del coronavirus sobre la actividad económica no se ha visto exonerada de un considerable grado de controversias metodológicas, más o menos fundamentadas. Aparte de algunas relacionadas con los indicadores de variación del PIB más adecuados, otras van referidas a cuestiones de fondo.

Una de ellas concierne al procedimiento utilizado para la cuantificación de la producción pública. Son bien sabidas, o quizás no tanto, las dificultades existentes para una adecuada valoración de la producción llevada a cabo por el sector público, que, en su mayor parte, no está sujeta a un precio, sino que se ofrece de manera gratuita al conjunto de la sociedad. Importante escollo.

Aunque incluso no han faltado propuestas para excluir las actividades del sector público del cómputo de la producción, los artífices del sistema de contabilidad nacional se decantaron por su inclusión recurriendo a la perspectiva de los costes para asignarle una valoración.

Así, la producción pública se mide habitualmente en función de los costes (fundamentalmente, salarios, compras de bienes corrientes y servicios, y consumo de capital fijo) en los que es necesario incurrir para su obtención. Dado que la producción pública se destina básicamente para su uso por la población, los conceptos de producción pública y consumo público son asimilables en la práctica.

Durante la fase de confinamiento decretada en numerosos países, con motivo de la mencionada crisis sanitaria, se ha planteado abiertamente un dilema a los estadísticos: cómo reflejar el hecho de que un elevado número de funcionarios ha permanecido en su domicilio sin poder desempeñar sus funciones, si bien el Estado ha seguido desembolsando sus retribuciones y, por tanto, incurriendo en tales costes.


Es evidente que no todos los países han aplicado los mismos esquemas de confinamiento, ni en cuanto a duración ni a forma. Y, por otro lado, a pesar de que, en el caso de la Unión Europea, Eurostat había emitido algunas directrices[1], tampoco todos han seguido los mismos criterios en la práctica[2]. Así, mientras que Francia ha registrado una disminución del consumo público durante los primeros seis me ses de 2020, a pesar de haber continuado abonando las retribuciones de los funcionarios, en Alemania dicho consumo aumentó un 2%, al considerar que la producción pública no se había visto alterada significativamente. Bélgica, Países Bajos, Portugal e Italia se encuentran en la misma situación que Francia, en tanto que España se alinea con Alemania, incluso en la cifra de la tasa de variación recogida contablemente.


La cuestión planteada tiene, pues, una gran trascendencia desde el punto de vista conceptual, pero va más allá, suscitando algunos interrogantes: ¿hasta qué punto se ha mantenido la producción efectiva?, ¿qué es lo más relevante para la economía, los servicios ofertados o los desembolsos efectuados?, ¿puede haber provocado la interrupción de algunos servicios la aparición de unas cicatrices para el futuro?...



[1] Eurostat, “Guidance on non-market output in the context of the Covid-19 crisis”, Methodological Note, 25 de mayo de 2020. En este documento (pág. 3) se recoge expresamente que “deben realizarse ajustes apropiados a los indicadores, con vistas a reflejar mejor las horas realmente trabajadas en el período de referencia”.


[2] Vid. M. Arnold, “France set to close GDP gap on Germany with public sector rebound”, Financial Times, 6 de septiembre de 2020.

9 de agosto de 2020

La importancia de la comunicación gráfica: el caso de las medidas preventivas anti-Covid-19


En el Reino Unido, la gestión de la crisis sanitaria de la Covid-19 no sólo ha generado críticas desde el punto de vista médico. También el diseño de las campañas informativas acerca de las prácticas preventivas a seguir por la población está en el punto de mira.

Si cualquier acción de comunicación debe reunir determinados requisitos, condicionados por la naturaleza del objeto, los colectivos destinatarios, la finalidad perseguida por los emisores, o la reacción que se pretende lograr, entre otros aspectos. Cuando tales acciones se inscriben en un programa para extender comportamientos preventivos ante una situación de pandemia, parece que hay poco margen para la discusión de que las acciones han de primar la eficacia comunicativa, mediante mensajes claros y directos, ya sea a través de textos, escritos o hablados, o de imágenes.

En este contexto, la comunicación adjunta, utilizada por el Servicio Nacional de Salud del Reino Unido, aquí reproducida, ha sido objeto de análisis (J. Kelly, “Someone should have a word with the government’s graphic team”, Financial Times, 3 de agosto de 2020).

¿Cuál es el mensaje que puede percibir un lector a través de una visión rápida de esta “bandera tricolor”?

Es evidente que, a partir de una visualización pausada, el mensaje, ayudado por las imágenes insertadas, es claro: “lavarse las manos”, “cubrirse la cara”, “mantener la distancia”. Sin embargo, si nos dejamos llevar por la secuencia normal de lectura, en sentido horizontal, podríamos construir frases carentes de sentido. Particularmente desafortunada se considera la decisión de justificar a la derecha las palabras del primer bloque, y a la izquierda las del segundo.

¿O quizás alguien podría creer que se trata de un mensaje encriptado que, como sugiere J. Kelly, sería el siguiente: “WASH COVER FACE // HANDS FACE SPACE”?

En fin, viendo el uso directo de las frases verticales que hizo Boris Johnson en las redes sociales, no da la impresión de que se pretendiera ningún rodeo: “Folks, if we all remember to do three things, then we can keep the virus under control. Wash your hands, cover your face, and keep your space from those not in your household”.

Aunque, después de todo, a fin de que una acción prescriptiva tenga efectos más duraderos, ¿qué es preferible, un mensaje perceptible de forma inmediata, u otro que requiera de algún tipo de composición o reflexión previas?

18 de junio de 2020

La pandemia del coronavirus según Niall Ferguson: algunas ¿verdades? incómodas

Niall Ferguson es un destacado historiador, especializado en el campo de las finanzas, que utiliza las enseñanzas históricas para analizar los problemas actuales, sin rehuir el debate sobre los temas económicos más controvertidos. Sus obras se caracterizan por incluir perspectivas novedosas y aflorar aspectos soslayados en los estudios convencionales. Reúne, además, la condición de ser un gran comunicador, lo que le lleva a lanzar mensajes con un gran poder de persuasión, aunque a veces podamos mantener algún escepticismo respecto a algunas de sus manifestaciones.

Eso es lo que me ocurrió cuando, en el año 2008, leí unas declaraciones suyas en la revista The Economist según las cuales él, que había impartido clases en las mejoras escuelas de negocio del mundo, consideraba que muchos de los estudiantes no sabían diferenciar entre el tipo de interés nominal y el tipo de interés real. Como he expresado en otros lugares, cuesta asimilar semejante constatación, pero dicho testimonio, aunque pudiera ser un tanto hiperbólico, me fue de utilidad como indicio para justificar la necesidad de actuar con vistas a la promoción de la cultura financiera de ciudadanos que no han tenido la oportunidad de pisar esos centros de élite.

No recuerdo haber leído ningún texto de Niall Ferguson sin haber encontrado algún aliciente. Por eso, cuando casualmente me topé con el anuncio de una entrevista suya acerca de la crisis de la Covid-19 no dudé en localizarla. Después de leerla, sólo lamento una cosa, que sea de tan corta extensión. Breve, sí, pero sumamente jugosa. Y, aunque se pueda estar más o menos de acuerdo con cada una de sus afiladas respuestas, no se puede permanecer indiferente ante ellas. Sus argumentos, lanzados desde una libertad de pensamiento incontestable, son una invitación a la reflexión y al debate. No sé realmente si son o no verdades irrefutables, pero sí sospecho que puedan ser dardos incómodos, especialmente para quienes tienen todas las respuestas y disfrutan del privilegio de estar imbuidos de la razón.

Recomendaría, pues, una lectura sosegada de la referida entrevista (Actualidad Económica, 14 de junio de 2020). Aquí me limitaré a entresacar algunas frases significativas, sin añadir comentario alguno:

i.         “El principal riesgo es que hemos creado una disrupción económica superior a lo que seguramente era necesaria y cuyas consecuencias son potencialmente más dañinas que la propia pandemia”.

 ii.         “El gran error fue retrasar la adopción de medidas una vez que se cobró conciencia de la gravedad de la enfermedad”.

iii.         “Muchos Gobiernos minimizaron los riesgos en enero y febrero, para luego, en un giro pendular, dejarse dominar por el pánico en marzo y cerrarlo todo”.

iv.         “La mayor responsabilidad corresponde claramente al Partido Comunista Chino, que fue primero incapaz de contener el brote, lo ocultó luego y no facilitó finalmente información a la comunidad internacional sobre el alcance del mal”.

v.         “El problema no ha sido la globalización, sino la falta de preparación de los Gobiernos y, desde luego, la incapacidad y la mala gestión una vez se planteó el problema”.

vi.         “La cuestión relevante es por qué no lo hemos hecho mejor”.

vii.      “Más que a un cisne negro, el covid se asemeja a… un ‘rinoceronte gris’… es decir, un evento que todo el mundo ve venir y del que es posible escudarse, pero que se prefiere ignorar”.

viii.         “… Es deshonesto pretextar que era imposible habilitar planes de contingencia mejores”.

ix.       “El covid allana el terreno para iniciativas como la renta básica universal y legitima los déficits de tamaño planetario. También ha elevado a la categoría de dogma de fe la idea de que un sistema de salud universal solo puede ser público”.

x.         “Ciberia [“Cíber” + “Siberia”] es hoy más relevante que nunca, porque, primero… las grandes tecnológicas también son más poderosas que nunca y, segundo, porque la capacidad disruptora de las redes en una sociedad abierta son mayores”.


17 de junio de 2020

La crisis de la pandemia y el orden político, según Fukuyama

Francis Fukuyama es autor de lúcidos y documentados análisis acerca de la naturaleza del orden político y de los factores explicativos de la eficacia y la legitimidad de los gobiernos. Ante un evento tan extraordinario y relevante como la crisis originada por la pandemia del coronavirus, que ha puesto a prueba la capacidad de actuación de los Estados y la resistencia del modelo de sociedad, era de esperar que aplicara su enfoque analítico a la experiencia internacional. Así lo hace en un reciente artículo (“The pandemic and political order”, Foreign Affairs, julio/agosto 2020).

En el mismo señala que “ya está claro por qué algunos países lo han hecho mejor que otros al afrontar la crisis hasta ahora, y hay razones para considerar que estas tendencias continuarán”. Y sostiene la tesis de que no es una cuestión del tipo de régimen: “Algunas democracias han actuado bien, pero otras no, y lo mismo es cierto para las autocracias”.

Según Fukuyama, los factores responsables de que haya habido respuestas exitosas ante la pandemia son tres: capacidad estatal, confianza social, y liderazgo. Así, “los países que han contado con los tres -un aparato estatal competente, un gobierno en el que los ciudadanos confían y que escucha a éstos, y líderes efectivos- han tenido una actuación impresionante, limitando el daño que han sufrido. Los países con estados disfuncionales, sociedades polarizadas, o con un pobre liderazgo lo han hecho mal, dejando a sus ciudadanos y a sus economías expuestos y vulnerables”.

En su opinión, la pandemia ha representado una prueba de resistencia política global, tan dura que muy pocos países es probable que la superen. “Para manejar los estadios iniciales de la crisis de manera exitosa, los países necesitaban no sólo Estados capaces y adecuados recursos, sino también una gran dosis de consenso social y líderes competentes que inspiraran confianza”, apostilla. Tal necesidad, según él, fue cubierta por Corea del Sur, que delegó la gestión de la epidemia en un equipo sanitario profesional, y por Alemania.

En el artículo no se menciona el caso de España en ningún momento. ¿En qué lado del espectro habría que situarla con arreglo a los cánones planteados por Fukuyama?

16 de junio de 2020

El impacto económico del Gran Confinamiento sobre los servicios

La crisis económica desencadenada por la pandemia del coronavirus no deja de causar estragos ni de acumular calificativos deslumbrantes, como se ha puesto de manifiesto en anteriores entradas de este blog. En esa línea,  Gita Gopinath,  economista jefe del FMI (“The Great Lockdown through a Global Lens”, IMFBlog, 16-6-2020), afirma que “la crisis económica resultante es algo diferente a lo que el mundo ha visto hasta ahora. Esta es una crisis verdaderamente global”. Y, a diferencia de crisis precedentes, ha afectado de manera atípica al sector servicios.

No había que ser un lince para percatarse de que la adopción de medidas tan extremas como la del confinamiento no iba a resultar algo inocuo en el terreno económico y, especialmente, en el de los servicios presenciales. Tampoco se requería, desde luego, estar en posesión de dotes geniales para arbitrar remedios tan caseros, ni para imponerlos por ley. Aunque quizás no falta quien pretenda reivindicar derechos de autor en uno y otro apartado.

Como puede apreciarse en el primer gráfico adjunto, la contracción del sector servicios, medida a través del Índice de Gestores de Compras, ha sido mucho mayor que en el manufacturero.

Por otro lado, como tampoco resulta muy sorprendente, se constata una clara relación negativa entre las restricciones a la movilidad y el valor del referido Índice para el sector servicios. En el segundo gráfico, dicho Índice es menor cuanto mayor ha sido la caída de la movilidad. En el mismo, España aparece en una posición destacada, como uno de los países donde mayor ha sido la disminución de la movilidad, y donde el impacto negativo en los servicios ha sido también más acusado.

En el gráfico se perciben las distintas estrategias adoptadas por los diferentes países, que describen un rango inusitadamente amplio ante una situación tan crítica. El tiempo permitirá decir cuáles han sido las más acertadas, una vez que se valoren todas las variables afectadas en su conjunto.




5 de junio de 2020

Una nueva era para el trabajo, de AC a DC: ¿un momento “Mago de Oz”?


La crisis sanitaria provocada por la pandemia del coronavirus ha sometido a todas las empresas, sin ningún margen de preaviso ni tiempo para ensayos ni simulacros, a pruebas de resistencia sin contemplaciones, a bocajarro. Simultáneamente, durante el período del Gran Confinamiento, sin que nadie se lo solicitara, el maldito virus ha actuado también como un consultor implacable que, de forma brutal, ha puesto en práctica planes de ajuste, sistemas de respaldo, estudios de dimensionamiento, planes de optimización de recursos, soluciones de urgencia, reingeniería de procesos, y quiebra de la frontera entre la actividad profesional y la vida personal. Ha derribado, en fin, barreras y mitos, y obligado a discernir entre lo esencial y lo prescindible, entre lo conveniente y lo inexcusable, entre lo básico y lo accesorio. A pesar del balance tan trágico y sobrecogedor de la pandemia, afloran como efectos colaterales un conjunto de experiencias que, desde el punto de vista de la gestión empresarial, no han de caer en saco roto.

La organización del trabajo es uno de los ámbitos más afectados. Así se refleja en una reciente columna de The Economist (30-5-2020) en la que se afirma que la vida laboral ha entrado en una nueva era, y que lleva por título “From BC to AD” (“de antes del coronavirus a después de la domesticidad”), o de AC a DC (de antes a después del coronavirus, o, si se prefiere, de antes a después del confinamiento). Y no se duda en equiparar el cambio producido con las grandes transformaciones de los centros de trabajo acontecidas en los siglos diecinueve y veinte, pero con una gran diferencia, la de la inmediatez.

Según The Economist, la rápida adaptación a la nueva situación ha sido posible gracias a varias condiciones preexistentes: i) la disponibilidad de servicios de banda ancha, que hacen posible la descarga de documentos y la celebración de multivideoconferencias; ii) el predominio de las actividades de servicios en las economías avanzadas.

Apunta también un factor crucial: mientras que en el pasado los empleados que permanecían en su domicilio estaban bajo sospecha de disfrutar de un período de holganza, hoy día el trabajo a distancia se ve como algo normal y aceptable, cuyo producto puede ser objeto de cuantificación y control. Las cosas, sin embargo, no son tan fáciles en la práctica. Cuando no toda la actividad empresarial puede desarrollarse telemáticamente, pueden surgir percepciones de tratamiento asimétrico entre quienes se ven obligados a asistir presencialmente a sus puestos, en tareas de atención al público o de mantenimiento, y los teletrabajadores.

Según algunas opiniones teñidas de sarcasmo, dentro de este último colectivo puede diferenciarse -tras escindir el vocablo “teletrabajo””- entre quienes están delante de la tele y quienes están trabajando. En fin, quizás sea más pertinente diferenciar según dos criterios independientes: a) forma de trabajo (in situ/a distancia); y b) actividad desarrollada (productiva/improductiva). Nos encontraríamos así con una matriz 2 x 2, con 4 combinaciones posibles, sin que, a priori, seamos capaces de ubicar exactamente a una persona concreta.

El trabajo a distancia presenta, como no podría ser de otra forma, una serie de importantes ventajas, para empleadores y para empleados, aunque también inconvenientes, entre los que se encuentra la pérdida de interacción personal más directa.

¿Cabe esperar que se mantenga como tendencia irreversible? En el referido artículo de The Economist se sostiene que sí, y se destaca que muchas empresas y muchos empleados pueden haber tenido su momento “Mago de Oz”: “las oficinas centrales corporativas han demostrado ser un hombre viejo detrás de la cortina. La fe en la oficina centralizada puede que nunca se llegue a restaurar”.

Inevitablemente, lleno de nostalgia, vuelvo a recordar la vieja película y la imagen de la niña a la que le entusiasmaba tanto. Era grande el contraste entre el blanco y negro y el tecnicolor, entre los paisajes, cuando la protagonista, al abrir una puerta, se adentra en un nuevo mundo. Hay umbrales que dan paso a un futuro de color indefinido, pero, otras veces, los colores más bellos estaban en los cuadros del pasado, aunque entonces quizás no acertábamos  a apreciarlos.

Al vernos forzados a abrir una puerta, que literalmante se venía abajo, las nuevas formas de trabajo se han graduado magnis itineribus, y han despejado la senda para importantes cambios en la actividad empresarial, en la vida personal y familiar, en las interrelaciones económicas y sociales, y también en las posibilidades de ubicación geográfica... perhaps you could also fly beyond the rainbow but it is harder to find the missing way.

2 de junio de 2020

¿Ha sido eficaz el Gran Confinamiento para la salvación de vidas?


Durante las peores jornadas de la pandemia de la Covid-19, la pérdida de vidas humanas llegó a convertirse en un elemento ineludible de lo cotidiano. Detrás de cada uno de los fatídicos registros estadísticos subyace el dolor, la tragedia y el desconsuelo, que ya nada, ni nadie, podrá paliar. Una situación tan dramática, tan excepcional y de tan nefastas consecuencias altera radicalmente puntos de vista que se suponían sólidos y cambia radicalmente las prioridades. En diversos artículos anteriores (“Economía básica de la pandemia”, 29-3-2020; y “El valor de la vida en tiempo de pandemia”, 8-5-2020) he expresado mis propias percepciones.

Tras describir -muy sucintamente- la concatenación de crisis económicas que podrían derivarse del escenario pandémico, algún que otro lector me insinuaba que podía haber pecado de catastrofista en esa descripción, y de ingenuo al reclamar una actuación decidida a escala europea. A ambas cuestiones espero poder retornar próximamente.

De otro lado, no ha faltado quien, cordialmente, me atribuía alguna posible ascendencia galaica al mantener una supuesta ambigüedad entre las aparentemente opciones contrapuestas de salvar vidas y de preservar el pulso de la actividad económica. Sin ánimo de abogar en mi descargo, me permití señalar que el cumplimiento de los límites de la extensión establecida para los artículos -originariamente publicados, en los casos referidos, en un diario impreso- impide en bastantes ocasiones poder entrar en detalles, mientras que, en otras, lo que se persigue justamente es plantear cuestiones abiertas a debate, con la voluntad expresa de no mostrar un posicionamiento concreto.

En cualquier caso, creía haber dejado bastante claro que, ante situaciones extremas, al menos a corto plazo, la salvación de vidas humanas, sea como sea, ha de ser la prioridad absoluta. Y esa habilitación mental, condicionada por la inexistencia de posibilidades de elección efectivas, va a la par de la constatación de haber llegado a esa tesitura ante un colosal y estrepitoso fracaso de gobernanza a escala global, acentuado o corregido parcialmente merced a las líneas de actuación adoptadas en los diferentes países.

El análisis específico del caso español requiere sin duda de una consideración especial, desprovista de sesgos ideológicos y de verdades apriorísticas (Est-ce possible?). Según los resultados del (programa) PISA de la OCDE, numerosos estudiantes tienen dificultades para diferenciar entre hechos y opiniones, competencia ésta, desde luego, fundamental, para poder emitir algún juicio sobre lo acontecido. Pues, en fin, ya sabemos que hay expertos en convertir sus opiniones en hechos, y éstos, en opiniones (desacreditadas, por supuesto) de los demás. El escrutinio de lo acontecido en España durante la etapa tan terrible que vivimos desde hace ya algunos meses tiene implicaciones que van mucho más allá de la evaluación de una crisis sanitaria. Afecta a nuestra visión del mundo, de la sociedad y de la política. Y no es descartable que la valoración que resulte dominante pueda condicionar el modelo económico y social imperante en los próximos años.

Dejando, de momento, aparcadas tales disquisiciones, este post se centra en un estudio reciente del Fondo Monetario Internacional (FMI) (P. Deb, D. Furceri, J. D. Ostry, y N. Tawk, “How the Great Lockdown saved lives”, IMF Blog, 2-6-2020), que pretende dar una respuesta a la pregunta planteada en el título. Aun cuando no faltan analistas escépticos o incluso críticos con la adopción de medidas tan radicales (y medievales) como la del confinamiento, los economistas del FMI, a partir de un análisis econométrico, concluyen que “las medidas de contención, al reducir la movilidad, han sido muy efectivas en aplanar la ‘curva pandémica’”.

Y no se quedan ahí. Señalan que “las stringent medidas de contención puestas en práctica en Nueva Zelanda -restricciones en aglomeraciones y eventos públicos implementadas cuando los casos estaban en un solo dígito, seguidas de cierres de colegios y centros de trabajo así como de la obligación de permanecer en el domicilio, sólo unos pocos días después- es probable que hayan reducido el número de fallecimientos en más de un 90% en relación con la referencia en caso de no haber adoptado medidas de contención. En otras palabras, los resultados sugieren que, en un país como Nueva Zelanda, el número de muertes confirmadas por Covid-19 habría sido al menos diez veces mayor que en ausencia de stringent medidas de contención”.

¿Cómo deberíamos traducir la palabra “stringent”? [¿estrictas, severas, rigurosas, contundentes, drásticas...?] ¿Y, en una escala de “stringency” de 0 a 1, conjugando la naturaleza e intensidad de las medidas aplicadas, y el elemento temporal en una triple dimensión (antes, durante y despues), dónde deberíamos situar a España?

Por cierto, me ha venido a la memoria el recuerdo de mi añorado amigo y colega AGP. La última noticia que recibí de él, hace ya años, fue precisamente desde Nueva Zelanda. Allí optó por retirarse, creo recordar que en la ciudad de Greymouth, tras quedar completamente abatido, cuando alguien muy influyente, a quien denominaban “el [idolatrado] maestro”, vetó, por supuesta falta de calidad e interés, la publicación, en una importante editorial, de una obra a la que había dedicado años. Un tanto ingenuamente, junto a otros firmantes, yo había recomendado dicha publicación, sin haber ponderado la -por otro lado, esperable- influencia del veredicto magistral. Al no poder contactar con él, no he tenido la oportunidad de transmitirle que, en el curso de estos años, contra todo pronóstico, he encontrado a un escritor -creo que la única persona- que proclamaba no rendirse ante la apabullante figura del “maestro”, cuya sombra es más que alargada.

17 de mayo de 2020

La vacuna contra el coronavirus como bien colectivo global


En un artículo publicado en este blog hace algunas semanas (“Economía básica de la pandemia”, 29-3-2020) se recogía que la enfermedad provocada por el coronavirus constituía un mal colectivo de carácter universal. Como todo mal de esta naturaleza, se caracteriza por dos rasgos básicos: no existe rivalidad en el impacto de la terrible enfermedad, que tiene una ilimitada capacidad de contagio; tampoco existe, en la “situación tecnológica” actual, la posibilidad de evitar que llegue a afectar a más personas, salvo soluciones radicales extremas y estrictamente controladas de aislamiento total.

Ante dicha calificación económica, es evidente que el hallazgo de una vacuna contra la enfermedad constituiría un bien colectivo también global, al menos potencial e idealmente, no en estrictos términos “técnicos”. Ello se debe a que nos encontramos con una notoria asimetría entre el bien y el mal; mientras que este se propaga indiscriminadamente, sin “coste” alguno, la extensión del primero no se llevaría a cabo automáticamente, sino que estaría condicionada a aplicaciones individualizadas, sujetas a un coste determinado. La vacuna no responde, pues, a las características estrictas de un bien (servicio) colectivo puro.

Lo ideal, evidentemente, es que, en la práctica, adquiriera esa naturaleza. Así lo expresa también David Pilling en un reciente artículo, “Any Covid-19 vaccine must be treated as a global public good” (Financial Times, 14-5-2020), en cuyo título aparece una palabra “público” que tantas confusiones genera. Ya se sabe que la expresión “going public” no significa que una compañía pasa a ser propiedad del Estado, sino que accede a los mercados bursátiles, donde el “público” puede comprar y vender títulos.

Dejando al margen esas disquisiciones semánticas, en absoluto triviales, lo prioritario es, lógicamente, que alguno de los numerosos proyectos de investigación en curso pueda lo más pronto posible obtener un remedio eficaz. Una vez se logre esa anhelada meta, como señala Pilling, “cualquier vacuna debe desarrollarse para crear el máximo beneficio posible a la salud pública [de nuevo, la salud de toda la población]. Esto significará priorizar a los médicos, a los enfermeros y a otros trabajadores en primera línea, así como a las personas más vulnerables a la enfermedad, no importa dónde vivan ni cuánto puedan pagar”.

Será fundamental, en suma, que la vacuna pueda convertirse en un bien colectivo o social absolutamente universal. Para ello será preciso afrontar los costes correspondientes, que, según algunas estimaciones recogidas en el artículo citado, podrían tener un coste unitario muy moderado, que, para el conjunto de la población mundial, ascendería a 20.000 millones de dólares. Cifra este que se antoja ridícula en comparación con el beneficio asociado, pero que, en cualquier caso, habría de ser afrontada de alguna manera. Aquí sí que entraría en juego el sector público, pero no habría que descartar que, como, de hecho, ya ha ocurrido durante la pandemia, desafiando las convenciones tradicionales, el sector privado también se implicara en una causa tan crucial para la supervivencia de la humanidad y la recuperación de las pautas típicas de las sociedades libres, integradas e interconectadas.

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