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11 de marzo de 2024

La batalla académica sobre la desigualdad

 

Pocas constataciones empíricas pueden reclamar la categoría de “hechos estilizados”, si nos atenemos a la cantidad de evidencias acumuladas, como el incremento de la desigualdad económica. Especialmente desde el acaecimiento de la gran crisis financiera de 2008-2009, en casi todos los países, y singularmente en algunos como Estados Unidos, las diferencias de renta y de riqueza se agudizan sin cesar. De manera particular, el privilegiado grupo del 1% de la población con mayor nivel de renta (el top 1%) acapara cuotas crecientes.

Tres estrellas económicas mundiales, Thomas Piketty, Emmanuel Saez y Gabriel Zucman, vienen ejerciendo desde hace años el apostolado redentor de los grandes contrastes económicos personales. Con el respaldo de la obra del primero de ellos “El capital en el siglo XXI”, convertida en best seller a escala planetaria, han aportado abundante información estadística, perfilado teorías explicativas, reclamado la intensificación de la intervención del sector público, y propugnado la aplicación de impuestos para hacer frente al problema de la desigualdad. Frente al “despiadado capitalismo”, la opción de un “nuevo socialismo” recupera posiciones, levantando el vuelo a pesar del fracaso histórico, esgrimido por sus detractores, del “socialismo real”.

Con todo, pese a la hegemonía del pensamiento y de las conclusiones estadísticas pikettianas, durante estos años no han faltado algunos analistas e investigadores que, vanamente, trataban de contrarrestar o cuestionar la potencia del aparato discursivo del aclamado trío estelar. La definición y la medición de la desigualdad son problemas complicados que tropiezan con considerables escollos metodológicos: ¿qué es más importante, el nivel relativo de la renta, o su cuantía absoluta?, ¿debe medirse la desigualdad atendiendo al conjunto de la vida de los individuos, o referida a un año concreto?, ¿cómo influyen las diferencias, por niveles de renta, en la composición de las unidades declarantes (familias) del IRPF?, ¿qué ocurre cuando, a lo largo del tiempo, las personas no permanecen en los mismos estratos de renta, cuya composición no se mantiene inalterada?, ¿cómo influye el hecho de que el IRPF sea en la práctica un impuesto más progresivo, como sucede en Estados Unidos, de lo que se supone?...

Sin embargo, una verdadera sorpresa ha sacudido el mundo académico cuando, en una de las más prestigiosas revistas internacionales, ha aparecido un estudio realizado por Gerald Auten, técnico del Departamento del Tesoro estadounidense, y David Splinter, del Comité sobre Tributación del Congreso norteamericano. Ambos economistas argumentan que las estimaciones de las porciones de renta del 1% superior, basadas sólo en las declaraciones individuales del IRPF, están sesgadas por diversos factores, y señalan que, después de impuestos, el top 1% obtiene el 9% de la renta nacional estadounidense, frente al 15% estimado por Piketty, Saez y Zucman. Y, en contraste con estos, sostienen que la participación de dicho 1% prácticamente no ha cambiado desde los años sesenta del pasado siglo. Si esta fuese la senda verdadera, entonces, según Chris Giles (Financial Times), “nos hemos estado planteando las preguntas erróneas sobre la sociedad estadounidense”. Como pregunta más adecuada apunta la siguiente: “¿Por qué un aumento en la redistribución ha sido tan ineficaz en resolver los males de la sociedad estadounidense?”.

Los datos y los argumentos esgrimidos por Auten y Splinter no parecen haber mermado la convicción de Piketty & Co. Más bien, da la impresión de que no se muestran demasiado preocupados por lo que tienden a tipificar como un nuevo caso de “negacionismo” económico. Para otros economistas, en cambio, sí resultan creíbles y, en cualquier caso, la controversia no viene sino a recordarnos que ni siquiera los economistas ungidos por los dioses se ven liberados de la amenaza de planteamientos heréticos, ya sean teóricos o empíricos.

Aun cuando los indicios sobre la desigualdad se perciban de forma contundente, el análisis económico no se presta a dogmas de ningún tipo ni a formulaciones apriorísticas. Sólo el examen objetivo y riguroso de la realidad puede dictar un veredicto. Mientras tanto, The Economist ha llegado a reconocer que “la idea de que la desigualdad está creciendo está muy lejos de ser una verdad evidente”. Confundidos ante un panorama insospechado, hemos de admitir que, efectivamente, estamos ante una economía con rostro de Mona Lisa, con la que compite en su carácter esquivo y ambiguo. Ya no sólo es difícil efectuar predicciones, sino incluso poder describir con certeza lo que está pasando.

(Artículo publicado en el diario “Sur”)



27 de diciembre de 2021

La evolución de la renta en los diferentes estratos poblacionales: la paradoja estadounidense

 

Existen datos que reflejan que, en algunos países, la recuperación de la crisis de 2007-2008 evidenció un contraste en la evolución de los colectivos poblacionales situados en los extremos. La renta de los mejor situados creció a un mayor ritmo que la de los situados en el estrato inferior de la renta. Las tesis pikettianas parecían cumplirse a rajatabla. Estados Unidos representaba un caso paradigmático al respecto. Todas las papeletas estaban dispuestas para que la brecha siguiera acentuándose. Así, además, lo han venido aseverando los más influyentes y reputados analistas. Para colmo, el impacto de la pandemia del coronavirus no ha hecho sino empeorar el panorama de los más débiles.

Por todo ello, son verdaderamente sorprendentes y llamativas las conclusiones obtenidas en un reciente estudio de la desigualdad en Estados Unidos[1]. Según se expresa en el título del gráfico adjunto, que sintetiza los factores explicativos, “las familias de menor renta experimentaron el mayor crecimiento en tanto el mercado de trabajo se tensionaba. Las políticas aplicadas durante la COVID-19 aceleran la tendencia”.

La revista The Economist se hace eco del referido estudio y llega a proclamar que “la desigualdad permanentemente creciente no es una ley inmutable de una economía moderna”[2].






[1] JPMorgan Chase & Co., “How did the distribution of income growth change alongside the hot pre-pandemic labor market and recent fiscal stimulus?”, septiembre 2021.

[2] “Piketty lines. The incomes of America’s poorest are growing faster than those ot its richest”, 9-10-2021.

17 de agosto de 2021

¿”Skin in the game”, o “Taleb’s game”?

 

Hace ya bastante tiempo que compré el libro de Nassim Nicholas Taleb “Skin in the game. Hidden asymmetries in daily life” (Random House, 2018). Después de haber leído el sugerente “Cisne negro”, es normal que se disparen las expectativas respecto de todo lo que pueda salir de la pluma de ese disruptivo escritor. No obstante, aquellas se enfrían bastante tras abordar “El lecho de Procusto”, uno de los libros más decepcionantes que recuerdo.  De todas formas, no haberme adentrado hasta ahora en “Skin in the game” no se debe a ese efecto sino al olvido entre un montón de lecturas frustradas. También quizás al hecho de haber tenido conocimiento der diversas reseñas verbales -necesariamente simplificadoras- sobre sus supuestos mensajes centrales.

Y, por qué no, puede que igualmente al creer que su esencia está ya contenida en el propio título. Tras haber asimilado ya como algo estructural la presencia de elementos como el “clawback” en los sistemas de remuneración variable, y la implementación de diversas políticas y reglamentos que regulan las conductas dentro del desempeño profesional, con inclusión de un amplio elenco de infracciones y sanciones, uno vislumbra una suerte de coordenadas mentales. No obstante, el propio Taleb (págs. 4-5) señala que podría haber elegido otro título más expresivo para su libro, pero no lo hizo, ya que “no le gusta leer libros que [le] informan de lo obvio”. Afirma que le “gusta verse sorprendido”.

Y bien que él consigue sorprender al lector que ingenuamente se acerque a esta extraña obra. Aparentemente, la noción que quiere transmitir acerca de “jugarse el pellejo” se refiere simplemente a que quien lleve a cabo una acción o efectúe una recomendación no sólo participe en las ganancias, sino que también se vea afectado por los daños que pueda causar. Pero, en realidad, arrastra al lector a un juego caprichoso y sumamente enrevesado, casi desquiciador. Tanto que, en una primera impresión, uno está tentado a creer que la composición es fruto de un carácter errático incontenible. No se sabe si premeditada o espontáneamente.

El espectro de temas abordados es extraordinariamente diverso y atípico. De manera sorpresiva, nos encontramos, por ejemplo, con un furibundo ataque a la construcción teórica del gran preboste Piketty en su obra “El capital en el siglo XXI” (págs. 133-135). Y, curiosa, y extrañamente, al igual que en esta última obra, nos topamos con la casi inevitable remisión a la cláusula de la “excepción que confirma la regla” (pág. 35).

Es verdaderamente llamativo cómo intelectuales de esta altura -no digamos un especialista en Estadística como el autor de “El cisne negro”- se aferran a tan extendida falacia. En esta ocasión para fundamentar que el éxito de los Dumas en organizar un escuadrón de escritores “fantasmas” para engordar sus producciones literarias es una excepción que confirma la regla de que “la producción [literaria] no es expansible”.



8 de abril de 2021

Acerca de la condonación de la deuda pública mantenida por el BCE

 

Las operaciones de cancelación y de quita de deuda pública, amparadas a menudo bajo el eufemismo de su reestructuración, cuentan con una amplia colección de antecedentes históricos. Su posible aplicación en una situación en la que están implicados Estados nacionales y una autoridad monetaria común presenta algunas singularidades.

Mediante un manifiesto encabezado por Thomas Piketty, defensor de un socialismo basado en una tríada impositiva con tipos de gravamen que llegan al 90%, un centenar de economistas de varios países europeos defienden la anulación de la deuda pública mantenida por el Banco Central Europeo (BCE) “para que nuestro destino vuelva a estar en nuestras manos”. Una premisa fundamental es el reconocimiento de que “casi el 25% de la deuda pública europea está en manos de su banco central”, de manera que “nos debemos el 25% de nuestra deuda a nosotros mismos”. No obstante, y pese a las diferencias ideológicas, la iniciativa había surgido anteriormente en Italia, en el entorno del partido político de Matteo Salvini.

Ante este panorama, dado que “contamos con la suerte de tener un acreedor que no teme perder su dinero”, proponen hacer un contrato entre los Estados europeos y el BCE, en virtud del cual este último se comprometería a condonar la deuda pública que posee (o a transformarla en deuda perpetua sin intereses) y los Estados, a invertir las mismas cantidades (unos 2,5 billones de euros) en la reconstrucción ecológica y social.

Consideran que dicha opción no generaría ningún problema para el BCE, ya que podría “operar con capital propio negativo sin dificultad” o “crear dinero para compensar estas pérdidas”. Asimismo, dejan constancia de su interpretación de que la cancelación de la deuda no está prohibida por los Tratados europeos, y de su insatisfacción por el hecho de que, a pesar de los tipos de interés extraordinariamente bajos o negativos, se haya producido una “reducción constante del nivel medio de deuda pública en la Unión Europea entre 2015… y el inicio de la crisis sanitaria”. Desafortunadamente, la crisis económica originada por la pandemia ha venido a colmar, de una forma inapropiada, esa ansia de incremento del endeudamiento público.

Son numerosas las cuestiones que se suscitan respecto a la referida propuesta:

1ª. Algunas son meramente semánticas, pero de gran calado. Así, se hace mención de la “deuda pública europea” en manos del BCE, cuando no se trata estrictamente de deuda europea, sino de cada uno de los Estados miembros de la Unión Monetaria Europea.

2ª. La operación planteada, según otras interpretaciones, implicaría una violación de los Tratados europeos por contravenir la prohibición de la financiación monetaria del déficit público.

3ª. Como único emisor del dinero denominado en euros, el BCE siempre tendría capacidad de generar liquidez adicional, por lo que nunca iría a la quiebra. Sin embargo, surge un problema técnico. Los bancos centrales nacionales compran bonos públicos en nombre del BCE. Si tales bonos se cancelan, se generarían pérdidas para tales instituciones, que no tienen la capacidad para imprimir billetes. Así, los respectivos gobiernos podrían tener que recapitalizarlos. Otras actuaciones llevarían a trasladar la carga de la deuda hacia el futuro.

4ª. Los gobiernos nacionales recuperan la mayor parte del interés que pagan por los bonos emitidos que están en posesión del BCE, a través de los dividendos procedentes de sus bancos centrales nacionales. Por tanto, no obtendrían un ahorro de costes netos, aunque, evidentemente, no tendrían que devolver la deuda.

5ª. La independencia, la credibilidad y la reputación del BCE se verían seriamente afectadas. El economista jefe de Berenberg ha calificado la propuesta como “la peor idea del año” (2020), ya que podría tener efectos contraproducentes, causando una subida de los costes del endeudamiento.

6ª. Un aspecto muy importante es el elemento básico contenido en el manifiesto en el sentido de que la pretendida cancelación de la deuda iría acompañada de un aumento de la inversión por el mismo importe. Sin embargo, no se indica cómo se cubriría ese gasto adicional: ¿se volvería a emitir deuda pública?, ¿se aumentaría la carga tributaria?

(Artículo publicado en el diario “Sur”)

24 de enero de 2021

La cuestión de la discriminación racial: lecciones en perspectiva histórica

 

La lectura de la extensa y densa obra de Thomas Piketty “Capital e ideología” es fuente de numerosas sorpresas. Por encima de todo, su mayor interés estriba en poder documentarse acerca de una enorme variedad de episodios históricos, sustentados en una impresionante base de datos de alcance mundial, de gran utilidad para explicar la evolución económica, social y política en un amplio número de países.

En una época en la que las cuestiones relacionadas con las diferencias interraciales han tenido tanta trascendencia en la evolución reciente de la sociedad norteamericana, el relato de la experiencia histórica de Estados Unidos aporta unas perspectivas particularmente ilustrativas. Piketty efectúa un repaso de los problemas ideológicos existentes en el siglo XIX para poner fin a la esclavitud. Para John Calhoun, vicepresidente entre 1825 y 1832, la esclavitud era, lisa y llanamente, “un bien positivo”.

Más adelante, el economista francés reflexiona en el sentido de que “el observador extranjero, y a veces también el autóctono, se sorprende a menudo de que el partido demócrata, que en 1860 defendía la esclavitud frente al partido republicano de Lincoln, a menudo utilizando argumentos cercanos a los de Calhoun o de Jefferson (ambos eminentes demócratas), se convirtiese luego en 1932 en el partido de Rousevelt y del New Deal, después en 1960 en el de Kennedy, de Johnson, de los Civil Rights y de la War on Poverty, y, finalmente, en los años 1990-2020 en el de Clinton y Obama”.

Ciertamente, es un motivo de sorpresa y, por supuesto, de congratulación, que se produjera semejante viraje desde una ideología política que, durante el período de “reconstrucción” (1865-1880), podía ser calificada como “social-nativismo”, “social-racismo”, o “social-diferencialismo” (op. cit., edición original, “Capital et idéologie”, Éditions du Seuil, 2019, págs. 293-294). E incluso llega a afirmar (pág. 1.018), que “desde los años 1870 a los años 1960, sus representantes y sus administraciones policiales y jurisdiccionales [del partido demócrata] en los Estados del Sur impusieron la segregación a los Negros, impidieron a los niños ir a la mismas escuelas, sostuvieron o encubrieron los linchamientos punitivos organizados por el Ku Klux Klan y de otras organizaciones de este tipo”. Desde luego, cuesta trabajo asimilar esta información tan impactante como dolorosa en su evocación. Y, si no procediera de una fuente tan reconocida como la del mencionado autor, ideólogo del "nuevo socialismo participativo", uno estaría tentado a creer que está ante una fake news de grueso calibre.

En todo caso, según la tesis que Piketty (pág. 1.018) repite machaconamente a lo largo de la obra, “la idea según la cual esta trayectoria habría sido la única vía posible que permitiese llegar al New Deal y a los otros derechos cívicos no tiene ningún sentido. Existen siempre alternativas, otras trayectorias y bifurcaciones posibles que hubiesen podido producirse, en función de la capacidad de movilización de los actores”.


 

15 de septiembre de 2020

La estrella Piketty da el salto a la gran pantalla

Ha sido calificado, con toda razón, como “economista estrella”, a tenor de sus impresionantes éxitos editoriales. Realmente llamativos en una era como la que vivimos, en la que está tan extendido el hábito de despachar cosas de enorme envergadura en los estrechos límites de un tweet. Ciertamente impresionante que sus textos de casi 600 páginas (“El capital en el siglo XXI”) o incluso por encima de las 1.000 (“Capital e ideología”) desafíen esa ley empírica de la jibarización expresiva, emulando o superando los mamotretos novelísticos de Ken Follett.

El mérito es mayor, por cuanto los textos pikettianos, aunque trufados de referencias literarias, no son de digestión ligera. Aun cuando el economista francés, muy versado en el dominio de las matemáticas, apenas recurre, en aras de la inclusividad, a expresiones algebraicas, despliega una extensa batería de datos y de argumentos económicos. Hay que dedicar bastante tiempo e incurrir en un esfuerzo más que notable para completar la lectura de las dos obras referidas. Puedo dar fe de ello, como también de la mucho mayor sencillez que las caracteriza respecto a una de las obras económicas más emblemáticas de todos los tiempos, como es la “Teoría General” de Keynes. Como señalaba en una entrada anterior de este blog, me sorprendieron en su momento las críticas, muy poco conocidas, que se lanzaron acerca de la escasa inteligibilidad de algunos de sus contenidos.

También me ha causado cierta sorpresa la etiqueta que, al parecer, alguien adjudicó a “El capital en el siglo XXI” como “el best seller menos leído de todos los tiempos” , lo que no creo le haya quitado el sueño a su autor, tras haber reventado los registros de ventas y haber logrado ver catapultada su figura a escala mundial, desbordando extraordinariamente el círculo de especialistas. No acaban ahí las sorpresas.

Como una muestra más de la incesante carrera de obstáculos que encuentra en su trayectoria de difusión de sus contribuciones científicas, y de las insuperables trabas que un anticapitalista declarado encuentra, en un sistema capitalista, como predicador e ideólogo anticapitalista, dentro de unos días se estrena un documental cinematográfico realizado a partir de tan exitosa obra. “De la misma forma que el lenguaje de la ciencia social y el lenguaje de la literatura son complementarios, el lenguaje de la imagen y el sonido es complementario”, ha declarado Piketty.

Inspirador de los programas económicos de destacados políticos considerados “izquierdistas”, deja una frase para la reflexión: “Derecha e izquierda pueden significar cosas muy, muy diferentes en diferentes contextos históricos. Ciertamente no quiero que la gente piense en estos términos”. Quien haya leído alguna de las dos obras antes mencionadas puede que quede algo impactado por la expresión de ese deseo.

20 de enero de 2020

Piketty, el ideólogo del “nuevo socialismo participativo”


“El capital en el siglo XXI” se ha convertido en uno de los mayores éxitos editoriales y  de influencia en la opinión pública de las últimas décadas, lo cual es especialmente apreciable ya que se trata de un volumen de casi 700 páginas, dedicadas a arduos contenidos económicos. Más allá de sus atributos, el hecho de que las tesis esgrimidas representen una contundente crítica al capitalismo ayuda a explicar el éxito arrollador de Thomas Piketty.

Su nueva obra, “Capital e ideología”, llega a las 1.200 páginas, y se encamina a replicar la trayectoria de su antecesora. En ella se lleva a cabo un pormenorizado y documentado análisis histórico de los regímenes no igualitarios. Según Piketty, todas las sociedades humanas tienen necesidad de justificar sus desigualdades, y para ello desarrollan ideologías. A partir de ese estudio, Piketty se declara convencido de que es posible superar el sistema capitalista actual y perfilar un “nuevo socialismo participativo”, calificativo este que incorpora “para diferenciarlo del socialismo del tipo soviético”.

El hecho de que aluda al “desastre comunista” no es óbice para su ambición de poner término al capitalismo, la propiedad privada, y las grandes desigualdades socioeconómicas, a fin de dar paso a una “sociedad justa”. Por esta entiende aquella que permite al conjunto de sus miembros acceder a los bienes fundamentales en el sentido más amplio posible. Una definición centrada en los derechos y donde la clave está en saber hasta dónde llegan dichos bienes fundamentales (educación, sanidad, vivienda, cultura…).

Aboga por que la igualdad de acceso a estos bienes sea absoluta. Algo a tener en cuenta, puesto que, ya se sabe, en las “granjas orwellianas”, todos los animales son iguales, pero algunos lo son más que otros. Aún más importante sería saber cómo quedarían garantizadas las libertades primarias, como las de pensamiento y expresión, respecto a cuya distribución efectiva (no registrada en el coeficiente de Gini) existe también una amplia -y, en muchos casos, dolorosa- experiencia histórica.

El socialismo participativo de Piketty se apoya en dos pilares: i) la instauración de una “verdadera propiedad social del capital”, mediante un mejor reparto del poder en las empresas; ii) la aplicación del principio de propiedad temporal del capital, en el marco de unos impuestos fuertemente progresivos.

Piketty cuestiona de manera radical que la propiedad privada pueda entenderse como un derecho natural de las personas, y sostiene que la acumulación de bienes es siempre el fruto de un proceso social, dependiente de las infraestructuras públicas, la división social del trabajo, y los conocimientos acumulados. De ahí que considere lógico que quienes hayan acumulado patrimonios importantes entreguen, cada año, una fracción de los mismos a la comunidad.

Por una parte, propone asignar, en todos los países, la mitad de los derechos de voto en los consejos de administración o de dirección de todas las empresas privadas, incluidas las pequeñas, a los representantes de los asalariados. También sugiere elegir a una parte de los administradores por asambleas mixtas de empleados y accionistas.

Por otro lado, defiende un sistema impositivo basado en el “tríptico del impuesto progresivo”: un impuesto anual sobre el patrimonio neto, un impuesto sobre las herencias recibidas, y un impuesto sobre la renta. Hace una defensa a ultranza de la progresividad, aunque sin adentrarse en la controversia teórica y metodológica existente sobre dicha característica impositiva. En relación con el impuesto sobre las herencias y el impuesto sobre la renta, propone aplicar tipos medios efectivos del orden del 60%-70% para magnitudes a partir de 10 veces las medias de las correspondientes bases imponibles, y del 80%-90%, para bases superiores a 100 veces dichas medias. En el impuesto sobre el patrimonio plantea un tipo de gravamen del 90% para los patrimonios superiores a los 1.000 millones de euros, lo que, de una sola tacada, llevaría a dejar su riqueza en una décima parte. Sin duda, al año siguiente afrontarían un tipo de gravamen más bajo.

En el sistema impositivo propuesto no tendrían cabida los impuestos indirectos, salvo cuando se trate de corregir alguna externalidad (efecto negativo no recogido en el precio de mercado de un producto), pero sí las cotizaciones sociales, en combinación con el IRPF, y un impuesto progresivo sobre las emisiones de carbono. Con la recaudación de los impuestos ligados a la riqueza se financiaría el coste de una dotación de capital que, por importe del 60% del patrimonio medio, se otorgaría a los jóvenes por una sola vez (por ejemplo, a la edad de 25 años), y que, en los países ricos, sería del orden de 120.000 euros. Piketty concibe este sistema como una forma de “herencia para todos”, lo que ofrecería nuevas posibilidades para adquirir una vivienda o financiar un proyecto de creación de una empresa. Adicionalmente, las personas sin recursos tendrían derecho a recibir una renta básica, equivalente al 60% de la renta nacional media después de impuestos.

El libro comentado es muy extenso, pero se echa de menos un tratamiento más amplio de algunas cuestiones fiscales de gran relevancia. A título de ejemplo, se presta una atención nula a aspectos como la fundamentación de la justicia fiscal, la consideración de la unidad contribuyente de los impuestos (individuo o familia), la mayor equidad -desde el punto de vista del ciclo vital- del consumo frente a la renta como base de la imposición personal, las posibles reacciones de comportamiento económico ante cargas impositivas muy elevadas, los desincentivos al ahorro, las deficiencias ligadas a la aplicación de la progresividad bajo una óptica anual, o la influencia de la economía sumergida. Asimismo, se omite alguna justificación del tránsito, desde la propuesta que planteaba en su primera obra, acerca de un impuesto sobre el patrimonio con tipos máximos del 1% o del 2%, a la nueva, donde alcanzan el 90%.

Pero hay otra cuestión primordial a dilucidar. Hoy día existen grandes desigualdades económicas, pero, como señala la revista The Economist en un número del pasado mes de noviembre, investigaciones recientes ponen de relieve que algunas de las conclusiones ampliamente difundidas sobre el crecimiento de las desigualdades no son tan firmes como se creía.

(Artículo publicado en el diario “Sur”, con fecha 19 de enero de 2020)

4 de enero de 2020

El tipo máximo del IRPF: una confiscatoriedad de geometría variable

¿Cuál debería ser el tipo de gravamen máximo de un impuesto sobre la renta de las personas físicas (IRPF)?

Se trata de una cuestión altamente controvertida que no encuentra una respuesta cerrada e inequívoca. La teoría de la imposición óptima ha tratado de ofrecer una “solución técnica”. A diferencia de posturas que se basan exclusivamente en supuestas consideraciones de equidad, no dudando en propugnar tipos máximos cercanos al 100%, los partidarios de dicho enfoque combinan los criterios de equidad y de eficiencia.

En la medida en que consideremos que la elasticidad de la oferta de factores respecto a su retribución neta no es nula -a diferencia de lo que, en la práctica, suponen los defensores del 100%-, los tipos máximos se situarían claramente por debajo del 100%. Es conocido el lamento de James Mirrlees, Premio Nobel de Economía y padre de la teoría de la imposición óptima, cuando, pese a sus inclinaciones ideológicas, se topó recomendando tipos muy moderados como los óptimos en el IRPF.

La Constitución española establece que, aunque el sistema tributario nacional deba basarse, entre otros, en el principio de progresividad, en ningún caso podrá tener alcance confiscatorio. Para saber qué se entiende por impuesto confiscatorio no queda más remedio que acudir al intérprete supremo del texto constitucional. Desafortunadamente, su respuesta dista bastante de ser clarificadora.

Tampoco lo es en el caso del Tribunal Constitucional de Alemania, a pesar de estar extendida la idea de que dictó sentencia fijando el 50% como límite máximo. Así se desprende de la información contenida en el libro de Thomas Piketty “Capital e ideología”, en el que se recogen abundantes fuentes bibliográficas y estadísticas relacionadas con los impuestos en un gran número de países. Es uno de los aspectos destacables de la nueva obra del economista actual de mayor éxito mediático; obra profundamente ideológica, en que la se despliega, de forma insistente y reiterada, toda una batería de argumentos a favor de tipos impositivos sumamente elevados.

Con o sin el supuesto respaldo constitucional, lo cierto es que la tesis del 50% se adoptó en España, a finales de los años noventa, y fue asumida por gobiernos de distinto signo político. Aunque no sea éste necesariamente el caso, un aval germano, aunque sea ficticio, es capaz de desplegar una fuerza persuasiva.

Está por ver dónde se situará el límite del tipo de gravamen del IRPF en España con el próximo gobierno, con manifiesta inclinación por la progresividad, compartida por los socios de la coalición. Por cierto, en la referida obra, Piketty se lamenta del timorato diseño efectivo del sistema fiscal resultante de la Revolución francesa.

16 de noviembre de 2019

El retorno de Piketty: el gran salto hacia arriba

El libro “El capital en el siglo veintiuno”, del economista francés Thomas Piketty, se ha convertido, desde su publicación en el año 2013, en un auténtico best seller. Emulando a su predecesor, aparecido casi 150 años antes, ha tenido una gran influencia en la opinión pública y en el afianzamiento doctrinal de movimientos proclives al derrocamiento del capitalismo.

Ahora bien, a diferencia del autor de “Das Kapital”, las vías propuestas para ese objetivo se circunscriben fundamentalmente a la utilización de herramientas típicas de un Estado moderno, dotado de unas capacidades presupuestarias muy diferentes a los de la época victoriana.

Una de las medidas estrella propuestas por Piketty, en la referida obra de 2013, para poner freno al incremento de la desigualdad económica y a la acumulación de riqueza, era la aplicación de un impuesto global sobre el patrimonio de carácter progresivo. Para que nos hagamos una idea de su alcance, llegaba a decir que el impuesto ideal sobre el capital que proponía se asemejaba al vigente en algunos países europeos, entre los que se encuentra España (con una situación bastante diferente según la Comunidad Autónoma de que se trate).

La escala de gravamen planteada era del siguiente tenor: 0% para patrimonios inferiores a 1 millón de euros; un 1%, para patrimonios comprendidos entre 1 y 5 millones de euros; y un 2%, para importes superiores a 5 millones de euros.

En 2019, el influyente economista francés ha publicado un nuevo libro, con el título “Capital e ideología”. Quizás espoleado por el éxito alcanzado, consciente del margen de receptividad social y política mayoritaria para elevar las cargas fiscales de las personas mejor situadas, para dar un respaldo académico a las propuestas ya avanzadas por significados políticos, o por otras razones, lo cierto es que ha acelerado drásticamente el ritmo de su diapasón fiscal.

Piketty, movido por su deseo de atemperar la desigualdades económicas, considera que debe otorgarse una dotación de capital a cada joven adulto (por ejemplo, a la edad de 25 años). Para financiarla, y, al mismo tiempo, acabar con las excesivas concentraciones de la renta y la riqueza, propone ahora la puesta en marcha de un poderoso tridente impositivo, integrado por impuestos fuertemente progresivos sobre la renta, sobre el patrimonio, y sobre las herencias.

De forma ilustrativa, recoge unas tarifas de cada uno de dichos impuestos referenciando las bases imponibles a las respectivas cifras de las bases medias nacionales. Lo que no varía es el tipo de gravamen efectivo propuesto para niveles que representen 10.000 veces la correspondiente cifra media (para que nos hagamos una idea, un patrimonio de 2.000 millones de euros, o una renta de 200 millones de euros), que sitúa en el 90%.

No hace falta hacer cálculos muy complicados para tomar conciencia de que si alguien parte con un patrimonio (activos menos pasivos) de 2.000 millones de euros, al día siguiente del devengo impositivo, con la ingeniosa propuesta de Piketty se quedaría con 200, eso sí, bajo la hipótesis de que lograse vender inmediatamente sus activos (para el pago del tributo) sin deterioro de su precio. Por otro lado, si consigue llegar al final del segundo ejercicio con esos 200 millones, se quedaría con 20, y así sucesivamente.

A su vez, en la vertiente de la renta, la obtención de 200 millones de euros daría lugar a una renta neta de 20 millones. Finalmente, quien recibiese una herencia por importe de 10.000 veces el legado medio, se haría con una décima parte de la misma.

A diferencia del laconismo del Manifiesto Comunista, que se limitaba a propugnar un impuesto sobre la renta fuertemente progresivo, sin mayores aclaraciones, Piketty ofrece bastantes más detalles. Ahora bien, ha de reconocerse que el planteamiento del economista galo es más generoso para los capitalistas que el referido Manifiesto, toda vez que en este se incluye la medida de la supresión de todos los derechos de herencia. En cualquier caso, la aplicación de un impuesto potente sobre el patrimonio puede ser un arma bastante eficaz para acabar con el problema de raíz.

14 de diciembre de 2017

Riqueza dinástica: ¿mito o realidad?

Hace tan solo unos años, con la publicación de la gran obra de Thomas Piketty “El capital en el siglo veintiuno” (2014), se produjo uno de los fenómenos editoriales más notables de los últimos tiempos. El hecho de que un libro de casi 700 páginas, escrito por uno de los jóvenes economistas contemporáneos más destacados, se convirtiera en un best seller es ciertamente destacable. Pero aún más apreciable ha sido su influencia social, su impacto en el estado de opinión mundial acerca de la dinámica del sistema capitalista y de las consecuencias de la desigualdad económica.

La obra de Piketty ha tenido una extraordinaria acogida en medios especializados y no especializados. Todo el mundo reconoce la envergadura del trabajo realizado. Especialmente desde determinados sectores se ha aplaudido su acérrima crítica al capitalismo, su llamada de atención sobre el problema de la desigualdad económica y su popular propuesta de establecimiento de un impuesto progresivo global sobre el patrimonio. No obstante, tampoco han faltado posiciones críticas que han cuestionado la posible simplificación de las leyes básicas del capitalismo divulgadas por Piketty y la consistencia de algunas de las bases estadísticas utilizadas.

Dentro de esta última corriente se inscribe la investigación realizada por Robert Arnott, William Bernstein y Lillian Wu (en adelante, Arnott et al.) y publicada en Cato Journal (vol. 35, nº 3, 2015). Estos autores consideran que el mensaje básico de Piketty está sesgado en varios aspectos, como resultado de errores fundamentales y evitables en sus supuestos básicos.

De su conocida hipótesis de que la tasa de rendimiento del capital invertido es superior a la tasa de crecimiento económico, Piketty deriva que las familias ricas lo serán cada vez más en las generaciones futuras, llevando a una sociedad dominada por la riqueza hereditaria. Arnott et al. consideran que esa lógica sería cierta solo si tales familias ricas nunca disiparan su patrimonio a través de diversas vías: gastos, donaciones, impuestos, inversiones fallidas y segregación entre porciones hereditarias.

Recurren a la evidencia empírica procedente de las listas de personas ricas publicadas por la revista Forbes para refutar el argumento de Piketty, sobre la base de que, según ellos, en cualquier momento, la mitad o más de la riqueza conjunta de los extremadamente ricos es de primera generación, no de procedencia hereditaria. A partir de dicho análisis concluyen que la acumulación de la riqueza dinástica es simplemente un mito.

Arnott et al. admiten que la desigualdad en la distribución de la riqueza se ha intensificado en el pasado reciente, pero discrepan de la fundamentación ofrecida por Piketty y recuerdan que la tasa de rendimiento del capital relevante es la neta de impuestos, gastos, división entre herederos, donaciones caritativas y otros métodos de utilización o agotamiento.

Argumentan que, si la acumulación de la riqueza dinástica fuese un fenómeno generalizado, habría que esperar poco cambio en la composición del ranking de Forbes año tras año. Pero, en lugar de ese rasgo, encuentran que hay una alta tasa de rotación. La riqueza agregada de los descendientes de los ricos que inauguraron la lista de Forbes era del 39% en el año 2014, lo que viene a implicar que el otro 61% proviene de una riqueza nueva.

En definitiva, Arnott et al. señalan que los ricos en su conjunto son más ricos, pero no por las razones esgrimidas por Piketty. La explicación radica en una combinación de nuevos ricos creadores de riqueza con el beneficio para los preexistentes derivado de una larga fase expansiva en los mercados de valores. Las valoraciones crecientes vienen en parte explicadas por la caída en los rendimientos del capital.

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