20 de enero de 2020

Piketty, el ideólogo del “nuevo socialismo participativo”


“El capital en el siglo XXI” se ha convertido en uno de los mayores éxitos editoriales y  de influencia en la opinión pública de las últimas décadas, lo cual es especialmente apreciable ya que se trata de un volumen de casi 700 páginas, dedicadas a arduos contenidos económicos. Más allá de sus atributos, el hecho de que las tesis esgrimidas representen una contundente crítica al capitalismo ayuda a explicar el éxito arrollador de Thomas Piketty.

Su nueva obra, “Capital e ideología”, llega a las 1.200 páginas, y se encamina a replicar la trayectoria de su antecesora. En ella se lleva a cabo un pormenorizado y documentado análisis histórico de los regímenes no igualitarios. Según Piketty, todas las sociedades humanas tienen necesidad de justificar sus desigualdades, y para ello desarrollan ideologías. A partir de ese estudio, Piketty se declara convencido de que es posible superar el sistema capitalista actual y perfilar un “nuevo socialismo participativo”, calificativo este que incorpora “para diferenciarlo del socialismo del tipo soviético”.

El hecho de que aluda al “desastre comunista” no es óbice para su ambición de poner término al capitalismo, la propiedad privada, y las grandes desigualdades socioeconómicas, a fin de dar paso a una “sociedad justa”. Por esta entiende aquella que permite al conjunto de sus miembros acceder a los bienes fundamentales en el sentido más amplio posible. Una definición centrada en los derechos y donde la clave está en saber hasta dónde llegan dichos bienes fundamentales (educación, sanidad, vivienda, cultura…).

Aboga por que la igualdad de acceso a estos bienes sea absoluta. Algo a tener en cuenta, puesto que, ya se sabe, en las “granjas orwellianas”, todos los animales son iguales, pero algunos lo son más que otros. Aún más importante sería saber cómo quedarían garantizadas las libertades primarias, como las de pensamiento y expresión, respecto a cuya distribución efectiva (no registrada en el coeficiente de Gini) existe también una amplia -y, en muchos casos, dolorosa- experiencia histórica.

El socialismo participativo de Piketty se apoya en dos pilares: i) la instauración de una “verdadera propiedad social del capital”, mediante un mejor reparto del poder en las empresas; ii) la aplicación del principio de propiedad temporal del capital, en el marco de unos impuestos fuertemente progresivos.

Piketty cuestiona de manera radical que la propiedad privada pueda entenderse como un derecho natural de las personas, y sostiene que la acumulación de bienes es siempre el fruto de un proceso social, dependiente de las infraestructuras públicas, la división social del trabajo, y los conocimientos acumulados. De ahí que considere lógico que quienes hayan acumulado patrimonios importantes entreguen, cada año, una fracción de los mismos a la comunidad.

Por una parte, propone asignar, en todos los países, la mitad de los derechos de voto en los consejos de administración o de dirección de todas las empresas privadas, incluidas las pequeñas, a los representantes de los asalariados. También sugiere elegir a una parte de los administradores por asambleas mixtas de empleados y accionistas.

Por otro lado, defiende un sistema impositivo basado en el “tríptico del impuesto progresivo”: un impuesto anual sobre el patrimonio neto, un impuesto sobre las herencias recibidas, y un impuesto sobre la renta. Hace una defensa a ultranza de la progresividad, aunque sin adentrarse en la controversia teórica y metodológica existente sobre dicha característica impositiva. En relación con el impuesto sobre las herencias y el impuesto sobre la renta, proponer aplicar tipos medios efectivos del orden del 60%-70% para magnitudes a partir de 10 veces las medias de las correspondientes bases imponibles, y del 80%-90%, para bases superiores a 100 veces dichas medias. En el impuesto sobre el patrimonio plantea un tipo de gravamen del 90% para los patrimonios superiores a los 1.000 millones de euros, lo que, de una sola tacada, llevaría a dejar su riqueza en una décima parte. Sin duda, al año siguiente afrontarían un tipo de gravamen más bajo.

En el sistema impositivo propuesto no tendrían cabida los impuestos indirectos, salvo cuando se trate de corregir alguna externalidad (efecto negativo no recogido en el precio de mercado de un producto), pero sí las cotizaciones sociales, en combinación con el IRPF, y un impuesto progresivo sobre las emisiones de carbono. Con la recaudación de los impuestos ligados a la riqueza se financiaría el coste de una dotación de capital que, por importe del 60% del patrimonio medio, se otorgaría a los jóvenes por una sola vez (por ejemplo, a la edad de 25 años), y que, en los países ricos, sería del orden de 120.000 euros. Piketty concibe este sistema como una forma de “herencia para todos”, lo que ofrecería nuevas posibilidades para adquirir una vivienda o financiar un proyecto de creación de una empresa. Adicionalmente, las personas sin recursos tendrían derecho a recibir una renta básica, equivalente al 60% de la renta nacional media después de impuestos.

El libro comentado es muy extenso, pero se echa de menos un tratamiento más amplio de algunas cuestiones fiscales de gran relevancia. A título de ejemplo, se presta una atención nula a aspectos como la fundamentación de la justicia fiscal, la consideración de la unidad contribuyente de los impuestos (individuo o familia), la mayor equidad -desde el punto de vista del ciclo vital- del consumo frente a la renta como base de la imposición personal, las posibles reacciones de comportamiento económico ante cargas impositivas muy elevadas, los desincentivos al ahorro, las deficiencias ligadas a la aplicación de la progresividad bajo una óptica anual, o la influencia de la economía sumergida. Asimismo, se omite alguna justificación del tránsito, desde la propuesta que planteaba en su primera obra, acerca de un impuesto sobre el patrimonio con tipos máximos del 1% o del 2%, a la nueva, donde alcanzan el 90%.

Pero hay otra cuestión primordial a dilucidar. Hoy día existen grandes desigualdades económicas, pero, como señala la revista The Economist en un número del pasado mes de noviembre, investigaciones recientes ponen de relieve que algunas de las conclusiones ampliamente difundidas sobre el crecimiento de las desigualdades no son tan firmes como se creía.

(Artículo publicado en el diario “Sur”, con fecha 19 de enero de 2020)

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