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29 de marzo de 2024

Los límites de la Microhistoria

 

Desde un primer momento, al leer las contribuciones del productivo y fértil dúo diferenciable de historiadores integrado por Fernando Alonso y Víctor Heredia, de quienes hay algunas referencias en estos anaqueles prestados por Google, he tenido la sensación de que, en realidad, practicaban una rama de la Historia que bien podría denominarse Microhistoria. Ambos son capaces de encontrar los detalles más nimios que permanecen ocultos tras los grandes titulares o los estereotipos que han trascendido de los acontecimientos históricos. Microhistoriadores, o micro-investigadores históricos.

Circunstancialmente, a finales del año pasado, tuve conocimiento de que había fallecido, a la edad de 94 años, Natalie Zemon Davis, considerada pionera, precisamente, de la Microhistoria. Entendida ésta como una “rama de la disciplina, [en la que] los estudiosos se centran en un individuo, una comunidad o un evento local como forma de extraer lecciones históricas más amplias sobre la sociedad de la que fueron parte”[1].

Se trata, como es evidente, de una concepción distinta, y bastante más pretenciosa, de la aproximación histórica identificada, de forma meramente intuitiva, en los dos investigadores especializados en la historia local malacitana.

Pero hay otro aspecto mucho más relevante. La referida pionera declaraba que lo que escribía era en parte de su propia invención, “pero en estrecho control con las voces del pasado”. Un reconocimiento que, indefectiblemente, penetra en los confines de la novela histórica, que, a su vez, da paso a una peligrosa senda a efectos interpretativos. No es extraño que esa práctica despertara reticencias entre algunos historiadores[2]. Un novelista histórico puede ser buen historiador y buen novelista. El problema es que, en el fragor de la batalla lectora, el lector pierda el hilo de lo que es historia y de lo que es ficción.



[1] Vid. T. Barber, “Natalie Zemon Davis, Pioneer of microhistory, 1928-2023”, Financial Times, 28-10-2023.

[2] Ibíd.


10 de enero de 2022

Málaga, ciudad de prodigios ignorados

En el curso de las últimas décadas, la ciudad de Málaga ha registrado una transformación muy notable, que causa admiración no sólo entre los visitantes que retornan a ellas después de años, sino también entre sectores autóctonos bastante dados a dejarse impresionar -a veces con razón sobrada- por las realizaciones de otros parajes urbanos. Desde un ángulo algo diferente, la línea ascendente de la capital de la provincia no ha hecho sino suavizar los requisitos para que alguien se sienta ufano por haber nacido en este privilegiado rincón a orillas del Mediterráneo. Motivos existen para causar asombro a nativos y foráneos, desde luego, pero también tiende a intensificarse el riesgo de caer en la autocomplacencia, que puede ser bastante dañina.

Como se recoge en la obra “Málaga a la sombra de la Historia”, de Fernando Alonso y Víctor Heredia[1], la historia de la capital malacitana -también la de la provincia- está plagada de hechos asombrosos e insólitos, muchos de ellos soslayados o eclipsados por la potente imagen como referencia turística internacional. Igualmente, la ciudad de Málaga atesora valiosísimos elementos de un extraordinario patrimonio histórico, artístico y cultural.

Así lo pone de manifiesto otro consumado y docto historiador como es José Francisco Jiménez Trujillo, en un artículo publicado en el diario Sur con fecha 8 de enero de 2022. Durante años ha ejercido la docencia en el Instituto Nuestra Señora de la Victoria, del que fue alumno. Con ocasión de una visita a ese querido centro, para participar en una jornada de educación financiera, hace ya bastante tiempo, con conocimiento y apasionamiento, me mostró las riquezas relacionadas con el conocimiento custodiadas en diversas dependencias del emblemático instituto. La conmemoración del 175º aniversario de los Institutos de Gaona y Martiricos, en cuya preparación han intervenido destacadamente, entre otros, los profesores Heredia y Jiménez, es una gran oportunidad para ponderarlas en sus justos términos.

“Hay mil y una obras de arte en las que pararse en la ciudad de los museos. Pero también las hay propias que parecen invisibles a pesar de que llevan mucho tiempo esperando una mirada”. Así se recoge en el artículo citado, que es una oportuna llamada de atención para “aprender a mirar”.





[1] Tiempo Vivo: “Málaga a la sombra de la Historia”: la asombrosa senda de Málaga en la historia (neotiempovivo.blogspot.com). 

13 de diciembre de 2021

“Málaga a la sombra de la Historia”: la asombrosa senda de Málaga en la historia

Mañana, 14 de diciembre de 2021, se presenta la obra “Málaga a la sombra de la historia”, de Fernando Alonso y Víctor Heredia. A continuación se recoge el texto escrito como uno de los prólogos:


“Málaga a la sombra de la Historia”: la asombrosa senda de Málaga en la historia

 

Fernando Alonso y Víctor Heredia comparten el oficio de historiador, ambos con un marcado acento investigador. En el ejercicio de una profesión que engrandecen conjugan la erudición con una pasión desmedida por desentrañar las claves y aflorar los detalles ocultos de los hechos, acontecimientos y vivencias que, a lo largo de los siglos, han forjado la Málaga del presente. Su profundo conocimiento y su elevado rigor sólo rivalizan con su capacidad para transmitir el relato de lo acaecido de una manera inteligible, cercana e intimista.

Los lectores del Diario SUR tuvieron la fortuna de combatir los rigores del estío de los años 2019 y 2020 con las sucesivas entregas de relatos históricos independientes escritos, individualmente, por dichos autores. Ahora, en este libro, son un centenar las piezas que componen una obra quizás un tanto inopinada y que, por este motivo, adquiere una dimensión insospechada. Su edición viene a colmar el deseo de aquellos lectores dosificados, ansiosos por disponer, en un formato integral y duradero, de lo que, de otro modo, en un soporte más efímero, quedaba sometido a la implacable ley de la actualidad diaria, y al riesgo de la no completitud. Son, en efecto, cien los eslabones que, carentes de un guion preestablecido, dotados cada uno de ellos de vida propia, componen sorprendentemente, pese a ello, un conjunto armónico y sugerente, capaz de llevarnos por un recorrido inusitado, en el que podemos descubrir facetas y detalles asombrosos, a lo largo del devenir histórico de la ciudad de Málaga y su provincia.

Hay un tiempo y un lugar para el estudio de la historia desde una perspectiva académica; pero también otros para transmitir la esencia de los episodios que la han conformado, de forma amigable y amena. Es una faceta de gran importancia, como fórmula imprescindible para que el conocimiento histórico pueda extenderse y llegar al conjunto de la población. Se trata de una labor de gran interés social en la que destacan los profesores Alonso y Heredia.

El objetivo de promover la difusión del conocimiento en el ámbito de la Economía y de otras ciencias sociales fue la base de la constitución del Instituto Econospérides, hoy situado bajo el paraguas de Edufinet. Uno de los proyectos puestos en marcha al amparo de dicho Instituto, el “Proyecto Mlk”, busca recuperar la senda histórica de la ciudad de Málaga a través de las huellas de las empresas hoy ausentes del paisaje urbano. “Málaga a la sombra de la Historia” aporta una amplia y documentada visión con vistas a ese propósito, muestra cómo ha ido evolucionando el entorno económico y social de la capital y la provincia, permite vislumbrar los rasgos básicos de la idiosincrasia malacitana, e identifica los factores clave que han marcado su rumbo, y posibilitado un avance y un progreso que, hace tan sólo unas décadas, no se daban por descontados. En consecuencia, desde Edufinet y Edufiemp, su programa específico orientado a empresarios y emprendedores, no podía dejarse de respaldar la referida iniciativa editorial, máxime cuando, en un ejercicio de altruismo, los autores pretenden con ella contribuir a la reconstrucción de la Librería Proteo, todo un símbolo de la cultura malagueña contemporánea.

El libro adopta como título el de la sección del Diario SUR que acogió originariamente las colaboraciones. Sin duda, éstas desempeñaron eficazmente la misión asignada, pero eso no impide constatar una cierta paradoja en esa denominación, por cuanto mucha es la luz que aportan sobre el pasado de la ciudad de Málaga y su provincia. Mucha la ayuda que nos prestan para entender mejor lo que hoy somos.

José M. Domínguez Martínez

Director del Proyecto Edufinet




24 de marzo de 2020

El destino de las empresas zombis


Recientemente han aparecido dos obras muy significativas acerca del empresariado y de la propia historia económica y social de la ciudad de Málaga, “Comercios históricos malagueños”, y “Comercios malagueños que dejaron huella”, ambas de Fernando Alonso González. Cada una se centra en un colectivo específico: la primera acoge comercios tradicionales subsistentes; la segunda, una muestra de los que, desafortunadamente, ya no forman parte del panorama económico malacitano. El primer grupo -aunque deja abierta la puerta a incorporaciones- acusa una tendencia menguante, mientras que el segundo acumula nuevos registros a costa del primero.

A las personas de mi generación, que fuimos niños en los lejanos años sesenta, nos invade indefectiblemente una sensación de tristeza cuando constatamos cómo han ido desapareciendo referencias emblemáticas que ayudaron a forjar la Málaga del presente. Y es también cuando apreciamos, desde la distancia, la relevancia de un amplio número de proyectos empresariales que alumbraron una época y que, ciertamente, dejaron huella. Huella que, gracias a contribuciones como la de Fernando Alonso, no ha de perderse.

La próxima edición de la segunda de las obras mencionadas incluirá comercios tradicionales que, por distintas razones, no hayan conseguido alargar el curso de su existencia. Algunos lo habrán intentado pero sin poder resistir el embate de los modernos paradigmas. Puede que sea un signo ineludible de una especie de evolución darwiniana o una manifestación de la dinámica schumpeteriana, pero, cuando un comercio señero echa el cierre definitivo, la ciudad pierde un trozo de su alma y, con ello, se esfuma también una parte de nuestras vivencias.

Desde hace algunos años, los economistas han acuñado la expresión “empresa zombi”, para hacer referencia a corporaciones que, a duras penas, se mantienen operativas en el mercado. Los analistas llaman la atención en el sentido de que, después de una década de políticas expansivas de los bancos centrales, que han inyectado ingentes cantidades de liquidez, ahora hay un número mayor de ellas. Y, según Robert Armstrong (Financial Times, 5-2-2020), “pueden estar devorando los cerebros del mundo corporativo”.

Existen diversos criterios para catalogar una empresa como “zombi”. El más extendido es el de la falta de rentabilidad a lo largo de un período extendido, especialmente si no tiene capacidad para atender los costes del servicio de la deuda a partir de los beneficios corrientes.

En un estudio del Banco de Basilea (Ryan Banerjee y Boris Hofmann), basado en el examen de compañías cotizadas de 14 economías avanzadas, se obtiene que la proporción de “empresas zombis” ha aumentado, en promedio, desde un 2%, a finales de los años ochenta, a un 12% en 2016. También ha aumentado muy llamativamente la probabilidad de seguir siendo una empresa de esas características, desde el 3% al 85%.

En el mismo estudio se concluye que las “empresas zombis” tienen unos menores niveles de productividad, de inversión y de crecimiento del empleo que sus homólogas “plenamente vivas”. Son las supervivientes de una devastación, gracias a la política monetaria acomodaticia y a unos tipos de interés ultrarreducidos. Tal vez éstos se mantengan así durante mucho tiempo, pero eso no impide que algunos analistas alerten acerca del posible estallido de la burbuja de las “compañías zombis”. Para el editorialista jefe del Financial Times, “corresponde a los inversores proteger sus compañías del virus zombi… El más aterrador efecto colateral de la política de los bancos centrales pueden no ser las compañías zombis, sino más bien los inversores zombis”, que, según él, no exigen que los ejecutivos adopten decisiones difíciles, en vez de dejarse arrastrar hacia un estado letárgico.

A pesar de todo ello, ojalá, antes de una desaparición irreversible, algunas empresas pudieran continuar algún tiempo en ese estado, a la espera de alguna solución viable. En los complicados tiempos que nos ha tocado vivir, lograr el estatus de “empresa zombi” puede llegar a ser un hito. Tal vez haya que reinventar la taxonomía empresarial, y también la de los virus.

(Artículo publicado en el diario “Sur”, con fecha 24 de marzo de 2020)

22 de enero de 2020

“Comercios malagueños que dejaron huella”, de Fernando Alonso González


Hoy, día 22 de enero de 2020, ha tenido lugar en Málaga la presentación pública de la obra “Comercios malagueños que dejaron huella” (ediciones del Genal, 2019), escrita por Fernando Alonso González, y que cuenta con la colaboración de Jorge Alonso Oliva.

El acto se ha celebrado en un lugar emblemático, con una elevada carga simbólica, el salón de actos de Unicaja Banco en Plaza de la Marina. El salón pertenece a esa entidad financiera, a un establecimiento comercial que se instaló en Málaga a mediados del siglo veinte y que, después de muchas transformaciones, sigue abierto al público. Sin perjuicio de ello, en realidad dicho espacio forma parte del acervo cultural de la ciudad de Málaga. En cierto modo, constituye también un pequeño museo silente, al acoger en sus paredes algunas obras pictóricas de destacados artistas del siglo diecinueve. Como la que, desde el techo, nos ilumina con espléndidas representaciones alegóricas surgidas de la misma mano maestra del autor de la icónica pintura inmortalizada en el Teatro Cervantes, “Alegoría de Málaga con su Puerto, Estación de Ferrocarril, la Agricultura, Industria y Comercio”, Bernardo Ferrándiz. Una serie de circunstancias hacían de la sala un entorno bastante propicio para la presentación de un libro de esa naturaleza.

A lo largo de treinta años, he asistido a numerosas presentaciones de libros, informes y estudios en ese salón, cuyos balcones miran al Puerto. Pero he de reconocer que la obra de Fernando Alonso resulta especialmente entrañable para los malagueños de mi generación, toda vez recoge un retrato imprescindible, en perspectiva histórica, de la añorada Málaga comercial que vivimos en nuestra infancia, lejana infancia, hacia finales de los años cincuenta y a lo largo de los sesenta del pasado siglo.

Aparte de la inevitable dosis de nostalgia, al revivir episodios que se alojan recónditamente en la memoria, la lectura del libro sirve también para tomar conciencia de la extraordinaria y meritoria base empresarial que tenía la ciudad, en una época plagada de dificultades y en la que apenas comenzaba a salirse de la autarquía económica.

Fruto de la experiencia y de las vivencias personales, varios son los elementos que, en mi opinión, conformaban el denominador común de aquellos ilustres comerciantes: ante todo, como epítome, su categoría, acompañada de atributos como la eficacia, la calidad, la profesionalidad, la disposición y la capacidad de atender cualquier necesidad, la vocación de servicio, la exquisitez en el trato, el sello de distinción, y el orgullo de marca. Eran, en suma, un magnífico exponente del espíritu emprendedor y de la laboriosidad de los malagueños y de otras personas que eligieron instalarse en nuestro municipio para desarrollar su actividad.

Su desaparición, motivada por causas muy diversas, supuso una pérdida irreparable y una descapitalización en toda regla, con efectos colaterales para la vida en el centro de la ciudad que el autor describe, con un tono de amargura, en el prefacio de la obra.

Recuperar, significar y preservar su memoria es una forma de comenzar a atender la enorme deuda de gratitud con ellos contraída.

La obra de Fernando Alonso viene así a cubrir un hueco esencial en ese sentido, aportando un estudio encomiable, aún más apreciable teniendo en cuenta la juventud del autor. En ese empeño, aunque más modestamente, coincidimos con la puesta en marcha de un proyecto incipiente, el proyecto Mlk, también dirigido a tratar de que no se pierda la huella de las empresas, proyecto en el que ya hemos contado con una docta contribución del propio Fernando Alonso.

Considero que la obra de referencia contiene un valioso repertorio de trayectorias comerciales en su contexto histórico, y permite poner de relieve el valor de una serie de compañías cuya verdadera trascendencia, de lo contrario, podría pasar desapercibida.

También representa una invitación a la reflexión sobre el devenir de la vida en la ciudad, en una época de cambios de paradigmas económicos y sociales.

Por otro lado, la historia de los 24 comercios desaparecidos glosados en el libro encuentra un perfecto complemento en las emotivas evocaciones escritas por Jorge Alonso Oliva, que vienen a añadir connotaciones sentimentales.

A raíz de todo ello, como antes señalaba, para personas de mi generación es difícil no evocar un cúmulo de imágenes de una época ya muy lejana. Ciertamente, entre otras muchas, recuerdo, como se recoge en la obra, el acontecimiento social que supuso la llegada a Málaga de la primera escalera mecánica, en los almacenes Félix Sáenz; la sorpresa que me producía la diversidad de la oferta que, en unos tiempos de escasez y austeridad, podía encontrarse en Álvarez Fonseca o Gómez Raggio; la magia incomparable de la librería Denis, donde primero, siendo un niño, acudía a comprar novelas de Julio Verne o Enid Blyton, luego los libros para el Instituto, más tarde los manuales de la Facultad y, finalmente, textos para preparar las clases o los trabajos de investigación en mi primera etapa como profesor universitario; la calidad suprema y la excelencia en el servicio de Los Alpes; o el ambiente bohemio de la Buena Sombra, cuyo salón marcaba el umbral de la adolescencia.

En definitiva, creo que debemos felicitar a Fernando Alonso y Jorge Alonso por tan magnífica obra, e instarles a que prosigan en esa senda narrativa de los comercios malagueños y de su entorno.

Y, aunque pueda parecer muy utópico, ojalá que haya comercios que puedan desafiar el destino implacable que el autor atribuye a todas las empresas en su condición de seres vivos, a los que, tarde o temprano, llega su hora final. Tal vez el caso de las empresas integrantes de clubes de Inglaterra o Francia en los que, para acceder, hay que acreditar una antigüedad de más de 200 o 300 años sea un ejemplo estimulante, y no digamos el de las empresas japonesas, aún operativas hoy, procedentes de los siglos VI y VIII de nuestra era.

En cualquier caso, sólo cabe esperar y desear que la serie de los “Comercios históricos malagueños” -anterior publicación de Fernando Alonso centrada en firmas subsistentes (en el momento de la edición)- aglutine más entradas que la serie de los que desaparecen, aunque sea necesario ir completando el inventario.

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