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3 de agosto de 2024

Thrillers fallidos, expectativas defraudadas

 

Deambular por el sendero de El Parque, paralelo al Paseo de los Curas, y, de vez en cuando, perderse por alguno de sus vericuetos, es uno de los mejores escenarios, al alcance de la mano, a los que uno puede acudir para disfrutar de unos momentos de sosiego y quietud. Sobre todo, si quiere reencontrarse con algunas de las mejores vivencias de la infancia o la adolescencia. En una de esas breves incursiones estaba, no hace mucho, cuando, de los aledaños del recinto musical, emergió la inconfundible figura de Arsenio, a quien no veía desde nuestro último encuentro en la Facultad. En esta ocasión, no sé si su aparición era fruto del azar o de alguna de sus pesquisas inherentes a sus inclinaciones detectivescas.

Como no podía ser de otra forma, aprovechó la oportunidad para exponerme su punto de vista sobre el panorama actual de la novela de intriga. Según él, asistimos hoy día a una inflación desbordada de títulos -que desafían los cánones de la rentabilidad económica-, en paralelo a un patente deterioro de la calidad literaria y del interés de las historias narradas. Es algo que, al no tener una mínima capacidad de seguimiento, ni directo ni indirecto, no estoy en condiciones de corroborar, aunque sí de asombrarme de la enorme ampliación de la oferta editorial.

De los comentarios del lector impenitente destaca por su negatividad el relativo a la última novela de Terry Hayes, autor del best seller “Soy Pilgrin”. Recuerdo haber leído, hace algunos años, ese libro, ciertamente trepidante en cuanto a ritmo, aunque fantasioso y extravagante en algunos episodios que se antojaban desmedidos incluso para un texto de esa naturaleza. Era muy esperada una nueva entrega de ese autor, que, por fin, ha tenido lugar hace poco en su versión española con “El año de la langosta”. Le confesé a Arsenio que lo había comprado con la intención de buscar alguna evasión con la que combatir el calor agosteño y contrarrestar el peso de la "literatura no de ficción". Su recomendación, sin embargo, fue claramente desestimulante, pues, según él, pese a las altas expectativas que pueden albergarse al iniciar su lectura, no puede sino catalogarse como una pifia total. Aunque se resistió a hacer un spoiler integral, no pudo dejar de decir que, después de muchos prolegómenos y algún que otro viaje en el tiempo, la obra abocaba a una completa alucinación. Preguntado por qué, no quiso revelar más detalles, con lo que, involuntariamente, introdujo un elemento de intriga adicional.

Tampoco salía muy bien parado de su rápido repaso John Connolly, cuyo último libro, titulado “Las furias”, recoge realmente dos relatos diferenciados, el primero dedicado a las extrañas hermanas Strange. En la historia, la numismática tiene un sitio destacado, pero parece claro que las monedas connollianas han entrado en una fase de devaluación que no se sabe si podrá ser frenada. Tampoco  por qué algunas editoriales optan por prácticas como las de denominar el todo por el nombre de una parte, reeditar un libro cambiando la portada bajo la apariencia de nuevos contenidos, o publicar libros consistentes simplemente en la reproducción de un capítulo de una obra. Todo ello sin advertencia alguna.

Aproveché la conversación para preguntar por “La luz del norte”, novela de Hideo Yokoyama, que me han regalado recientemente. Es Yokoyama el autor de la exitosa “Seis Cuatro”. Arsenio se limitó a decirme que tal vez podría instituirse un premio literario dirigido a los lectores, asignando el galardón entre aquellos capaces de completar la lectura de una obra seleccionada y, sobre todo, sin perder la paciencia. Sin darme más explicaciones, se retiró de manera un tanto precipitada, pues debía acudir a una tertulia literaria.

Pocos días después, alguien muy versado en textos de ensayo, me recomendó la lectura de "Superabundancia", en la que se sostiene la tesis de que, a medida que crece la población, los recursos disponibles no escasean. Se trata de una posición desafiante, que apunta a la línea de flotación de la misma concepción de la Economía. Al menos sí puede afirmarse que la tesis, y, especialmente, el título, se ajustan como anillo al dedo a la oferta de novela (supuestamente) de intriga.



30 de marzo de 2024

Cuando el cine supera a la literatura

 

Es una de las decepciones más frustrantes que puede sufrir un lector. Inesperadamente, descubre una proyección cinematográfica que lo cautiva. El entusiasmo y la expectación crecen cuando se entera de que la historia que ha visto en la pantalla tiene su origen en una obra literaria. El razonamiento no se hace esperar. Si la traslación cinematográfica es magnífica, cómo debe de serlo el texto original. Qué mejor indicio para adentrarse en la lectura de un libro que un aval, ya comprobado, de un relato necesariamente comprimido y sujeto a inevitables limitaciones.

Por fin, tiene el libro entre sus manos y da inicio a lo que se espera como una aventura apasionante. ¿Habrá habido alguna confusión?, se pregunta, confundido, a medida que avanzan las páginas y se agranda el abismo entre la expectativa y la inamovible realidad de la letra impresa. Aturdido, se ve incapaz de encontrar una explicación lógica. Es entonces cuando empieza a tomar conciencia de la eficacia de un buen guion cinematográfico y de los atributos inherentes a la gran pantalla. El cine se muestra como una criatura capaz de derrotar en toda regla a la literatura. La percepción quizás podría haber si otra, de no haber contado con el antecedente visual, pero ya no hay remedio.

Respecto al autor de algunas obras de intriga ponderadas en este mismo espacio, incluso con entregas distintas, sin tales antecedentes, la experiencia ha sido reiterada en ese sentido. Pero también se ha dado, eso sí, con el sesgo de la grandiosidad de las producciones cinematográficas, con novelas de reputados novelistas del siglo XIX.

Nada de eso ocurre, sin embargo, con la protagonizada por un famoso hidalgo. Sus páginas incorruptibles siguen ofreciendo un refugio sin igual.



9 de octubre de 2023

Gratitud por honores inmerecidos

 

Apenas me acordaba, pero en una época ya muy lejana, allá por mediados de los años setenta, surgió en Málaga un pequeño colectivo informal al que alguien bautizó como “GPS”, nombre inspirado en una barriada para la que el Monte Coronado es una emotiva referencia visual. Era algo más que un simple grupo juvenil; era tal vez una cuestión de coincidencia generacional o incluso genética, de identificación con el encumbramiento del arte y la cultura. La pertenencia a aquel grupo marcó en buena medida la trayectoria de sus integrantes y de otras personas allegadas. Con el paso del tiempo, el colectivo se fue desdibujando en cuanto a su actividad de carácter presencial, no así respecto a su rango formal, que nunca tuvo, pero su espíritu y los lazos afectivos siempre se mantuvieron vivos.

Eran sus artífices dos artistas irreductibles, dos apasionados ensayistas contagiados por un impulso irrefrenable para la creación y la innovación, que se resistían fieramente a claudicar ante los moldes y los corsés de la corrección estilística. Uno en el mundo de la música, otro en el de la literatura; ambos en la mixtura creativa. Ninguno tuvo nunca un camino fácil, ni para haber llegado hasta allí, ni a partir de entonces, pero ninguno abandonó su empeño ni se dejó amedrentar por las inclemencias del tiempo.

Medio siglo ha pasado desde aquellas fechas en las que todavía era un ilusionado e ingenuo teenager. A lo largo de ese período se ha mantenido imperturbable su pasión desmedida, los obstáculos no han sido pequeños, pero ahí está el fruto de su quehacer. Puede que no hayan conquistado las cimas del mercado, que sus obras no encabecen las listas de best sellers ni copen los programas de las mejores salas de conciertos, mas la originalidad de sus creaciones los lleva a descollar en las cotas de autenticidad, en la experimentación de nuevos estilos y técnicas, y en la apertura de nuevos horizontes musicales y literarios. Arte ardiente desde las entrañas, sin túnicas sagradas ni redes de seguridad. El arte y la creación como valores absolutos.

Dentro de aquel pequeño grupo, mi única cualidad reconocida era la de admirador del arte y la cultura. Claro que hubiese preferido situarme en el lado creativo, pero, al fin y al cabo, tampoco me puedo quejar. Es aquel un don no desdeñable, que tiende a acrecentarse con los años. Ahora, este año escrito y descrito con renglones torcidos me encuentro con dos inesperados regalos, con dos dedicatorias tan inmerecidas como sumamente apreciadas, en una y otra esfera, musical y literaria, de los dos “artistas con denominación de origen GPS”: la obra musical “Málaga la bella”, compuesta por Rafael Díaz, y la obra literaria “Azul griego”, escrita por Juan Ceyles.

Abrumado por tan grande honor, recuerdo la imagen de la caída del sol tras la cima del Monte Coronado. Eran tardes de primavera, cuando volvía del colegio. Entonces me preguntaba qué me depararía el futuro, pero hoy no encuentro el rastro de los sueños infantiles.

21 de agosto de 2023

Innovaciones fiscales antiguas: impuestos en el reino de Balnibarbi

 

“Oí un acalorado debate entre dos profesores que discutían los caminos y procedimientos más cómodos y eficaces para allegar recursos de dinero sin oprimir a los súbditos”.

Un debate como ese no conoce límite. La meta es como una especie de trabajo de Hércules que no tiene fin; forma parte, desde hace siglos, del sino de la humanidad, y todo apunta a que seguirá así en los años venideros. A través de la historia, la imaginación fiscal se ha mostrado con grandes dosis de fertilidad, aunque no siempre las figuras planteadas han presentado un suficiente potencial recaudatorio y, en ocasiones, ni siquiera superaban los estándares mínimos de la coherencia. En cualquier caso, siempre es de interés, por uno u otro motivo, detenerse en las propuestas realizadas, en los más diversos ámbitos, para construir un buen sistema fiscal o abordar situaciones específicas dentro de éste. Las cuestiones relacionadas con los impuestos, de manera explícita o implícita, están presentes en la literatura.

La obra “Los viajes de Gulliver”, publicada en 1726, no se aparta de dicha pauta. Quien oía ese “acalorado debate” era el personaje de los relatos de Jonathan Swift. Como señala Enrique Ossorio Crespo, “realmente, no se trataba de un cuento infantil sino de una sátira fantástica sobre la sociedad inglesa de los inicios del siglo XVIII. Entre las curiosidades que Gulliver observó en aquellos lejanos países se encontraban dos sistemas impositivos que propugnaban unos extravagantes sabios del reino de Balnibarbi”[1].

Para uno de ellos, “el método más justo era establecer un impuesto sobre los vicios y la necedad, debiendo fijar, según los medios más perfectos, la cantidad por que cada uno hubiera de contribuir un jurado de sus vecinos”.

En cambio, el segundo “quería imponer tributo a aquellas cualidades del cuerpo y de la inteligencia en las cuales basan principalmente los hombres su valor; la cuota sería mayor o menor, según los grados de superioridad, y su determinación quedaría por entero a la conciencia de cada uno. El impuesto más alto pesaría sobre los hombres que se ven particularmente favorecidos por el sexo contrario, y la tasa estaría de acuerdo con el número y la naturaleza de los favores que hubiesen recibido, lo que los interesados mismos serían llamados a atestiguar. El talento, el valor y la cortesía debían ser asimismo fuertemente gravados, y el cobro, igualmente fundado en la palabra que diese cada persona respecto de la cantidad que poseyera. Pero el honor, la justicia, la prudencia y el estudio no habían de ser gravados en absoluto, pues son cualidades de índole tan singular, que nadie se las reconoce a su vecino ni en sí mismo las estima”.

Respecto a las mujeres, proponía que “contribuyeran según su belleza y su gracia para vestir; para lo cual, como con los hombres se hacía, tendrían el privilegio de ser clasificadas según su criterio propio”.

Y no falta un cierto sentido de pragmatismo, toda vez que propugnaba no gravar “la constancia, la castidad, la bondad ni el buen sentido, porque no compensarían el gasto de la recaudación”[2].

Pero, como ilustra E. Ossorio, a través de esta propuesta fiscal, “el sacerdote anglicano que fue Jonathan Swift criticaba a la sociedad de su época, por boca del sabio de Balnibarbi, afirmando que en ningún caso el impuesto debía girar sobre el honor, la justicia, la prudencia, la castidad, el estudio o el buen sentido, a la vista de que, en este caso, la escasez de estas virtudes entre los humanos originaría que las arcas del Estado permanecieran permanentemente vacías”.

No obstante, si la preocupación fuera sólo la de los costes administrativos, éstos podrían obviarse instaurando un “impuesto-sombra” de cumplimentación voluntaria en el que cada persona se autoevaluara en cada uno de los aspectos seleccionados. Incluso podría considerarse exigir cuotas y otorgar a las abonadas el carácter de gasto deducible limitado en la declaración del impuesto personal sobre la renta. La exhibición de los atributos tendría un coste impositivo, pero también, al mismo tiempo, sería un indicador apriorístico de su posible existencia. Si, según Swift, eran virtudes tan escasas a comienzos del siglo XVIII, ¿qué opinaría del panorama existente trescientos años después? ¿Cuál sería hoy, en promedio individual, la materia imponible basada en esos valiosos atributos?





[1] “Así fueron… los viajes de Gulliver”, La ventana de la Agencia, Agencia Tributaria, Portal de Educación Cívico-Tributaria.

[2] Jonathan Swift, “Viajes de Gulliver”, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.


21 de enero de 2023

¿Escritor vs escribidor?

 

Hay algunos vocablos que, al leerlos o al oírlos, nos dejan sumidos, si no en un mar de dudas, sí que atrapados en alguna que otra laguna. El de escribidor es uno de esos vocablos. La consulta al Diccionario de la Lengua Española no resulta extremadamente clarificadora, a tenor de las tres acepciones expuestas [“Escritor prolífico”; “escritor” (irónicamente); “mal escritor” (coloquial desusado)].

La opinión autorizada de un escritor de la talla de Mario Vargas Llosa, que precisamente lo utiliza en el título de una de sus obras (“La tía Julia y el escribidor”), es bastante ilustrativa: “La mayoría de las veces he usado la palabra ‘escribidor’ como sinónimo de escritor y no de manera irónica ni peyorativa. Pero algunas veces sí, como en el caso de Pedro Camacho, el autor de radionovelas”[1].

En el ensayo “Del folletín al arte serio”[2], el escritor peruano efectúa una distinción entre “un escritor serio” y “un buen escribidor de culebrones”. El primero “es aquel que puede distorsionar la realidad a partir de una obsesión o creencia personal y presentar esa distorsión de una manera tan convincente que el lector la percibe como una descripción objetiva del mundo real”. A su vez, el segundo “también distorsiona la realidad, pero no a partir de una obsesión o visión personal, sino de los estereotipos establecidos socialmente”.

Tal vez haya palabras que, pese a las tendencias oficialmente constatadas, no puedan desprenderse de una cierta connotación de ambigüedad. ¿Cómo debería sentirse un supuesto escritor si el autor de “Travesuras de la niña mala” se dirige a él y le dice que lo considera un “buen escribidor”?

 




[1] Vid. José Lázaro, “Introducción”, a Mario Vargas Llosa, “La realidad de un escritor”. Triacastela, Madrid, 2020, pág. 15.

[2] Recogido en “La realidad de un escritor”, op. cit.

27 de agosto de 2022

La multifuncionalidad de la literatura romántica victoriana

 

En los anaqueles de los libros olvidados debe siempre haber un sitio reservado para las obras de la literatura romántica victoriana. En una etapa marcada por incesantes convulsiones y turbulencias, su lectura ofrece un remanso de paz y sosiego, la oportunidad de un traslado instantáneo a otra época y a otros patrones de pensamiento y conducta. En ella nos encontramos historias arrebatadoras en las que no faltan dosis de intriga y misterio, además de ser una fuente muy apreciada para captar las desigualdades sociales existentes, y tasar en términos económicos la posición de demandantes y oferentes de proposiciones matrimoniales. También, en no pocas ocasiones, interesantes reflexiones filosóficas relativas a conductas que se mantienen incólumes al paso del tiempo.

Una de esas piezas la hallamos en un corto relato de William M. Thackeray, el afamado autor de “La feria de las vanidades”. En “La mujer de Dennis Haggarty” recoge la siguiente digresión al hilo de la descripción de uno de los personajes[1]: “En algunas personas hay cierta cualidad que va más allá de cualquier consejo, orientación o enmienda. Limítense a dejar que un hombre o una mujer tengan la NECEDAD suficiente y no necesitarán inclinarse ante ninguna autoridad. Para un necio no hay nadie mejor que él; un necio es incapaz de ver que está equivocado; un necio carece de escrúpulos, está seguro de gustar, de tener éxito, de obrar correctamente; los sentimientos ajenos le son indiferentes, sólo se respeta a sí mismo. ¿Cómo hacerle comprender a un torpe su torpeza? Una persona así es tan incapaz de ver su necedad como sus orejas. Y la gran virtud de un necio es estar siempre satisfecho de sí mismo”.

¿Qué cabe decir o hacer después de semejantes manifestaciones y veredictos?





[1] En “Cuentos de amor victorianos”, selección y traducción de Marta Salís, Alba Editorial, 2004 (la palabra en mayúsculas aparece así recogida en el texto original).

14 de agosto de 2022

Sueños de escritor

 

El sol caía a plomo a primera hora de la tarde. Protegido por la sombra del jardín, fascinado por el rumor del agua en la fuente, Evaristo pensaba que, por fin, había encontrado el lugar de sus sueños, el santuario de su retiro. Al fondo, al poniente, la montaña se elevaba imponente, coronada por filas de árboles de hoja perenne. En su entorno, la paz de los campos parecía extenderse sin límites. Una pequeña rana apareció de repente, y Evaristo, sin saber cómo, se vio con ella en su mano. Aunque recordaba la canción de Serrat, no pudo evitar la tentación y la acercó a sus labios. Reparó en que había retornado el sonido de las chicharras, y que el tiempo adquiría otra cadencia.

Instalado en su nuevo hábitat, ahora, día a día, veía cómo fluían espontáneamente las palabras dando forma a creaciones que durante mucho tiempo estuvieron apresadas en una crisálida inexpugnable. Había llegado la hora de su consagración como escritor y del reconocimiento largamente esperado.

Cuando se despertó, creyó oír la voz de Roberto que le recordaba que la estancia en su paraíso soñado estaba a punto de terminar, y que tenía por delante un largo viaje. Confundido, buscó la imagen de la rana, que no veía a su alrededor. Quedó aterrorizado cuando, en su lugar, vio un inmenso insecto de aspecto amenazante que había permanecido confundido entre la hierba. Trató de huir, pero ya era demasiado tarde. La agresora, de igual tamaño que el que él tenía en su nuevo estado, se disponía a dar su golpe mortal.

En el jardín, aún pudo oír la voz de Roberto que lo llamaba insistentemente.



1 de julio de 2022

Cuando el pájaro vuela bajo

 

Hacía tiempo que no salía a pasear por el barrio. Pero me dio la impresión de que estaba al acecho. Ni siquiera había llegado al parque en miniatura que ahora se ofrece como refugio momentáneo cuando, sin poder saber de dónde había surgido, reclamaba mi atención mostrándome el ejemplar de un libro con la inequívoca apariencia de las novelas que protagoniza Bird. Ya te lo advertía, el deterioro es acusado y creciente. Esta vez, ni se te ocurra comprar esta enésima entrega, ni, mucho menos, leerla. Leí lo que la última vez que hablamos escribías en tu blog acerca del coste de oportunidad de la lectura de un libro, y, puedo asegurarte, que, en este caso, sería bastante elevado[1].

Así de contundente se expresaba Arsenio, que, a todas luces, había recuperado su entusiasmo y su ímpetu aleccionador como versado lector de novelas policíacas. Dado que los prolegómenos no parecían ser muy necesarios, a pesar del tiempo transcurrido desde nuestro último encuentro, fuimos directos al grano. Le agradecí el consejo, aunque, como otras veces, no había podido resistir la tentación de hacerme con el último producto de la prolífica factoría de John Connolly, aunque sin haber abierto aún sus páginas. Pese a todo, el autor de historias tan impactantes merecía otra oportunidad.

Eso es lo que pensaba hasta oír el juicio de Arsenio, auténtico devorador de thrillers. Hay novelas que hacen realidad el tópico de que atrapan al lector desde la primera página, me decía. Algunas de las escritas por Connolly entran dentro de esa categoría. En contraposición, hay otros textos que, ya desde su arranque, invitan al lector a renunciar a su empeño. A medida que avanzan las páginas, los méritos para esa inclinación no dejan de acrecentarse. “En lo más profundo del Sur” es, según el ávido lector, un ejemplo paradigmático al respecto.

No sé si será cierto. Tan rotundo dictamen es, en sí mismo, un aliciente para iniciar una incursión exploratoria. Y, de hecho, no sé cual es la verdadera intención de alguien tan dado a los enigmas. De momento, tal vez es oportuno no aventurarse, y puede ser una buena ocasión para retomar el curso de la fatigosa -en horas nocturnas- lectura de “El Enigma de las Arenas”, de Robert Erskine Childers, tan altamente ponderada por Arturo Pérez-Reverte, y que marca una cima en la descripción de la pericia en el arte de la navegación.



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