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2 de marzo de 2024

Un manifiesto capitalista con raíces en el Manifiesto Comunista

 

Puede resultar paradójico, pero la tesis central que Johan Norberg sostiene en “The Capitalist Manifesto: why the global free market will save the world” (Atlantis Books, 2023; publicado en español en 2024) se inspira en una constatación que Marx y Engels recogían, en 1848, en el Manifiesto Comunista: “la burguesía ha creado fuerzas productivas más masivas y colosales que todas las generaciones pasadas juntas”, tras haber dejado sentado que “La gran industria ha creado el mercado mundial, que fue preparado por el descubrimiento de América. El mercado mundial ha impulsado una evolución inconmensurable del comercio, de la navegación, de las comunicaciones terrestres”.

Según Norberg, escritor e historiador sueco, “Marx y Engels se dieron cuenta mucho mejor que los socialistas de hoy día de que el libre mercado es una formidable fuerza progresista”, aunque “no supieron predecir que el capitalismo también extendería esta prosperidad dentro de y entre las naciones”.

Tampoco causa indiferencia su aseveración de que, a pesar de los difíciles años que se han vivido en las dos últimas décadas, plagados de perturbaciones económicas, pandemias y guerras, “en términos de bienestar humano, han sido los mejores veinte años en la historia de la humanidad”. En el libro se desarrollan argumentos teóricos para explicar las tendencias económicas y las percepciones sociales, que se complementan con una amplia batería de datos, lo que posibilita la comparación de distintos sistemas económicos. Así, se recoge que, entre los años 2000 y 2022, la pobreza extrema ha disminuido en una forma que no se había conocido anteriormente. En su opinión, es difícil imaginar una prueba más contundente, de que el progreso depende de una sociedad y de una economía abiertas, que la experiencia del confinamiento global vivido con motivo de la pandemia del coronavirus.

La esencia del capitalismo del libre mercado radica en que es un sistema que traslada la gestión y el control de la economía a miles de millones de consumidores independientes, empresarios, y trabajadores, permitiéndoles tomar sus propias decisiones sobre lo que creen que mejora sus vidas. A este respecto, reflexiona en torno a la experiencia de una mayoría de países africanos que, en los años sesenta del siglo pasado, eran más ricos y crecían más que algunos países asiáticos. Señala casos en los que la pobreza no deriva de una carencia de condiciones económicas favorables, sino de una falta de libertad. Asimismo, se apoya en las etapas del socialismo identificadas por Kristian Niemietz para analizar la evolución de países como Venezuela: “luna de miel”, “excusas”, y “esto no era el socialismo real”. Particularmente interesante es el análisis de la evolución de China.

Siguiendo la estela de algunas obras ya clásicas, describe en detalle toda la magia que hay detrás de poder disfrutar de una taza de café, acto que depende de una infinidad de decisiones, operaciones y transacciones dentro de una cadena que enlaza zonas remotas del mundo, sin recurrir a ningún tipo de planificación superior ni establecer una organización previa. Enemigo declarado del proteccionismo, considera que es imposible centralizar todo el conocimiento, que está sujeto a un cambio continuo. En un escenario en el que hay que afrontar sucesivos retos y obstáculos, ensalza la figura del empresario, que adquiere un carácter heroico.

En su análisis de la desigualdad, entiende que ésta puede ser positiva siempre que surja como consecuencia de que a una persona se le ocurra algo que haga que mejore la vida de los demás. Llama la atención en el sentido de que, por primera vez en la historia, la desigualdad en términos dinerarios no es la misma que la desigualad en el acceso a bienes y servicios, que antes sólo estaban a disposición de las élites. Menciona igualmente algunas situaciones paradójicas sobre la existencia de grandes corporaciones que dan lugar a aumentos de la productividad y a precios más bajos. La mejor política antimonopolio es, para él, el comercio libre y la apertura de los mercados. Consciente de los problemas medioambientales, sostiene que el “decrecimiento económico” sería lo peor que podríamos hacer por el mundo y por el clima.

Trazando un paralelismo con la conocida actuación de un emperador romano en un certamen de intérpretes musicales, en el que otorgó el galardón a un concursante sin haberle visto actuar, Norberg proclama que “el capitalismo ha significado el mayor progreso social y económico que la humanidad ha experimentado nunca”, a pesar de lo cual millones de personas lo rechazan, y le otorgan el premio al siguiente cantante, del que nunca han visto una interpretación.

El capitalismo global, asevera, necesita amigos, defensores y educadores. Lo cual, a la vista de la comparación de las corrientes dominantes en el ámbito de los medios de comunicación que hace poco destacaba The Economist, bastaría para calificarlo como “capitalista utópico”.

(Artículo publicado en el diario “Sur”)




20 de enero de 2024

Una defensa del capitalismo basada en el Manifiesto Comunista

 

Quizás sea la mejor manera de sintetizar el texto de Johan Norberg titulado “The Capitalist Manifesto: why the global free market will save the world” (Atlantis Books, 2023).

“En su dominio de clase, que cuenta apenas con un siglo de existencia [se afirma en el Manifiesto Comunista, de Marx y Engels], la burguesía ha creado fuerzas productivas más masivas y colosales que todas las generaciones pasadas juntas”, tras haber dejado sentado que “La gran industria ha creado el mercado mundial, que fue preparado por el descubrimiento de América. El mercado mundial ha impulsado una evolución inconmensurable del comercio, de la navegación, de las comunicaciones terrestres”.

Como documento dotado de abundantes argumentos teóricos, complementados con una amplia batería de datos, sobre la comparación de distintos sistemas económicos, la lectura de la obra del escritor e historiador sueco, quien, hace ya veinte años, hizo una defensa del capitalismo global, resulta de gran interés. Siempre que nos aproximemos a su lectura desprovistos, si no de sesgos -lo cual, en la práctica, es harto difícil-, sí al menos de dogmas preconcebidos.

Trazando un paralelismo con la conocida actuación de Nerón en un certamen de intérpretes musicales, Norberg proclama que “El capitalismo ha significado el mayor progreso social y económico que la humanidad ha experimentado nunca”, a pesar de lo cual millones de personas lo rechazan y le otorgan el premio al siguiente cantante del que nunca han visto una interpretación.

El capitalismo global, asevera en la última página del texto, necesita amigos, defensores y educadores. Lo cual bastaría para calificarlo como “capitalista utópico”.

“Marx y Engels se dieron cuenta mucho mejor que los socialistas de hoy día que el libre mercado es una formidable fuerza progresista”, señala al comienzo de la obra.



24 de diciembre de 2023

Cleopatra y Marco Antonio: más allá del romanticismo

 

Con la nada desdeñable ayuda de las grandes producciones hollywoodienses, la historia de amor entre Cleopatra y Marco Antonio se ha convertido en uno de los mitos del romanticismo más encumbrados de toda la historia de la humanidad. Raro es encontrar a una persona sensible que no lamente el trágico destino de esa pareja de mandatarios, especialmente al calor de las emociones que suscita la gran pantalla. Sin embargo, una vez que se incorpora a escena la perspectiva económica, apreciamos un cambio de percepciones, cabe suponer que con acusada división de opiniones.

Así es. Ciertamente, lo que no cambia es la contraposición de las visiones sobre el sistema económico ideal. Estatalismo frente a liberalismo siguen manteniendo la tensión entre las dos orillas del pensamiento económico. A este respecto, la pugna de Cleopatra y Marco Antonio con Octavio, rematada en la batalla de Accio, en el año 31 antes de Cristo, encubría connotaciones poco románticas, como son aquellas ligadas al funcionamiento del sistema económico. En 1934, el historiador F. Oertel señalaba que “la victoria de Augusto y la de Occidente significó, entonces, un rechazo de las tendencias hacia el capitalismo estatal y el socialismo estatal que podrían haber llegado a buen término… en caso de que Antonio y Cleopatra hubiesen resultado victoriosos”. En su lugar, “el principio de la empresa privada siguió siendo supremo”.



28 de agosto de 2023

El capitalismo, ¿ángel o demonio?

 

A pesar de las características intrínsecas de las ciencias sociales, no deja de ser sorprendente cómo una misma realidad económica puede dar lugar a interpretaciones tan divergentes. Las valoraciones sobre el sistema capitalista difieren, no ya acusadamente, sino de manera radical, irreconciliable, entre sus detractores y sus defensores. De uno y otro lado, los ensayos sobre el capitalismo no cesan de acumularse, con sucesivas entregas, en las librerías. Simplemente pretender hacer un seguimiento de todas las contribuciones, en libros y artículos, aparte de otros soportes, es una tarea que escapa a las posibilidades de un analista individual. Salvo, quizás, si ha consagrado toda una vida académica a ese empeño. No es este mi caso, que se ha limitado prácticamente a la recopilación de distintas referencias significativas, a la espera de la ocasión, que nunca ha llegado, de intentar ordenar ideas y hacer una sistematización, aunque sólo fuera, como tantas otras iniciativas, para uso propio.

En un viejo cuaderno de anotaciones, encuentro el índice tentativo de un posible trabajo que no llegó a arrancar: i) ¿cómo medir objetivamente el alcance una economía capitalista?, ¿qué indicadores objetivos deben utilizarse?, ¿cómo han evolucionado en el tiempo algunos países seleccionados con arreglo a dicha metodología?; ii) ¿qué indicadores deben utilizarse para juzgar la actuación de un sistema económico?; iii) ¿cuál ha sido la actuación de los países seleccionados?; iv) ¿cómo se compara con la de países no capitalistas?; v) ¿cuáles son las teorías más relevantes sobre la evolución del capitalismo, y en qué medida la realidad las ha reflejado?...

Mucho por analizar y estudiar, mientras la pregunta clave sigue desafiando: el capitalismo, ¿ángel o demonio?

27 de mayo de 2023

Ni siquiera el capitalismo cretáceo se libra de la controversia

 

Los brazos del capitalismo son muy alargados, pero no tanto como para retrotraerse a la era cretácea. Pero eso no impide, naturalmente, que ese para muchos voraz monstruo extienda también sus fauces para atrapar lo que queda de las criaturas que habitaron el planeta en aquella remota época. Las grandes fortunas se han lanzado a la adquisición de los esqueletos de dinosaurios. En 2020, los restos de un Tyrannosaurus Rex fueron vendidos en una subasta pública por la cifra de 31,8 millones de dólares, según recoge The Economist (“Cretaceous capitalism”, 20-5-2023). De acuerdo con la misma fuente, se han encendido las alarmas entre los paleontólogos, que temen que los museos y otras instituciones científicas queden expulsadas de un mercado a la medida de individuos que se reservarán en exclusiva los preciados hallazgos fósiles.

No obstante, el mencionado semanario, haciendo gala de su no siempre perceptible espíritu anclado en el liberalismo (europeo), considera que el antagonismo de los científicos hacia el comercio de fósiles está mal orientado. A su entender, un mercado de fósiles pujante puede llevar a que haya más descubrimientos que pueden beneficiar a la ciencia y al público. Ahora bien, no puede perderse de vista que, mientras que en Estados Unidos los fósiles que se descubran pertenecen al propietario del terreno y pueden ser comercializados legalmente, en muchos otros países los fósiles rescatados pasan a ser propiedad del Estado.



23 de enero de 2022

Condicionantes para “The Great Reset”: la pandemia como factor impulsor de la acción colectiva

 

Como cada año, al llegar el mes de enero, desde su poderosa atalaya del diario Financial Times (FT), y con el alcance y la potencia de su prestigiosa firma, Martin Wolf lanza su homilía económica. Desde las montañas de Suiza o a través de conexiones telemáticas, los líderes que participan en el World Economic Forum moldean los perfiles del sistema económico y social que ha de imperar en las próximas décadas.

En esta ocasión, el editor económico jefe del FT arranca su análisis subrayando las dos crisis que aquejan al mundo occidental: un colapso en la confianza en nuestro sistema político, y una amenaza medioambiental a escala planetaria[1]. En su opinión, la primera requiere la renovación de un propósito nacional común; la segunda no sólo eso, también un propósito global compartido. Esto último es algo que no está alcance de las empresas, sino que entra dentro del ámbito de la política efectiva.

En un informe del Centre for the Future of Democracy de Cambridge, The Great Reset, en el que él mismo ha participado, se concluye que la pandemia ha fortalecido la confianza en los gobiernos y dañado apreciablemente la credibilidad de los populistas. Sin embargo, no se ha incrementado, hasta ahora, el apoyo a la democracia.

Como gran tema, apunta el de dónde encajan las empresas en este panorama. La sociedad, señala, en sus distintos niveles (local, nacional y global) debe crear el marco dentro del que puedan actuar. Esto rige para todas las dimensiones: legislación laboral, seguridad social, política regional, regulación financiera, política de competencia, política de innovación, apoyo a la investigación fundamental, respuestas a emergencias, medioambiente, etc.

De alguno de los trabajos incluidos en el referido informe se concluye que ha surgido un sistema oportunista de extracción de rentas que crea riesgos no asegurables para la mayoría y vastas recompensas para unos pocos. Considera que “Crucialmente, esto destruye la ingenua idea de que es posible separar el papel de las empresas maximizadoras de beneficios del concerniente a la política al establecer las ‘reglas del juego’, como recomendaba Milton Friedman… Los resultados son una forma de capitalismo que, a pesar de su indubitada superioridad económica frente a sistemas alternativos, crea una distribución altamente desigual de recompensas y traslada riesgos ingestionables sobre la gente ordinaria. El resultado ha sido la política actual de ansiedad e indignación”.

Y sostiene la conocida tesis de que, en este contexto, “la pandemia ha creado una oportunidad para una política de competencia y propósito compartido”, complementada con la defensa de “un caso para una reforma sustancial de nuestra forma de capitalismo, aunque preservando su esencia de innovación y competencia… la principal cuestión… es la relación entre la empresa, la sociedad y la política”. A este respecto, plantea una relación de preguntas a los dirigentes empresariales, entre las que destaca, como más importante, la siguiente: “Por encima de todo, ¿qué estoy haciendo para fortalecer los sistemas políticos de los que depende la exitosa acción colectiva?”.

Ahí radica la lección esencial derivada de la pandemia: lo que puede lograrse si las habilidades de la empresa privada se unen con los recursos públicos para alcanzar objetivos urgentes. La declaración de principios es clara y rotunda: “Los líderes empresariales son personas racionales a cargo de instituciones importantes. Deben apreciar la necesidad de reforzar nuestra capacidad de adoptar decisiones colectivas de manera sensata”.

La lucidez, la perspectiva y la proyección de las reflexiones de M. Wolf son, en su línea habitual, admirables. No obstante, no deja de llamar la atención el contraste que se percibe entre el rigor de sus planteamientos con el aparente soslayo del tratamiento de algunas cuestiones no triviales. Así, la tajante atribución de racionalidad, como una connotación natural, al estatus de liderazgo empresarial -al margen de obviar completamente la influencia de los esquemas concretos de gobierno corporativo- no se compadece totalmente con algunos comportamientos efectivos que no destacan precisamente por esa cualidad. De otro lado, la solución de los problemas colectivos se encomienda automáticamente, sin análisis previo, al ámbito público, donde, cabe entender, se alcanzan siempre soluciones óptimas y exitosas.




[1] Vid. M. Wolf, “Business leaders have to play a better political role”, Financial Times, 18-1-2022.


2 de julio de 2021

El Gran Reinicio: ¿jaque mate al capitalismo?

 

El siglo veinte estuvo marcado por la pugna entre sistemas económicos y políticos antagónicos. Con la caída, en el año 1989, del Muro de Berlín daba la impresión de que se había llegado al “fin de la historia” en sentido hegeliano, como pauta evolutiva a largo plazo. Parecía que el modelo de democracias liberales sustentadas en una economía mixta de mercado sería el punto de confluencia.

Fue un espejismo. La gran crisis económica y financiera internacional de 2007-2008 puso al descubierto una serie de fallas estructurales. El capitalismo, de ser tenido por fuente de riqueza y prosperidad, pasó a ser considerado el origen de todos los males. Aunque no faltan analistas que, a contracorriente, apuntan que las causas de la crisis radicaron, en buena medida, en un intervencionismo desacertado del sector público.

La Gran Recesión fue una dura prueba para el capitalismo, de la que, algunos años después, trataba de escapar, aunque lleno de magulladuras. La situación es distinta a raíz de la crisis originada por la pandemia del coronavirus, que ha dado lugar a una disrupción sin precedentes. A la concatenación de cambios que se vienen produciendo en la realidad económica se une un enorme despliegue ideológico de alcance global. Paradójicamente, la sentencia condenatoria al capitalismo proviene también de influyentes centros asociados al pensamiento de las grandes élites económicas. Así se desprende de “Covid-19: The Great Reset”, obra elaborada por Klaus Schwab, fundador y presidente del Foro Económico Mundial, y Thierry Malleret.

La pandemia del coronavirus ha constituido un mal de proporciones inconmensurables, pero también una oportunidad sin igual -que invitan a acoger con entusiasmo- para llevar a cabo una profunda transformación económica y social. Tras el afloramiento de un conjunto de deficiencias, postulan que debemos rediseñar nuestro mundo. Partiendo de que las pandemias han sido históricamente grandes “reseteadores” de las economías nacionales, consideran que también será ahora el caso, en un contexto dominado por tres fuerzas prevalecientes: interdependencia, velocidad y complejidad.

Vislumbran una era postpandémica marcada por una masiva redistribución de la riqueza, impulsada por grandes revueltas sociales. Ante la extensión de la pobreza y la miseria, la “acción social disruptiva” se convierte en opción. En paralelo con la ejecución de la sentencia de muerte del liberalismo dictada por la Covid-19, se vuelve a una era de un sector público de gran tamaño. Igualmente se aboga por mejorar el funcionamiento y la legitimación de las instituciones globales, sin las cuales “el mundo será pronto inmanejable y peligroso”, y por la instauración de un nuevo “contrato social”, para satisfacer las aspiraciones de las generaciones de jóvenes.

El reinicio es crucial en la esfera medioambiental, según un enfoque articulado en una combinación de un giro radical y sistémico en la producción de energía, y modificaciones en los hábitos de consumo. A su vez, las empresas han de basar sus estrategias en función de las prioridades de los distintos grupos de interés. Los individuos deben orientar sus esfuerzos a la búsqueda del “bien común”, aunque se reconoce que no es sencillo decidir colectivamente qué es lo mejor para la sociedad.

El Gran Reinicio es imprescindible para afrontar los grandes retos sociales y alcanzar un mundo mejor, dentro de un escenario en el que la libertad individual, salvo en lo referente a la pérdida de privacidad ligada al uso de dispositivos electrónicos, no merece ni un renglón. Los derechos humanos y las elecciones libres, que tanta importancia tuvieron durante la Guerra Fría, ya no son algo prioritario. Ahora bien, se recuerda que, a diferencia de la Unión Soviética, China no trata de imponer su ideología en todo el mundo.

Tras las grandes carencias puestas de manifiesto por la pandemia, es necesario hacer que el mundo sea menos divisorio, menos contaminante, menos destructivo, más inclusivo, más equitativo y más justo que antes. Un mantra recorre el mundo, el mantra del Gran Reinicio. Todas las potencias nacionales y supranacionales se han aliado en una sagrada liturgia para elevarlo a los altares. El Gran Reinicio anuncia el ocaso definitivo del modelo al que Fukuyama atribuía la condición de estación de llegada en la evolución histórica.

(Artículo publicado en el diario “Sur”)



1 de marzo de 2021

El futuro del capitalismo según Schumpeter

Es reconocido Schumpeter como uno de los más profundos y perspicaces analistas de la dinámica del capitalismo[1], pese a lo cual no han faltado sonadas descalificaciones, algunas de ellas provenientes de reputados arietes del pensamiento económico. Ello no le impide, sin embargo, seguir impartiendo doctrina desde su elevado pedestal. Para todos los interesados en la evolución del capitalismo, su obra “Capitalismo, socialismo y democracia”, aparecida en el año 1942, sigue siendo un lugar de visita obligada.

Acostumbrados a ver ensalzada la figura del empresario schumpeteriano como artífice de la innovación y del progreso económico, no podemos sino vernos impactados cuando leemos la respuesta que el economista austríaco da a la pregunta que él mismo formula, “¿Puede sobrevivir el capitalismo?”: “No. No creo que pueda hacerlo”[2].

Ahora bien, inmediatamente nos recuerda que “esta opinión suya, como la de cualquier otro economista que se ha pronunciado sobre el tema, es en sí misma completamente carente de interés. Lo que cuenta en cualquier intento de prognosis social no es el Sí o el No que resume los hechos y argumentos que llevan a ello sino tales hechos y argumentos en sí mismos. Estos contienen todo lo que es científico en el resultado final. Todo lo demás no es ciencia sino profecía”.

Y, continúa afirmando, “el análisis, ya sea económico o de otro tipo, nunca genera más que una manifestación sobre las tendencias presentes en un modelo observable. Y éstas nunca nos dirán lo que sucederá al modelo sino sólo lo que sucedería si continuaran actuando como han estado haciéndolo en el intervalo de tiempo cubierto por nuestra observación y sin otros factores inmiscuidos. La ‘inevitabilidad’ o la ‘necesidad’ nunca pueden significar más que esto”.

Tras éstas y otras interesantes consideraciones metodológicas, anticipa Schumpeter que la tesis que pretende establecer es que “el comportamiento actual y prospectivo del sistema capitalista es tal como para negar la idea de su ruptura bajo el peso de fracaso económico, pero que su propio éxito socava las instituciones que lo protegen, e ‘inevitablemente’ crea condiciones en las que no podrá vivir y que fuertemente apuntan al socialismo como el heredero aparente. Mi conclusión final, por tanto, no difiere, aunque gran parte de mi argumento puede que sí, de la mayoría de los escritores socialistas y en particular del de todos los marxistas. Pero para aceptarlo no se necesita ser socialista. La prognosis no implica nada sobre la deseabilidad del curso de los eventos que se predicen. Si un médico predice que su paciente fallecerá dentro de poco, eso no significa que lo desee. Uno puede odiar el socialismo o al menos verlo con una fría crítica, y aun así prever su llegada”.

Mucho más adelante, Schumpeter nos advierte de que “nada es más traicionero que lo obvio”[3], antes de analizar la relación entre el socialismo y la democracia. Conocedores de lo acontecido desde entonces, jugamos con ventaja respecto al autor de “Historia del análisis económico”. Ahora somos conscientes de que los finales aparentes de la historia pueden ser también muy engañosos, e ignoramos si ahora nos encaminamos hacia alguna meta final. No lo sabemos, pero vemos que en el camino muchas libertades individuales corren un serio peligro. La estructura económica sigue jugando un papel fundamental en el devenir de las sociedades, pero da la impresión de que, en la práctica, la ideología es una fuerza mucho más poderosa.

Para tratar de comprender la compleja época que vivimos, la relectura del análisis de Schumpeter puede ser una valiosa ayuda, y, al menos, nos puede servir para comprobar cómo han evolucionado realmente los factores de entorno que él había pronosticado.



[1] Una magnífica semblanza del economista austríaco, a cargo del profesor Miguel González Moreno, se recoge en el número 1 de la revista eXtoikos, 2011.

[2] J. A. Schumpeter, “Capitalism, socialism and democracy”, 3ª ed., Harper, 2008, pág. 61.

[3] Ibíd., pág. 235. 

21 de febrero de 2021

El futuro del capitalismo ante el gran reinicio

 

El futuro del capitalismo, si es que lo tiene, aguarda pacientemente su turno, ya desde hace años, en la lista de proyectos pendientes. Otros rivalizan con dicho tema. La magnitud de la tarea, en un panorama donde la inquietud por el conocimiento, incapaz de refrenarse, no da tregua, para seguir aumentando la pequeñez incontestable del empeño, y dar paso a un inevitable sentimiento de angustia mezclada con frustración. La procrastinación acaba erigiéndose, como siempre, dominante.

Dado que el horizonte no es propicio para iniciar aventuras intelectuales de envergadura, tal vez sea preferible, en lugar de dejarnos atormentar impotentes ante la acumulación de más capas de sedimentos generadores de una complejidad creciente, intentar pequeñas incursiones. Algunas, de hecho, aunque minúsculas, figuran ya recogidas en registros de este cuaderno de bitácora, iniciado a finales de julio del año 2017.

La convicción de la necesidad de aproximarnos a las perspectivas futuras del capitalismo es ya total cuando uno observa cómo, en un movimiento apostólico global de enorme influencia, el diseño de la sociedad de nuestros hijos y nietos cabalga a marchas forzadas. Así se dicta desde el directorio del World Economic Forum (WEF), donde se ha elegido un título un tanto inquietante para la macrooperación de alcance mundial en marcha, el “great reset”, el “gran reinicio”.

Según declara Klaus Schwab, fundador y presidente ejecutivo del WEF, “Para alcanzar un mejor resultado, el mundo debe actuar conjuntamente y reformar rápidamente todos los aspectos de nuestras sociedades y nuestras economías, desde la educación a los contratos sociales y las condiciones de trabajo. Todos los países, desde Estados Unidos a China, deben participar, y todas las industrias, desde las del petróleo y el gas a las tech, deben ser transformadas. En suma, necesitamos un ‘Gran Reinicio’ del capitalismo”[1].

Particularmente desde los últimos años, no paran de añadirse calificativos y etiquetas al capitalismo, por lo que, con más motivo, es imprescindible partir de expresar, lo más claramente posible, qué se entiende por capitalismo.

En estas reflexiones estaba cuando retomé un reciente artículo de celebración y exaltación –con todo merecimiento- del extraordinario y apabullante éxito logrado por la Wikipedia con ocasión de la conmemoración de su vigésimo aniversario. En dicho artículo se recogen los resultados de una investigación (eso sí, un tanto antigua) según la cual una comparación de la Wikipedia con la Enciclopedia Britannica arrojaba escasa diferencia en el número de errores que los expertos podían encontrar en un artículo típico[2].

Este impactante y revelador detalle se convirtió así en todo un incentivo para no demorar la tarea inicial antes mencionada y abordar la noción de capitalismo. Puestos a la obra, pude encontrar las dos siguientes definiciones en dichas fuentes:

“El capitalismo es un orden o sistema social y económico que se encuentra en constante movimiento, derivado del usufructo de la propiedad privada sobre el capital como herramienta de producción, que se encuentra mayormente constituido por relaciones empresariales vinculadas a las actividades de inversión y obtención de beneficios, así como de relaciones laborales, tanto autónomas como asalariadas subordinadas libres, con fines mercantiles”.

“Sistema económico, dominante en el mundo occidental, desde la disolución del feudalismo, en el que los medios de producción son de propiedad privada y la producción es guiada y la renta distribuida a través de la operación de los mercados”.

¿Se trata de explicaciones adecuadas y clarificadoras? ¿Cuál corresponde a la Wikipedia, y cuál a la Enciclopedia Britannica?

Aunque la probabilidad sea considerablemente baja, si alguien, aunque sea fortuitamente, llega a leer las dos definiciones, a través de estas líneas interpuestas procuraré demorar por un instante, en el supuesto de que la desconozca, la constatación de las adscripciones correctas.

Todavía, si sigue leyendo este texto, tiene la oportunidad de expresar cuál de las dos enciclopedias cree que es más fiable, y de decidir la procedencia de cada cita.

Fin de este pequeño test: la primera definición proviene de la Wikipedia[3]; la segunda, de la Enciclopedia Britannica[4].

Sí, estoy completamente de acuerdo, esta muestra nos da pie para realizar algunas reflexiones conceptuales, literarias; también acerca del proceso de generación y transmisión del conocimiento.

P.S.: Acabo de caer en la cuenta de que esta semana, al comenzar la exposición de los fundamentos de la teoría de la Hacienda Pública, ante los alumnos de la asignatura "Sistemas Fiscales", he de hacer referencia al capitalismo. ¿Qué noción debería utilizar? ¿Qué fuente debería recomendar?



[1] K. Schwab, “Now is the time for a ‘great reset’”, https://www.weforum.org/agenda/2020/06/now-is-the-time-for-a-great-reset/.

[2] The Economist, “Wikipedia at 20. The other tech giant”, 9 de enero de 2021.

[3] “Capitalismo”, Wikipedia, consultada el 21 de febrero de 2021, a las 12 horas y 54 minutos (CET).

[4] “Capitalism”, Enciclopedia Britannica, 15ª edición, 1983.

14 de diciembre de 2019

Los movimientos de protesta social: explicaciones alternativas

Durante algunos años, cuando estábamos inmersos en las simas de la Gran Recesión, los movimientos de indignados se fueron extendiendo por casi todos los sectores. Esas corrientes se convirtieron pronto en el germen de importantes cambios en el panorama político de diversos países, entre ellos España.

La salida paulatina del túnel a partir del año 2014, ligada a la recuperación del tono de la actividad económica y del empleo, fue atenuando aparentemente, al menos en su expresión pública, el fragor de las protestas. Ahora bien, conviene no perder de vista que, en gran parte, dichos movimientos se han incorporado como un elemento permanente dentro de la realidad social y política. La llama del descontento no solo no se ha extinguido, sino que se ha expandido, alimentando focos diferenciados en torno a reivindicaciones específicas de ciertos colectivos, en unos casos, y en otros, centrados en problemas internacionales o mundiales.

Habiendo adquirido ese reguero de disconformidad un carácter estructural, los analistas han quedado sorprendidos por la concatenación de brotes de protesta social de manera simultánea en numerosos países del mundo, en unos casos de manera pacífica y, en otros, no tanto.

¿A qué obedece semejante eclosión de conflictos? ¿Obedecen a una razón de fondo común? ¿Se trata de causas plenamente justificadas? ¿Cómo deben responder los gobiernos? ¿Asistimos a un cambio imparable del orden político y social?

Una primera reflexión es que, aunque a veces nos cojan de sorpresa, una ola de protestas como la descrita no surge de la noche a la mañana. Seguramente un amplio conjunto de factores está detrás de las mismas, y en él se combinan problemas reales, injusticias, percepciones sociales, discursos ideológicos de gran influencia, puesta en cuestión del Estado, degradado como institución incapaz de resolver los problemas sociales y de satisfacer las expectativas individuales, reacciones ante una sociedad en proceso de transformación tecnológica y económica, distribución desigual de los beneficios de la globalización económica, rechazo de las desigualdades económicas, condena del sistema capitalista…

A partir de los anteriores elementos, y de otros muchos que pueden añadirse a la relación, es posible esbozar enfoques explicativos de lo que está ocurriendo.

En un número reciente de la revista The Economist, en un artículo con un título significativo (“We all want to change the world”, 16 de noviembre de 2019) se lleva a cabo un intento de sistematizar las posibles explicaciones de las revueltas sociales, agrupándolas en tres categorías: económicas, demográficas y conspirativas.

Las de la primera categoría ponen de relieve cómo medidas que impactan en el coste de la vida, aunque sea de una forma bastante modesta, si se toman aisladamente, actúan como la espoleta que desata la reacción de personas que tratan de salir adelante a duras penas, después de años de apretarse el cinturón. Las distintas corrientes anticapitalistas ven en ese tipo de situaciones una ocasión propicia para incidir en sus críticas a un sistema marcado por amplias desigualdades económicas.

Las justificaciones basadas en factores demográficos apuntan a la tradicional propensión de los jóvenes a las protestas. Paradójicamente, un sistema, al que se cuestiona por no dar suficientes oportunidades de alcanzar la educación superior, acaba sufriendo el problema del exceso de graduados respecto a las demandas existentes en el mercado de trabajo.

Por último, no falta la apelación a la supuesta actuación siniestra de fuerzas externas con fines desestabilizadores, con especial protagonismo atribuido a determinados gobiernos.

Pero, según The Economist, ninguna de las anteriores teorías tiene una validez universal. Para afianzar esta tesis, se señala, por ejemplo, que en el caso de Chile, han venido registrándose mejoras recientes en la distribución de la renta, o que, en algunos países, las protestas han estado protagonizadas por personas de avanzada edad. Seis son los aspectos que se mencionan como enfoques alternativos: i) atractivo ligado a la involucración en actividades desafiantes del orden establecido, frente a la rutina cotidiana; ii) facilidades para la comunicación y la organización intra e intergrupos contestatarios; iii) expresión de la desconfianza en los cauces políticos institucionales; iv) papel de los medios de comunicación, que pueden estar alimentando la frustración política; v) debilitamiento de la capacidad de alcanzar acuerdos dentro de los regímenes democráticos; y vi) resistencia a esperar a la finalización del ciclo electoral para propiciar ciertas políticas.

En fin, es bastante tentador coincidir con Andrés Betancor (“Mundo enfadado”, 3 de diciembre de 2019), cuando afirma que “Todo el mundo está enfadado contra todo y contra nada. Tampoco lo saben e, incluso, es lo menos importante”.

Para The Economist, el panorama actual caracterizado por una ola de protestas, más que ser la antesala de una revolución global, representa un nuevo statu quo. Sin embargo, ante la suma de factores y circunstancias que se aprecian, a los que viene a agregarse una potente e influyente legión de profetas del cambio, que rechazan de manera contundente el capitalismo, ¿quién se atrevería a descartar que la famosa portada de The Economist de octubre de 2018, con la imagen de la leona herida del palacio de Asurbanipal (“Capitalism at bay”), no fuera en realidad una premonición del ocaso de dicho sistema que está próximo a llegar?

23 de febrero de 2019

El espacio “mercado/autoridad-capitalismo/socialismo”: ¿dónde se sitúa China?


Dos son los criterios tradicionales para clasificar los sistemas económicos: el primero atiende a la forma en la que se organiza la asignación de los recursos, a través del mercado, o de la autoridad; el segundo, a la naturaleza de la propiedad de los medios de producción, que puede ser privada (capitalismo), o pública (socialismo). Por supuesto, los cambios económicos registrados a lo largo de la últimas décadas, con la incorporación de nuevos paradigmas, invitan a la toma en consideración de otros criterios, pero los dos mencionados siguen siendo una referencia clave.

La combinación de ambos permite delimitar las cuatro conocidas categorías polares: i) mercado-propiedad privada: capitalismo puro; ii) autoridad-propiedad privada: economía capitalista de dirección central; iii) mercado-propiedad pública: economía socialista de mercado; iv) autoridad-propiedad pública: economía socialista de planificación central.

Como tales, se configuran cuatro compartimentos aparentemente compactos, pero en realidad describen los cuatro vértices de un cuadrado cuyos lados reflejan el grado de cumplimiento de cada una de las variables tomadas como referencia. La coordinación de las decisiones económicas a través del mercado o de la autoridad, al igual que la propiedad de los medios de producción, no son cuestiones absolutas, sino que admiten un recorrido en un sentido o en otro.

Así las cosas, nos encontramos con el espacio descrito en los términos que se recogen en el gráfico adjunto.

A priori, es todo un desafío ubicar a un país como China, regido durante décadas por un férreo partido comunista y que a partir de la última parte del siglo veinte ha venido afrontando importante reformas económicas. ¿Dónde debemos colocar China dentro del espacio “mercado/autoridad-capitalismo/socialismo” representado gráficamente?

14 de diciembre de 2017

Riqueza dinástica: ¿mito o realidad?

Hace tan solo unos años, con la publicación de la gran obra de Thomas Piketty “El capital en el siglo veintiuno” (2014), se produjo uno de los fenómenos editoriales más notables de los últimos tiempos. El hecho de que un libro de casi 700 páginas, escrito por uno de los jóvenes economistas contemporáneos más destacados, se convirtiera en un best seller es ciertamente destacable. Pero aún más apreciable ha sido su influencia social, su impacto en el estado de opinión mundial acerca de la dinámica del sistema capitalista y de las consecuencias de la desigualdad económica.

La obra de Piketty ha tenido una extraordinaria acogida en medios especializados y no especializados. Todo el mundo reconoce la envergadura del trabajo realizado. Especialmente desde determinados sectores se ha aplaudido su acérrima crítica al capitalismo, su llamada de atención sobre el problema de la desigualdad económica y su popular propuesta de establecimiento de un impuesto progresivo global sobre el patrimonio. No obstante, tampoco han faltado posiciones críticas que han cuestionado la posible simplificación de las leyes básicas del capitalismo divulgadas por Piketty y la consistencia de algunas de las bases estadísticas utilizadas.

Dentro de esta última corriente se inscribe la investigación realizada por Robert Arnott, William Bernstein y Lillian Wu (en adelante, Arnott et al.) y publicada en Cato Journal (vol. 35, nº 3, 2015). Estos autores consideran que el mensaje básico de Piketty está sesgado en varios aspectos, como resultado de errores fundamentales y evitables en sus supuestos básicos.

De su conocida hipótesis de que la tasa de rendimiento del capital invertido es superior a la tasa de crecimiento económico, Piketty deriva que las familias ricas lo serán cada vez más en las generaciones futuras, llevando a una sociedad dominada por la riqueza hereditaria. Arnott et al. consideran que esa lógica sería cierta solo si tales familias ricas nunca disiparan su patrimonio a través de diversas vías: gastos, donaciones, impuestos, inversiones fallidas y segregación entre porciones hereditarias.

Recurren a la evidencia empírica procedente de las listas de personas ricas publicadas por la revista Forbes para refutar el argumento de Piketty, sobre la base de que, según ellos, en cualquier momento, la mitad o más de la riqueza conjunta de los extremadamente ricos es de primera generación, no de procedencia hereditaria. A partir de dicho análisis concluyen que la acumulación de la riqueza dinástica es simplemente un mito.

Arnott et al. admiten que la desigualdad en la distribución de la riqueza se ha intensificado en el pasado reciente, pero discrepan de la fundamentación ofrecida por Piketty y recuerdan que la tasa de rendimiento del capital relevante es la neta de impuestos, gastos, división entre herederos, donaciones caritativas y otros métodos de utilización o agotamiento.

Argumentan que, si la acumulación de la riqueza dinástica fuese un fenómeno generalizado, habría que esperar poco cambio en la composición del ranking de Forbes año tras año. Pero, en lugar de ese rasgo, encuentran que hay una alta tasa de rotación. La riqueza agregada de los descendientes de los ricos que inauguraron la lista de Forbes era del 39% en el año 2014, lo que viene a implicar que el otro 61% proviene de una riqueza nueva.

En definitiva, Arnott et al. señalan que los ricos en su conjunto son más ricos, pero no por las razones esgrimidas por Piketty. La explicación radica en una combinación de nuevos ricos creadores de riqueza con el beneficio para los preexistentes derivado de una larga fase expansiva en los mercados de valores. Las valoraciones crecientes vienen en parte explicadas por la caída en los rendimientos del capital.

27 de octubre de 2017

El impuesto de Harberger: una propuesta de propiedad compartida

La crisis económica y financiera global de 2007-2009 ha ocasionado enormes problemas, pero ha servido también de revulsivo para la revisión de las ideas, los modelos y los enfoques metodológicos de la Economía. También parece que ha fertilizado los terrenos donde brotan las semillas fiscales. ¿Quién decía que la imaginación fiscal estaba agotada? ¿Quién creía que el paisaje tributario solo admitiría lavados de cara? ¿Quién consideraba que la innovación impositiva había finalizado su recorrido, dejando margen tan solo para figuras pintorescas de escaso impacto recaudatorio? Basta repasar el listado de propuestas recientes de reformas fiscales integrales y, sobre todo, el de nuevos candidatos para ensanchar el sistema tributario para tomar conciencia de que en absoluto es así.

No es menos cierto, sin embargo, que no pocas de las propuestas planteadas encuentran antecedentes, más o menos explícitos, en formulaciones del pasado. Algunas de ellas habían permanecido como impuestos durmientes a la espera de que llegara la hora de saltar a la arena fiscal. La irrupción del best seller de Piketty con su propuesta de implantación de un impuesto progresivo sobre el patrimonio a escala mundial ha avivado enormemente las opciones de la tributación sobre la riqueza, concebidas como una potente arma para frenar la desigualdad económica. Históricamente, las opciones de reforma fiscal han exhibido movimientos pendulares y, en esta hora, la imposición patrimonial vuelve a gozar de mayores predicamentos. Aunque las opciones reales recientes de algunos países venga a desmentirlo.

En el año 1965, Arnold Harberger lanzó una curiosa y ocurrente propuesta, que, sorprendentemente, apenas había concitado atención en los manuales de Hacienda Pública ni, aún menos, había logrado posicionarse como una opción fiscal sólida. Tal vez aguardaba pacientemente su turno a la espera de que se produjera un cambio en los paradigmas económicos y en las relaciones de producción y distribución de los bienes y servicios, y hasta en las nociones de propiedad.  En un nuevo entorno en el que se abre paso la sociedad del coste marginal cero, se extienden los esquemas de economía colaborativa y se amplía el dominio de hegemónicas plataformas de servicios -aparentemente gratuitos- para usuarios individuales y para las redes sociales, lo que hasta ayer era una quimera cobra ahora visos de realidad.

El concepto de derechos de propiedad está en revisión en la era de Internet, pero esa revisión, teórica y práctica, afecta también a determinados bienes materiales. Bajo la denominación de “impuesto de Harberger”, Eric Posner (Universidad de Chicago) y Glenn Weyl (Microsoft Research) han retomado la propuesta de Harberger para lanzar una iniciativa auténticamente revolucionaria (“Property is only another name for monopoly”) basada en tres elementos clave: i) los individuos tendrían que declarar periódicamente a un registro público (catastro blockchain) el valor -que ellos mismos atribuyeran- a los distintos activos integrantes de su patrimonio; ii) cada año se pagaría un impuesto sobre el patrimonio en función de dichas valoraciones personales; iii) todas las personas declarantes vendrían obligadas a vender su activos a cualquier comprador que los demandase a los valores establecidos por su tenedor.

La aplicación de este paquete de medidas, tributarias y regulatorias, daría lugar, de manera automática, al fin de la propiedad privada. Nadie tendría poder de disposición plena sobre ninguno de sus activos, no ya solo sobre los que pudieran tener un interés general sino incluso sobre cualquier otro que se calificase como inventariable. Únicamente cabría la posibilidad de defender el mantenimiento de la posesión de los activos que más apreciara cada persona  mediante la fijación de unos precios muy elevados. Sin embargo, esta estrategia resultaría inviable en la medida en que  desembocaría en unas cargas fiscales sumamente onerosas, si se tiene en cuenta que llega a barajarse un tipo de gravamen del 7%.

El régimen resultante ha sido calificado por sus partidarios de “propiedad compartida” o “propiedad común parcial”. Así, los derechos de uso y de exclusión inherentes a la propiedad privada se traspasan parcialmente al público en general. El impuesto anual se encarga de transferir una fracción del valor de cada activo al sector público, que puede dedicar los recursos obtenidos a programas de gasto público. Dicho de otra manera, el poseedor del activo habría de pagar cada año una especie de canon para poder disfrutar de él, siempre de manera interina. Por su parte, la obligatoriedad de venta en caso de recepción de una oferta al precio declarado impide cualquier derecho de exclusión.

Sin perjuicio de la necesidad de abordar los problemas de diversa naturaleza que conllevaría la puesta en marcha de una combinación de medidas como las descritas -un análisis de ese tipo excede de los propósitos de esta nota-, ello no debe ser óbice para reconocer que la propuesta es altamente disruptiva y suscita un gran interés no solo desde la óptica tributaria. Su adopción nos llevaría a una suerte de comunismo capitalista. Todo es, aparentemente, de todos y nada es de nadie. Para poseer cualquier activo, debemos pagar por él, una especie de alquiler; no podemos oponernos a su transmisión si alguien llega con la oferta adecuada, decidida por nosotros mismos. El comunismo y el poder del dinero estrechan lazos. 

Frente a esta, la propuesta de un impuesto global sobre el patrimonio lanzada por Piketty, considerada como un importante instrumento para la corrección de las desigualdades económicas, queda empequeñecida como una opción menor.

15 de octubre de 2017

Las pasiones y los intereses

Es este el título de uno de los libros estelares del economista Albert Hirschman. De aquel, que vio la luz en el año 1977, se ha afirmado que se trata de una obra maestra, exquisita, brillante, original, maravillosa… Todo un clásico, un texto icónico, avalado por prestigiosos reconocimientos. No obstante, a estos acreditados atributos podrían añadirse otros, como el de su complejidad argumental y un desarrollo expositivo que no parece concebido para facilitar su asimilación por un lector no especialista. Tal vez el proceso de elaboración del manuscrito que el autor describe en el capítulo de agradecimientos ayude a explicar parcialmente dicho rasgo.

Como consta en la segunda parte del título de la obra, son los “argumentos políticos en favor del capitalismo previos a su triunfo” los que se centran su contenido, que Amartya Sen, en el prólogo de una edición del año 1996, cataloga como una “breve monografía sobre la historia del pensamiento económico”.

Ya en el prefacio, el autor señala que su ensayo “tiene su origen en la incapacidad de la ciencia social contemporánea para arrojar luz sobre las consecuencias políticas del crecimiento económico". El leitmotiv es el rastreo histórico de la justificación del capitalismo antes de que este llegara a expandirse y consolidarse. Y es una proposición sostenida por Montesquieu, también refrendada por Steuart, la que se erige en el foco argumental. Según el autor de “El espíritu de las leyes”, las pasiones pueden hacer que la gente sea malvada, pero puede haber intereses que le hagan no serlo. Montesquieu es presentado como el exponente de mayor influencia de la doctrina del “dulce comercio”.

La búsqueda, documentada y analítica, de los antecedentes de dicha tesis acapara gran parte de la “breve monografía” de Hirschman, escrita con erudición y también con apasionamiento. Por otro lado, no son pocas las sorpresas que nos proporciona su lectura, algunas de ellas de gran calado. Entre ellas, frente a la posible expectativa de cohonestar la conocida argumentación de la defensa de la economía de mercado de Adam Smith con la mencionada tesis montesquiniana, nos encontramos con que, según Hirschman, el autor de “La riqueza de las naciones” no solo no compartió esa perspectiva sobre la capacidad del capitalismo emergente para mejorar el orden político a través del control de las pasiones más salvajes, sino que la socavó decisivamente: “Al sostener que la ambición, el ansia de poder y el deseo de respeto pueden ser satisfechos por la mejora económica, Smith minó la idea de que la pasión puede enfrentarse a la pasión, o los intereses a las pasiones”.

Y Hirschman, después de haber inducido al lector a abrazar la tesis de Montesquieu-Steuart, después de haberle invitado a jugar una partida de naipes en la que él mismo reparte algunas cartas marcadas, pone más adelante las suyas bocarriba: “Las especulaciones de Montesquieu y Steuart acerca de las consecuencias políticas saludables de la expansión económica fueron una gesta de imaginación en el reino de la economía política, una gesta que continúa siendo magnífica aunque la historia haya refutado la esencia de estas especulaciones”.

De manera rotunda llega a afirmar que “la idea de que los hombres, al perseguir sus intereses, serían para siempre inofensivos no fue definitivamente abandonada hasta que la realidad del desarrollo capitalista se mostró completamente. A medida que el crecimiento económico de los siglos XIX y XX desarraigó a millones de personas, empobreció a amplios sectores mientras enriquecía a algunos, causó desempleo a gran escala durante depresiones cíclicas y produjo la moderna sociedad de masas, fue quedando claro para diversos observadores que quienes estaban implicados en estas violentas transformaciones serían, cuando la ocasión lo propiciara, apasionados: apasionadamente furiosos, temibles, resentidos”.

Esta demoledora conclusión, no obstante su relevancia, viene a chocar frontalmente con algunos planteamientos recientes, apoyados en la explotación de series históricas revisadas acerca de las condiciones socioeconómicas, como el de Edmund S. Phelps recogido en una entrada de este blog. Y, como colofón más que significativo, especialmente para los admiradores de dos figuras míticas del pensamiento económico como son Keynes y Schumpeter, cabe reseñar las ácidas críticas que el economista de origen alemán vierte sobre ambos.

En cualquier caso, aunque, desafortunadamente, la historia se ha encargado de refutar la creencia de Steuart de que“el complicado sistema de la economía moderna” era “la brida más efectiva que jamás se inventó contra la locura del despotismo”, es quizás más discutible que una adecuada política de modulación de los intereses no pueda contribuir a domeñar algunas pasiones.

24 de septiembre de 2017

Las claves de la prosperidad según E. S. Phelps

Las obras literarias del siglo XIX son una fuente primordial para el conocimiento de la realidad socioeconómica en ese período, que estuvo sujeto a grandes cambios. De hecho, los tratados económicos más influyentes en la actualidad apelan a las descripciones contenidas en algunas de las novelas más significativas, muy proclives a dejar constancia de datos ilustrativos. Dichas obras también han contribuido a forjar nuestra percepción acerca de las condiciones de vida en la fase de despegue del capitalismo industrial. Las creaciones de Charles Dickens han jugado un papel especialmente destacado en ese sentido.

En mi caso, en particular Oliver Twist es un libro icónico que moldeó mi visión del mundo y estimuló los sentimientos de aversión hacia la iniquidad. Al cabo de los años, parte de ese esquema mental forjado en la infancia, si no derrumbado, sí se ha visto desafiado por las reconstrucciones estadísticas y las nuevas interpretaciones sobre la evolución de las condiciones sociales en aquella época. 

Así ocurre al leer la obra “Una prosperidad inaudita” de Edmund S. Phelps, quien cuestiona la extendida creencia de que el siglo XIX fue una especie de economía infernal, al tiempo que rebate la idea de que hubiese un aumento de la desigualdad, apuntando como fuente de error  la confusión de los datos manejados por Marx. Según el Premio Nobel de Economía de 2006, la economía moderna trajo consigo un rápido crecimiento y, gracias a su incesante creación de nuevos conocimientos económicos, cambió radicalmente las condiciones materiales de vida. 

Se trata de una obra a contracorriente: no solo no ataca al capitalismo, sino que defiende su papel, teniendo buen cuidado en identificar lo que es verdaderamente ese sistema. Aunque habitualmente se habla de capitalismo, en la realidad nos encontramos, según Phelps, con un sistema regido por el poder político, de carácter corporativista.

La pretensión de este autor es ofrecer una nueva perspectiva acerca de la verdadera naturaleza de la prosperidad de las naciones. Acota el período histórico de la prosperidad en el intervalo que va desde 1820 hasta 1960.  El progreso no surge de manera espontánea, sino que necesita un caldo de cultivo integrado por instituciones, actitudes y creencias, que son la fuente del dinamismo de las economías modernas.

Para Phelps, la seña de identidad básica del verdadero capitalismo es que los capitalistas son independientes, no actúan coordinados y compiten entre sí. A este sistema se contrapone el corporativismo, en el que el sector empresarial está sometido a cierto tipo de control político. El elemento distintivo de la economía moderna radica en su carácter de imaginarium, que no resulta posible “en aquellas economías en las que las personas no están motivadas ni animadas para innovar. El combustible que alimenta el funcionamiento de este sistema es una mezcla de motivaciones pecuniarias y no pecuniarias. Una economía moderna da rienda suelta a la creatividad y a la imaginación, pero también consigue ponerlas al servicio del saber experto de los emprendedores, del criterio de los financieros y de la iniciativa de los usuarios públicos”.

Respecto al socialismo, resalta el deterioro de la eficiencia económica, puesto de manifiesto por la escuela austríaca, así como la realidad de los experimentos socialistas, de los que reseña la imposición de unas rígidas igualdades. A fin de analizar la denominada tercera vía, entre el capitalismo y el socialismo, Phelps parte de contraponer la situación de las sociedades de la Europa medieval, en la que las clases estaban insertas en un sistema de protección mutua, con el capitalismo moderno, que no ofrecía un pacto social similar. 

Esta protección social se incorpora en la segunda década del siglo XX en la doctrina del corporativismo, caracterizado por mantener el sector privado bajo el control público. En este contexto, la lectura del Manifiesto Fascista de 1919, con sus referencias a la tributación del capital, la participación de los trabajadores en las empresas o la legislación sobre el salario mínimo, podría dar pie hoy día a no pocas confusiones ideológicas. La gran pregunta que nos plantea Phelps es si el régimen corporativista, que ha ido adaptándose a lo largo del tiempo, ha afectado al dinamismo de la economía. Su respuesta es que ha representado un freno para la innovación y un lastre para la productividad y el empleo.

Frente a una serie de relatos utilizados para explicar el declive tras los años sesenta, Phelps apela a un relato alternativo, centrado en las deficiencias en el sistema operativo institucional-cultural, tales como la contraposición de los intereses de los gestores y los accionistas, la superación del afán de innovación por el de riqueza, el auge de la cultura de “creerse con derecho”, la disminución del tiempo dedicado a pensar en el entorno de las redes sociales o los inconvenientes del teletrabajo al frenar la interacción. Reclama la atención acerca de una cuestión bastante llamativa: los ingresos que los estadounidenses perciben hoy día provenientes de la denominada “riqueza social” son comparables con la renta que obtienen de su riqueza privada, de manera que “el sistema de bienestar social en Estados Unidos es en realidad un coloso de consideración”. 

Phelps efectúa una defensa de la economía capitalista moderna para maximizar la posición de las personas peor situadas y señala lo siguiente: “quienes critican el capitalismo moderno tienden a argumentar que las economías capitalistas modernas son injustas en comparación con algún otro sistema económico que ellos imaginan, pero que no se ha construido todavía”. Puede ser cierto que otros sistemas, como el socialismo utópico, no se han construido, pero sí existe una aleccionadora experiencia con el socialismo real.

En fin, según el economista norteamericano, “la actual crisis de Occidente puede atribuirse perfectamente a la insuficiente conciencia entre sus líderes de la importancia del dinamismo. Debemos reintroducir las ideas principales del pensamiento moderno, como el individualismo y el vitalismo, en los niveles de la educación secundaria y superior tanto para realimentar el dinamismo de base en la economía como para preservar lo moderno en sí”. 

(Artículo publicado en el diario "Sur" con fecha 23 de septiembre de 2017)

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