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21 de julio de 2024

Cuando la degradación académica puede ser cuestión de grados

 

William D. Nordhaus fue galardonado con el Premio Nobel de Economía en 2018. La Real Academia Sueca de las Ciencias reconoció su labor de “integracion del cambio climático en el análisis macroeconómico a largo plazo… Su modelo integra teorías y resultados empíricos de la física, la química y la economía. El modelo de Nordhaus está ahora ampliamente extendido y es usado para simular cómo la economía y el clima co-evolucionan”.

En su conferencia de entrega del Premio (“Climate change: The Ultimate Challenge for Economics”, diciembre 2018) expone el modelo utilizado para simular la trayectoria de las temperaturas mundiales en distintos escenarios. Es cierto que, en uno de estos, la temperatura hacia 2100 podría ser superior a la actual en más de 4º C. Así, afirma (pág. 452) lo siguiente: “The base path (which is essentially the path the globe is following) continues to have rising temperature, passing 4°C by 2100”. Asimismo, indica que “In the DICE model, it is essentially infeasible to attain the stringent temperature target of 1.5°C, and the 2°C path requires negative emissions in the near term. Another finding, much more controversial, is that the cost-benefit optimum rises to over 3°C in 2100 – much higher than the international policy targets. Even with the much more pessimistic alternative damage function, the temperature path rises to 3°C in 2100”.

No obstante, Nicholas Stern y Joseph E. Stiglitz[1], basándose en el mismo texto de Nordhaus, consideran que este último atribuye el carácter de “óptimo” a tener políticas donde el escenario central conlleve un incremento de temperatura de 3,5ºC-4ºC. Y subrayan que “análisis como el de Nordhaus han hecho una serie de supuestos indefendibles que llevan a estas conclusiones falaces y peligrosas”.



[1] “Climate change and growth”,  Industrial and Corporate Change, 2023.


10 de julio de 2024

Detener el cambio climático tenía un precio

 

Desafortunadamente, ya no. Ojalá que, dentro de un tiempo, todavía indeterminado, alguien no tenga que pronunciar ese lamento, una vez que se hubiese superado el punto de no retorno, y nuestro planeta se convirtiese en un lugar completamente inhabitable.

Es un escenario desgarrador, más que posible, probable, a tenor de las proyecciones de lo que ha dado en llamarse “consenso científico”. A día de hoy, según parece, la situación aún no es irreversible y la evitación del cambio climático todavía es factible. Sin embargo, no lo será si todo queda al albur de las fuerzas del libre mercado. Es, en suma, la tesis que sostiene Martin Wolf, y que da título a un reciente artículo: “Market forces will not halt climate change” (Financial Times -FT-, 3-7-2024). En él se señala que “es claro por ahora que las predicciones pasadas del calentamiento global han demostrado ser en gran medida correctas. Persistir con escepticismo es inmoral y estúpido”.

Según Wolf, dos son las ideas que están en el centro de los intentos para frenar el cambio climático: descarbonizar la electricidad y electrificar la economía. El panorama no es positivo, no se espera un cambio inmediato, y hay un factor que lo dificulta: “simplemente, la gente no quiere pagar el precio de descarbonizar la economía”. Un dato es bastante demoledor: la producción de electricidad generada por combustible fósiles alcanzó en 2023 su máximo histórico. La cuota de la electricidad producida de esa forma ha disminuido desde el 67% en 2015 al 61% en 2023, pero la producción global de la electricidad creció un 23% en esos 8 años.

Wolf atribuye al “deseo de personas y empresas, en países emergentes y en desarrollo, de disfrutar de estilos de vida de los países de alta renta, intensivos en energía” la explicación de ese “crecimiento explosivo de la generación de electricidad.

El editor económico jefe del FT se hace eco de la existencia de movimientos partidarios del “de-crecimiento”, pero considera que “detener el crecimiento, incluso si fuera políticamente aceptable (¡que no lo es!), no eliminaría la demanda de electricidad. Ello requeriría, en su lugar, revertir el crecimiento de los últimos 150 años”.

Como única solución apunta una descarbonización más rápida y, así, una mayor inversión en electricidad generada por renovables, incluyendo la energía nuclear. Hay que partir de “reconocer que, a pesar de todo lo hablado, las emisiones no están cayendo y así tanto los stocks de gases de efecto invernadero en la atmósfera y las temperaturas globales están subiendo”. Más peligrosos que los partidarios del “decrecimiento” son, en su opinión, sus opuestos, los partidarios del mercado libre y los nacionalistas.       

Confiesa que, hasta hace poco, aún esperaba que las fuerzas del mercado podrían dirigir el mundo hacia las energías renovables de una manera bastante rápida, pero “esto no parece ya plausible, puesto que la senda para el cambio a las renovables necesita ser acelerada grandemente”. Aludiendo a Brett Christophers, autor de la obra “The price is wrong: why capitalism won’t save the planet”, apunta que una combinación de fuertes impuestos sobre el carbono, subsidios de largo plazo y cambios en el diseño de los mercados de electricidad pueden ser medidas necesarias.

El mercado -concluye- no resolverá el fallo del mercado que representa el cambio climático: “Hablamos mucho. Pero vemos que es imposible en la práctica actuar según la escala que se precisa. Esto es un fallo trágico”.

Aparte de las medidas indicadas, Wolf no aborda explícitamente la opción de un sistema económico alternativo al capitalismo. A tenor de los abundantes registros históricos existentes, ¿cabría perfilar a los regímenes comunistas como garantes de la preservación del medioambiente y eficaces combatientes del cambio climático? ¿Podrían ser un faro de esperanza para corregir la mayor de las externalidades, la asociada al clima?                         


     

13 de febrero de 2024

El Trilema del Cambio Climático

 

Era extraño que no se hubiera formulado la existencia de un trilema específico sobre el cambio climático. El FMI, en su publicación Fiscal Monitor de octubre de 2023, se hace eco de una de sus manifestaciones. El trilema en cuestión queda sintetizado en la representación gráfica. Los responsables de la política económica se enfrentan a un trilema a la hora de tratar de alcanzar estos tres objetivos: (1) objetivos climáticos, (2) sostenibilidad fiscal, y (3) factibilidad política.

Así, si los gobiernos recurren preponderantemente a medidas de gasto, este enfoque puede ser políticamente factible, pero la deuda aumentará sustancialmente.

En cambio, si abordan las actuales tendencias de las emisiones sólo con medidas moderadas, no podrán alcanzar los objetivos climáticos.

Por último, si utilizan medidas basadas en el precio de las emisiones, quedarían relajadas las exigencias fiscales, pero surgiría el problema de la impopularidad social.

No obstante, el FMI considera que hay una alternativa para alcanzar los tres objetivos de manera conjunta -lo que, de ser factible, desactivaría el trilema-, a través de una combinación de políticas cuidadosamente calibradas, adaptables a cada país. Dicho paquete comprende la aplicación de un precio por las emisiones, junto con otras medidas para abordar las preocupaciones distributivas y los impactos en el coste de la vida.






3 de agosto de 2023

La muerte del verano

 

Firmado por cualquier otro autor, un título como el de arriba podría atribuirse a algún comentarista con cierta tendencia a la exageración. Cuando comprobamos que quien lo suscribe es un historiador como Niall Ferguson, uno no puede sino acoger el artículo con una cierta inquietud, que se acrecienta a medida que se avanza en su lectura[1]. Las crecientes temperaturas globales amenazan con acabar con la versión del verano de sol y playa, es la tesis que sostiene: “Incluso quienes prefieren no pensar demasiado profundamente en el cambio climático perciben cuando sus vacaciones familiares de verano se transforman en un calvario equivalente a algo así como asarse lentamente”.

Continúa señalando que quienes disponen del stock de capital -hoteles, viviendas, embarcaciones- (también, habría que añadir, los bañistas no capitalistas y cualquier residente no veraniego) se aferran a la esperanza de que este verano sea una anomalía, y que el año próximo se retornará a una situación de normalidad. Sin embargo, mantienen la misma esperanza desde hace ya algunos años. Una terrible pregunta se suscita: “¿Qué ocurrirá si esta es la nueva normalidad?”.

Para calibrar mejor el panorama, el historiador británico se centra en el caso de España y, específicamente, en la Costa del Sol, donde tradicionalmente ha tenido mucha importancia el turismo británico: “Hasta ahora, ha habido tres olas de calor este verano, llevando la temperatura por encima de los 40 grados, y las vacaciones tradicionales en la Costa del Sol se han convertido en una abrumadora miseria”.

Ante un (¿imparable?) proceso de desertización de nuestro país, “si España fuera una compañía, los consultores dirían: ‘su modelo de negocio ya no funciona…”.

Si esto es así, ¿habría que seguir manteniendo una (¿vana?) esperanza, o ir preparándose ya para una reconversión en todos los órdenes?

Hace luego Ferguson algunas matizaciones, pero… (¿tbc?).



[1] Vid. N. Ferguson, “The death of summer”, bloomberg.com, 30-7-2023.

22 de julio de 2023

Calentamientos globales vs hornos locales

 

Este verano, las temperaturas causan estragos y baten registros históricos. Las conjeturas sobre el cambio climático y sus consecuencias son algo ineludible. Habitualmente, los programas medioambientales ponen el foco en el objetivo de contener el incremento de la temperatura global media respecto a la época de la preindustrialización. En el gráfico adjunto se observa cómo aquélla ha aumentado desde 1850. Esta práctica es cuestionada por John Burn-Murdoch[1].

Sin perjuicio de constatar, una vez más, la curiosidad de los designios patronímicos, este articulista considera que “continuamos enfatizando estadísticas abstractas en lugar de cosas que la gente puede realmente ver y sentir. Entiendo el foco en el límite de 2 grados centígrados, pero éste a) suena como algo pequeño, b) se refiere a alguna fecha en el futuro, c) carece de conexión con la experiencia humana y d) hace un trabajo bastante malo de describir lo que está ocurriendo con las temperaturas”.

En su lugar, plantea hacer referencia al número de personas que fallecen por el calor extremo, así como a la proporción de días en los que actualmente (2019-2023) se supera la cota de los 30 grados, en localidades concretas, en comparación con los años 50 (1950-1954). En el caso de París, el número de días con dichas temperaturas se ha multiplicado por 8,1; en Londres, por 10,4; en Barcelona, por 3,7; en Madrid, por 1,5.

También plantea una interesante reflexión: “¿Se establecería la humanidad en un planeta nuevo donde estar fuera durante el día fuese potencialmente letal, llevando a emplear el tiempo corriendo entre edificios y vehículos en busca de protección del medioambiente? Seguramente no”.

La pregunta, un tanto absurda si la circunscribimos al origen de la humanidad en un planeta sin elección posible, podría trasladarse, retrospectivamente, a aquellos pueblos que decidieron instalarse en zonas sumamente inhóspitas bastante antes de que se desencadenara el cambio climático. Por su parte, las previsibles migraciones por motivos climáticos -con tintes apocalípticos, según algunos profetas económicos- ofrecerán una respuesta clara.



[1] “What we get wrong when we talk about global warming”, Financial Times, 21 de julio de 2023.

 


26 de mayo de 2022

La identidad de Kaya: opciones para la reducción de emisiones

 

Con vistas al análisis y el seguimiento de los factores determinantes del nivel de emisiones de CO2, la identidad de Kaya ofrece un esquema bastante sencillo e ilustrativo. Parte de una equiparación muy elemental, casi de una tautología: la cifra total de emisiones es igual a la cifra media de emisiones por persona multiplicada por el número de personas. Lo único que se afirma realmente es que el número total de emisiones es igual… al número total de emisiones. Introduciendo variables que no alteran el resultado, al aparecer primero en el numerador y luego en el denominador de cada bloque, se puede desagregar el monto total en distintos componentes:

Total de emisiones de CO2 = Población x (PIB/Población) x (Energía/PIB) x (CO2/Energía).

Así, la cifra total de emisiones puede explicarse mediante el producto de varios factores relevantes: i) el número de personas en el mundo; ii) el PIB por habitante; iii) la intensidad en energía de la producción de bienes y servicios; y iv) la intensidad en carbono de la energía utilizada. En la página web “Our World in Data” se expone el desarrollo de esta expresión, y se ofrece un inventario de datos relativos a cada uno de los factores mencionados, para todos los países del mundo.

Según lo expuesto, la identidad de Kaya nos coloca ante un reducido, e inquietante, menú de opciones para disminuir la cifra de emisiones. En síntesis, son las siguientes: reducir la intensidad en carbono del PIB, bajar la renta media por persona, o disminuir el número de habitantes del planeta.

Ante esta complicada tesitura, ¿se puede ser tecno-optimista climático? Es lo que Martin Sandbu plantea en un reciente artículo del Financial Times, en el que aboga por esa clase de optimismo matizado, después de rechazar, como estrategias no adecuadas, la del “decrecimiento” o “empobrecimiento”, y la del control de la población.

No obstante, hay algunos aspectos de interés que merece la pena tener en cuenta: a) existe la posibilidad de utilización de tecnologías para retirar carbono de la atmósfera; b) el impacto en emisiones no es uniforme, sino que está concentrado en la población con mayor nivel de renta: la mitad más pobre de la humanidad produce solo el 10% de las emisiones globales; c) en lugar de “decrecimiento”, puede apostarse por la disminución de contenido en emisiones de los bienes y servicios producidos: como apunta Sandbu, la esencia del “crecimiento verde” es reducir la intensidad en carbono del PIB, la renta o la riqueza, no la reducción de estas magnitudes económicas.

La experiencia de una serie de países demuestra que es posible el “desacoplamiento” del crecimiento económico y el aumento de las emisiones de carbono. El incremento del PIB per cápita es compatible con el descenso de la cifra de emisiones per cápita. Además, se dispone de tecnologías que permiten que sea factible conciliar la descarbonización con el mantenimiento de los actuales estilos de vida. El proceso necesario no es, sin embargo, barato, ni está exonerado de costes de transición. Según la Agencia Internacional de la Energía (AIE), mantener el planeta en la senda de un incremento de la temperatura global de 1,5º respecto a la era preindustrial requeriría de una inversión anual de 4 billones (hispanos) de dólares, esto es, cerca de un 5% del PIB mundial actual. La aplicación de un impuesto sobre el carbono aparece como un elemento imprescindible para encauzar dicho proceso. Su recaudación debería servir para apoyar a aquellos colectivos más afectados por la transición energética.

Cuatro son las medidas básicas propugnadas por la citada Agencia: i) un impulso adicional sobre la electrificación limpia (aumento de las fuentes de energía solar, eólica, e incluso, en algunos casos, nuclear); ii) un foco permanente sobre la eficiencia energética; iii) una iniciativa general para reducir las emisiones de metano por el uso de combustibles fósiles; iv) un respaldo a la innovación en el campo de las energías limpias.

En el informe de la AIE se destaca que muchas de las actuaciones propuestas presentan una buena relación coste-eficacia, y que, respecto a las demás, su coste es insignificante en comparación con los inmensos riesgos de la inacción.

(Artículo publicado en el diario “Sur”)






15 de mayo de 2022

El ábaco del cambio climático

 

La “identidad de Kaya” no es una construcción demasiado intrincada. Señala, simplemente, que el total de emisiones de CO2 viene explicado por el producto de cuatro factores: i) el número de personas en el mundo; ii) el PIB por habitante; iii) la intensidad en energía de la producción de bienes y servicios; y iv) la intensidad en carbono de la energía utilizada.

En verdad, no hay que realizar un esfuerzo intelectual descomunal para llegar a esa descomposición. Como en otro tipo de identidades similares, lo que, en realidad, viene, en este caso, a decirse, es que la cifra total de emisiones es igual a… la cifra total de emisiones.

De planteamiento extremadamente simple como es, nos coloca, sin embargo, ante una tesitura delicada e inquietante, por cuanto nos enfrenta a tres opciones para disminuir la referida cifra de emisiones: rebajar la intensidad energética y contaminante del PIB, disminuir el nivel de renta medio por habitante, y frenar el ritmo de crecimiento de la población. En un próximo artículo remitido para su publicación en el diario “Sur” se aborda con más detalle ese complicado menú.



9 de agosto de 2021

Global warming: too late warning?

 

Hoy es un día triste. A pesar de que se veía venir. Aunque lleva fecha de 7 de agosto de 2021, es hoy cuando se están difundiendo las conclusiones del sexto informe de evaluación del Intergovernmental Panel On Climate Change (IPCC), “Climate Change 2021. The Physical Science Basis” (www.ipcc.ch). En él se afirma que “es inequívoco que la influencia humana ha calentado la atmósfera, los océanos y la tierra… Los aumentos observados en las concentraciones de gases de efecto invernadero (GEI) bien mezclados desde alrededor de 1750 son inequívocamente causados por las actividades humanas… Cada una de las cuatro últimas décadas ha sido cada vez más cálida que cualquier década precedente desde 1850”.

Además de otras aseveraciones inquietantes, se señala que “el cambio climático inducido por la actividad humana está afectando ya a muchos fenómenos meteorológicos y climáticos extremos en todas las regiones del mundo”.

E incluso en el mejor de los escenarios previsibles de disminuciones en las emisiones de GEI, el mundo es probable que alcance temporalmente un calentamiento de 1,5C dentro de 20 años.

Los mensajes desalentadores se van sucediendo sin tregua a medida que uno recorre las páginas del informe, del que se ha publicado un resumen de unas 40 páginas dirigido a los políticos. La gravedad del cuadro descrito es resumida de forma impactante por António Guterres, secretario general de la ONU: las conclusiones del informe describen “un código rojo para la humanidad” (C. Hodgson, “Global warming will hit 1,5C by 2040, warns IPCC report”, Financial Times, 9-7-2021).



12 de julio de 2021

El terral y otros calores veraniegos

 

Según la aplicación instalada en el teléfono móvil, la temperatura máxima de Málaga ha llegado hoy a los 39ºC. El sur de España concentra uno de los círculos de color rojo con los que el Copernicus Climate Change Service singulariza las zonas de más calor en la jornada.

No son infrecuentes estos días con aire de fuego en el verano malacitano. También lo eran en los de la lejana infancia, aunque entonces no se conocía el aire acondicionado. El día y la noche se hacen largos, muy largos. No obstante, en Málaga, durante el verano, lloramos con un ojo. En algunas zonas del interior peninsular las temperaturas tórridas suelen azotar de forma bastante más despiadada.

Recuerdo un viaje a Córdoba, a finales de los años setenta, en automóvil, naturalmente sin sistema de refrigeración. En la ciudad de La Mezquita los termómetros marcaban 50ºC. A media tarde, el viaje de regreso era impensable, por lo que mis apreciados e inolvidables compañeros de viaje -en sus diferentes acepciones- no tuvimos más remedio que buscar refugio en una sala de cine. Proyectaban “¿Por quién doblan las campanas?”. ´

Aquella experiencia representó una auténtica prueba de resiliencia climática que pudimos superar a duras penas. Hoy, sin embargo, asistimos atónitos a cotas de temperatura similares en parajes insospechados, incluso en la costa oeste de Estados Unidos y Canadá. La ciudad de Lytton, en British Columbia, registró una temperatura récord de 49,6ºC, y fue destruida en gran parte por un fuego incontrolado sólo unos días después. Los científicos han declarado que el calentamiento global ha contribuido a temperaturas tan altas en el Ártico ruso, en el oeste de Estados Unidos y Canadá, y en partes de Europa. Durante el mes de junio, la temperatura en Helsinki central ha sido la más alta desde que los modernos registros comenzaron en 1844[1].

Hace tiempo que no oigo campanas (de verdad; hay otras que no paran de sonar), pero eso no impide que ahora evoque las últimas frases de la película protagonizada por Gary Cooper.



[1] Vid. L. Hook y S. Bernard, “Record June heat in North America and Europe linked to climate change”, Financial Times, 9 de julio de 2021.


1 de julio de 2021

Clima y agricultura: sube la temperatura en el campo de la PAC

 

La agricultura, esa actividad económica que, según todos los indicios, ha tenido algo que ver en el desarrollo de la humanidad, en virtud de un proceso sumarísimo, sin permanecer apenas tiempo en el banquillo de los acusados, casi inadvertidamente, ha sido sometida a una implacable condena. También, por supuesto, la ganadería. Al menos en lo que concierne a los modos de producción tradicionales, el sector agrario en su conjunto se ve inexorablemente abocado a una drástica reconversión.

La consecución de los objetivos medioambientales y de reducción de las emisiones de CO2 justifica incluso el sacrificio de actividades cuyo mantenimiento, hasta hace no mucho, se veía como sustentador del equilibrio ecológico y territorial. Así lo percibía cuando, en el año 1981, participé en la elaboración de un informe económico destinado al gobierno preautonómico andaluz. Acababa de incorporarme como profesor ayudante en la Facultad de Económicas de Málaga, y me encargaron la redacción de un apartado sobre la situación y perspectivas de la agricultura andaluza. La misma percepción tenía años después cuando el director de Eseca -hoy, Analistas Económicos de Andalucía- me pidió mi respaldo para la puesta en marcha de la edición de un informe anual del sector agrario en Andalucía. Corría el año 1990.

Sí, el impacto de la agricultura sobre la emisión de dióxido de carbono a la atmósfera puede ser muy considerable, pero no por ello se atenúa la desazón que origina ver el campo sumido en esa situación. Como tampoco merma el sentimiento de admiración y gratitud por todo lo que nos ha aportado, y todo lo que aún simboliza. En fin, reconocer los defectos de algo que se aprecia, no por ser obligado, deja de ser hiriente. Cuando vemos el lugar que los diseñadores del Gran Reinicio le atribuyen al sector hemos de tomar conciencia, de manera definitiva, de que el proceso no tiene marcha atrás.

También éramos conocedores de las connotaciones y singularidades de la Política Agraria Común (PAC). En la práctica, ha sido uno de los ejes esenciales de la realidad política y presupuestaria de la Unión Europea y de su antecesora Comunidad Económica Europea. La evolución de la PAC reúne una serie de ingredientes como tema propicio para su pormenorizado análisis desde el prisma de la Economía Política. Pese a su enorme peso e influencia en los esquemas presupuestarios comunitarios, en los que acapara una tercera parte del total, parece que también ha llegado su hora.

Ésa sería la conclusión más benigna que podríamos extraer después de leer el demoledor ataque que le propina el semanario The Economist en una columna reciente[1], en la que se afirma que "La Política Agraria Común (PAC) es un tumor en el cuerpo político de la UE". En el artículo se destaca el decepcionante resultado de las negociaciones para el período 2023-2027, en el que los agricultores podrían percibir subvenciones por importe de €270.000 millones.

Asimismo se señala que "Más que derecha o izquierda, el campo de batalla político en gran parte de Europa es una lucha entre los centros urbanos y la periferia rural… Para la mayor parte de la UE, adelgazar las subvenciones sería un asalto sobre un ámbito rural políticamente potente. Es una lucha que pocos querrán tener". Afortunadamente, según The Economist, algunos sí están dispuestos: "Greta Thunberg, una joven sueca activista climática [¿una joven sueca… pero hay alguien que no la conozca?], ha reunido una red de ONGs que están martilleando a la UE por no hacer lo suficiente por contener los efectos medioambientales de la agricultura".

El pasado lunes, los ministros alcanzaron un acuerdo para renovar la PAC por un importe de €370.000 millones, "con la idea de promover unos métodos de cultivo más verdes [hasta hace poco, esto podría haber sido un claro pleonasmo], y de recompensar financieramente a los agricultores que apliquen técnicas sostenibles para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero"[2].

No obstante, los activistas verdes están requiriendo al Parlamento Europeo que no apruebe el acuerdo por no ser suficientemente ambicioso de cara al objetivo de reducir las emisiones: "Ahora corresponde al Parlamento Europeo rechazar la PAC", ha decretado la mencionada Greta Thunberg.



[1] Vid. "How farmers still rule Europe", 29 de mayo de 2021.

[2] Vid. M. Khan, “Green groups urge EU to scrap agriculture subsidy reforms”, Financial Times, 29 de junio de 2021.

29 de junio de 2021

El CO2 y el calentamiento global: dudas desconcertantes

 

La toma de conciencia respecto a la magnitud de los riesgos relacionados con el clima y a la necesidad de adoptar un conjunto de medidas para hacerles frente se ha extendido e intensificado en el curso de los últimos años. A pesar de ello, no han desaparecido algunas posiciones minoritarias marcadas por un considerable grado de escepticismo, con base en argumentos más o menos controvertidos, como tampoco otras más extremas catalogadas normalmente como "negacionistas".

Teniendo en cuenta que, al parecer, aún hoy día existen "terraplanistas" convencidos -visión que, contrariamente a algunas creencias extendidas, ya se había superado en la época de Colón-, apenas puede sorprender que haya posturas discrepantes de las visiones respaldadas por la corriente principal de la comunidad científica. 

Más desconcertante es, sin embargo, encontrarse con manifestaciones de estudiosos aparentemente respaldados por un bagaje técnico no despreciable que manejan argumentos no tan fácil ni directamente desechables como las burdas oposiciones frontales a todo lo que tenga alguna connotación de cambio climático.

Tal es el caso del diagnóstico que efectúa Pascal Richet (Expansión, 26-6-2021). Este científico, miembro del Institut de Physique du Globe de París, apunta una serie de cuestiones que al menos suscitan alguna reflexión. La limitación de los períodos de tiempo incorporados en los modelos climáticos por ordenador es una de ellas. Otra, potencialmente de enorme importancia, es la aseveración de que la evidencia paleoclimática muestra que los períodos de altos niveles de CO2 no preceden a los períodos de altas temperaturas, sino que son posteriores y sistemáticamente más largos.

De hecho, no sólo los economistas, por la imposibilidad de realizar experimentos (reales y a escala macroeconómica) en el laboratorio, tienen dificultades para el contraste empírico de sus teorías. El transcurso de unas décadas puede ser bastante para la vida normal de una persona, pero para los ciclos geológicos resulta sólo un instante.

Lejos de ser meros juicios de valor, se trata de proposiciones que debieran ser sometidas al filtro del método científico, con arreglo a los estándares habituales. Con independencia de que las implicaciones de tales proposiciones se adecuen o no a nuestras percepciones, no parece que sea muy científico desecharlas categóricamente sin entrar a evaluarlas y, mucho menos, excomulgar a quienes osen proclamarlas. Sin embargo, a tenor de lo indicado en el artículo referido, eso es justamente lo que ha ocurrido en este caso: "Como he podido experimentar, el rasgo más inquietante del debate sobre el clima es el deseo de descalificar de entrada al adversario arrastrándolo a otros campos no relacionados con el problema, en lugar de ofrecerle comentarios críticos a los que podría responder científicamente. Sorprendentemente, el libre debate en que se ha basado el progreso científico en la Historia ha sido sustituido por acciones propias del totalitarismo…". Desde luego, si esto fuera así -lo que sería, en su caso, un hecho contrastable-, no podría afirmarse que se estuviese adoptando una actitud demasiado científica.

Las dudas sobre la acreditación del cambio climático se antojan desconcertantes, como también lo son las que conciernen a la esfera metodológica, pero éstas se convierten en inquietantes cuando queda en entredicho la posibilidad de desafiar, aunque sea de manera inverosímil, el estado del conocimiento. ¿Qué habría sido del progreso científico si, a lo largo de la historia, hubiese prevalecido el enfoque inquisitorial?



20 de febrero de 2021

El manifiesto verde de Bill Gates

A veces, cuando viajo de noche, quedo impactado por la inmensidad de la oscuridad. Debe de ser una experiencia inolvidable dejar de percibir, desde la quietud de las alturas, los rastros lumínicos de las aglomeraciones urbanas en la superficie del planeta. Así lo describe Bill Gates, quien, a partir de tales vivencias, dice haber aprendido que mil millones de personas –cifra que ahora sitúa en 860 millones- no tenían acceso a una electricidad fiable.

Y, sin más dilación, nos coloca ante un grave dilema. Es obvio que sería prácticamente imposible lograr avances significativos en la lucha contra la pobreza y la enfermedad “cuando más de una de cada diez personas en la Tierra no disponen de un acceso fiable a todos los beneficios de la energía… pero alcanzar un estilo de vida moderno depende de los combustibles fósiles. Y el problema es simple: no nos podemos permitir liberar más gases de efecto invernadero”.

Convertido quizás en la primera referencia mundial en la lucha contra el cambio climático, destronando a Al Gore, ha escrito un libro, “Cómo evitar un desastre climático”, “para proponer un plan práctico para eliminar las emisiones y desarrollar y desplegar los instrumentos que necesitamos para hacerlo”. Así lo expone en un reciente artículo que sirve de presentación internacional de su “manifiesto verde”[1].

El magnate estadounidense –predicador todoterreno de enorme influencia global- considera que, para lograrlo, se requerirá un montón de esfuerzos por parte de los únicos grupos capaces de operar a escala global, los gobiernos, las organizaciones no lucrativas y las corporaciones.

Gates pone el foco en lo que denomina las “Primas Verdes” (“Green Premiums”), que define como “las diferencias en coste entre una forma de hacer algo basada en los combustibles fósiles y la forma limpia, no basada en emisiones, de hacer la misma cosa”. Estas primas “nos dicen cuánto costará que haya emisiones nulas en todos los sectores de la economía donde los combustibles fósiles están implicados”. Hoy por hoy, salvo en algunos casos, tales primas son muy elevadas, por una serie de razones.

Nos deja bastante desazonados cuando nos asegura que la alternativa de la plantación de árboles como forma de absorber parte del carbono es irrisoria a tenor de la magnitud de la tarea necesaria: “Para absorber las emisiones de ciclo vital que se producirán por cada estadounidense vivo actualmente… se necesitaría plantar y mantener permanentemente… casi la mitad de la masa continental del mundo”. Todo un jarro de agua fría, después de que, hace años, Mario Robles del Moral, desde su apasionado conocimiento de los bosques, reforzado con la indiscutible autoridad de sus dos apellidos arbóreos, nos ilusionara tanto con el proyecto del “Green Way”, de un camino verde que describiría una senda trasnacional, visible desde el espacio exterior.

En su opinión, es preciso incidir en cuatro áreas, esencialmente de la mano de las empresas:

1ª) Movilización del capital para reducir las primas verdes (vgr., financiación de soluciones innovadoras bajas en carbono).

2ª) Adecuación del perfil de los productos demandados (vgr., compra de vehículos eléctricos, sustitución del acero y del cemento por alternativas verdes).

3ª) Expansión de la investigación y el desarrollo (vgr., carnes de origen vegetal).

4ª) Configuración de las políticas públicas (vgr., promoción de I+D en energías limpias).

El artículo acaba con una apelación a los líderes empresariales a fin de que tengan el coraje necesario para asumir los riesgos para adoptar las actuaciones requeridas ante el cambio climático.

No sin antes dejarnos con una especie de enigma. En este sentido, nos deja un tanto desconcertados cuando, al recordar que solía trabajar en el ámbito de la salud global, “en el que los gobiernos y las corporaciones del mundo necesitan que ocasionalmente se les recuerde por qué deben preocuparse”, no hace la más mínima alusión al terrible recordatorio que nos azota desde hace ya un año. Es de esperar que en el libro nos aclare éste y otros misterios, como cuál es su recomendación acerca del modelo económico, social y político compatible con los objetivos medioambientales.



[1] Bill Gates, “Bill Gates: my green  manifesto” (a pesar de que el corrector automático del ordenador se empeña en escribir “green” con mayúscula, y en añadir una tilde a “manifesto”), Financial Times, 19 de febrero de 2021. [Afortunadamente, no ha hecho acto de incursión ningún sagaz traductor, ya que el nombre de “Guille Puertas” es menos conocido. Sin embargo, en el fondo, no le faltaría algo de razón si nos sugiriera que el artículo, en el que el editor incluye el nombre del autor en el título, en realidad viene a advertirnos de que es preciso abrir las “puertas de las facturas”.]

3 de febrero de 2020

El impuesto sobre el carbono ante el cambio climático


Los países participantes en la Cumbre de la Tierra de Río se comprometieron, en el año 1992, a evitar el cambio climático mediante la reducción de las emisiones de gases causantes del “efecto invernadero”. Sin embargo, el 50% de todo el dióxido de carbono (CO2) lanzado a la atmósfera por la acción humana desde la Revolución Industrial ha tenido lugar desde 1990. Las meras declaraciones de intenciones son totalmente ineficaces para alcanzar cualquier meta y, de manera particular, para afrontar un problema de tal envergadura como el señalado.

Tratar de mitigar el cambio climático requiere de la puesta en marcha inaplazable de un amplio abanico de medidas que pongan freno a las referidas emisiones. Una de las causas fundamentales del exceso de éstas responde a la existencia de externalidades negativas asociadas al uso de combustibles. Se da una externalidad negativa cuando quien lleva a cabo una actividad no tiene en cuenta los efectos perjudiciales ocasionados a otras personas o a la sociedad, con lo que su nivel de actividad excede del que resultaría óptimo desde un punto de vista social.

Hace ya un siglo, el análisis económico identificó una solución para ese tipo de situaciones: aplicar un impuesto de forma que los agentes económicos tengan en cuenta el daño causado con su actuación. En Estados Unidos, un grupo de economistas integrado, entre otros, por 27 Premios Nobel y 4 expresidentes de la Reserva Federal, han suscrito un documento en el que respaldan el papel de un impuesto sobre el carbono como el instrumento con mejor relación coste-eficacia para reducir las emisiones de dióxido de carbono a la escala y al ritmo necesarios. En los mismos términos se pronuncia la European Association of Environmental and Resource Economists, así como el Fondo Monetario Internacional (FMI).

Un impuesto sobre el carbono consiste en el establecimiento de una carga sobre las emisiones de CO2 liberadas por el uso de combustibles fósiles. La forma más fácil de implementarlo, desde un punto de vista administrativo, es mediante el gravamen de la oferta o suministro de tales combustibles -carbón, petróleo, y gas natural- en proporción a su contenido de carbono.

La aplicación de un impuesto de estas características, en la medida en que se traslada a los precios, induce a las personas y a las empresas a buscar vías para reducir las emisiones, conservar la energía, o adoptar fuentes de energías renovables. Un sistema de emisión de derechos comercializables, en el que las empresas deben estar en posesión de un permiso por cada tonelada de emisión, dentro de un límite fijado por el gobierno, es equivalente en la práctica a la aplicación de un impuesto sobre el carbono.

Existen otros instrumentos de mitigación que pueden aplicarse con la misma finalidad: a) “Feebates”, consistentes en el establecimiento de cargas sobre los productos y actividades con tasas de emisión superiores a la media, y la concesión de subvenciones a los que tienen tasas inferiores a la media; b) Regulaciones, mediante la fijación de estándares o de limitaciones. El FMI concluye que un enfoque basado en el precio -a través de un impuesto o de los permisos de contaminación- es más apropiado que las otras alternativas.

Numerosos países aplican ya alguna modalidad de impuesto sobre el carbono, pero el precio medio global resultante es de 2 dólares por tonelada, importe sumamente reducido en comparación con el estimado de 75 dólares por tonelada para 2030, asociado al objetivo de que el incremento de la temperatura no supere los 2°C.

Un tributo que actuara a la escala necesaria generaría un impacto relevante en el precio de productos esenciales dentro del presupuesto familiar. Con un tipo de 75 dólares por tonelada, en los principales países europeos, el precio del carbón se multiplicaría por más de 2; el del gas natural aumentaría un 50%; el de la electricidad, entre un 2% y un 18%; y el de la gasolina, algo menos de un 10%.

Un impuesto como el señalado conllevaría costes como consecuencia de los cambios inducidos (tránsito a tecnologías más limpias pero más costosas, y disminución de la actividad económica global a causa de los mayores precios de la energía), pero, en el otro lado de la balanza, permitiría cosechar importantes beneficios (menores muertes por contaminación del aire, disminución de la congestión del tráfico y de los accidentes, y efectos positivos sobre el clima). Según las estimaciones del FMI, con dicho impuesto, en los países del G20, habría 725.000 personas fallecidas menos en 2030 por causa de la contaminación del aire.

Aun cuando existe una plena justificación para la adopción de medidas de política económica para hacer frente al cambio climático, entre ellas las de carácter fiscal, su aplicación se enfrenta con diversos obstáculos: resistencia de los países a implementar acciones unilaterales que benefician a la humanidad en su conjunto, pero que pueden perjudicar su competitividad internacional. Haría falta, pues, un enfoque coordinado internacionalmente.

A fin de evitar distorsiones en el comercio internacional, sería oportuno incorporar un sistema de ajuste del carbono en frontera, en virtud del cual se establecería una carga sobre las emisiones de carbono no gravadas incorporadas en las importaciones de bienes. Por otro lado, para evitar el inconveniente de exigir el mismo sacrificio a países con emisiones per cápita muy dispares, se ha propuesto un esquema de incentivos: los países cuyas emisiones superen la media global tendrían que contribuir a un fondo común; los países con emisiones por debajo de dicha media recibirían una compensación.

En todo caso, puesto que la aplicación de un impuesto sobre el carbono se concibe como una iniciativa neutral desde el punto de vista recaudatorio, cobra especial relevancia el destino de los ingresos obtenidos. Al margen de que el retorno de la recaudación de forma igualitaria sería redistributivo, la aprobación de medidas selectivas para los colectivos especialmente vulnerables resultaría crucial. Asimismo, la optimización de las “subsidios verdes” ligados a las nuevas tecnologías es otro de los elementos a considerar.

Si bien toda predicción del futuro ha de hacerse en términos probabilísticos, es una certeza que se da un fallo del mercado cuando el precio de un recurso no recoge todas las consecuencias de su uso para la sociedad, presente y futura.

(Artículo publicado en el diario “Sur”, con fecha 2 de febrero de 2020)

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