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10 de agosto de 2022

Los hechos y la verdad: la interpretación randiana

 

En una época en la que resulta tan difícil identificar la verdad, camuflada entre múltiples máscaras y disfraces, cuando no profanada por imposturas infranqueables, se antoja altamente optimista, más bien quimérica, la contundente regla proclamada en su día por Ayn Rand: “Una verdad es la identificación de un hecho de la realidad. Da igual que el hecho en cuestión sea metafísico o realizado por el hombre, el hecho determina la verdad: si el hecho existe, no hay ninguna alternativa en cuanto a lo que es verdad”[1].

Y, además, surgen algunos interrogantes: ¿quién determina que existe un hecho?, ¿quién y cómo lo registra?, ¿quién señala cuál es la verdad correspondiente, supuestamente asociada mediante una relación biunívoca?...



[1] “Introducción a la epistemología objetivista”, Ediciones Deusto, 2022, págs. 127-128.

8 de marzo de 2022

“Yo soy. Yo pienso. Yo deseo”: el individualismo radical de Rand

 

Leí no hace mucho en algún periódico que una universidad inglesa había decidido ejercer un procedimiento de “cancelación” de “1984”, la sobrecogedora obra de Orwell. Es difícil no evocar esa pavorosa distopía cuando se inicia la lectura de “Himno”, opúsculo escrito por Ayn Rand en 1937, y que, a pesar de su juventud en dicha fecha, había concebido muchos años atrás, inicialmente como una pieza teatral. Paradójicamente, el texto fue publicado inmediatamente en Inglaterra, pero encontró muchos obstáculos en Estados Unidos, donde no vio la luz hasta 1946. Después de leer el lema grabado sobre “las puertas del Palacio del Consejo Mundial”, “Somos uno en todos y todos en uno. Ni hay hombre, sólo el gran NOSOTROS, uno, indivisible y para siempre”, uno puede empezar a intuir las razones.

No sabemos si Orwell tuvo ocasión de acceder al relato randiano, que más claramente anticipa un escenario semejante al de “El despertar de la herejía”, de Robert Harris: “Cientos y cientos de años atrás, los hombres conocieron secretos que nosotros hemos perdido”.

“I am. I think, I will”. La exaltación del yo, del ego, que era el nombre originario de la obra, emerge como el elemento central de la composición y de la filosofía de la autora. Como señala Leonard Peikoff, en el prólogo de la edición de 1995, “En la mente de Rand, la presente novela fue desde el principio una oda al ego del hombre”.

“… me dijeron que yo era injusta con los ideales del colectivismo”, dice la autora en el prefacio de la edición de 1946. Allí mismo proclama que “Los más culpables [de la dirección que estaba tomando el mundo] son las personas que aceptan el colectivismo como predeterminación moral… las personas que apoyan planes específicamente diseñados para la servidumbre, pero se esconden tras la vacua afirmación de que son amantes de la libertad… Esperan, cuando se encuentran en un mundo de ruinas sangrientas y campos de concentración, escapar de la responsabilidad moral gimiendo: ‘¡Pero no es eso lo que yo quería decir!’”.

Si el centro universitario británico antes referido considera que “1984” es “ofensiva”, qué podría opinar del contenido de “El himno” y del prefacio de la autora.

Individualismo frente a colectivismo. Dos fuerzas antagónicas que marcaron el curso del siglo veinte continúan su inacabable pugna. También ya en la nueva fase del “Gran Reinicio”, cuyo perfil vendrá condicionado por cuál de las dos prevalezca. Las cartas están repartidas.





10 de agosto de 2021

El egoísmo como virtud

 

Después de mucho tiempo, hace poco tuve un reencuentro con un amigo de la juventud, hoy a punto de jubilarse como profesor universitario, algunos años antes del límite de actividad establecido por la legislación vigente para funcionarios docentes. Atrás deja toda una vida dedicada a la docencia y a la investigación en el campo de la Biología. Decía sentirse bastante satisfecho por el trabajo realizado en ambas vertientes, lo que viene avalado por su brillante trayectoria, bien valorada en los círculos académicos de su especialidad. Esos logros han sido, sin embargo, a costa de una serie de sacrificios en diversos planos. En particular, me confesaba que, durante años, había tenido que convivir con el sinsabor de haber sido un egoísta, que había antepuesto sus prioridades profesionales a otros aspectos de la vida familiar, según distintas apreciaciones recibidas. La acusación reiterada de egoísmo viene ahora a pasarle factura al hacer balance de su aventura vital.

Realmente no supe qué decirle, más allá de recurrir al tópico del coste de oportunidad. Es uno de los pocos conceptos utilizados por los economistas que apenas se presta a discusión, lo que no impide, curiosamente, que, con notable frecuencia, se utilice impropiamente por no economistas, e incluso, a veces, hasta por quienes dicen serlo.

Lamento no haber caído entonces en las aportaciones de Ayn Rand sobre el egoísmo, que, con independencia de que nos adentremos en su perspectiva filosófica, pueden servir de rearme moral para aquéllos que, tal vez en parte injusta o erróneamente, han sido alguna vez acusados de egoístas.

Para Rand, “En su uso popular, la palabra egoísmo es sinónimo de maldad… Sin embargo, [su] significado exacto es: ‘Preocupación por los propios intereses de uno’. Este concepto no incluye una evaluación moral; no nos dice si la preocupación por los intereses de uno es buena o mala”. Y añade que “El altruismo declara que cualquier acción realizada en beneficio de otros es buena y que cualquier acción realizada en beneficio de uno mismo es mala. Así que el beneficiario de una acción es el único criterio de valor moral…, y, mientras el beneficiario sea cualquiera excepto uno mismo, todo vale”.

Verdaderamente desafiantes y controvertidos son los argumentos esgrimidos por la autora de “La rebelión de Atlas”, y precisan ser sopesados con calma, a fin de calibrar en qué medida está justificado un título tan expresivo: “La virtud del egoísmo” (Ediciones Deusto, 2021).

Por ahora, simplemente me limitaré a remitirle este breve texto, por correo electrónico, al eminente biólogo, que, probablemente, por tierras asturianas, camine en solitario hacia Santiago. Seguramente podrá abstenerse de comprobar la bandeja de entrada de su correo, pero no de escudriñar las manifestaciones de la vida que saldrán a su encuentro en rutas para mí sólo imaginarias.



1 de agosto de 2021

Filosofía: ¿quién la necesita?

 

Hace unas semanas, tuve la oportunidad de coincidir con un intelectual bastante conocido en los círculos culturales locales quien reconocía que, después de un largo recorrido, de casi toda una vida dedicada al estudio y a la reflexión, últimamente se planteaba si realmente necesitamos la filosofía. Al cabo de los años, su escepticismo había ido en aumento hasta tal punto que hoy empezaba a dudar acerca de su utilidad real.

Casualmente, pocos días antes había comprado un libro de Ayn Rand con un título que, aparentemente, viene al caso: “Filosofía: quién la necesita” (1982; Deusto, 2021). Reconozco que esa postura del intelectual me produjo bastante desconcierto. Desde que, hace ya casi cincuenta años, la profesora Adela Rodríguez nos abrió las puertas del pensamiento filosófico, no he dejado de perseguir -vanamente- la meta de encontrar alguna respuesta a las preguntas básicas ligadas a nuestra existencia en este mundo. Aquella esmerada docente, natural de un pequeño municipio granadino, casi limítrofe con la provincia de Almería, nos estimulaba a poner a prueba nuestra capacidad de elaborar esquemas de razonamiento lógico, encargaba trabajos escritos y, fuera de horario lectivo, organizaba sesiones de debate.

Entre incursiones ilusionantes y no pocas decepciones, los tratados introductorios a las aportaciones de los filósofos se acumulan en la biblioteca. Sólo recientemente se han incorporado algunas obras de Ayn Rand. Las referencias ofrecidas por Alan Greenspan, antes de su expulsión del Olimpo, fueron uno de los motivos, a los que viene a añadirse la curiosidad por indagar las causas de los furibundos ataques de los que la autora de “La rebelión de Atlas” es objeto por parte de las corrientes principales del pensamiento.

Tanto es así que resulta un tanto extraño ver cómo ahora aparecen bastantes de sus obras traducidas al español, como lo es también comprobar que su doctrina (Objetivismo) sigue teniendo algunos adeptos. Leonard Peikoff llegó a calificar a Ayn Rand como “la mejor vendedora que la filosofía ha tenido jamás”, al menos hasta 1982, año en el que escribía estas palabras al comienzo de la introducción de la obra citada en primer término. Es una clara invitación a adentrarse en la lectura del libro, compuesto por una recopilación de artículos e intervenciones de la escritora americana que, según ella misma, llegó “de un país culpable de la peor tiranía de la Tierra”.

Para Rand, “la mayoría de los hombres se pasa los días procurando evadir tres preguntas… ¿dónde estoy?; ¿cómo lo sé?; ¿qué debo hacer?... Ellos nunca han descubierto el hecho de que el problema proviene de las tres preguntas sin respuesta, y que sólo hay una ciencia que las puede responder: la filosofía”.

Aunque las respuestas (o, más bien, los interrogantes) que el lector se va a encontrar en los textos de la escritora le pueden provocar alguna que otra conmoción. Como cuando alude al ataque del “sistema kantiano-hegeliano-colectivista que domina nuestras instituciones culturales en la actualidad”, afirma que el odio a Estados Unidos obedece a que este país “es la refutación viviente del universo kantiano”, objeta algunas interpretaciones de la teoría de la justicia de Rawls, cuestiona abiertamente la doctrina del igualitarismo, o constata que “el estatismo [estaba] ganando por abandono -por el abandono intelectual de los supuestos defensores del capitalismo-“.

Para algunos, es posible que pronunciamientos de este tenor merezcan quedar frenados en los filtros de la corrección intelectual, pero seguramente es mucho más elegante y motivador atajarlos, cuando proceda, en el plano dialéctico.

Partiendo de darle la razón en algo: “La mejor forma de estudiar filosofía es abordarla como uno aborda una novela de misterio: sigue cualquier pista, cualquier rastro y cualquier implicación, para así poder descubrir quién es el asesino y quién es el héroe”.

En la filosofía, también en la historia, nos encontramos con muchas pistas falsas y muchas tergiversaciones. Las investigaciones sólidas, sujetas a contraste, y sin condicionamientos previos, pueden dictar que algunos héroes queden desenmascarados, e incluso hasta que un asesino confeso fuera inocente.



21 de mayo de 2021

Propiedad privada e interés social: huellas en la obra de Ayn Rand

 

Seguramente como otras muchas personas de mi generación, mi primer encuentro con Ayn Rand tuvo lugar, a través de la pequeña pantalla, de la mano de Gary Cooper. Un encuentro totalmente inconsciente y aislado. “El manantial” fue una de las películas que más impacto y desazón me ocasionó en la infancia.

Más de medio siglo después, la figura de la escritora de origen ruso parece que ahora se multiplica, y se manifiesta abiertamente, aunque con su conocido seudónimo.

Desde que William Ramsey me regaló, no hace mucho, un ejemplar de “La rebelión de Atlas”, me veo impelido a adentrarme en su misteriosa y compleja trama. Sus 1.224 densas páginas se antojan, sin embargo, un reto insuperable para un lector micropart-time. La impotencia lectora no hace más que acrecentar el desasosiego y la frustración, después de haber hecho fugaces incursiones para descubrir crípticos diálogos y descripciones de situaciones extrañas.

El desconcierto es mayúsculo cuando uno se encuentra, por boca de algunos personajes, con expresiones abiertamente contradictorias con los postulados de la filosofía randiana.

“Mi objetivo –declara uno de los empresarios que forman parte del reparto- es la preservación de una economía libre… A menos que demuestre su valor social y asuma sus responsabilidades sociales, la gente no la respaldará. Si ella no desarrolla un espíritu público, se acabó, no tengas duda de eso”. “La única justificación para la propiedad privada –sentencia, más adelante, el mismo personaje- es el servicio público”. Al margen de la desafortunada multiplicidad semántica del calificativo “público”, más de un prócer de la responsabilidad social corporativa se haría cruces si frases tan emblemáticas como las reseñadas se asociaran, directa o indirectamente, y aunque no se avalen expresamente, con una de las fuentes filosóficas inspiradoras de Ronald Reagan[1].

“La rebelión de Atlas”, publicada en el año 1957, está dedicada a Frank O’Connor, esposo de la autora. Ésta señaló que “El manantial” “fue sólo una obertura” a “Atlas shrugged”. Habrá que esperar para ver por qué Atlas decidió encogerse de hombros… Pero estaba escrito: “Todo está escrito. Y lo que está escrito, tarde o temprano, sucede”[2].





[1] Ayn Rand, “La rebelión de Atlas”, Ediciones Deusto, 2019, pág. 54.

[2] Juan Ceyles, “It”, Ed. etc el toro celeste, 2021, pág. 187.

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