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25 de diciembre de 2022

Adiós a 2022 como ‘zeitenwende’

 

El año 2022 afronta sus últimos días a ritmo acelerado. Es el momento elegido por los analistas para seleccionar las palabras que lo han definido. Tony Barber, prestigioso articulista del diario Financial Times, recoge las que han tenido un mayor protagonismo en este medio a lo largo del año, y destaca una de ellas, pronunciada por el canciller alemán Olaf Scholz pocos días después de la invasión de Ucrania por Rusia. Este inesperado acontecimiento representaba, según él, un ‘zeitewende’, un cambio de era. La etapa posterior a la guerra fría se daba por concluida.

Como recoge Barber, “Alemania y sus aliados deben permanecer juntos en una firme defensa de la libertad y la democracia. Alemania tendría que reconsiderar sus políticas de exterior, de energía y económicas, gastar más en defensa y no sentirse recelosa de proveer liderazgo para Europa. Ningún canciller había hecho un discurso similar desde el nacimiento de la República Federal en el año 1949”[1].

“En qué medida cambiará el ‘zeitenwende’ la política germana en el curso de los próximos años?”, se pregunta Barber. Aunque sea difícil de pronosticar, lo que es seguro es que, en el sentido que sea, afectará apreciablemente al conjunto de los ciudadanos europeos. La batalla de las reglas fiscales de la Unión Europea, sobre las que se ha venido pronunciando repetidamente el ‘Bundeskanzler’, está llamada a tener una importancia crucial. Aún no se sabe si el mencionado ‘zeitenwende’ también lo será para la Unión Europea. La pandemia de la Covid-19 ya hizo un sustancial trabajo al respecto.



[1] “Year in a world: Zeitenwende”, Financial Times, 24-12-2022.


5 de febrero de 2022

De la autocracia a la democracia: ¿impacto diferencial para adictos y opositores del antiguo régimen?

 

El tránsito de una dictadura a una democracia tiene un valor incalculable, toda vez que implica el acceso al bien supremo de la libertad. Puede darse el caso, sin embargo, de que ese beneficio inmaterial no se vea correspondido en la práctica, para algunos colectivos, por una mejora de las condiciones materiales de vida. Aun cuando diversas investigaciones, entre ellas las de Acemoglu y otros autores, apuntan que las democracias están, en general, mejor posicionadas para elevar las condiciones globales de vida y el bienestar económico, en comparación con los regímenes autocráticos, está menos claro cómo los recursos y las oportunidades económicas se reasignan, tras un cambio de régimen político, dentro de los diferentes estratos poblacionales.

En una reciente publicación se recoge una investigación sobre dicha cuestión para el caso de la transición de la extinta Alemania del Este a la entonces Alemania Occidental[1]. En concreto, se analizan las diferencias en los resultados económicos y sociales entre los opositores y los defensores del anterior régimen después de la transición a la democracia.

A partir de datos de casi tres décadas, los autores concluyen que los antiguos opositores se beneficiaron de la transición de la RDA a un sistema democrático, basado en una economía de mercado. En contraposición, quienes apoyaban el régimen autocrático, identificados por la pertenencia al partido único y por el empleo en sectores supervisados por el poder político, vieron empeorar su posición. En el estudio se señala que la eliminación de las prácticas discriminatorias de la autocracia representó una mejora de las oportunidades para los antiguos opositores. No se percibe, pues, ningún comportamiento diferente entre ambos grupos después de la reunificación, sino que el distinto impacto obedece a la conformación de un sistema más equilibrado en el reparto de oportunidades y a la supresión de privilegios.





[1] M. Deter y M. Lange “Are the supporters of socialism the losers of capitalism? Conformism in East Germany and transition success”, CESifo Working Papers, 9491, 2021.

5 de enero de 2022

La capitalización de Apple se acerca al PIB de Alemania: cuidado con las comparaciones

 

Cada vez cuesta más trabajo hacerse una idea del tamaño económico alcanzado por los colosos tecnológicos que dominan el mundo. Aún más, encontrar una expresión para reflejar su categoría económica[1]. Apple se ha convertido en la primera compañía en alcanzar una capitalización de mercado de 3 billones de dólares, después de que su valor se haya expandido en $1 billón en menos de 16 meses. La pandemia del coronavirus no ha sentado nada mal a la salud del gigante de la manzana[2].

Al hilo del logro de este espectacular hito, no han faltado múltiples comparaciones de esa apabullante cifra con el tamaño de las economías nacionales: el valor de Apple multiplica por 2,5 el PIB de España… e incluso se aproxima al de Alemania.

Es cierto que el PIB se suele utilizar como término de comparación de una serie de variables. Sin embargo, en ocasiones, cuando se compara con indicadores de riqueza, se corre el riesgo de transmitir la idea de que se trata de magnitudes homogéneas. Evidentemente, no es así: un indicador de riqueza es una variable stock, mientras que un indicador de producción o de renta es una variable flujo. El primero refleja el valor alcanzado por una variable a una fecha determinada; el segundo, el valor de una corriente generada a lo largo de un período, un año habitualmente en el caso del PIB. Dicho de otra manera, por muy impactante que sean, los $3 billones de la capitalización de Apple no son comparables con los más de $3,5 billones del PIB anual de Alemania.

Teóricamente, bajo la hipótesis del mantenimiento del precio de la acción, podría comprarse el 100% del capital de Apple por $3 billones. ¿Cuánto “valdría” la economía de un país capaz de generar un PIB anual de $3 billones?

Sería algo parecido a valorar un activo que genera un rendimiento anual. Si podemos adquirir un activo que garantiza una renta anual, perpetua, de €100.000, ¿cuánto estaríamos dispuestos a pagar por adquirir su propiedad y, así, obtener esa renta anual, suponiendo que no hay inflación? Si pensamos que un tipo de interés del 2% es un tipo razonable, estaríamos dispuestos a ofrecer €5.000.000.

Bajo el mismo esquema, la economía del país con un PIB de $3 billones “valdría” $150 billones.

En cualquier caso, para alguien que no quiera elevarse a cifras estratosféricas, bastará con que piense de cuál de las dos siguientes alternativas de producto financiero preferiría ser titular (ceteris paribus): a) depósito a plazo con un saldo de €10.000; b) depósito a plazo que genera una renta anual de €10.000.




[2] Vid. P. McGee, “Apple becomes first $3tn company after boost from pandemic demand”, Financial Times, 4-1-2022.


7 de diciembre de 2021

Sorteando el Schuldenbremse: ¿Economía de Pipi Calzaslargas?

 

Olaf Scholz, el próximo canciller de la República Federal de Alemania, era, hasta hace poco, el ministro de finanzas de dicho país. A pesar de su pertenencia al SPD, era considerado, por sus palabras y por sus hechos, un defensor de la ortodoxia presupuestaria y financiera. Hasta tal punto es así que incluso compartía opinión con su predecesor, el tenido como halcón presupuestario Wolfgang Schäuble, acerca de los factores limitativos de la inversión pública[1]. A mayor abundamiento, como nos hacíamos eco en un artículo publicado en este blog[2], ni siquiera veía la necesidad de reformar las controvertidas reglas fiscales de la Unión Económica y Monetaria.

Pero, ya se sabe, una vez que se accede a la cúspide del poder gubernamental, no es demasiado difícil que se desaten algunos factores “transformacionales”. Está por ver si esto sucede o no con el nuevo canciller federal. El gobierno en ciernes se mueve entre dos objetivos aparentemente incompatibles: por una parte, aumentar sustancialmente la inversión pública y, por otra, respetar el estricto freno a la deuda pública recogido como norma constitucional en Alemania, que establece un límite al endeudamiento neto estructural del gobierno federal equivalente al 0,35% del PIB.

Sin embargo, la sagacidad de Scholz parece que le permitirá cuadrar el círculo[3]: cómo conjugar el incremento de la inversión pública prometido por los Verdes en su campaña electoral con la reticencia de los Liberales a elevar la carga impositiva, y respetar el referido freno.

A tal efecto se barajan algunas soluciones “creativas”[4]: i) convertir el KfW, un banco de desarrollo de propiedad estatal, en una agencia de innovación e inversión, dedicándola a la concesión de préstamos al sector privado; ii) permitir que determinadas compañías públicas relacionadas con el sector inmobiliario puedan captar deuda con destino a inversiones; iii) retocar la metodología para el cálculo del componente cíclico utilizado en la regla del freno de la deuda, de manera que se amplíe de facto el techo del endeudamiento.

Algunas de las fórmulas planteadas tienen el sabor de ciertos esquemas de financiación de infraestructuras como el conocido “modelo español” o de creación de sociedades públicas, que fue en su día bastante cuestionado.

Lars Feld, profesor de la Universidad de Friburgo, anterior asesor gubernamental, se ha mostrado bastante cáustico respecto a las propuestas de la nueva coalición de gobierno, que ha llegado a calificar como “Economía de Pipi Calzaslargas – Hago el mundo como me gusta”[5].




[1] Vid. The Economist, “The end of the German debt brake?”, EIU, 1 de marzo de 2021.

[3] Vid. G. Chazan, “Olaf Scholz plots a way round Germany’s debt rules”, Financial Times, 7 de diciembre de 2021.

[4] Vid. Chazan, op. cit.

[5] Vid. Chazan, op. cit.


27 de julio de 2018

El retorno de la hiperinflación: el caso de Venezuela

Quienes asistimos al nacimiento del régimen democrático instaurado en el año 1977 vivimos en cierto modo nuestra pequeña República de Weimar en la vertiente inflacionaria. Cuando se celebraron las primeras elecciones democráticas, los precios al consumo crecían por encima del 22% en términos interanuales. Al acabar el año, la tasa anual superó el 26%. Se trataba de un ritmo de crecimiento vertiginoso, desbocado, desconocido para nosotros. Recuerdo las solemnes intervenciones televisivas del profesor Enrique Fuentes Quintana, que había asumido las riendas económicas del Gobierno de la nación. La incipiente democracia se enfrentaba a importantes retos económicos; el control de la inflación era uno de ellos, absolutamente prioritario. No fue una tarea sencilla ni libre de costes, pero el embridamiento de los precios figura entre los logros de la política económica del sistema democrático, que evitó que nuestra economía se despeñara por terrenos escabrosos.

Con tasas actuales que rondan el 2% anual, después de haber despejado el fantasma de la deflación (“Entre el miedo a la inflación y el pánico a la deflación”, diario Sur, 22-11-2013), los españoles estamos habituados a una notable estabilidad de precios. Hoy sería inconcebible retrotraernos a tasas de variación del IPC pre-Pactos de la Moncloa.

La inflación ha ido dejando dramáticos y dolorosos rastros a lo largo de la historia. Y, lejos de lo que pudiera pensarse, no es un fenómeno del pasado. La historia económica también nos enseña que la noción de inflación es bastante elástica, al presentar en la práctica un recorrido extraordinariamente amplio. En comparación con la experiencia de algunos países, las tasas situadas en la cota del 20% anual, que causaron pavor en el inicio de la transición democrática, resultan irrisorias. Los economistas reservan el término hiperinflación cuando los precios aumentan sostenidamente por encima del 50% mensual. Si este umbral lo elevamos al año, nos encontramos ya con una tasa más que respetable, sencillamente del 12.975%.

¿Una cifra muy alta? No tanto, si la comparamos con la registrada en Alemania en el año 1923, cuando se alcanzó una tasa del ¡29.500% mensual!, o, lo que es lo mismo, del ¡20,9% diaria!. A ese ritmo infernal, los precios se duplicaban cada 3,7 días. Pero el ranking histórico de las experiencias inflacionarias, elaborado por Steve H. Hanke y Nicholas Krus, sigue encabezado por Hungría, país que, en el año 1946, llegó a una tasa de inflación mensual del 41.900.000.000.000.000% (¡cuarenta y un mil novecientos billones por ciento!), lo que venía a significar que los precios se duplicaban cada 15 horas. Otros episodios inflacionarios más recientes, como los acontecidos en Zimbabwe y Yugoslavia, reflejan cifras también escalofriantes, igualmente difíciles de asimilar.

Desde hace algún tiempo, la escalada de los precios en Venezuela ha hecho entrar a este país caribeño -hasta no hace mucho postulado por algunos sectores como referencia económica y doctrinal frente a las desdichas padecidas en España- en la zona de dominio de la hiperinflación. Hace unos meses, al explicar a mis alumnos los efectos de la inflación en el IRPF, se suscitó el caso de Venezuela como una de las potencias inflacionarias actuales. Uno de los estudiantes realizó una defensa encendida del régimen allí vigente, por considerar que es uno de los pocos sitios donde los ciudadanos son dueños de su propio destino, sin ningún tipo de injerencia externa. Al no ser ese, pese a su interés, el objeto de la sesión formativa, me limité a apuntar simplemente que, como señalaba un artículo del Financial Times de finales de mayo de este año, además, a diferencia de España, donde el salario mínimo mensual, es de unos 860 euros, allí había logrado alcanzarse una cifra millonaria, concretamente, de 2,5 millones de bolívares. Una vez que todo el mundo es millonario, quizás importa menos que esa suma equivaliese a menos de 3 dólares.

El gobierno del país hace tiempo que dejó de publicar los datos oficiales de inflación. Ya se sabe, es un dato bastante manipulable informativamente. De ahí que para conocer la evolución de ese indicador económico haya que recurrir a estimaciones no oficiales. Según un informe del Fondo Monetario Internacional de fecha 23 de julio de 2018, firmado por Alejandro Werner, se proyecta un notorio alza en la inflación de Venezuela hasta alcanzar la cota de 1.000.000% hacia finales de 2018.

Como comenta Gideon Long (Financial Times, 24-7-2018), de cumplirse la previsión del FMI, Venezuela se equipararía a la República de Weimar, aunque con una ventaja no desdeñable. Mientras que en la Alemania de entonces la gente transportaba los billetes bancarios en carretillas, los venezolanos pueden usar tarjetas de crédito para hacer compras. Después de todo, como argumenta Steven Pinker, el progreso sigue su curso.

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