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19 de agosto de 2018

La parábola de los talentos: las claves interpretativas y la creación de valor

En una entrada de este blog, de fecha 16 de junio de 2018, hacía referencia a la parábola de los talentos, contenida en el Evangelio según San Mateo. En dicha entrada ponderaba las potencialidades de la parábola para la discusión de cuestiones económicas, financieras y fiscales básicas. Asimismo, aludía a las dudas interpretativas respecto al mensaje a extraer de ese visitado pasaje bíblico. Mihir Desai, en su obra “The wisdom of finance”, de la que igualmente se ofrece una reseña en este blog (entrada de 14-7-2018), viene en nuestro auxilio al aportarnos algunas perspectivas de interés desde el ámbito de la teoría de las finanzas.

Para el profesor Desai, que reconoce tener que batallar con algunas dimensiones de la parábola, las principales lecciones parecen claras (no hay que olvidar que imparte docencia en la Universidad de Harvard): i) todo el mundo ha sido dotado con talentos y dones; ii) éstos están distribuidos de manera desigual; iii) son increíblemente valiosos; y, lo que considera más importante, iv) deben ser ejercidos hasta su máxima capacidad.

El proceso de creación de valor en una compañía ocupa un lugar clave en este enfoque interpretativo. Los accionistas de una sociedad mercantil confían a los gestores de ésta su capital con la expectativa de obtener unos determinados rendimientos. Es lo que los economistas denominan el coste de uso del capital, un concepto un tanto críptico, que viene a representar la tasa de rendimiento mínima que debe obtener un inversor para que le merezca la pena invertir en un proyecto empresarial. 

Bajo una lógica que Desai califica como “brutal”, sólo se crea valor si se logra una tasa de rendimiento que supere el coste de uso del capital, es decir, las expectativas de los inversores. Nótese que la tasa de rendimiento correspondiente al coste de uso del capital puede alcanzarse (se supone que sin mucho problema) fuera de la sociedad considerada. Siguiendo la misma lógica, que se hace aún “más brutal”, si se genera un rendimiento que queda por debajo de las expectativas del inversor, se habrá destruido valor.

Concluye su razonamiento Mihir Desai con las siguientes directrices: “utiliza al máximo lo que has recibido, sé consciente de cuánto has recibido y de cuánto se espera de ti, y no escatimes esfuerzos para superar tales expectativas”. Ahora bien, semejante claridad de ideas puede ser predicable de un profesor de una de las mejores universidades del mundo, pero cabe dudar de que estuviera al alcance de un modesto siervo que, para colmo, no había recibido indicaciones expresas. Otrosí, maravilla la confianza en los banqueros de la antigüedad, a diferencia de lo que ha ocurrido en los años recientes.

En fin, también podemos colegir que en la época reflejada en el relato bíblico no se daba una situación de tipos de interés negativos. ¿Cómo habría reaccionado el iracundo potentado de haberse encontrado, a su regreso, con un “corralito” financiero, con un “default”, o con un menor capital por mor de intereses sustractivos?
Aparte de su parquedad instructora acerca del uso de los capitales confiados, sabemos con certeza, a tenor de sus manifestaciones “ex post”, que el señor de la fábula no se caracterizaba por la aversión al riesgo, o bien que no concebía su existencia en la operatoria de los banqueros. Ya se sabe que hasta no hace mucho relativamente -en perspectiva histórica- algunos banqueros no tenían una responsabilidad patrimonial limitada sino personal.

De haberse producido eventos con impacto negativo en el capital retornado o ser otro el perfil de riesgo del hacendado, probablemente habrían cambiado las tornas, y el siervo timorato y conservador no habría sido expulsado a las tinieblas. En España y en otros países, durante el “boom” crediticio de comienzos del presente siglo, algunos banqueros fueron condenados a las tinieblas, pero, tras el estallido de la crisis financiera y su “aftermath” (After maths all of us are good forecasters), resulta que, de pronto, se encontraron en territorio de luz.

Como ya señalaba en la primera entrada del blog sobre esta extraordinaria parábola, hay otras vertientes de interés que se desprenden de la misma. Para abordarlas hay que hacer acopio de energía y determinación. No en vano hasta el propio Mihir Desai encuentra que “algunas lecciones de la parábola [son] más misteriosas”.

16 de junio de 2018

La parábola de los talentos: la necesidad del talento financiero

En una de las primeras entradas de este blog, del mes de agosto de 2017, al hilo de un comentario de la obra “Las barbas del profeta”, de Eduardo Mendoza, ponderaba la fuerza y la destreza narrativas de los relatos bíblicos. Muchos de ellos tienen un valor extraordinario, ya sea en un plano puramente hedonista, como disfrute de la lectura, ya sea en el de su utilidad como elementos de referencia para la discusión filosófica o el análisis de las estrategias de comportamiento personal. Estas facetas se potencian por el desconcierto que en ocasiones se suscita en el lector ante la ambigüedad de los mensajes o las dudas acerca del sentido último de las historias descritas.

Algunas de estas tienen evidentes connotaciones económicas tanto por el contexto en el que se desarrollan como por las pautas de actuación que pueden extraerse. Una de las más notorias a este respecto es la parábola de los talentos, contenida en el Evangelio según San Mateo. 

Un hombre que parte de viaje al extranjero llama a sus tres siervos para confiarles su hacienda, consistente en ocho talentos: a uno le entrega cinco, a otro dos y al último uno, a cada uno según su capacidad. A su regreso, comprueba que los dos primeros siervos, que habían negociado con el dinero recibido, habían logrado duplicar la suma recibida, entregando diez y cuatro talentos, respectivamente, y concitando así el beneplácito de su señor. El tercero, conocedor de los rasgos de su amo (“…sé que eres un hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste”), temeroso, se había limitado a esconder el talento, que devolvió sin rédito alguno. Esta actitud provocó la ira del señor, que le recriminaba no haber “entregado mi dinero a los banqueros, y, así, al volver yo, habría cobrado lo mío con los intereses”. Su veredicto fue privarle del talento y entregarlo al siervo que había recibido los diez, pronunciando esta terrorífica sentencia: “Porque a todo el que tiene, se le dará y le sobrará; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Y a ese siervo inútil, echadle a las tinieblas de fuera. Allí será el llanto y el rechinar de dientes”.

¡Qué gran pieza literaria para utilizarla en una prueba de Filosofía o de Economía! ¡Qué fábula tan magnífica para un debate sin condicionantes previos, partiendo de cero, sin recurrir a respuestas ya acuñadas!

Menuda joya para un profesor de Economía, ante la oportunidad de aplicar conceptos relacionados con la distribución de la riqueza, la redistribución, la justicia distributiva, la relación entre el propietario y los gestores, la gestión de la riqueza, el binomio riesgo-rentabilidad, el papel de la banca, los incentivos, las penalizaciones, la psicología financiera…, por no hablar de las cuestiones que se suscitan desde una perspectiva jurídica. 

Quizás no habría que olvidar que la explicación profunda de la esencia de la parábola no pertenece a este mundo. A pesar de ello, la teoría de las finanzas es capaz de aportar algunos ingredientes significativos y de abrir una vía para explicaciones provechosas en situaciones reales. Así se pone de relieve en el libro “The wisdom of finance”, de Mihir Desai, del que espero recoger próximamente una reseña en este blog.

Con independencia de ello, parece innegable la necesidad de disponer de algo más que sabiduría financiera para comprender plenamente el significado de la parábola de los talentos. Ya sabemos que “los caminos del Señor son inescrutables”, por lo que no debe de resultar muy sorprendente que algunas de sus palabras, ahormadas según la pluma de los escribas, también lo sean. Y tal vez gracias a ello podemos disfrutar de tesoros como el aquí descrito.

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