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11 de julio de 2024

¿Han recuperado los salarios su nivel prepandémico?

 

Hace cuatro años estábamos inmersos en la terrible pandemia del coronavirus. Una etapa de auténtica pesadilla que parece mucho más lejana en el tiempo. Con independencia de las apariencias, mucho es lo acontecido desde entonces, y mucho lo especulado sobre lo que iba a acaecer en el terreno económico. El impacto de la crisis sanitaria y de los procesos subsiguientes (cuellos de botella de los suministros, repliegue parcial de la globalización, conflictos bélicos, inflación, aumento de los tipos de interés, medidas fiscales…) sobre los distintos sectores económicos y sociales es una de las cuestiones que ha venido acaparando la atención.

La OCDE, a través del informe OECD Employment Outlook 2024, proporciona una ilustrativa información acerca de la evolución de los salarios reales en los países integrantes de dicha organización. Como puede apreciarse en el gráfico adjunto, hay una serie de países (16 de los 35 con datos disponibles), entre los que se encuentra España, en los que el nivel de los salarios en el primer trimestre de 2024 es todavía inferior al existente en el último trimestre de 2019. Para obtener una visión más precisa de la tendencia de la capacidad adquisitiva de los salarios es necesario incorporar, entre otros factores, el impacto de la imposición directa, aspecto especialmente en un contexto de inflación.





12 de octubre de 2023

Claudia Goldin, Premio Nobel de Economía: "the parenthood effect"

La Real Academia Sueca de Ciencias ha concedido el Premio en Ciencias Económicas 2023 a Claudia Goldin, profesora de la Universidad de Harvard, por sus investigaciones, “que nos han aportado nuevas y a menudo sorprendentes visiones acerca de los papeles históricos y contemporáneos de las mujeres en el mercado de trabajo”.

En uno de los documentos justificativos publicados[1] se destaca, entre otras, su aportación en la explicación de la denominada “brecha salarial” entre hombres y mujeres. La difusión de las conclusiones del análisis realizado puede tener un gran impacto en la percepción social sobre esta importante cuestión[2]. A este respecto, se afirma lo siguiente: “Ahora podemos ver que la brecha de ingresos entre mujeres y hombres en los países de alta renta se sitúa entre el diez y el veinte por ciento, incluso aunque muchos de estos países tengan una legislación de retribución igualitaria y las mujeres a menudo tengan un mayor nivel educativo que los hombres. ¿Por qué se da esta situación?”.

Ante esta pregunta tan relevante e intrigante, podría hacerse una pausa y hacer sonar unos acordes musicales propios del suspense y la expectación…

Después de sortear el gráfico interpuesto, aquí reproducido, retomamos el hilo de la lectura para constatar que, en un artículo de 2010, escrito por la galardonada en colaboración con Marianne Bertrand y Lawrence Katz, se destaca que “las diferencias en los ingresos iniciales son pequeñas.  Sin embargo, cuando llega el primer hijo, la tendencia cambia; los ingresos caen inmediatamente y no se incrementan a la misma tasa para las mujeres que tienen un hijo que para los hombres, incluso si tienen el mismo nivel educativo e igual profesión”. Asimismo, se afirma que “Estudios de otros países han confirmado la conclusión de Goldin y la maternidad puede ahora explicar casi completamente las diferencias de renta entre hombres y mujeres en los países de alta renta… Puesto que las mujeres asumen a menudo una mayor responsabilidad que los hombres en el cuidado de los hijos, por ejemplo, esto hace que la progresión en la carrera profesional y los incrementos salariales sean más difíciles”.




[1] The Royal Swedish Academy of Sciences, “The Price in Economic Sciences 2023”, Popular Science Background.



10 de abril de 2019

Nivel educativo y perspectivas laborales

Actualmente nos encontramos inmersos en un intenso proceso de cambios que afectan profundamente a las relaciones económicas y sociales. Nuevos y viejos esquemas conviven, de manera o inarmónica, en la antesala de un sistema a todas luces diferente del que prevalecía no hace muchos años. El entorno que se configura tiene especiales implicaciones en el mercado de trabajo. Las formas de los vínculos contractuales y su estabilidad en el tiempo, el alcance de la protección social, los modos de trabajo, los perfiles competenciales, la tipología de los puestos demandados, los abanicos salariales, los itinerarios profesionales; todo eso y mucho más está sujeto a una transformación cuyos límites no alcanzamos a vislumbrar.

En este contexto, la polarización del mercado de trabajo es una de las tendencias más destacadas en los análisis recientes. Sin embargo, la evolución dispar de las condiciones de los distintos colectivos dentro del mercado laboral no es un fenómeno nuevo. En un estudio presentado por David Autor, profesor del MIT, en la reunión de la American Economic Association de enero de este año, se pone de manifiesto que, en Estados Unidos, en el período 1963-2017, el salario real de las personas con formación de posgrado aumentó entre un 80% y un 100%; el de las personas en posesión de un grado universitario, entre un 40% y un 60%; en cambio, el de los trabajadores con un nivel educativo de enseñanza secundaria o inferior se mantuvo estancado, o incluso disminuyó en el caso de los varones.

Como se hace eco The Economist (12-1-2019), esa evolución ha coincidido con “cambios tectónicos” en la vertiente del empleo. En particular, la participación dentro de la ocupación total de los puestos que requieren mucha o muy poca formación ha crecido notoriamente desde 1970. En contraposición, numerosos puestos en las cadenas de producción y en las oficinas con requerimientos formativos medios han desaparecido, por la deslocalización a otros países, así como por el impacto de los ordenadores y de la robótica.

Si tomamos en consideración las pautas observadas en las últimas décadas, a tenor de las que ahora están en curso, se deja entrever un panorama preocupante dentro del que pueden ampliarse los contrastes en las posiciones de los diferentes estratos del mercado laboral y, como consecuencia, en el bienestar personal. Según el referido profesor del MIT, los nuevos tipos de empleos responden a alguna de las siguientes categorías: i) “trabajo frontera”, muy vinculado a las nuevas tecnologías; ii) “trabajo relacionado con la riqueza”, que engloba un variado conjunto de actividades orientadas a la satisfacción de las necesidades de los profesionales bien situados; iii) “trabajo de la última fase”, concretado en aquellas tareas que quedan una vez que la mayoría de las funciones han sido ya automatizadas (servicios de distribución, tareas rutinarias en almacenes, seguimiento de contenidos en redes sociales…).

Mientras que las dos primeras categorías tienden a estar abiertas a personas con titulación universitaria (siempre que se ajuste a las demandas existentes, con especialización y capacitación suficientes) y ofrecen retribuciones adecuadas, la tercera acoge de manera desproporcionada a trabajadores sin formación universitaria, sujetos a condiciones económicas precarias. Es verdaderamente difícil frenar los desarrollos impulsados por los factores de cambio, por lo que es cada vez más necesario garantizar que todas las personas tengan las mismas oportunidades para trazar y elegir su trayectoria formativa.

Por otra parte, dado que, para lo bueno y lo malo, las condiciones económicas de cada puesto acaban dependiendo del juego de la oferta y la demanda, se hace imprescindible que, sin perjudicar ni distorsionar los incentivos, se establezcan mecanismos y esquemas de protección para quienes “queden atrás”. El sector público tiene un considerable recorrido de mejora en términos de eficiencia y de eficacia, aparte de recurrir a otras fórmulas sobradamente conocidas, posibilitando la participación voluntaria y directa de los agentes privados.

Descendiendo al terreno de la evidencia estadística en España, podemos comprobar cómo los datos disponibles avalan la importancia de la educación en conexión con el mercado laboral. Así, según los datos ofrecidos por la OCDE (referidos a 2017), la tasa de ocupación de las personas con edades entre 25 y 64 años muestra una clara relación positiva con el nivel educativo: 56%, para personas con nivel inferior a la educación secundaria superior; 70%, para personas con este último nivel; y 80% para personas con educación universitaria.

También se da una relación similar para los individuos con edades de 25 a 34 años (61%, 69% y 77%, respectivamente), en tanto que la tasa de paro refleja el efecto educativo: 27,8%, 18,4% y 13,9%. Así, la tasa de desempleo del colectivo con educación superior es la mitad del colectivo situado en el escalón formativo más bajo considerado.

Las diferencias retributivas son asimismo significativas: los ingresos de los trabajadores con menor nivel formativo eran un 27% más bajos que los de quienes habían alcanzado el bachillerato, y algo menos de la mitad respecto a los titulados universitarios. El esfuerzo realizado en lograr una titulación universitaria es, al margen de otros aspectos no pecuniarios, una inversión rentable desde un punto de vista dinerario, si bien, lógicamente, la rentabilidad se ve condicionada por el tipo de interés que se utilice para descontar los ingresos futuros. En España, los rendimientos financieros netos adicionales para un varón con educación universitaria, en comparación con otro con un nivel equivalente de bachillerato, ascienden a una cifra de 176.600 dólares, si se utiliza una tasa de descuento del 2% anual, y a 22.200, si dicha tasa es del 8%.

De manera llamativa, en 2016 España encabezaba, junto a Dinamarca, la clasificación de países de la OCDE según la tasa de graduación (por primera vez) en educación terciaria, con un 58%. Y se espera que el 50% de la población nacional se gradúe en dicha educación antes de cumplir los 30 años. Cabe reseñar que, con una diferencia de 14 puntos porcentuales a favor de las mujeres, en este indicador se da una “brecha de género invertida”.

(Artículo publicado en el diario “Sur”)








15 de noviembre de 2018

La curva de Phillips: a la búsqueda de las huellas perdidas


La historia de la curva de Phillips está plagada de curiosidades e incluso de aspectos intrigantes. Hizo acto de aparición en los medios académicos en el año 1958, pero bastante después, en 1973, se publicó un artículo con el título “Yo descubrí la curva de Phillips”, “firmado” por un “autor”, Irving Fisher, que había fallecido en 1947.

A pesar de que Fisher, en un trabajo un tanto olvidado, rescatado medio siglo después, había identificado en los años veinte del pasado siglo una conexión estadística entre el paro y la inflación, fue el economista neozelandés A. W. Phillips quien postuló la famosa curva que lleva su apellido.

Alban William Housego Phillips, como otros académicos célebres, fue un economista en segunda instancia, a partir de una especialización previa, en su caso en el campo de la ingeniería eléctrica. Tras su dura experiencia como prisionero de guerra se dedicó al estudio de los problemas macroeconómicos, pero no abandonó su primigenia vocación. Y, de hecho, llegó a desarrollar un aparato mecánico basado en la hidráulica para modelizar la economía británica.

Implicaciones de la curva de Phillips en el mercado laboral

Sin embargo, la curva que lo hizo famoso respondía a un esquema bastante más simple. Según la misma, la variación de los salarios guarda una relación negativa con la tasa de desempleo; a mayor tasa de paro, menores aumentos salariales, y viceversa. Muchas han sido las ampliaciones y revisiones de ese modelo tan simple y, en el fondo, basado en una lógica casi inapelable. Por mucho que rechacemos que el trabajo pueda ser considerado una mercancía, resultaría un tanto extraño que su retribución no se viera afectada por las condiciones del mercado laboral ni por el implacable juego de la oferta y la demanda, que acaba resumiéndose en la tasa de desempleo.

Durante bastante tiempo llegó a prevalecer una visión ingenua que concebía la curva de Phillips de una economía como una relación estable que ofrecía a los responsables de la política económica una serie de combinaciones de paro e inflación entre las que se podía elegir. Dentro de lo negativo, los dos males económicos bajo el foco, el paro y la inflación, marchaban en sentido contrario.

La difuminación de la curva típica

Sin embargo, la crisis de los setenta del pasado siglo dejó claro que ambos males pueden persistir al unísono. El fenómeno de la “estanflación” llegó a causar verdaderos estragos. Y, ya desde hace tiempo, encontrar una curva de Phillips bien definida y asentada se convirtió en una auténtica quimera. La otrora típica curva en forma de media luna empezó a difuminarse, si no a desaparecer, en los registros estadísticos empíricos.

Pero sería absurdo suponer que se pueda ignorar por completo una asociación tan trascendental y, así, a lo largo de los últimos años son numerosos los trabajos de investigación que tratan de recuperar la pista de su trazado gráfico real. James Tobin llegó a sugerir un símil sumamente adecuado: al igual que los personajes de Pirandello andaban buscando un autor, la curva de Phillips era, en un principio, un hallazgo empírico en busca de una teoría. Sin embargo, hoy día podríamos afirmar que las cosas han cambiado: hay ya una abundancia de autores y de teorías, a la búsqueda de los pasos perdidos de la famosa representación gráfica.

La influencia de otros factores

Para algunos economistas, el hecho de que no se llegue a percibir la curva de Phillips a partir de una inspección superficial de los datos no significa que aquélla no exista. Así, Gavyn Davies sostiene la tesis de que el comportamiento de la inflación puede venir condicionado por otras variables que contrarresten el efecto de la situación del mercado laboral.

Es decir, muchos otros factores pueden influenciar la evolución de la inflación, y algunas perturbaciones sobre ellos pueden ocultar la relación subyacente entre la inflación y el paro. La globalización, las alteraciones en la composición de la actividad económica y de la ocupación, la caída estructural de precios en algunos sectores, los cambios demográficos y las expectativas inflacionarias, entre otros, pueden desempeñar un papel relevante al respecto. Asimismo, el estancamiento de la productividad, que condiciona a largo plazo la capacidad para sostener los incrementos salariales, asume un protagonismo más que notable, al igual que la persistencia de altas cifras de desocupación y de amplios colectivos de personas transitoriamente retiradas de la población activa.

Lo que sí parece desprenderse es que, debido a algunos de los desarrollos recientes, la curva de Phillips se ha vuelto más plana, de manera que una caída en la tasa de desempleo tiene actualmente mucho menos impacto en la elevación de la inflación que en los años setenta del pasado siglo.

Impacto en la política monetaria

La forma efectiva de la curva de Phillips es de gran importancia para la instrumentación de la política monetaria. En este contexto, The Economist ha subrayado que, cuanto más plana sea dicha curva, el coste para los bancos centrales, en términos de una mayor inflación, por el hecho de retrasar el aumento de los tipos de interés, es considerablemente reducido.

En el gráfico adjunto se representa la relación entre la tasa de desempleo y la variación del coste salarial en España en los últimos años. Nos encontramos con una nube de puntos que es posible sintetizar en una curva con pendiente negativa. Sin embargo, la gran dispersión existente, esto es, las fuertes desviaciones de las observaciones respecto a la curva estimada, hace que no exista seguridad respecto al resultado que nos podríamos encontrar ante una posible elección entre las dos variables analizadas.

Hace años, cuando la aplicación de medidas generales de expansión de la demanda acababa traduciéndose en un incremento de la inflación y en una escasa incidencia en la ocupación, se pusieron en marcha las medidas de creación directa de empleo con objeto de “engañar” a la curva de Phillips. Se pretendía implementar medidas selectivas de manera que se lograra crear puestos de trabajo sin desatar la espiral inflacionista.

Hoy existen otras fuerzas, como las señaladas, que ayudan en ese propósito, pero, a decir verdad, la curva de Phillips es la que ha logrado engañar y esquivar a los investigadores económicos. Sesenta años después del artículo seminal de Phillips, el desafío intelectual sigue abierto. Después de las certezas llegaron las incertidumbres. Tal vez, sin saberlo, seguimos esperando a Godot.

(Artículo publicado en “UniBlog”, basado en una entrada publicada en el blog "Tiempo Vivo")

23 de noviembre de 2017

El misterio de la curva de Phillips desaparecida

Hace ya casi sesenta años, el economista neozelandés A. W. Phillips postuló la famosa curva que lleva su apellido, según la cual la variación de los salarios guarda una relación negativa con la tasa de desempleo; a mayor tasa de paro, menores aumentos salariales, y viceversa. Muchas han sido las ampliaciones y revisiones de ese modelo tan simple y, en el fondo, basado en una lógica casi inapelable. Por mucho que rechacemos que el trabajo pueda ser considerado una mercancía, resultaría un tanto extraño que su retribución no se viera afectada por las condiciones del mercado laboral y por el implacable juego de la oferta y la demanda, que acaba resumiéndose en la tasa de desempleo.

Durante bastante tiempo llegó a prevalecer una visión bastante ingenua que concebía la curva de Phillips de una economía como una relación estable que ofrecía a los responsables de la política económica una serie de combinaciones elegibles de paro e inflación. Dentro de lo negativo, los dos males económicos bajo el foco, el paro y la inflación, marchaban en sentido contrario. Sin embargo, la crisis de los setenta del pasado siglo dejó bastante claro que ambos males pueden persistir al unísono. Y, ya desde hace tiempo, encontrar una curva de Phillips bien definida y estable se convirtió en una verdadera quimera. La otrora típica curva en forma de media luna empezó a difuminarse, si no a desaparecer, en los registros estadísticos empíricos.

Pero sería absurdo suponer que se pueda ignorar por completo una relación tan trascendental y, así, a lo largo de los últimos años son numerosos los trabajos de investigación que tratan de recuperar la pista de su representación gráfica real. Para algunos economistas, el hecho de que no se llegue a percibir la curva de Phillips a partir de una inspección superficial de los datos no significa que no exista. Su existencia se considera crucial para la conducción de la política monetaria.

En su blog del Financial Times, en dos entradas del mes de octubre de 2017, Gavyn Davies lleva a cabo un repaso ilustrativo del estado de la cuestión. En ellas sostiene la tesis de que el comportamiento de la inflación puede venir condicionado por otras variables que contrarresten el impacto del desempleo. Es decir, muchas otras variables pueden influenciar la evolución de la inflación, y algunas perturbaciones sobre estas variables pueden ocultar la relación subyacente entre la inflación y el paro. El papel de la globalización, la caída estructural de precios en algunos sectores, los cambios demográficos y las expectativas inflacionarias pueden desempeñar un papel relevante al respecto.

Lo que sí parece desprenderse es que, debido a algunos de los desarrollos recientes, la curva de Phillips se ha vuelto más plana, de manera que una caída en la tasa de desempleo tiene hoy día mucho menos impacto en la elevación de la inflación que en los años setenta del pasado siglo.

En este contexto, como subraya The Economist (4 de noviembre de 2017), cuanto más plana sea la curva de Phillips, el coste para los bancos centrales, en términos de una mayor inflación, por el hecho de retrasar el aumento de los tipos de interés es bastante bajo.

En el primer gráfico adjunto se representa la relación entre la tasa de desempleo y la variación salarial en España en los últimos años. La relación queda más perfilada si se incluyen los datos de las variaciones salariales con un retraso de cuatro trimestres, como se hace en el segundo gráfico.

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