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20 de abril de 2024

¿Estoicismo con avaricia?

 

El denominado “sesgo de la publicación” nos lleva a forjarnos opiniones acerca de los acontecimientos y de las personas en función de la información que se muestra, mientras que la que permanece oculta o soslayada, a pesar de que puede ser sumamente relevante, no ejerce ningún efecto. Con carácter general, el sesgo -o, más concretamente, la falta de conocimiento- está detrás de muchas de las percepciones que tienen una gran influencia en los comportamientos grupales. La información fidedigna, completa y veraz es un bien colectivo de enorme trascendencia cuya oferta está muy lejos, no ya del nivel óptimo, sino de unos estándares asumibles. No sólo por el efecto de posibles manipulaciones o distorsiones intencionadas, sino por la complejidad de abarcar un conocimiento suficiente del gran abanico de cuestiones básicas.

El afloramiento de facetas poco o nada conocidas de personajes históricos o de hechos acontecidos llega a veces a hacer tambalear las ideas preexistentes. Hasta tal punto de que, a veces, surge una resistencia a aceptar las nuevas imágenes percibidas.

Es lo que ocurre cuando alguien aporta evidencias de que uno de los filósofos que encarnan más acusadamente el espíritu estoico tenía “una avaricia desenfrenada”: “Al fin y al cabo, el mismo […] que ensalzaba la virtud por encima de la riqueza amasó una enorme fortuna gracias a sus servicios al emperador Nerón. Poseía varias fincas y muchas villas, y entretenía a lo grande a suma invitados”. Conocido con el apodo de “superrico”, “era un usurero de lo más codicioso”.

Cuesta, desde luego, bastante hacerse a la idea de que ese magnate, que, además, en uno de sus escritos, criticaba duramente la avaricia, fuera el autor de las cartas a Lucilio. En la obra “El precio del tiempo”, Edward Chancellor provoca un estremecimiento a los admiradores de uno de los más grandes representantes del estoicismo. ¿Habría que considerarlo como “exestoico”? (en diferente acepción a la de “extoikos”).



1 de octubre de 2021

Estoicismo para tiempos recios

 

Corren tiempos recios. Tiempos que han llegado desafiando a los modelos meteorológicos. También fallan estos en sus pronósticos, no sólo los modelos económicos, pero, sin duda, son los nuestros propios, los que secretamente nos habíamos ido forjando en nuestras mentes, los que lo hacen de manera más estrepitosa.

Cuando, por fin, tomamos conciencia de ello es cuando el estoicismo acude, inopinadamente, al rescate. Circunstancialmente, uno de sus máximos representantes sale, inadvertidamente, a nuestro encuentro. Tal vez no con la elegancia de Marco Aurelio, el estilo directo y sin ambages de Epicteto nos brinda una valiosa oportunidad para la reflexión y la recapitulación[1].

“No son las cosas las que preocupan a las personas, sino los juicios que se forman sobre las cosas… Por consiguiente, cada vez que encontremos un impedimento y nos sintamos preocupados o tristes, no le echemos la culpa a nadie salvo a nosotros mismos, es decir, a nuestros propios juicios. Hacer responsables a otros cuando las cosas salen mal, es un comportamiento típico del que no ha comenzado su aprendizaje; el que lo ha iniciado se culpa a sí mismo; el que lo ha completado no se echa la culpa a sí mismo ni se la echa a otro”.

A la luz de lo que antecede, sólo cabría decir que, a pesar de que son ya muchos los años acumulados, aún estamos lejos de completar el aprendizaje. Aunque tampoco podemos olvidar que “De las cosas que existen, unas dependen de nosotros, otras no”.






[1] Epitecto, “Manual de estoicismo (y dos diatribas contra el abuso de poder)”. Prólogo, traducción y notas de Óscar Martínez García, Edaf, 2021.

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