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13 de agosto de 2024

Una especie de TFG fruto de la inteligencia personal

 

El profesor, reputado colega de la Facultad de Económicas, recibió el texto, en impecable impresión, encuadernado. Se lo remitía un colega de la Facultad de Derecho, con la petición de que lo leyera y le diera su opinión. No constaba el nombre del autor, pero le aseguraba que era un estudiante de ciencias jurídicas, con apenas veinte años cumplidos. Podía tratarse, pues, de un trabajo de fin de grado (TFG). Pero pronto le surgieron algunas dudas, pues no era habitual tan buena hechura, ni un estilo tan perfilado, como tampoco la profundidad del pensamiento exhibido. Hubo de reconocer que, si bien no era el primer TFG que rayaba a gran altura que se encontraba en su vida académica, desde luego, este destacaba por su destreza narrativa y la fuerza de su discurso. Por lo demás, el tema elegido, el de la tiranía no podía ser más de actualidad. La plétora de ensayos acerca de los peligros que se ciernen sobre las democracias liberales, y, lo que es peor, sobre cómo mueren las democracias, así lo acreditan. Aunque no es menos cierto que es bastante menor la atención que se dedica a la perpetuación de algunos regímenes que van más allá de lo que modernamente se denomina iliberalismo.

El trabajo en cuestión, que, curiosamente, no mencionaba a Trump, era capaz de despertar una creciente atención del lector, cuyo grado de sorpresa iba aumentando a medida que avanzaba en su contenido. Inevitablemente, según me confesaba, no pudo dejar de pensar en la fórmula del ChatGPT. Mediante una serie de pruebas, había comprobado la alta calidad del artilugio de inteligencia artificial para componer los más variados textos a demanda, con una asombrosa capacidad de adaptación a las especificaciones solicitadas. ¿Cómo podía estar seguro de no encontrarse ante una evaluación a ciegas de un producto de esa descomunal factoría?

Mientras tanto, iba anotando algunas frases que le llamaban particularmente la atención: “cómo puede ser que tantos hombres… soporten a veces a un tirano solo, quien únicamente tiene el poder que aquellos le confieren”. “Ciertamente, es gran cosa, y sin embargo algo tan común que debería causarnos más dolor y menos sorpresa, ver a un millón de hombres servir miserablemente, con el cuello bajo el yugo, no obligados por una fuerza mayor, sino de algún modo (eso parece) encantados y fascinados por el solo nombre de uno…”. Aquí, pensaba, podía radicar una clave. Si no es por la imposición de una fuerza mayor, no podía tratarse de una férrea dictadura al uso, sino que podía estar refiriéndose a una extraña sumisión voluntaria. La tesis parece confirmarse luego, cuando se expresa que “no hay necesidad de combatir a este solo tirano, no hay necesidad de derrotarlo; sería derrotado por sí mismo simplemente si el país no consintiera en someterse a su propia servidumbre…”.

El asombrado profesor se encuentra luego con una frase que le evoca la sublimación cervantina de la libertad: “Hay una sola cosa que, no sé muy bien por qué razón, la naturaleza no logra colocar entre los anhelos de los hombres: se trata de la libertad, que es no obstante un bien tan grande y tan placentero que perderlo es causa de todos los males”. Y, más adelante, se abunda en que “Ciertamente, una vez perdida la libertad, se pierde también el valor… los tiranos lo saben bien, de modo que propician tales actitudes para así debilitar más aún a las gentes”.

El supuesto autor del texto no ceja en su retrato de los tiranos, de quienes dice que “para asegurar su posición, siempre se han esforzado en hacer que el pueblo se acostumbre no solo a la obediencia y a la servidumbre, sino también a mostrar devoción por aquel que manda”.

El texto se cierra con una manifestación que puede resultar reveladora. Declara el autor que “piens[a], y no cree equivocar[se], que nada hay tan contrario a Dios, quien es totalmente liberal y bondadoso, como la tiranía, y que Él reserva allá abajo, en un lugar aparte, algún castigo especial para los tiranos y sus cómplices”. Admitiendo que pueda ser así, para que luego se diga que la tasa de descuento no tiene importancia en la evaluación de proyectos.

Me reconocía el profesor que, tras la lectura del texto y este remate, había quedado completamente impresionado y a la vez desorientado, reafirmándose en su hipótesis de que la obra en cuestión no podía ser sino fruto de una encomienda bien meditada a alguno de los redactores jefes de la inteligencia artificial.

Según me dijo, trató de verificar dicha creencia con el remitente del texto, quien, desde Bolonia, le aseguraba que había incurrido en una percepción errónea, y, ante la incredulidad de su interlocutor, por fin accedió a revelarle la identidad del autor y el título de la obra. No conocedor del prodigioso ensayo del gran amigo de Montaigne, no se convenció de su autenticidad hasta cotejar la edición impresa que pudo conseguir.



22 de agosto de 2018

Una nueva constitución para Cuba

Sostiene Steven Pinker que una regla práctica para saber si un país tiene un régimen democrático es comprobar si ha incorporado la palabra “democrática” en su nombre oficial. En caso que se así sea, la respuesta ha de ser negativa. A la luz de la experiencia histórica, existen precedentes de lo atinado de esa regla: los países autodenominados “democráticos” no lo son, pero no eso no significa, lógicamente, que todos los que no utilizan tal denominación lo sean.

Cuba optó por una denominación aséptica, la de “República de Cuba”, pero eso no ha impedido que, a lo largo de décadas, se haya cuestionado su carácter democrático. De hecho, la disyuntiva se planteaba en el título de una ampliamente difundida obra, inicialmente publicada en el año 1975, bajo la coordinación de Marta Harnecker, conocida autora marxista, asesora del gobierno cubano: “Cuba: ¿dictadura o democracia?”.

La respuesta no se hace esperar mucho, toda vez que ya en la presentación apócrifa se afirma categóricamente: “… la teoría marxista ha señalado que la dictadura del proletariado es la forma más alta de democracia”. Más adelante, ya en la introducción, a cargo de dicha autora, se afirma que “El Estado cubano, como todo Estado -burgués o socialista- representa una dictadura de unas clases sobre otras”. También, que “Pero así como el Estado cubano ha sido una dictadura para la contrarrevolución, ha sido para el pueblo -aun sin la presencia de instituciones representativas- un Estado esencialmente democrático”.

Para respaldar esta ocurrente e innovadora tesis recurre a la voz autorizada de Raúl Castro, en una intervención de agosto de 1974: “Cuando un Estado como el nuestro, representa los intereses de los trabajadores, cualquiera que sean su forma y estructura, resulta un tipo de Estado más democrático que ningún otro tipo que jamás haya existido en la historia…”. Merece la pena completar la cita: “… porque el Estado de los trabajadores, el Estado que construye el socialismo es, bajo cualquier forma, un Estado de las mayorías mientras que todos los estados anteriores han sido los estados de las minorías explotadoras”.

Y, aún más, el discurso de Fidel Castro en una conferencia de prensa de agosto de 1975 permite zanjar el asunto: “De modo que no hay ninguna medida fundamental aquí, ninguna ley fundamental que no se discuta con todo el pueblo… De manera que la dictadura es la dictadura de la inmensa mayoría del pueblo. Por eso tú le puedes llamar dictadura o le puedes llamar democracia obrera o democracia popular”.

La Constitución cubana vigente, proclamada en el año 1976, establece, en su artículo 1º, que “Cuba es un Estado socialista de trabajadores, independiente y soberano, organizado con todos y para el bien de todos, como República unitaria y democrática, para el disfrute de la libertad política, la justicia social, el bienestar individual y colectivo y la solidaridad humana”. En el preámbulo se manifiesta asimismo la voluntad de continuar hacia “el objetivo final de edificar la sociedad comunista”.

Recientemente, el pasado 22 de julio, la Asamblea Nacional ha aprobado el proyecto de nueva Constitución, actualmente en fase de consulta pública para, posteriormente, ser sometido a referéndum.

El nuevo texto mantiene que los “ciudadanos cubanos” (¡no se utiliza ningún desdoblamiento de género!) siguen “guiados” por “las ideas político-sociales de Marx, Engels y Lenin”, si bien prescinde de la referencia al objetivo de avance hacia la sociedad comunista.

Por lo que se refiere a la definición del Estado, se mantienen los elementos esenciales, y se añaden otros que vienen a significar la ampliación del espectro de las ambiciosas metas nacionales: “Cuba es un Estado socialista de derecho, democrático, independiente y soberano, organizado con todos y para el bien de todos, como república unitaria e indivisible, fundada en el trabajo, la dignidad y la ética de sus ciudadanos, que tiene como objetivos esenciales el disfrute de la libertad política, la equidad, la solidaridad, el humanismo, el bienestar y la prosperidad individual y colectiva”. Pese a ese elenco de descriptores democráticos, se “reafirma el papel rector del Partido Comunista de Cuba”.

Según el análisis efectuado por The Economist, en un artículo con título elegido por su significado (“Less than meets the eye” -“Menos de lo que aparenta”-, 28-7-2018), aunque el proyecto recoge algunas de las reformas auspiciadas por Raúl Castro, mantiene los dos pilares del régimen de Fidel, el monopolio del poder del Partido Comunista y el dominio estatal de la economía.

Entre los cambios más significativos de la nueva carta magna cubana cabe mencionar la reorganización de la estructura gubernamental nacional y provincial (sin que haya que olvidar la definición preliminar de “república unitaria e indivisible”, ¿aviso para navegantes?).

Por otro lado, mientras que la Constitución de 1976 prohíbe la propiedad privada, la nueva reconoce, además de la propiedad personal, la propiedad privada, “la que se ejerce sobre determinados medios de producción”.

Ahora bien, se mantienen las esencias del régimen surgido tras la revolución del año 1959, en la medida en que se deja meridianamente claro que “rige el sistema de economía basado en la propiedad socialista de todo el pueblo sobre los medios de producción, como forma de propiedad principal, y la dirección planificada de la economía, que considera y regula el mercado, en función de los intereses de la sociedad”. Es evidente que los redactores del nuevo articulado no comparten en absoluto el veredicto de Fukuyama acerca del “fin de la historia”.

Dentro de este esquema de planificación centralizada se contempla un cierto papel para los autónomos (“cuentapropistas”), ya existentes (incluso se acota su ámbito respecto a la situación actual), pero se determina que la empresa estatal socialista constituye “el sujeto principal de la actividad económica”.

Según The Economist, “el desafío real para Cuba es cómo sostener su extremadamente ineficiente economía planificada centralmente en ausencia de un patrocinador extranjero”.

En su discurso ante la Asamblea Nacional, con motivo de la aprobación del proyecto de la nueva Constitución, el presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, proclamó que “el principal obstáculo a nuestro desarrollo es el bloqueo, que sigue ahí como el dinosaurio de Monterroso”. “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”, reza el microrrelato del escritor hispanoamericano, como recuerda The Economist. Según éste, “lo mismo podría decirse del Partido Comunista”.

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