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17 de agosto de 2024

La irresistible demanda de objetos falsificados

 

Hay objetos falsificados que cumplen perfectamente el papel de la suplantación de la autenticidad. Incluso a veces pasan el experto filtro de los captadores de piezas originales. La función de mera apariencia buscada por algunos compradores conscientes se cumple con gran eficacia. No hace mucho, un conocido académico narraba su sufrida experiencia en la que un trío de hábiles prestidigitadoras de la escena le sustrajeron, sin darse cuenta, en un simple escaramuza, el ejemplar falsificado de un reloj suizo muy apreciado por su marca.

¿Por qué existe un mercado de objetos falsificados? ¿Por qué alguien está dispuesto a pagar 500 euros por una gorra de béisbol de una prestigiosa marca, cuando puede conseguir otra indistinguible a simple vista por 12 euros?, se pregunta Tim Harford en un reciente artículo (“The real questions posed by counterfeit clobber”, Financial Times, 16-8-2024).

La certeza de la calidad y del prestigio puede estar detrás de la decisión de compra, así como la voluntad de no contribuir a alimentar segmentos de economía no formal, basada en actuaciones ilegítimas. A su vez, quien se inclina por las falsificaciones, aparte de no compartir tales escrúpulos, o de estar, tal vez, en disposición de menores ingresos, considera que la esperable diferencia de calidad queda más que compensada por el menor desembolso. En definitiva, la excelencia y el importe del gasto son dos variables clave. Según Harford, si una marca va asociada a la excelencia, el comprador del artículo falsificado es el perdedor, algo que, a tenor de lo indicado, no resulta del todo claro. Por otra parte, respecto a aquellas marcas cuyo elevado precio es injustificado, apunta que cabe equipararlas a billetes falsos, lo que, desde luego, llevaría a ignorar completamente el valor subjetivo atribuido a determinadas marcas.

Igualmente, se hace eco de la tesis de la “piratería promocional”, según la cual las grandes compañías toleran las falsificaciones de sus productos, ya que, de esta manera, se aseguran una mayor extensión de sus productos y, por ende, refuerzan sus marcas en el mercado. A pesar de ello, estima que las marcas salen malparadas, a pesar de dicho posible efecto, toda vez que la circulación de productos falsos les hace perder valor. Los distintos enfoques de la teoría del valor se ven claramente desafiados en el mercado de las falsificaciones.



28 de marzo de 2024

Enseñanzas de preguntas absurdas

 

No hace mucho, Tim Harford comentaba que, a través de su cuenta en una de las redes sociales más extendidas, había solicitado que se le formularan preguntas económicas absurdas que el trataría de contestar con respuestas serias[1].

Algunas de ellas pueden parecerlo, aun cuando, en ciertos casos, muestren correlación con otras que se formulan en la realidad, e incluso con propuestas que, por una u otra vía, logran abrirse un hueco en el campo regulatorio. Hay preguntas que pueden resultar disparatadas en la práctica, pero que no lo son a priori, ya que pueden emanar de inclinaciones o instintos naturales.

Una de las preguntas recibidas encaja en esas categorías y tiene un alto interés pedagógico: “¿Qué ocurriría si la inflación se declarara ilegal? ¿Podría legislarse que no pudiera subir nunca ningún precio?”.

Antes de ver la respuesta del afamado economista británico, no puede decirse que las cuestiones planteadas se antojen descabelladas, y no es difícil encontrar situaciones históricas que claramente las evocan.

Tampoco da la impresión de que haya una respuesta muy simple, toda vez que el articulista dedica una página completa a dar una explicación. A este respecto, en un tono formal, Harford señala que el congelamiento legal de los precios haría que “la economía no pudiera ajustarse adecuadamente a las situaciones de escasez y de sobreabundancia, y la economía no podría adaptarse al cambio tecnológico”.

Por otra parte, “sería también difícil abordar las fluctuaciones en la oferta y la demanda. Supongamos que hay un aumento en la demanda de fisioterapeutas, o de café… [al no poder subirse los precios] cabe esperar largas colas para el tratamiento y los estantes vacíos en el supermercado”.

“¿Qué sucedería si la inflación se hiciera ilegal? Nada bueno”, concluye T. Harford. Eso sí, habría un florecimiento de mercados, de esos que, tradicionalmente, se denominaban “mercados negros”.

Pensándolo bien, puede ser difícil etiquetar una pregunta como absurda, e incluso casi puede ser más fácil hacerlo con una respuesta.



[1] “Tim Harford answers more of your crazy economic questions”, Financial Times, 22-12-2023.


5 de noviembre de 2023

La paradoja de los cálculos simples

 

¿Por qué algunos cálculos sumamente simples se convierten en un escollo insalvable para muchas personas cuando se plantea una respuesta rápida?

Es la reflexión que viene a hacer Tim Harford en su último artículo en el Financial Times: “The simple maths puzzle that shows us how to separate fact from fiction”.

El ejercicio es bastante conocido: “Si un bate y una pelota cuestan conjuntamente $1,10, y el bate cuesta un dólar más que la pelota, ¿cuánto cuesta la pelota?”.

Curiosamente, una buena parte del fallo en las respuestas, señala el referido economista, prevalece incluso aunque se indique a quienes deben responder cuál es la respuesta correcta, o se les da una pista sustancial. Una puede ser la siguiente: a veces, ante lo más simple, antes de contestar, conviene plantear una ecuación, por muy sencilla que sea, y, si hiciera falta, un sistema de ecuaciones...

7 de mayo de 2023

¿Arruina la lotería la vida de los ganadores de premios?

 

Es ésta la pregunta que plantea Tim Harford en un reciente artículo publicado en el diario Financial Times. En él, inicialmente, se hace eco de algunos llamativos casos en los que quienes obtuvieron sustanciosos premios acabaron en la ruina. No obstante, considera que tales ejemplos no son necesariamente los típicos, por lo que recurre al análisis de los resultados acumulados por diversos estudios empíricos, a la búsqueda de posibles pautas de comportamiento.

Estas son las conclusiones básicas que obtiene:

a)    Los ganadores de premios de lotería (de cuantía significativa) (en Reino Unido) no tienden a poner término a las relaciones con sus amistades, que incluso se intensifican, aunque sí dedican menos tiempo a conversar con sus vecinos. Como se explicación se apunta que el dinero hace que sea más fácil socializar por puro placer, mientras que reduce la necesidad de mantener relaciones por razones prácticas.

b)     Cuando los premios son inferiores a 10.000 o superiores a 50.000 dólares (Estado de Florida), la probabilidad de declararse en quiebra es la misma que la de los no ganadores.

c)     Entre los ganadores de premios de unos 250.000 euros (Suecia), sólo un 12% dejó de trabajar completamente.

En suma, viene a señalar que a los ganadores de premios de lotería no les va tan mal, en general, como podría temerse.

Probablemente, un estudio sobre La Rápida, una práctica, al parecer, de probada resiliencia, arrojaría también interesantes conclusiones sociológicas y psicológicas sobre los juegos de azar.

17 de julio de 2022

Cómo cambiar realmente la opinión de una persona

 

Es la cuestión que se plantea Tim Harford en un reciente artículo publicado en el diario Financial Times (“How to really change someone’s mind”, julio 2022). En él cita un libro de David McRaney en el que se examina por qué algunas visiones del mundo parecen tan obstinadamente inmunes a la razón, y por qué hay gente que nunca cambiará sus opiniones en las circunstancias adecuadas. El autor sugiere que la mayoría de la gente cree lo que cree sobre la base de señales sociales y que ésta es una forma razonable para que los primates sociales se conduzcan a sí mismos. Una consecuencia de este tribalismo es que raramente examinamos en detalle ninguna de las razones por las que creemos cualquier cosa.

Según otros analistas, el problema puede resolverse mediante algún tipo de debate lógico, basado en la buena fe. Sin embargo, Harford considera que los individuos cambian su forma de pensar cuando se persuaden a sí mismos: “El entendimiento, el oír a las personas e invitarlas a elaborar pueden abrir un espacio para que ocurra la autopersuasión. Pero un campeón mundial en debates no puede cambiar tu mente; sólo tú puedes hacerlo”.

Al hilo de esta discusión acude discretamente aquella controvertida observación de Bertrand Russell: “El problema con el mundo es que los estúpidos son presuntuosos, mientras que los inteligentes están llenos de dudas”.

29 de julio de 2021

Verdades sobre la pandemia que desafían la intuición, según Harford

 

Las contribuciones de Tim Harford se caracterizan esencialmente por una lúcida y brillante aplicación del análisis económico a las más variadas situaciones. La relevancia social y económica de un evento como la pandemia de la Covid-19 viene espoleando, desde hace año y medio, su fértil actividad analítica. Muchos son los artículos que ha dedicado a este evento tan adverso, cambiante y persistente. También es típico de Harford motivar al lector con proposiciones que desafían su intuición. Esto es lo que pretende hacer en un reciente artículo en el que recoge lo que plantea como cinco verdades pandémicas en esa línea: “Five pandemic truths that defy intuition” (Financial Times, 23-7-2021). La consideración de las tesis que apunta tiene gran interés desde distintos puntos de vista: sanitario, económico, filosófico, psicológico y sociológico.

Estas son las verdades proclamadas:

1ª. Si una elevada proporción de las personas hospitalizadas están vacunadas, ello es una señal de éxito.

2ª. La inmunidad de rebaño no es el fin de una pandemia.

3ª. Las mascarillas importan, pero no por las razones que la gente cree.

4ª. Los confinamientos también importan menos de lo que todo el mundo piensa.

5ª. El Covid no ha sido, en el fondo, un fenómeno tan adverso.

Repasemos sucintamente los argumentos esgrimidos por el economista británico:

1ª. La aplicación de una vacuna no llega a proteger al 100% de la población vacunada, sino, por ejemplo, al 95%. Supongamos que, en una población de 1.000.000 de habitantes, se vacunan 950.000 personas y el resto (50.000) no. De estos últimos, un 1% es ingresado (500). De las 950.000 personas vacunadas, 9.500 estarían en riesgo de ingreso hospitalario, pero son protegidas por la vacuna, salvo un 5% (475). Las personas vacunadas representan un 48,7% del total de ingresos hospitalarios, pero la vacuna ha logrado que, en lugar de 10.000 ingresos potenciales, haya solo 975 ingresos efectivos. Si nos atenemos a los grandes números, la efectividad de las vacunas, desde el prisma del análisis coste-beneficio, está fuera de toda duda. No obstante, a escala individual, desde un punto de vista estrictamente estadístico, cada persona debería hacerse el siguiente planteamiento: comparar la probabilidad de contraer secuelas graves e incluso de fallecer, en caso de no recibir la vacuna, con la probabilidad de tales situaciones por la misma enfermedad, teniendo también presente la probabilidad de posibles efectos negativos derivados de la propia vacuna. Aunque sólo sea como un ejemplo ilustrativo de una toma de decisiones bastante relevante, merecería la pena una consideración específica.

2ª. Por inmunidad de rebaño se entiende el momento en el que ya hay muchas personas inmunes, de manera que la epidemia empieza a remitir por sí misma. Sin embargo, puede llevar mucho tiempo que se detenga totalmente.

3ª. Aunque hay posiciones contrapuestas respecto al uso de las mascarillas, aporta una serie de ventajas apreciables en comparación con la incomodidad que generan. Su uso puede quedar más justificado si se interpreta como una señal de "lealtad tribal".

4ª. Harford considera que, en ausencia de un confinamiento forzoso, la mayoría de la gente lo habría practicado de forma voluntaria. Un confinamiento que no sea ampliamente aceptado no es efectivo ni sostenible.

5ª. En verdad cuesta trabajo situar algunos de los anteriores argumentos entre los más brillantes y ocurrentes del economista camuflado, pero esa apreciación se da singularmente cuando nos recuerda que la incidencia de la pandemia podía haber sido mucho peor. No cabe duda de que podría haber sido así. Su planteamiento lleva, sin dejar de computar los costes, a agradecer lo que se tiene, y, de manera especial, nuestra preparación para la próxima pandemia.

19 de junio de 2021

Los 10 mandamientos de Harford para interpretar el mundo

 

De la obra “El economista camuflado”, de Tim Harford, traducida a 30 idiomas, se han vendido más de 1,5 millones de copias en todo el mundo. Harford es también el autor de una columna semanal, con ese nombre, en el diario Financial Times. Desde hace años, viene desplegando su abundante arsenal de fundamentos económicos para exponer, plantear y analizar numerosas cuestiones y problemas económicos. La aplicación de la perspectiva económica está omnipresente en sus textos, de manera explícita, por lo que la referida denominación no puede ser más engañosa.

En su último libro, “10 reglas para comprender el mundo” (Conecta, 2021), ante un panorama tan adverso, confuso e incierto como el que vivimos, se muestra, según se indica en el subtítulo de la edición española, “Cómo los números pueden explicar (y mejorar) lo que sucede”. No obstante, según el título original, se trata, más bien, de “Diez reglas para pensar de manera diferente acerca de los números”.

Vivimos una época en la que las cifras estadísticas son sumamente importantes, como determinantes o condicionantes en múltiples facetas, tales como: percepción de la realidad, reacción y posicionamiento ante los acontecimientos, decisiones de trabajo, ahorro, consumo, endeudamiento o inversión, estrategias empresariales, o medidas de política económica adoptadas. Aspectos tan relevantes como la distribución de la renta y la riqueza, el reparto de la carga impositiva, el impacto del cambio climático, la adecuación de las pensiones públicas, el rendimiento de los deportistas profesionales, la incidencia de las enfermedades, o la efectividad de las vacunas, no pueden interpretarse coherentemente si no se dispone de datos fiables y objetivos, y si éstos no se utilizan correctamente.

Las estadísticas constituyen un sustrato imprescindible de la sociedad. Sin una buena base estadística y sin una interpretación adecuada de los datos difícilmente puede existir una sociedad informada, sólida y cohesionada. La buena información estadística constituye un bien colectivo de primer orden. A escala individual, estar en condiciones de identificar, acotar, modular, contextualizar, destilar y procesar los datos numéricos es esencial para la generación de opiniones fundamentadas, y la toma de decisiones racionales y responsables.

Para quien comparta el anterior planteamiento, puede ser de gran ayuda el libro de Harford, quien adopta una visión antagónica a la su antecesor en la divulgación estadística Darrell Huff, que, en 1954, publicó “Cómo mentir con estadísticas”. La obsesión del economista británico es mostrarnos que las estadísticas no deben utilizarse como un truco, sino como un instrumento valioso, como lo son las diez reglas, basadas en los principios del sentido común, que nos propone:

1ª. Tratar de controlar nuestras emociones cuando estamos ante una nueva información.

2ª. Combinar de manera equilibrada la “vista de pájaro”, basada en las estadísticas, con la “vista de gusano”, asociada a la experiencia personal, bajo la fórmula del “pensamiento lento”.

3ª. Adoptar cautelas para comprender el hecho principal y más obvio, lo que se mide o se cuenta, y la definición empleada.

4ª. Tomar distancia y buscar información que aporte contexto, a fin de intentar comprender la tendencia.

5ª. Indagar las condiciones y los supuestos de los resultados que se difunden de las investigaciones sobre distintas cuestiones.

6ª. Vigilar los errores y los sesgos de las muestras, para tener claro quién o qué falta en los datos, y cómo, en tal caso, se ven condicionadas las conclusiones.

7ª. Exigir transparencia respecto a los datos utilizados y a los métodos para su procesamiento, y no presuponer que correlación implica causalidad.

8ª. No dar por sentada la bondad de las bases estadísticas utilizadas, aunque sean oficiales.

9ª. No dejarse llevar por manipulaciones estadísticas enmarcadas en presentaciones atrayentes o que desvían la atención del problema fundamental.

10ª. Mantener la mente abierta, preguntándonos en qué podemos estar equivocados y estar dispuestos a cambiar si han cambiado los hechos.

Harford remata su decálogo con una regla de oro, la de ser curiosos: “Si queremos comprender el mundo, debemos hacer preguntas: preguntas auténticas, con la mente abierta. Y una vez que empecemos a preguntar, quizá nos parezca deliciosamente difícil parar”.

(Artículo publicado en el diario “Sur”)



5 de abril de 2021

La desigualdad en la distribución de la riqueza: la importancia de los indicadores

 

En dos recientes entradas de este blog, de fechas 27 de febrero y 4 de abril de 2021, se hace referencia a la última obra de Tim Harford, “10 reglas para comprender el mundo” (Conecta, 2021), en la que aborda cómo la utilización adecuada de la información numérica puede ayudarnos a comprender mejor lo que sucede en el mundo.

La tercera de tales reglas se concreta en el siguiente mensaje: “Evita la enumeración prematura”. No dispongo del texto original, pero este enunciado genera alguna duda sobre el significado exacto del mensaje, aunque el sentido parece claro. A través de una serie de ejemplos, el economista británico nos alerta a fin de no dejarnos llevar por las primeras impresiones cuando observamos datos numéricos. Recomienda que nos tomemos “un momento para comprender el hecho principal y más obvio: ¿qué se mide o qué se cuenta? ¿Qué definición se está empleando?”. Todas las cautelas son pocas cuando afrontamos una información estadística simplificada, especialmente ante la amenaza latente de los sesgos que nos pueden influenciar.

Éstos adquieran un relieve especial cuando nos situamos antes datos relativos a cuestiones con fuertes connotaciones sentimentales o ideológicas. El tratamiento de la justicia distributiva y de la desigualdad ocupa un lugar destacado al respecto. Es uno de los grandes temas de una agenda permanentemente abierta. Algunas incursiones hemos llevado a cabo de las que se ha ido dejando rastro en este blog[1].

La desigualdad económica es un problema mundial de primera magnitud, muy difícil de resolver en la práctica. También, aunque en un plano muy diferente, las dificultades son considerables en la vertiente metodológica. Como expone el sagaz columnista estrella del Financial Times, una inadecuada medición de la desigualdad puede distorsionar grandemente la percepción sobre su alcance real. A la cuantificación de la desigualdad en la distribución de la riqueza mundial dedica una buena parte del capítulo tercero del libro mencionado.

A este respecto, comienza haciendo alusión a un estudio de Oxfam del que, en el año 2014, se hicieron eco los principales medios de comunicación de todo el mundo: “Las 85 personas más ricas del mundo tienen tanto dinero como la mitad más pobre de la población mundial”. Inicialmente dicha organización sostenía que “la riqueza mundial está dividida en dos: casi la mitad está en manos del 1% más rico de la población, y la otra mitad se reparte entre el 99% restante”[2]. Poco después, sin embargo, señalaba que “entre 2013 y 2014, las 85 personas más ricas del planeta –quienes poseen la misma riqueza que la mitad más pobre de la población mundial- aumentaron su patrimonio en 668 millones de dólares al día, lo que equivale a casi medio millón de dólares cada minuto”[3].

Tras cuestionar este cambio tan notorio, Harford no tiene empacho en afirmar que “las mediciones de Oxfam eran una manera muy escandalosa y desinformadora de pensar en la desigualdad”[4]. En el libro se relatan otras flagrantes distorsiones publicadas por medios de gran influencia y notoriedad. Entre ellos, todavía podemos encontrar en Internet la nota de la BBC en la que se recogían los nombres de “los 8 millonarios que tienen más dinero que la mitad de la población del mundo”[5]. Algún periódico llegó a identificar el grupo de los 85 multimillonarios con el 1% de la población mundial. Es verdad que un 1% es un porcentaje muy pequeño, pero, proyectado sobre un colectivo de 7.500 millones de personas, la cifra absoluta es algo superior…

Paradójicamente, los datos ofrecidos por Oxfam provenían de un estudio internacional auspiciado por un banco, y no precisamente por un banco de barrio, sino por el Credit Suisse. Dicho informe contiene información de la distribución de la riqueza neta (activos menos deudas) de la población adulta mundial.

Harford argumenta, con base en algunos ejemplos reales, que “la riqueza neta es una forma efectiva de medir a los ricos, pero no funciona tan bien para medir la pobreza”[6]. Al margen de otras limitaciones metodológicas, podemos aproximarnos al estado de la distribución de la riqueza mundial a través de la última edición del estudio de Credit Suisse[7].

La información básica se recoge en el cuadro adjunto.

A partir de estos datos podemos señalar lo siguiente: i) el 1% más rico, unos 52 millones de personas, posee un 43,4% de la riqueza mundial; ii) el 11,4% que le sigue en riqueza, 500 millones de personas, acumula algo más de un 40% del total; iii) más de 1.700 millones de personas aglutinan algo menos de un 15% del total; y iv) casi 2.800 millones de personas sólo poseen un 1,4% del total.

En suma, algo menos de 550 millones de personas acaparan la inmensa mayor parte de la riqueza mundial, casi un 84% del total.

De forma complementaria, los gráficos adjuntos permiten una comparación más visual.





[1] Por ejemplo, “Populismo y desigualdad: a lomos de un elefante”, 10 de junio de 2018. También en la revista eXtoikos: “Tiempos de desigualdad: cuestiones básicas para el análisis económico”, nº 13, 2014.

[2] Vid. Oxfam, “Gobernar para las élites. Secuestro democrático y desigualdad económica”, 20 de enero de 2014.

[3] Vid. Oxfam, “El número de multimillonarios del mundo se ha duplicado desde 2008 y la desigualdad alcanza niveles extremos”, 30 de octubre de 2014.

[4] Op. cit., pág. 87.

[5] Vid. BBC, 16 de enero de 2017.

[6] Op. cit., pág. 90.

[7] “Global Wealth Report”, octubre 2020.

4 de abril de 2021

Estadísticas vs percepciones personales: la recomendación de Harford

En una reciente entrada de este blog[1] se hacía referencia a la última obra de Tim Harford, “10 reglas para comprender el mundo” (Conecta, 2021), en la que, ante una panorama tan adverso, confuso e incierto como el que vivimos, se muestra, según se indica en el subtítulo, “Cómo los números pueden explicar (y mejorar) lo que sucede”. El título en la edición española difiere algo del original[2], pero refleja el alcance de la obra.

La segunda de tales reglas se concreta en el siguiente mensaje: “Sopesa la experiencia personal”. El autor parte de analizar una serie de situaciones de la vida real en las que se produce una discrepancia entre las percepciones personales y las estadísticas oficiales, por ejemplo, en relación con las tasas de ocupación media de los vagones de una línea de metro, o con la incidencia de fumar en la salud personal. Aporta ejemplos en los que se constata que la población mantiene creencias acerca de una gama de cuestiones que no se atienen a la realidad. Como seguidores de un club deportivo podemos tener la sensación de que los árbitros discriminan a los jugadores de nuestro equipo, pero las estadísticas acumuladas contradicen nuestra visión. A veces, tenemos la sensación de que un jugador de baloncesto es inseguro en el lanzamiento de los tiros libres, pero los registros estadísticos no lo confirman. ¿Qué es lo que sucede realmente?

La influencia del “pensamiento rápido” suele estar detrás de muchas de nuestras percepciones subjetivas. En ocasiones, sin embargo, el uso indiscriminado de indicadores cuantitativos puede llevar a distorsionar la realidad y a alterar los comportamientos. Las estadísticas baloncestísticas no distinguen entre la efectividad media y la efectividad marginal en las jugadas decisivas, ni aportan información sobre la fiabilidad de las faltas personales señaladas (respecto a las verdaderamente cometidas). En algunos centros universitarios, el indicador básico de la eficacia de la docencia es el número de alumnos aprobados.

Siguiendo el enfoque de Muhammad Yunus, Harford recomienda combinar de manera equilibrada la “vista de pájaro”, basada en las estadísticas, con la “vista de gusano”, asociada a la experiencia personal. Normalmente nos mostrarán cosas distintas y, en ocasiones, nos colocarán ante un rompecabezas. Toda contradicción puede ser un estímulo para emprender una investigación, aunque sólo sea a escala particular. La fórmula del “pensamiento lento” acaba siempre por ofrecer algún pequeño dividendo, cognitivo o emocional, y va abriendo el camino para poder practicar el pensamiento crítico[3].



[1] “Harford y Debussy: claro de mente, claro de luna”, 27 de febrero de 2021.

[2] Una traducción casi literal sería: “Cómo hacer para comprender el mundo. Diez reglas para pensar de manera diferente acerca de los números”.

[3] Abordamos este tema en “La importancia del pensamiento crítico en el proceso de enseñanza-aprendizaje de la Economía”, eXtoikos, nº 19, 2017. 

27 de febrero de 2021

Harford y Debussy: claro de mente, claro de luna

 

Desde hace años, Tim Harford, el economista camuflado del Financial Times[1] viene desplegando su abundante arsenal de fundamentos económicos para exponer, plantear y analizar numerosas cuestiones y problemas económicos. La aplicación de la perspectiva económica está omnipresente en sus textos, de manera explícita, por lo que la referida denominación no puede ser más engañosa.

Explícita es esa faceta como también lo son los permanentes recordatorios en sus contribuciones a los libros publicados por el economista británico. Ni él ni sus editores se olvidan nunca de hablar de sus libros, si bien no todos han conocido la misma tasa de éxito. Aunque tal vez sea difícil emular las cotas alcanzadas por su primera obra[2], su último libro parece bien posicionado. Disponible ya la edición española, en “10 reglas para comprender el mundo” (Conecta, 2021), ante una panorama tan adverso, confuso e incierto como el que vivimos, se muestra, según se indica en el subtítulo, “Cómo los números pueden explicar (y mejorar) lo que sucede”.

La exposición de la primera de las reglas (“Examina tus sentimientos”) es sumamente aleccionadora, y nos recomienda tratar de controlar nuestras emociones cuando estamos ante una nueva información: “Si no dominamos nuestras emociones, ya sea cuando nos dicen que dudemos o cuando nos dicen que creamos, correremos el peligro de engañarnos”.

Harford expone distintas situaciones reales en las que se pone de manifiesto que incluso las mentes más preclaras pueden quedar perturbadas por la influencia de los sentimientos personales. La historia de la falsificación de las obras de Johannes Vermeer, aderezada con ingredientes tales como el dictamen del experto más prestigiado en pintura holandesa, los vínculos del falsificador con los nazis, o el veredicto de la sociedad holandesa, es particularmente reveladora.

Para preservar la claridad de la mente y minimizar los errores interpretativos sería necesario, antes de asumir un dictamen, darse un respiro, tomar una prudente distancia y huir de la mecánica del pensamiento rápido. No es nada fácil, pues algunos sesgos cognitivos y concepciones personales tienden a activarse sin demora y a desencadenar una fuerza irrefrenable.

Antes de adentrarnos por senderos sin retorno, lo ideal sería poder detenernos un instante para disfrutar de un claro de luna o, si no está a nuestro alcance, cerrar los ojos mientras las notas de Debussy despliegan su cautivadora melodía. Habría de ser, por supuesto, en un entorno protegido de las irrupciones -efectivas, o simplemente potenciales- provenientes de los múltiples dispositivos tecnológicos, que tanto han cambiado nuestras vidas, para lo bueno y también para lo malo.           





[1] En este diario escribe la columna “Undercover Economist”, nombre que deriva del título de su principal best-seller.

[2] De “The undercover economist” se han venido más de 1,5 millones de copias en todo el mundo, en 30 idiomas.

 

1 de febrero de 2020

“Influencers” vs “harbingers” del fracaso

Vivimos una época de tendencias e influencias, que se irradian por las tupidas redes sociales y otros muchos canales articulados en Internet, hasta penetrar en todos los recovecos. A través del rastro que dejamos en todos los aparatos y dispositivos que utilizamos, una legión de “pequeños grandes hermanos” vigilan nuestros pasos y nuestro comportamiento. Estamos de lleno en la era de los “big data”. Sus aplicaciones -con fines lícitos o menos lícitos, legítimos o espurios, altruistas o lucrativos - son innumerables.

Indudablemente, desde la perspectiva del marketing los “grandes datos” son una mina de oro, pero también la utilización de la imagen de aquellas personas dotadas de una gran capacidad de influencia social. La palabra “influencer” no está aún en el receptivo diccionario de la Real Academia Española; de hecho tampoco pertenece al Inglés tradicional, que ya contaba con el vocablo “influential”, pero hoy día no hace falta explicarle a nadie su significado ni especificarle su gran arrastre económico.

Menos difusión ha alcanzado la figura de los “heraldos del fracaso” (“harbingers of failure”), a pesar de que, desde hace unos años, algunos investigadores en el ámbito de la mercadotecnia vengan poniendo de relieve su importancia. En un trabajo publicado en el año 2015, Eric Anderson, Song Lin, Duncan Semester y Catherine Tucker (“Harbingers of failure”, Journal of Marketing Research, 52, 5; disponible en MIT Open Access Articles) venían a desafiar el saber convencional según el cual una mayor venta de un producto indica una mayor probabilidad de éxito a largo plazo. En ese trabajo demostraban que “no todos los feedbacks positivos deben ser vistos como una señal de éxito futuro” y, usando datos de transacciones reales, mostraban que “las mayores ventas de un producto a algunos clientes pueden ser una potente señal de fracaso futuro”.

Anderson et al. explicaban la paradoja de la siguiente manera. El resultado de unas mayores ventas puede venir impulsado por la existencia de un subconjunto no representativo de los clientes, a los que denominaron “Harbingers” del fracaso: “[Estos] es más probable que compren productos que otros clientes no compran, y así una compra por parte de aquellos puede indicar que el producto atrae a un segmento más pequeño del mercado. Esto genera una señal de que el producto es más probable que fracase”.

Además, como C. Tucker, coautora del trabajo, destacaba (Peter Dizikes, ‘Are you a ‘harbinger of failure’?”, MIT News Office, 23 de diciembre de 2015), se da un efecto de categorías cruzadas: “Si eres un tipo de persona que compraría algo que realmente no encaja en el mercado, por ejemplo, una Coca-Cola con sabor a café, entonces esto también significa que es más probable que compres una pasta de diente o un detergente que no sean bien acogidos por el mercado”.

Más adelante, en 2017, Duncan Semester, Catherine and Clair Yang (“The surprising breadth of harbingers of failure”, MIT) concluían que no sólo había clientes cuyos pautas de compras son un presagio del fracaso comercial sino también “harbinger zip codes”. Esto es, las compras de nuevos productos por familias que residen en las zonas de tales códigos postales son también una señal de pifia. 

Más recientemente, Tim Harford (“Why my purchase choices have the kiss of death”, Financial Times, 16 de enero de 2020), reconociéndose a sí mismo como un acreditado “harbinger”, incide en el amplio espectro al que alcanza esa condición, que se adentra también, en su caso autodeclarado, en el terreno político. Sin embargo, no la ve necesariamente como un rasgo negativo, sino que incluso puede ser indicativa de una tendencia a tener una mente abierta, y a la disposición a correr riesgos ante cosas nuevas e inusuales. Aparte de un escepticismo acerca de la robustez de los hallazgos estadísticos mencionados, sugiere que los anunciadores del fracaso comercial pueden ser simplemente personas que, a diferencia de otras que se rigen por las pautas dominantes, actúan de manera más espontánea y distraída.

En fin, en caso de que la robustez estadística pueda acreditarse empíricamente, aunque solo pueda determinarse ex post, una empresa que apueste fuertemente por una nueva línea de productos que elijan los que resulten “harbingers” no se verá muy reconfortada por tales apreciaciones. Más bien se lamentaría de haber sido una “seguidora” de algunos compradores que “tenían el calino”. Seguro que el análisis de los “big data” podría aportarnos bastante información al respecto. Identificar a los “influencers” es útil, pero también puede serlo descubrir a los “cenizos”.

5 de octubre de 2019

El “worst case scenario”: la utilidad de ponerse en lo peor

En un reciente artículo publicado en el diario Financial Times, Tim Harford comenta, con bastante amargura, algunos detalles del desastroso proceso del desastroso Brexit, y valora la utilidad de contemplar los escenarios más adversos posibles antes de emprender un proyecto (“We need to be better at predicting bad outcomes”, 20 de septiembre de 2019). Es una directriz que, desgraciadamente, no siguió un confiado e incauto David Cameron cuando convocó el fatídico referéndum.

Harford arranca el artículo con la narración de una experiencia cotidiana en la que se encadenan distintas complicaciones para realizar un viaje interurbano, de Londres a Oxford. Llegar a tiempo a una cita puede ser imposible si nos encontramos con problemas inesperados para el desplazamiento o para efectuar sobre la marcha alguna adaptación (colapso o desvío del tráfico, no disponibilidad de una plaza de aparcamiento, taxis ocupados, incapacidad para buscar una solución alternativa, cajeros automáticos no operativos, confusión en la dirección, teléfono móvil sin carga…). Según el talante personal de cada uno, las situaciones sobrevenidas pueden ser más o menos estresantes y gestionables en distinto grado.

Decididamente, el economista camuflado aboga por afinar el sentido del riesgo y por la calibración de las probabilidades de los distintos acontecimientos. Pero, en vez de limitarnos a preguntar “¿ocurrirá esto?”, considera que es preferible plantearnos lo siguiente: “¿qué haríamos si eso (lo peor) sucediera?”

A este respecto, recomienda llevar a cabo un análisis en la línea sugerida por el psicólogo Gary Klein, un análisis del tipo “premortem”: “Antes de embarcarse en un proyecto, imagine que recibe un mensaje del futuro: el proyecto ha fracasado, de manera estrepitosa. Ahora pregúntese a sí mismo: ¿por qué? Los riesgos y trampas se evidenciarán por sí solos –a menudo riesgos que pueden ser anticipados y prevenidos”.

Según Gary Klein (“Performing a Project Premortem”, Harvard Business Review, septiembre 2007), “Los proyectos fracasan según una tasa impresionante. Una razón es que demasiadas personas son reticentes a manifestar sus reservas durante la fase de planificación. Haciendo que sea seguro para los discrepantes que son buenos conocedores del proyecto, y están preocupados por sus debilidades, pronunciarse al respecto, pueden mejorarse las posibilidades de éxito de un proyecto”.

A veces, en el plano onírico recibimos un entrenamiento forzado ante posibles contratiempos y amenazas. Desde hace años tengo una pesadilla recurrente, la de llegar tarde a la Facultad, atenazado por una serie de circunstancias retardatorias. Aunque a veces parecen surgir vías para acortar la distancia o recuperar el tiempo perdido, al final acaba apareciendo algún otro obstáculo insalvable. Si, finalmente, logro llegar, los alumnos ya se han ausentado. La variedad de las trabas es tal que nunca sería capaz de componer ni perfilar el escenario más adverso. Siempre cabe una vuelta más de tuerca.

Afortunadamente, la praxis suele ser más llevadera que las agobiantes historias de los sueños, pero no por ello pueden excluirse algunas perturbaciones notables. Aparte de los posibles problemas que puedan surgir en la forma del desplazamiento o en la ruta elegida, he llegado a encontrarme en alguna ocasión el aula cerrada a cal y canto, sin poder localizar a nadie que me auxiliara, hasta que un encuentro fortuito con el propio Decano posibilitara la apertura.

Otra circunstancia distorsionadora, aunque de menor relieve, se da cuando una clase programada con soporte de medios visuales se ve imposibilitada en tales términos por el fallo de los aparatos técnicos. Un contratiempo inoportuno que obliga a una (retro)reconversión a los métodos tradicionales. Algo que es mucho más fácil cuando se prevé esa contingencia, si bien no hay que descartar toparse con encerados donde la escritura resulta prácticamente inviable.

En fin, dentro del repertorio de situaciones no cabe excluir una que, aunque a priori cabría concebir como casi inverosímil, ha llegado a darse, rompiendo todos los esquemas, la de incomparecencia total y absoluta del alumnado sin previo aviso. Llegado el caso, y después de una espera prudente, quedan pocas soluciones, salvo que, como también ha ocurrido, aparezca algún alumno extraviado que asiste, impuntualmente, y por primera vez, a clase, y opta por recibir en solitario una clase particular.

Sin lugar a dudas, por mucho que tratemos de establecer una tabla de contingencias, la realidad puede acabar superando la ficción e incluso las pesadillas. Además de los anteriores, uno puede encontrarse finalmente, cuando llega a la meta, con algún otro escollo para dar una clase en condiciones normales, dentro del tiempo asignado. Evidentemente, no todo el mundo considera que los horarios se establecen para ser respetados, tanto al inicio como al final, pero eso da para otra historia.

Ciertamente, si se da una determinada cadena de acontecimientos, impartir una clase, si llega el caso, puede convertirse en una auténtica odisea. No digamos lo que puede ser el proceso de preparación para estar en condiciones de hacerlo. El análisis premortem resulta provechoso, aunque haya que contar con que, en ocasiones, solo los postmortem sean los valiosos. Nunca puede preverse completamente la pregunta que alguien puede plantear. La ventaja es que los “proyectos” son fácilmente replicables y enmendables, y, al fin y al cabo, nadie está en posesión de todo el conocimiento.

8 de agosto de 2019

Los riesgos de la autoestima

Seguramente la autoestima es un ingrediente necesario, hasta imprescindible, para poder superar los sucesivos obstáculos que encontramos en nuestro camino. Si no somos capaces de apreciarnos mínimamente, difícilmente podremos ocupar una posición digna, ya sea en la esfera familiar, social o profesional. A la vista de la experiencia, observamos que se trata de un atributo que presenta un recorrido amplísimo. No es de extrañar, dado su carácter subjetivo, aun cuando su nivel venga influido por los estímulos o frenos provenientes del entorno.

Dada una distribución de puntos de autoestima para un conjunto de personas, cabe esperar que haya diferencias significativas al acoplar la de la estima manifestada -aún más, la de la no manifestada- por observadores externos. Probablemente, el ajuste estadístico entre las puntuaciones de la autoestima y las de la estima así entendida presenta grandes desviaciones.

Ésta, sin embargo, es una cuestión distinta a la aquí abordada, la relativa a cómo la autoestima puede condicionar nuestras decisiones y, en algunas circunstancias, llevar a adoptar algunas que se apartan clamorosamente de las más básicas pautas de racionalidad. Incluso en relación con personas que no destacan por exhibir sus egos, no es infrecuente que se baje la guardia ante eventuales contingencias negativas, al asentarse la creencia de exoneración ante la ocurrencia de determinados males o desgracias. Igualmente, en sentido positivo, podemos sentirnos acreedores a vivir sucesos extraordinarios, o a merecer consideraciones o tratos excepcionales; en el fondo, en un momento dado, podemos vernos como alguien especial a quien le puede suceder algo especial.

En un reciente artículo publicado en el diario Financial Times (“We are all potential victims of the con artist”, 19-7-2019), Tim Harford narra un caso ciertamente instructivo en el sentido señalado. En síntesis, se trata de la historia acaecida a un catedrático británico de Física de partículas. Dicho profesor, sexagenario, conoció a través de Internet a una joven checa de 32 años, modelo de trajes de baño, quien le remitía todo tipo de mensajes cautivadores. Finalmente, acuerdan conocerse personalmente en La Paz, donde la modelo tenía una sesión fotográfica. El profesor acude a la cita, pero, al llegar a la capital boliviana, recibe un mensaje en el que la joven se excusa por haber tenido que desplazarse a otra sesión profesional a Europa, si bien le propone trasladar la cita a Bruselas. Como único favor, le pide que se encargue de recogerle una maleta vacía y de llevársela al nuevo destino.

Un amigo del físico le advirtió de que la maleta en cuestión seguramente llevaría alguna droga oculta, pero el enamorado profesor hizo caso omiso de la advertencia. Posiblemente la recordara muchas veces durante su estancia de varios años en una cárcel argentina, tras ser detenido por tráfico de 2 kilos de cocaína.

En el referido artículo se indica asimismo que la modelo checa, realmente existente, había permanecido totalmente ajena al uso indebido de sus fotografías por una banda de narcotraficantes.

Harford describe otros episodios que demuestran que: i) no es preciso ser un idiota para caer en una trampa fraudulenta; ii) ser un portento intelectual no es una garantía frente a ese tipo de engaños.

Diversas son las explicaciones de comportamientos tan irracionales: el miedo, la codicia, o la maestría en el arte del engaño suelen tener un papel relevante, como la ya apuntada tendencia a la consideración de la excepcionalidad propia. El “wishful thinking” puede llegar a tener consecuencias desastrosas.

28 de enero de 2018

Lecciones de las burbujas económicas: la diferencia entre el antes y el después

El mundo de las burbujas económicas no deja de causarnos asombro, a la par que nos aporta interesantes lecciones, aunque, desafortunadamente, algunas de ellas nos llegan con retraso, en ocasiones con demasiado retraso.

Una de las obras de referencia ilustrativa del registro histórico de algunos significados episodios es la que en el año 1841 publicó Charles Mackay (“Extraordinary popular delusions and the madness of crowds”). En ella el autor, con la distancia que otorga la perspectiva histórica, ridiculiza a quienes fueron víctimas de estallidos de burbujas tan conocidas como la de la South Sea Company y la de los tulipanes. El primero atrapó a una eminencia científica tan elevada como Isaac Newton. Su lamento es memorable: “I can calculate the movement of stars, but not the madness of men”.

Hoy día, especialmente después del escarmiento del brutal reventón de la burbuja inmobiliaria en España asociado a la reciente crisis económica, aparentemente la lección está aprendida. Al propio tiempo, son cada vez más quienes exhiben sus dotes clarividentes para la detección de la gestación de burbujas, aunque con un matiz no desdeñable: en la mayoría de los casos, tales dotes tienen un carácter retrospectivo. Como hace mucho sentenció Mark Twain, las predicciones suelen ser bastante difíciles, sobre todo cuando conciernen al futuro.

Nuestra percepción de la realidad cambia radicalmente una vez que se deshace la burbuja. Aun así, no faltan personas recalcitrantes. Recuerdo la opinión manifestada por un importante promotor inmobiliario español que, instalados ya en plena crisis, aseveraba tener la receta mágica para salir de ella, y que, aseguraba, había trasladado personalmente al Presidente del Gobierno de la Nación. El remedio era incentivar fuertemente la adquisición de viviendas (sic).

Sin embargo, no faltan episodios un tanto pintorescos y desafiantes. En un artículo publicado por Tim Harford en el Financial Times en enero de 2018, recuerda cómo tomó conciencia de la incipiente burbuja de las “punto.com” a finales de los años noventa, cuando un colega le comentó que Amazon.com, entonces centrada en la venta online de libros, estaba valorada por encima de cualquier vendedor de libros del mundo. Según Harford, difícilmente podría imaginarse un ejemplo más claro de manía. ¡Qué buena recomendación es, hoy, la de haber invertido entonces en tan exitosa compañía!

Pero no acaban ahí las sorpresas. Aunque minoritarios, en plenas fases de burbuja hay también observadores que alertan sobre los riesgos de derrumbe, y Tim Harford nos aporta una jugosa referencia de alguien que consideraba que quienes hacían sonar las alarmas respecto a que pudiese desencadenarse una crisis en la industria del ferrocarril, a mediados del siglo XIX, estaban exagerando el peligro. Pero la crisis llegó, causando un auténtico desastre financiero. Nos encontraríamos ante una mera anécdota, si no fuera por un pequeño detalle: ese campeón del escepticismo fallido fue nada más y nada menos que… ¡el mismísimo Charles Mackay!, acreditado narrador de burbujas pretéritas, pero, en cambio, como el común de los mortales, incompetente pronosticador de tendencias en curso.

27 de diciembre de 2017

El dilema de los regalos navideños: entre la economía y la psicología

La época navideña está marcada por una serie de connotaciones especiales en diversos aspectos. Entre estos no falta el económico. Hay un amplio elenco de actividades económicas vinculadas a la celebración de las fiestas navideñas (adornos, felicitaciones, comunicaciones, desplazamientos, celebraciones, iluminación, representaciones, ambientación, regalos…), pero hay otras implicaciones que no tienen un reflejo explícito en los registros contables: la minoración de la eficiencia económica. Como ha señalado Izabella Kaminska (Financial Times, 19 de diciembre de 2017), en esta fase del año la ineficiencia se celebra en sí misma.

Admitamos que la ineficiencia económica sea un rasgo estructural de las Navidades, pero cómo sería la vida sin esa referencia: ¿se podría mantener sin más de manera inalterada la senda de la productividad, con independencia del significado que cada persona le atribuya?, ¿cómo influyen los intangibles que se generan en esas fechas para el desempeño económico posterior?

La práctica de los regalos, según una corriente de economistas, se lleva la palma en el terreno de la ineficiencia. Anteriormente hemos tenido ocasión de analizar este interesante tema (“El valor económico de los regalos”, diario Sur, 13 de enero de 2017).

Este año, en estas señaladas fechas, Tim Harford, desde su columna del Financial Times (15 de diciembre de 2017), nos regala un plan para disfrutar de unas mejores Navidades. El plan del “economista camuflado” contiene tres medidas:

i. Tomar conciencia de la hipótesis de los regalos eficientes, concebida como una variante de la hipótesis de los mercados eficientes. Esta última -ciertamente desacreditada en el curso de la reciente crisis financiera- viene a decir que no puede haber oportunidades de negocio en el mercado de valores ya que han debido de ser advertidas previamente, por lo que se habrían esfumado. Dicho de otra manera, el precio de una acción recoge toda la información relevante y, en consecuencia, refleja su valor intrínseco. Trazando un paralelismo, la hipótesis de los regalos eficientes dice que los regalos más apropiados han sido ya comprados, típicamente por los propios potenciales destinatarios.

ii. Adoptar una estrategia pasiva como compradores de regalos. Al igual que pueden conseguirse buenos resultados de inversiones -en muchas ocasiones nada fáciles de batir- simplemente tomando posiciones en fondos ligados a índices, el rendimiento de los regalos en forma de dinero es difícil de superar. No obstante, teniendo en cuenta el estigma del dinero, la recomendación es tratar de descubrir una lista de deseos del destinatario o bien indagar directa o indirectamente sus preferencias.

iii. Otorgar el regalo del tiempo y de la atención. La última recomendación de Harford, mucho más complicada de valorar en términos económicos, en caso de que alguien se atreva a hacerlo, es la siguiente: en lugar de perder el tiempo en la búsqueda de regalos que no aportan valor, aprovechar para ver a las amistades y disfrutar de los rituales navideños.

Finalmente, basándose en la praxis del Scrooge reconvertido a la benevolencia, como generoso dador de tiempo y dinero, concluye Harford que es en el dinero donde radica el espíritu de la Navidad.

Hace décadas, justamente el tradicional aguinaldo navideño encarnaba a la perfección ese espíritu y he de convenir que, incluso en una época de estrecheces económicas, como lo era la de la España de los años sesenta, en la que viví mi infancia, era un obsequio extraordinariamente valorado por los receptores, un activo verdaderamente apreciado y arduo de batir. Como, ya sin matices, lo son los presentes que, con su mayor ilusión, nos hicieron alguna vez nuestros seres queridos. Los planes económicos pueden ser bastante útiles, pero no pueden, menos en estos casos, hacer abstracción de los factores subjetivos.

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