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1 de noviembre de 2020

Acerca del capital humano y los pasivos tóxicos

Hasta ahora, era un firme convencido de la superioridad del capital humano entre los activos de los que puede disponer una empresa. Era una especie de mantra que repetía con una convicción absoluta, cimentada, más allá del posible influjo de una fe cuasirreligiosa en los equipos de trabajo, en una prolongada y amplia experiencia con resultados tangibles y apreciables. A lo largo de treinta años, he podido acumular un nutrido elenco de experiencias sumamente estimulantes que, según mi percepción personal, avalan con rotundidad la referida tesis. Así, cuando la he defendido, no ha sido como producto de una postura más o menos impostada, ni por una mera motivación estética, sino como reflejo de una creencia profundamente arraigada.

No es de extrañar, pues, que la expusiera con ahínco en un seminario virtual, celebrado recientemente, acerca de los retos para la gestión de los recursos humanos ante el proceso de digitalización. La verdad es que no sé hasta qué punto la inteligencia artificial va a ser capaz de captar el alma de un proyecto empresarial y de encontrar los resortes adecuados para sacar el mayor partido de las capacidades personales. En un equipo cohesionado, bien coordinado y con metas a corto, medio y largo plazo, dos más dos son bastante más de cuatro.

Esas eran algunas de mis reflexiones cuando uno de los participantes en el coloquio, miembro de una prestigiosa consultora mundial, a quien había conocido hace años, introdujo unas curiosas matizaciones. Puedo dar fe de que es un buen consultor, es decir, no es consultante que no para de recabar información ni de solicitar recetas a los supuestamente asesorados, sino que tiene iniciativa propia y capacidad contrastada para lanzar propuestas valiosas.

En buena medida venía a suscribir la tesis acerca de la relevancia del capital humano, pero alertaba en el sentido de que, si la organización cuenta con un pasivo tóxico en la primera línea jerárquica, no se desplegarán sus efectos potenciales, y la entidad puede quedar sumida en una peligrosa deriva hacia el abismo.

No, no se refería a los activos tóxicos, esa expresión tan elástica que vale lo mismo para un roto que para un descosido. Ante la insistencia de algunos participantes en una concreción, se vio obligado a narrar una experiencia al parecer acaecida en una empresa del sector alimentario. Por encargo de los propietarios, llevó a cabo un proceso de entrevistas individuales entre los miembros del cuadro directivo, ante la eventualidad de la sustitución del CEO. No existía claridad respecto a quién podría sustituirlo. Después de completado el análisis, una postura de consenso emergió entre los entrevistados, competidores entre sí para la posible designación: era secundario sobre quién recayese el cargo de primer ejecutivo; lo esencial era que se produjera el cambio. En definitiva, se estaba ante un caso en el que los niveles de incompetencia, unidos a otras lacras, son tales que, en términos probabilísticos, resulta difícil que se puedan superar negativamente.

Me vino a la memoria el célebre episodio del certamen de dos rapsodas que habían de actuar ante Nerón. Éste atendió a la interpretación del primero, e inmediatamente adjudicó el premio al segundo, que ni siquiera tuvo que actuar.

Alguien preguntó si ese esquema de gestión neroniano podría trasladarse al ámbito gubernamental de una nación. En ese momento, se perdió la conexión, y me quedé con las ganas de conocer la experta opinión del consultor.

Días más tarde, recibí una llamada suya, en la que me aseguraba que no pretendía rebatir mi argumento, pero consideraba que, antes incluso que identificar los activos, productivos, neutros o tóxicos, es conveniente comprobar si en la organización existen pasivos tóxicos en el sentido descrito. Según él, la recomendación es extensiva y válida para cualquier organización, mercantil, administrativa o asociativa.

14 de marzo de 2018

La riqueza de las naciones según el Banco Mundial: el caso de España

Es bastante frecuente la tendencia a identificar la riqueza de un país con la cifra representativa de su producto interior bruto (PIB) o, lo que, desde otra perspectiva, con algunos matices, es lo mismo, renta por habitante. Dejando al margen los problemas derivados de asociar miméticamente un montante total con un indicador por persona, y de la completa desatención de la forma de reparto de dicho total entre los habitantes inherente a toda media aritmética, la renta y la riqueza son conceptos completamente diferentes. A pesar de la conexión existente entre ambos (la renta permite acumular riqueza y la riqueza permite generar renta), el primero es lo que los economistas denominan una “variable flujo” y el segundo, una “variable stock”.

Ahora bien, con independencia de esa identificación metodológicamente inadecuada entre renta y riqueza, hasta ahora había un acusado contraste entre ambos indicadores. Mientras que existían estimaciones del PIB o de la renta nacional per cápita para todos los países del mundo, de forma que era relativamente fácil realizar comparaciones internacionales, las referentes a la riqueza eran prácticamente inexistentes. Además, respecto al PIB, a pesar de las deficiencias que presenta como indicador, existe una metodología de cálculo aceptada internacionalmente (lo cual no significa que no haya de revisarse). En contraposición, la forma de definir y calcular la riqueza de un país es una cuestión tan compleja como controvertida.

Ante este panorama, hay que celebrar la publicación de un nuevo informe del Banco Mundial (G.-M. Lange, Q. Wodon y K. Carey, eds., “The changing wealth of nations 2018: Building a sustainable future”, 2018) que contiene datos de la riqueza por habitante para 141 países, con una comparación de los años 1995 y 2014.

Dicho informe divide la riqueza de un país en cuatro grandes categorías: a) capital producido (como carreteras, maquinaria y edificios); b) capital humano (basado en la estimación de los ingresos futuros de la población activa); c) capital financiero (activos exteriores netos); y d) capital natural (principalmente recursos energéticos en el subsuelo, minerales, bosques y terrenos agrícolas).

La información aportada por el citado documento bien merece un análisis detallado y minucioso. Aquí nos limitaremos a señalar algunos aspectos básicos referidos al caso español.

Y lo cierto es que las alertas saltan bastante pronto, cuando constatamos que España figura entre la quincena de países que, en el mapamundi, aparecen señalados por haber registrado una disminución de la riqueza per cápita entre 1995 y 2014, a pesar de ser uno de los que lo hacen de manera más moderada. En un gráfico más explícito elaborado por el diario Financial Times (David Pilling, 8-2-2018) se subraya que “el alto desempleo ha reducido el capital humano en partes de la Europa del Sur, y la creciente población de España significa que sus exiguas ganancias globales son compartidas entre más personas”.

Para el año 2014, la estimación de la riqueza por habitante en España apunta una cifra de 342.470 dólares, muy por debajo de Italia (80%), Francia (53%) y Alemania (47%). Del total de la riqueza por habitante en España, casi las dos terceras partes corresponden al capital humano (63%), un 42% al capital producido y un 3% al capital natural; los activos financieros exteriores netos contribuyen negativamente con un 8%.

Es verdaderamente preocupante percibir la evolución negativa de la riqueza por habitante en España, así como el enorme desfase respecto a Alemania, Francia e Italia. Pero aún lo es más comprobar cómo la diferencia es imputable esencialmente al menor capital humano per cápita, que representa tan solo un 46% de la cifra de Alemania y un 52% de la de Francia. Antes de continuar este análisis es preciso reponerse del impacto.

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