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25 de marzo de 2021

La felicidad es un enigma

 

Happiness is a warm gun… La canción, incluida en el legendario White Album, era una de mis favoritas en la adolescencia. Han pasado muchos años, la canción mantiene su intensidad, pero sigo sin saber qué querría decir exactamente John Lennon. La tarea no es sencilla; parece ser que ni él mismo lo tenía muy claro cuando escribió la letra.

Realmente no sé qué puede significar eso de que “la felicidad es una pistola caliente”, pero sí me he quedado helado cuando he leído que, en el año 2020, en bastantes países ha aumentado la felicidad, particularmente entre las personas de mayor edad. Según un estudio de Gallup, la puntuación media para 95 países (sin ponderar por su población), en una escala de 0 a 10, ha pasado del 5,81 en 2017 al 5,85 en 2020[1]. La pauta no ha sido generalizada. Hay países, como Reino Unido, Dinamarca y Suecia, donde el índice de felicidad ha disminuido; en cambio, en otros, como Finlandia, Japón, India, Estados Unidos, y España, ha subido.

El artículo referido se hace eco de la extraña evolución reflejada para algunos países, singularmente respecto a Estados Unidos, cuyo índice (7,0) se sitúa por encima del de España (6,5). Se apunta la posibilidad de que, en aquel país, los confinamientos hayan podido mantener alto el ánimo, además de que los norteamericanos hayan podido vivir en un universo informativo alternativo, y de que creyeran que se estaba ante una simple gripe. Salvando las distancias, en el nuestro, el “Resistiré” y los aplausos diarios al abnegado personal sanitario probablemente jugaron un papel importante, al menos durante una fase crucial. El componente informativo, en sus diferentes facetas, merecería, por su importancia, alguna consideración específica.

Al margen de todo lo anterior, lo cierto es que, en situaciones de penuria, es cuando se aprecia el valor de detalles que antes pasaban desapercibidos. La pandemia ha trastocado toda la escala de valores. Aunque existe una tendencia por parte de los economistas a generalizar los modelos representativos de comportamientos, si es que puede concebirse una función matemática de la felicidad individual, hay que descartar que se puedan acotar las variables a incluir en la de cada persona, que se pueda cifrar el peso atribuido a cada una de dichas variables, en caso de que se pudieran cuantificar, y, por supuesto, la forma en la que interactúan entre sí. En fin, la felicidad es un enigma, un gran enigma, completamente indescifrable.

A finales de marzo y comienzos de abril de 2020, en las primeras horas del día, la ciudad estaba desierta. Luego, ya por la tarde, los transeúntes parecían almas errantes presas del pánico, y los automóviles, una especie a punto de extinguirse. Circular por la ciudad en la madrugada generaba una situación de angustia y desesperación, a la búsqueda de un destino incierto. Por primera vez en mi vida eché de menos no verme inmerso en una aglomeración de tráfico.

La felicidad no es ningún arma, es una entelequia, un resultado indescriptible que depende de una compleja estructura multifactorial. Hay felicidades conscientes y otras latentes que no se aprecian mientras existen. Las de este tipo sólo afloran cuando desaparecen algunos elementos que las sustentaban inadvertidamente. Es entonces cuando la infelicidad vivida puede tornarse en felicidad añorada.



[1] Vid. The Economist, “The pandemic has changed the shape of global happiness”, 20 de marzo de 2021. No obstante, no aparece la información relativa a la evolución de 2019 a 2020.


19 de abril de 2020

El factor X de la felicidad según Óscar Wilde

Y dijo el profeta: “Some cause happiness wherever they go; others whenever they go”. Algunos causan felicidad en cualquier sitio donde vayan; otros lo hacen siempre que se marchan.

Se olvidó Wilde de advertir de que esta última cualidad, aunque potencialmente al alcance de cualquiera, no entra en la agenda de algunas personas. No puede decirse que se trate de una excepción, ya que el enunciado no expresa ninguna categoría universal. La proposición no alcanza a los tiranos, a los enemigos de la libertad, a los obsesos del poder. Su marcha podría causar gran felicidad a la población, pero ellos no son como los demás. Creen que el pueblo llano no está dotado de suficiente capacidad para juzgar su verdadero bienestar. La mente preclara, la visión superior, su dimensión histórica, su pertenencia a la estirpe de los grandes líderes, son ingredientes necesarios para la definición de la voluntad colectiva. Sin ellos no seríamos nada. A ellos nos debemos y a su pensamiento único. Los tiranos, los obsesos del poder, los enemigos de la libertad, llegan para quedarse. Nunca se irán. Apoyados en sus instrumentos de poder, amparados por sus cómplices y acólitos, defendidos por los guardianes del pensamiento, cercenan todo atisbo de libertad, en su intento irrestricto de acabar con la dignidad humana. 

Algunos causan infelicidad cuando se van; otros causan infelicidad cuando se quedan, y quieren quedarse para siempre.

6 de diciembre de 2019

Lenguaje y felicidad: la aparición de un nuevo indicador de bienestar

La medición del bienestar individual y colectivo es una especie de santo grial que marca una búsqueda incesante, a lo largo de siglos, llevada a cabo por los economistas y otros científicos sociales. En realidad, pretender medir exógenamente el bienestar o la felicidad de una persona es una meta más bien quimérica, en la medida en que cada individuo es -o, al menos, cabe esperar que lo sea- el mejor juez de su propia situación.

En todo caso, no es una tarea estéril tratar de encontrar indicadores que puedan reflejar lo más fidedignamente posible el estado de una colectividad en su conjunto, a fin de poder hacer comparaciones a lo largo del tiempo o entre distintos grupos. Los indicadores podrán ser más o menos expresivos, pero, si la cosa queda ahí, no habría mayores problemas que los derivados de su grado de fiabilidad. El peligro puede surgir cuando algún régimen, político, grupal o de otra naturaleza, se atribuya la facultad de interpretar los cauces y los contenidos de la felicidad de las personas. Las experiencias resultantes, en distintas escalas, pueden llegar a ser aterradoras.

Al margen de esta cuestión fundamental, son numerosos los enfoques y abundantes los escollos metodológicos para la cuantificación del bienestar personal. No es el propósito de esta entrada adentrarnos ahora en ese terreno, sino traer a colación una curiosa forma de aproximación al grado de felicidad de una sociedad por una vía un tanto insospechada, completamente ajena al marco de las cuentas económicas nacionales, como es la del vocabulario empleado en los textos escritos.

Al escribir estas líneas no he podido evitar evocar cómo Lucio Ségel se mostraba entusiasmado ante las posibilidades que los programas informáticos lanzados por Apple abrían para el análisis de textos. En su estudio abuhardillado situado en los aledaños de la Plaza de la Merced fue cuando me maravillé por primera vez del sensacional Macintosh Plus, que me cedió para la edición de algunos de mis trabajos académicos. Corrían los años ochenta. Sobre su uso recibí luego las doctas lecciones del añorado Julián Martínez, editor magister. Años después, en su estancia en la Universidad de Heidelberg, Lucio Ségel desarrollaría sus innovadoras tesis sobre el metalenguaje.

Las palabras -solía decirme con tono pausado- son elementos multifuncionales. Ante mi obsesión por discurrir siempre encima de la tabla de salvación de los significados exactos y cartesianos, me hacía ver cómo éstos podían llegar a ser meros comparsas. Las palabras podían ser agentes encubiertos transportando claves ocultas, notas de una partitura musical, piezas de un mecano, cuentas de un collar sujetas con un hilo invisible, o meros caprichos estéticos o sonoros. Todo eso y mucho más. Las palabras tienen vida propia más allá de su condición de instrumentos para la transmisión de información. Fue una lección que me costó trabajo asimilar.

Pero ahora, después de tanto tiempo, el enfoque del nuevo “Índice Nacional de Valencia” no se me antoja sino como una mera prolongación de las tesis segelianas. Un equipo de investigadores, integrado por Thomas Hills, Chanuki Illuska Seresinhe, Daniel Sgroi y Eugenio Proto, han desarrollado un marco para realizar una aproximación cuantitativa a la felicidad a lo largo de la historia (“What make us happy? We analysed 200 years of written text to find the answer”, The Conversation, 16 de octubre de 2019). El enfoque se basa en el análisis de millones de libros de ficción y no ficción, así como de periódicos, publicados en los últimos 200 años. Para ello utilizan un algoritmo con vistas a calibrar el estado de felicidad o de infelicidad de los escritores en el momento de plasmar sus textos.

A tal efecto llevan a cabo un “análisis del sentimiento”, que pretende medir la frecuencia con la que un autor usa palabras positivas y negativas para expresar una actitud emocional. Tales investigadores han creado el “Índice Nacional de Valencia”.

Como destaca The Economist (“Reading between the lines”, 19-10-2019), los autores buscan en los textos palabras a las que se ha asignado una “valencia” psicológica, esto es, un valor que representa cómo de emocionalmente positiva o negativa es una palabra.

El estudio de Hills et al. llega a concluir lo que ellos mismos consideran aspectos remarcables: de un lado, que el PIB ejerce realmente una influencia marginal sobre el bienestar, en la medida en que ha crecido mucho en los últimos 200 años, pero el bienestar ha subido y bajado extraordinariamente a lo largo de ese período; de otro, que el bienestar muestra resiliencia a eventos negativos a corto plazo.

Hay otro aspecto remarcable, pero que quizás no necesitaba de demasiado contraste, aunque, desgraciadamente, son muchos los episodios para la verificación: es una experiencia bélica la que origina las mayores caídas en el bienestar. En promedio se requiere un aumento del PIB del 30% para restituir la merma de felicidad ocasionada por un año de guerra.

En caso de que algunos de mis textos entre en el saco de los millones de escritos que se analicen en un futuro, estoy convencido de que, con independencia del estado de ánimo de cada momento, el programa analítico tendría que percibir necesariamente la magia incomparable de la entrada, hace ya más de treinta años, al mundo de los Macs.

25 de diciembre de 2018

Compra de tiempo y felicidad

Algunas personas, no todas, pueden comprar tiempo. Se trata de aquellas que disponen de ingresos suficientes, ya sea procedentes del trabajo o del capital, y que están en condiciones de “externalizar” tareas domésticas o personales mediante la contratación, formal o informal, de tales servicios con terceros. Montar un mueble, cambiar un fusible, sacar el perro a pasear, recoger al niño del colegio, cuidar de un familiar cercano, instalar un equipo de música, colgar un cuadro…

El “mercado” se expande cada vez más para una gama muy variada de cometidos. La escasez de tiempo de los profesionales alimenta la demanda, mientras que distintos factores que afectan al mercado laboral, unos positivos y otros que lo son bastante menos, tienden a ensanchar la oferta. Se puede comprar tiempo, pero, con ello, ¿se incrementa al mismo tiempo la felicidad? ¿Es una buena práctica el denominado “outsourcing personal”, la externalización de tareas personales de manera que nos podamos concentrar casi exclusivamente en las actividades nucleares de nuestra actividad profesional cotidiana? Es una interesante pregunta que plantea Rhymer Rigby (Financial Times, 27-11-2018).

A este respecto trae a colación un estudio de la Harvard Business School publicado en agosto de 2017 por un grupo de investigadores encabezado por Ashley V. Whillans. El título del trabajo es, de entrada, bastante ilustrativo: “Buying time promotes happiness”. En el estudio, basado en experimentos de campo realizados en Estados Unidos, Canadá, Dinamarca y Holanda, se concluye que los resultados “sugieren que utilizar el dinero para comprar tiempo puede proteger a las personas de los efectos negativos de la presión del tiempo sobre la satisfacción de la vida”.

Sin embargo, Rhymer Rigby opina que “ha llegado el momento de preguntarse si hay un ‘conflicto’… no ser capaz de cambiar un fusible es una falsa economía, con independencia de lo rico que sea uno. El conocimiento y las herramientas requeridas para desmontar un enchufe son triviales [realmente no estoy muy convencido de ello] y el engorro de llamar al electricista siempre será mayor”.

Además, considera que “algunas de estas tareas proporcionan un valor externo a la propia tarea. Un ejemplo obvio de esto son los políticos [y algunos no políticos también] que no saben el precio de una pinta de leche o de una barra de pan. Así, la tarea mundana en cuestión tiene una clase de valor informativo y tiene sentido hacerla ocasionalmente”. Este es, sin duda, un planteamiento sumamente apropiado y coherente, que suscribo íntegramente, aunque, desafortunadamente, no me pueda excluir del colectivo aquejado de la ignorancia mundana a la que se alude. 

Aunque han pasado muchos, muchísimos años, recuerdo como muy gratificante y aleccionadora la experiencia de acompañar a mi abuela o a mi madre al Mercado de Salamanca, en el barrio malagueño de El Molinillo. También, a pesar del tormento de tener que pedir un cuarto y mitad, u otras medidas igualmente rocambolescas, añoro las visitas a mi tienda predilecta del barrio, que hace tiempo desapareció para siempre, mucho antes de que yo lo abandonara. Estaba localizada en la calle Actriz Rosario Pino, muy cerca de la calle Albéniz, donde aún pervive un establecimiento que, quiero creer, es el sucesor de la carbonería que, en su día, se ubicaba en sus aledaños. Allí acudíamos para adquirir los productos más variados e, indefectiblemente, los días de lluvia intensa, para proveernos de serrín. Hoy me pregunto cuánto valdrá una chirimoya, y cuántas pepitas tendría la última que compartí con mi padre.

En fin, a veces, es posible adquirir una cierta dosis de tiempo y aliviar la presión que provoca su escasez o la incompetencia propia. Pero, a nuestro pesar, no podemos recuperar el tiempo perdido. ¿Qué precio estaríamos dispuestos a pagar si pudiésemos viajar en él?

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