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10 de julio de 2024

Detener el cambio climático tenía un precio

 

Desafortunadamente, ya no. Ojalá que, dentro de un tiempo, todavía indeterminado, alguien no tenga que pronunciar ese lamento, una vez que se hubiese superado el punto de no retorno, y nuestro planeta se convirtiese en un lugar completamente inhabitable.

Es un escenario desgarrador, más que posible, probable, a tenor de las proyecciones de lo que ha dado en llamarse “consenso científico”. A día de hoy, según parece, la situación aún no es irreversible y la evitación del cambio climático todavía es factible. Sin embargo, no lo será si todo queda al albur de las fuerzas del libre mercado. Es, en suma, la tesis que sostiene Martin Wolf, y que da título a un reciente artículo: “Market forces will not halt climate change” (Financial Times -FT-, 3-7-2024). En él se señala que “es claro por ahora que las predicciones pasadas del calentamiento global han demostrado ser en gran medida correctas. Persistir con escepticismo es inmoral y estúpido”.

Según Wolf, dos son las ideas que están en el centro de los intentos para frenar el cambio climático: descarbonizar la electricidad y electrificar la economía. El panorama no es positivo, no se espera un cambio inmediato, y hay un factor que lo dificulta: “simplemente, la gente no quiere pagar el precio de descarbonizar la economía”. Un dato es bastante demoledor: la producción de electricidad generada por combustible fósiles alcanzó en 2023 su máximo histórico. La cuota de la electricidad producida de esa forma ha disminuido desde el 67% en 2015 al 61% en 2023, pero la producción global de la electricidad creció un 23% en esos 8 años.

Wolf atribuye al “deseo de personas y empresas, en países emergentes y en desarrollo, de disfrutar de estilos de vida de los países de alta renta, intensivos en energía” la explicación de ese “crecimiento explosivo de la generación de electricidad.

El editor económico jefe del FT se hace eco de la existencia de movimientos partidarios del “de-crecimiento”, pero considera que “detener el crecimiento, incluso si fuera políticamente aceptable (¡que no lo es!), no eliminaría la demanda de electricidad. Ello requeriría, en su lugar, revertir el crecimiento de los últimos 150 años”.

Como única solución apunta una descarbonización más rápida y, así, una mayor inversión en electricidad generada por renovables, incluyendo la energía nuclear. Hay que partir de “reconocer que, a pesar de todo lo hablado, las emisiones no están cayendo y así tanto los stocks de gases de efecto invernadero en la atmósfera y las temperaturas globales están subiendo”. Más peligrosos que los partidarios del “decrecimiento” son, en su opinión, sus opuestos, los partidarios del mercado libre y los nacionalistas.       

Confiesa que, hasta hace poco, aún esperaba que las fuerzas del mercado podrían dirigir el mundo hacia las energías renovables de una manera bastante rápida, pero “esto no parece ya plausible, puesto que la senda para el cambio a las renovables necesita ser acelerada grandemente”. Aludiendo a Brett Christophers, autor de la obra “The price is wrong: why capitalism won’t save the planet”, apunta que una combinación de fuertes impuestos sobre el carbono, subsidios de largo plazo y cambios en el diseño de los mercados de electricidad pueden ser medidas necesarias.

El mercado -concluye- no resolverá el fallo del mercado que representa el cambio climático: “Hablamos mucho. Pero vemos que es imposible en la práctica actuar según la escala que se precisa. Esto es un fallo trágico”.

Aparte de las medidas indicadas, Wolf no aborda explícitamente la opción de un sistema económico alternativo al capitalismo. A tenor de los abundantes registros históricos existentes, ¿cabría perfilar a los regímenes comunistas como garantes de la preservación del medioambiente y eficaces combatientes del cambio climático? ¿Podrían ser un faro de esperanza para corregir la mayor de las externalidades, la asociada al clima?                         


     

2 de abril de 2024

Democracias en jaque: las trampas del lenguaje

Si nos atenemos simplemente a la gran proliferación de artículos de opinión publicados recientemente sobre la evolución de los regímenes políticos, no podemos sino apreciar los importantes riesgos que se ciernen sobre la solidez de las democracias liberales. Riesgos que, si observamos los ensayos aparecidos en los últimos años, no puede decirse que sean nuevos.

El hecho de que un economista tan influyente como Martin Wolf aparte reiteradamente el análisis de los problemas económicos para abordar el curso de las democracias es un indicio patente de su trascendencia. Uno de sus últimos artículos (“Fascism has changed, but it is not dead”, Financial Times, 26-3-2024) ha despertado un interés extraordinario y desatado una gran cantidad de comentarios no unívocos. Al margen de entrar en el fondo de la cuestión, una parte de la controversia se ha focalizado en aspectos de semántica. Entre éstos, el referente a la significación de la noción de “Ur-Fascismo” planteada por Umberto Eco, e interpretada como “Fascismo eterno”. Diversos comentaristas discrepan sobre el alance de “Ur”. Por otro lado, la advertencia de Trump acerca de que habría un “bloodbath”, si no ganara las elecciones del próximo mes de noviembre, ha generado también algunas diferencias interpretativas. Así, hay quienes se ciñen a la amenazante literalidad de ese vocablo; otros sostienen que fue empleado con una calculada ambigüedad, y otros consideran que, en el contexto de la alocución, el mercado automovilístico, en realidad se refería a un “economic bloodbath”.

En fin, más allá del interés intrínseco de la cuestión abordada, también lo tiene el del significado de las palabras. Especialmente en algunas ocasiones, aunque siempre es algo bienvenido, habría que efectuar cotejos constantes del contenido exacto de las palabras utilizadas. Antes de escribir algo texto no poético, o de proclamar un discurso con fines de comunicación, sería altamente recomendable saber de qué se habla cuando se habla… de lo que sea. 



6 de enero de 2024

El redescubrimiento de la carga de la deuda pública

 

Cuesta trabajo asimilarlo, pero el cambio es perceptible, y no pocas veces llamativo. Da la impresión de que asistimos a los compases de un movimiento pendular que ha iniciado, sin preaviso, el viaje de vuelta. Mientras que, hasta hace poco, las notas de incremento sostenido de la deuda dominaban casi todas las partituras de los oráculos económicos, individuales o institucionales, ahora el giro es manifiesto. Lo que hasta ayer era la senda recomendada, es hoy motivo de reflexión, cuando no de preocupación. La herencia de unos abultados niveles de deuda pública, en un entorno de tipos de interés típicos de épocas pasadas, ha avivado la conciencia sobre el alcance de las cargas asumidas. Y ello a pesar de que la inflación, como uno de los más fieles escuderos los Estados endeudados, se encarga de llevar a cabo quitas no negociadas rebajando el montante real de los saldos pendientes.

La reciente llamada atención de Gita Gopinath, primera subdirectora gerente del Fondo Monetario Internacional, resulta particularmente reveladora. En su discurso inaugural de una conferencia sobre la “Política fiscal en una era de alta deuda”, celebrada a mediados de noviembre de este año, señalaba que “la combinación de niveles de deuda mundial récord, tasas de interés más altas durante más tiempo y perspectivas de crecimiento débiles plantea un triple desafío para las autoridades… el gasto financiado con deuda puede seguir pareciendo tentador. Pero eso sería un gran error”.

Subraya Gopinath que más de 100 países tienen reglas fiscales, pero las desviaciones son frecuentes, y pocos han contenido la deuda desde la crisis financiera mundial. Por su parte, Martin Wolf, editor económico jefe del Financial Times, ha señalado que la ratio de la deuda pública respecto al PIB de los países de alta renta, con un 112% en 2023, se sitúa en un nivel cercano al máximo alcanzado en 1946, pero con la diferencia de que entonces estaba recién finalizada la Segunda Guerra Mundial, mientras que el dato actual corresponde a un tiempo de paz (al menos, no a escala global).

Una noción arrumbada en el baúl de los recuerdos, la sostenibilidad de la deuda pública, vuelve a escena. Hace algunos años, Charles Wyplosz sostenía que la evaluación de la sostenibilidad de la deuda, un concepto que no puede medirse directamente, es una misión imposible. Sin embargo, no faltan intentos recientes para obtener una respuesta.

Aun cuando no existe una definición universalmente aceptada, la sostenibilidad de la deuda, definida en el sentido de la solvencia del sector público, se cumple, según un informe del Parlamento Europeo, cuando las administraciones públicas pueden atender todas sus obligaciones de deuda a través de superávits presupuestarios primarios (es decir, sin computar los gastos de intereses) futuros. A su vez, economistas del Banco Central Europeo destacan que la sostenibilidad de la deuda pública significa que la deuda pública acumulada pueda ser atendida en cualquier momento, lo que requiere que el sector público sea solvente y tenga liquidez.

A pesar de las complejidades técnicas, hay una ecuación bastante sencilla que nos describe cómo varía, de un año a otro, la ratio de la deuda pública respecto al PIB. Aunque no la escribamos aquí, estos son los factores que explican la magnitud de dicho cociente en un año: i) el nivel de deuda de partida; ii) la tasa de variación del PIB; iii) el tipo de interés; y iv) el saldo presupuestario primario.

A mediados de 2023, el saldo de la deuda pública de España ascendía, aproximadamente, al 111% del PIB. Supongamos que con ese importe se cierra el año 2023, y que el PIB de este año es de 1,41 billones de euros. También, como hipótesis, que, en 2024, el tipo de interés sea del 4%, que el PIB crezca un 4% en términos nominales, y que haya un déficit público primario del 2% del PIB. En este escenario, el saldo de deuda se situaría, a finales de 2024, en el 113% del PIB. En el año 2033, bajo las mismas hipótesis en todo el período, en el 130%. Esta cifra bajaría al 92%, si el escenario fuera más favorable: crecimiento nominal del PIB del 5% anual, tipo de interés del 3%, y equilibrio presupuestario primario.

La experiencia demuestra que es bastante sencillo aumentar los niveles de deuda pública, pero, en contraposición, estos no disminuyen con la misma facilidad. A falta de soluciones mágicas, no caben otras opciones que extremar la eficiencia del gasto público y/o expandir la recaudación tributaria. No obstante, habría que evaluar también la sostenibilidad de ambos procesos.

(Artículo publicado en el diario “Sur”)



4 de junio de 2023

Asambleas cívicas para potenciar la democracia

 

La democracia representativa, basada en un sistema de partidos políticos, es considerada usualmente, al menos en los Estados de derecho, como la alternativa, si no ideal, sí la más adecuada, o la menos cuestionable, como forma de trasladar la voluntad popular a la esfera pública.

No obstante, para sorpresa de muchos, en su discurso de despedida (1796), George Washington advertía contra lo que denominaba “el espíritu de la facción”, noción que asociaba a los partidos: “El dominio alternativo de una facción sobre otra, acentuado por el espíritu de venganza… es en sí mismo un espantoso despotismo”. Mostraba su temor de que no se gobernara por el bien del pueblo, sino sólo para obtener y mantener su control del poder[1].

La constatación de algunas imperfecciones en la democracia representativa ha llevado a los analistas teóricos a propugnar mecanismos para atenuar o a corregir algunas de las deficiencias observadas. El recurso a la fórmula de la democracia directa -léase referéndum- es una de ellas. Algunas experiencias llevan a considerar que el complemento de tales consultas directas a las elecciones no siempre resuelve el problema. Así lo sentencia Martin Wolf en relación con el fallido Brexit. La utilización de “asambleas de ciudadanos”, por el contrario, podría ser, según este influyente analista, un remedio eficaz. Según éste, “las elecciones son necesarias. Pero un mayoritarismo desenfrenado es un desastre. Una democracia liberal exitosa requiere instituciones restringentes: una supervisión independiente de las elecciones, un sistema judicial independiente y una burocracia independiente”[2].

Las asambleas de ciudadanos -elegidos por sorteo- pueden, según sus partidarios, ser más representativas que los políticos profesionales y atenuar el impacto de las campañas políticas, hoy día más distorsionadas por los avances de la publicidad y los algoritmos de las redes sociales.

Para Wolf, que sigue a Nicholas Gruen, “la introducción de ciudadanos directamente en el proceso político [con dictámenes no vinculantes], en la forma que es familiar respecto a los jurados, podría introducir el sentido común del público en la política, de una forma que sería complementaria a las elecciones de los líderes políticos”.



[2] “Citizens’s juries can help to fix democracy”, Financial Times, 28-5-2023.


8 de junio de 2022

El estado del mundo: el testimonio del cronista de Davos

 

Martin Wolf viene actuando en los últimos años como el distinguido cronista de las cumbres de Davos. Este año, tras la celebración de la atípica cumbre primaveral, a través de una docena de proposiciones trata de dar respuesta a un interrogante clave: ¿cómo podemos dar sentido al mundo?

Su prosa es afilada; su análisis, penetrante; sus mensajes, contundentes, reveladores de cuanto acontece en el mundo, visto desde su elevada torre de vigía, que hace a la vez de faro. Desde él señala tendencias y marca pautas de gobernanza económica, social y política.

He aquí una síntesis de su tabla de la ley mundial[1]:

1.    El mundo está amenazado por grandes males, y es claramente vulnerable a perturbaciones imprevisibles e incluso inimaginables.

2.     La economía ha cedido su primacía a la política (guerras culturales, políticas de identidad, nacionalismo, y rivalidad geopolítica).

3.      La tecnología continúa su marcha transformadora.

4.      Las diferencias políticas entre las democracias avanzadas, por un parte, y Rusia y China, por otra, son ahora profundas.

5.      A pesar del auge de China, Occidente, definido como las democracias de países con alta renta, es aún muy poderoso.

6.      Sin embargo, Occidente está profundamente dividido, entre países y dentro de estos. Hay políticos que apoyan a Putin y otros que se apartan de las pautas democráticas.

7.      A largo plazo, es probable que Asia se convierta en la región económica dominante del mundo.

8.      Las democracias de los países ricos deberán mejorar su juego político si quieren persuadir a los países emergentes y en desarrollo de que se alineen con ellas en vez de con Rusia y China.

9.      La cooperación global sigue siendo esencial.

10.   Los rumores acerca de la muerte de la globalización son exagerados.

11.   Dados los inmensos desafíos políticos y organizativos, las posibilidades de que la humanidad impida un cambio climático dañino son escasas.

12.   La inflación se ha desatado de una forma no vista durante cuatro décadas. Es una cuestión abierta si los bancos centrales mantendrán su credibilidad.

Estos son los mandamientos wolfianos. Como colofón, apunta que “En Occidente tenemos que manejar profundos cambios y conflictos letales en un momento de división y desilusión. Nuestros líderes tienen que estar a la altura de la ocasión. ¿Lo harán? Únicamente podemos confiar en que así sea”.

Sin embargo, el medio en el que se han difundido los mensajes ha seleccionado una terrible imagen de cabecera…




[1] “Twelve propositions on the state of world”, Financial Times, 31-5-2022.


31 de mayo de 2022

La política económica ante la amenaza de la estanflación

 

Más allá de su puesta en escena, las reuniones del Foro Económico Mundial, celebradas en la localidad suiza de Davos, acogen intervenciones de gran interés. Algunos de los intervinientes en tan distinguido foro están ubicados en una privilegiada atalaya desde donde se vislumbra bastante bien, según parece, cuanto acontece en el mundo de los mortales. Ya sea desde Davos o desde su residencia londinense, las aportaciones de Martin Wolf, comentarista económico jefe del Financial Times, pertenecen a esa señalada categoría.

A raíz de la reciente cumbre de Davos, desplazada en esta ocasión de estación, Wolf ha realizado un análisis de la situación económica tan ilustrativo como inquietante. A pesar de su tradicional orientación intervencionista de corte keynesiano, desde hace algún tiempo viene mostrando sus temores por el afianzamiento de las tendencias inflacionistas[1]. En esta ocasión, su preocupación se extiende a la posibilidad de que nos adentremos en una fase de la temida estanflación[2].

Para Wolf, la pregunta de si va a haber una recesión en las economías avanzadas no es la oportuna, sino que lo es la siguiente: ¿Vamos a entrar en una nueva era de mayor inflación y débil crecimiento, similar a la estanflación de los años 70? Si es así, ¿qué podría significar?

De entrada, señala la existencia de similitudes entre ambas experiencias, marcadas por el carácter sorpresivo del repunte inflacionario y la incidencia de un conflicto bélico. Ahora, como en los años 70, el alza de la inflación se achaca a las perturbaciones por el lado de la oferta causadas por acontecimientos inesperados. Pero el exceso de demanda -continúa argumentando- causa que las perturbaciones de oferta se traduzcan en una inflación sostenida, ya que los individuos tratan de mantener sus rentas reales, y los bancos centrales buscan sostener la demanda real. Esto lleva a la estanflación, puesto que los agentes económicos pierden su fe en una inflación baja y estable, y los bancos centrales carecen de la determinación para restaurarla.

Actualmente, los mercados no esperan ese resultado, y las expectativas se mantienen en niveles moderados. Es también la tesis que mantiene el BCE. Lo que es más dudoso es que, a tenor de una tasa de inflación cercana a los dos dígitos, y una tasa de inflación subyacente disparada prácticamente al 5%, como es el caso de España, esa situación pueda prolongarse mucho.

De forma pedagógica, Wolf recuerda que el crecimiento de la demanda nacional nominal, aritméticamente, es el producto del aumento en la demanda de bienes reales y servicios por el aumento en sus precios. Si la demanda nominal aumenta mucho más rápidamente que su producción real, la inflación es inevitable. Con unos tipos de interés en niveles muy reducidos, no cabe esperar, especialmente en el caso estadounidense, que se modere el crecimiento de la demanda nominal.

Wolf no duda en señalar que “la combinación de las políticas fiscales y monetarias implementadas en 2020 y 2021 encendió un fuego inflacionario. La creencia de que estas llamas se extinguirán con un modesto movimiento en los tipos de interés y ningún aumento en el desempleo es demasiado optimista”.

Finaliza su análisis con una reflexión sobre las actuaciones de política económica necesarias: “Si algo nos enseñaron los años 70, es que el momento para estrangular un repunte inflacionario es en sus comienzos, cuando las expectativas están aún en el lado de los responsables de la política económica”.





[2] “The Fed must act now to ward off the threat of stagflation”, Financial Times, mayo 2022.

11 de febrero de 2022

Doblegar la inflación: la respuesta salarial como factor clave

 

Hard times. Tiempos difíciles. El título de la célebre obra de Dickens sirve para sintetizar la situación que hoy vive su país. Tanto la economía, como los ciudadanos y también el gobierno. Así lo expresa con claridad Martin Wolf, en un artículo en el que, en curiosa coincidencia con el diputado tory David Davis aquí referido hace poco, habla del foolish tax rise on the way, que no vendrá sino a empeorar las cosas[1].

Pero quizás lo más destacable del texto es la rotundidad con la que defiende la contención salarial como vía más efectiva y menos dolorosa para doblegar una inflación que trepa a un ritmo bastante peligroso: “Si la gente se dedica al juego de pasar la pelota, insistiendo en obtener mayores salarios a fin de contrarrestar las rentas reales reducidas, el resultado sería un estrangulamiento de los beneficios, que dañaría la inversión, o causaría una espiral inflacionaria, que perjudicaría a casi todo el mundo”.

En este sentido, considera que la recomendación del gobernador del Banco de Inglaterra, de que “se necesita ver una moderación de los incrementos salariales… con vistas a resolver este problema [inflación] más rápidamente”, aunque sea “ciertamente impopular y probablemente sin utilidad”, “analíticamente es acertada”: “cuanto más busquen los asalariados restaurar su poder de compra en una economía golpeada por estas pérdidas impuestas externamente [precios de la energía], más alta será la inflación y más despiadado el endurecimiento monetario requerido”.

Tiempos difíciles, pero Wolf no elige la referencia dickensiana para su artículo, sino que opta por otra shakesperiana. Ya se sabe, las desgracias nunca vienen solas… Y, desafortunadamente, los tiempos difíciles pueden llegar a serlo aún más.



[1] Vid. M. Wolf, “Economic sorrows come in batallions”, Financial Times, 9-2-2022.


23 de enero de 2022

Condicionantes para “The Great Reset”: la pandemia como factor impulsor de la acción colectiva

 

Como cada año, al llegar el mes de enero, desde su poderosa atalaya del diario Financial Times (FT), y con el alcance y la potencia de su prestigiosa firma, Martin Wolf lanza su homilía económica. Desde las montañas de Suiza o a través de conexiones telemáticas, los líderes que participan en el World Economic Forum moldean los perfiles del sistema económico y social que ha de imperar en las próximas décadas.

En esta ocasión, el editor económico jefe del FT arranca su análisis subrayando las dos crisis que aquejan al mundo occidental: un colapso en la confianza en nuestro sistema político, y una amenaza medioambiental a escala planetaria[1]. En su opinión, la primera requiere la renovación de un propósito nacional común; la segunda no sólo eso, también un propósito global compartido. Esto último es algo que no está alcance de las empresas, sino que entra dentro del ámbito de la política efectiva.

En un informe del Centre for the Future of Democracy de Cambridge, The Great Reset, en el que él mismo ha participado, se concluye que la pandemia ha fortalecido la confianza en los gobiernos y dañado apreciablemente la credibilidad de los populistas. Sin embargo, no se ha incrementado, hasta ahora, el apoyo a la democracia.

Como gran tema, apunta el de dónde encajan las empresas en este panorama. La sociedad, señala, en sus distintos niveles (local, nacional y global) debe crear el marco dentro del que puedan actuar. Esto rige para todas las dimensiones: legislación laboral, seguridad social, política regional, regulación financiera, política de competencia, política de innovación, apoyo a la investigación fundamental, respuestas a emergencias, medioambiente, etc.

De alguno de los trabajos incluidos en el referido informe se concluye que ha surgido un sistema oportunista de extracción de rentas que crea riesgos no asegurables para la mayoría y vastas recompensas para unos pocos. Considera que “Crucialmente, esto destruye la ingenua idea de que es posible separar el papel de las empresas maximizadoras de beneficios del concerniente a la política al establecer las ‘reglas del juego’, como recomendaba Milton Friedman… Los resultados son una forma de capitalismo que, a pesar de su indubitada superioridad económica frente a sistemas alternativos, crea una distribución altamente desigual de recompensas y traslada riesgos ingestionables sobre la gente ordinaria. El resultado ha sido la política actual de ansiedad e indignación”.

Y sostiene la conocida tesis de que, en este contexto, “la pandemia ha creado una oportunidad para una política de competencia y propósito compartido”, complementada con la defensa de “un caso para una reforma sustancial de nuestra forma de capitalismo, aunque preservando su esencia de innovación y competencia… la principal cuestión… es la relación entre la empresa, la sociedad y la política”. A este respecto, plantea una relación de preguntas a los dirigentes empresariales, entre las que destaca, como más importante, la siguiente: “Por encima de todo, ¿qué estoy haciendo para fortalecer los sistemas políticos de los que depende la exitosa acción colectiva?”.

Ahí radica la lección esencial derivada de la pandemia: lo que puede lograrse si las habilidades de la empresa privada se unen con los recursos públicos para alcanzar objetivos urgentes. La declaración de principios es clara y rotunda: “Los líderes empresariales son personas racionales a cargo de instituciones importantes. Deben apreciar la necesidad de reforzar nuestra capacidad de adoptar decisiones colectivas de manera sensata”.

La lucidez, la perspectiva y la proyección de las reflexiones de M. Wolf son, en su línea habitual, admirables. No obstante, no deja de llamar la atención el contraste que se percibe entre el rigor de sus planteamientos con el aparente soslayo del tratamiento de algunas cuestiones no triviales. Así, la tajante atribución de racionalidad, como una connotación natural, al estatus de liderazgo empresarial -al margen de obviar completamente la influencia de los esquemas concretos de gobierno corporativo- no se compadece totalmente con algunos comportamientos efectivos que no destacan precisamente por esa cualidad. De otro lado, la solución de los problemas colectivos se encomienda automáticamente, sin análisis previo, al ámbito público, donde, cabe entender, se alcanzan siempre soluciones óptimas y exitosas.




[1] Vid. M. Wolf, “Business leaders have to play a better political role”, Financial Times, 18-1-2022.


15 de agosto de 2021

McCloskey examina a Mazzucato

 

Mariana Mazzucato es una de las grandes divas del pensamiento económico y político dominante en la actualidad. Sus obras, traducidas a diferentes idiomas, logran destacados registros de ventas. Su testimonio es reclamado y reverenciado en los más distinguidos foros económicos. Su palabra es ley. Mazzucato y Piketty, Piketty y Mazzucato, son dos referencias mundiales de primer orden, de enorme influencia, como pilares de la ideología económica que, con fuerza renovada, arremete contra el capitalismo, el mercado, el pensamiento liberal, y defiende la extensión y la intensificación de una intervención del sector público, que, bajo el influjo del denostado binomio Reagan-Thatcher, supuestamente, había quedado reducido a una mínima expresión, completamente desmantelado, en los denominados países occidentales desarrollados.

Ante la hegemonía intelectual alcanzada por los referidos jóvenes economistas, resulta sorprendente encontrar destacados analistas que se atrevan a cuestionar su reinado. Mucho más difícil es que puedan alcanzar una difusión equiparable.

No lo segundo, pero sí lo primero, lo encontramos en el caso de “The myth of the entrepreneurial state”, obra escrita conjuntamente por Deirdre Nansen McCloskey y Alberto Mingardi (M&M), y editada en 2020 por The American Institute for Economic Research.

El principal empeño de los autores es tratar de rebatir la conocida y extendida tesis de Mazzucato de que es el Estado, y no el mercado, el verdadero artífice de la innovación y del progreso en la sociedad. Las empresas privadas, en el mejor de los casos, no son más que parásitos que succionan la labor desarrollada por el sector público. Las actuaciones del Estado, como ente benevolente cuya misión es la defensa del bien común, van siempre encaminadas al logro de objetivos de interés social, mientras que los empresarios privados sólo están movidos por el afán de lucro particular. Toda acción privada depende del Estado, que aporta el marco legal, las infraestructuras, provee el orden público y favorece el desarrollo del capital humano. Argumentos éstos muy conocidos por quienes defienden el impuesto sobre sociedades como un pago por los beneficios recibidos del sector público. Sin embargo, no tiene por qué existir una estrecha correlación entre el disfrute de tales ventajas y la magnitud de los beneficios contables obtenidos por las compañías.

M&M se centran en combatir la visión según la cual “un producto diseñado y comercializado exitosamente por una compañía privada surge no de la creatividad y de la asunción de riesgo ni incluso la fortuna de un empresario individual. Surge de la conducción llevada a cabo por el Estado” (pág. 4), y consideran que Mazzucato es “la más ferviente reciente devota del estatismo y del Estado empresarial” (pág. 5).

M&M recuerdan, a partir de los datos disponibles, que “los economistas hoy día son mayoritariamente ‘estatistas’; esto es, creyentes en la primacía del comportamiento coercitivo según las leyes del Estado, frente al comportamiento voluntario de los individuos en los mercados… Los estatistas imaginan que siempre es un momento COVID-19, para cualquier cosa…” (págs. 9-10).

La principal fuerza emprendedora proviene del Estado en vez del sector privado, es la tesis de la obra de Mazzucato “The entrepreneurial state” (Anthem Press, 2013), altamente valorada por un gran adalid del intervencionismo público como es Martin Wolf. Según éste, aunque esta obra “tiene tesis controvertidas, es básicamente correcta. El fallo en reconocer el papel del sector público en la dirección de la innovación bien puede ser la mayor amenaza a una prosperidad creciente”[1].

A pesar de sus “osadas aseveraciones”, según M&M, Mazzucato “no tiene de hecho evidencias creíbles para sus pretensiones” (pág. 18). A fundamentar este duro alegato dedican la mayor parte del contenido del libro. En él también se cuestiona la interpretación del concepto de valor económico rescatada por Mazzucato[2], así como la visión del papel de la empresa en la sociedad y su motivación esencial, asociadas al enfoque dominante basado en la creación de valor para los stakeholders en vez de para los shareholders.

M&M lanzan a Mazzucato el reto de explicar cómo todos los “Grandes Enriquecimientos” de la historia no se produjeron hasta la implantación del liberalismo económico, después de señalar lo siguiente: “Si la planificación es algo tan apropiado, entonces el comunismo pre-1978 habría sido un paraíso económico” (pág. 75).

En ese recorrido argumental someten las tesis de Mazzucato a un aluvión de críticas que, en ocasiones, llegan a poner en duda el dominio de los fundamentos del análisis económico por parte de la afamada economista italonorteamericana. “Un economista que no entiende los elementos del marginalismo es como un químico que no comprende la tabla periódica” (pág. 210) es una de las amables frases que le dedican.

En el diario Financial Times no aparece ninguna reseña de la obra de M&M. Eso sí, el editor económico jefe, M. Wolf, incluye referencias de sendas obras de Mazzucato y McCloskey en su lista de lecturas recomendadas para el verano de 2021[3]: “Mission economy: a moonshot guide to changing capitalism”, y “Bettering Humanomics: a new, and old, approach to economic science”.

No debe de ser complicado, en principio, identificar qué obra corresponda a cada una de las dos autoras. Respecto al primer libro, se señala que “is by an influential thinker on an important topic at a time when trust in direction by governments has risen greatly relative to trust in decentralised competition within markets. [She] recommends goal-oriented innovation as the way forward for the world”.

Respecto al segundo, “[She] is a unique figure in economics. In this short book, she summarises her creed: this is, quite simply, that humans are not machines. A social science, economics, must embrace the humanities, which study what humans think about themselves. It is our ideas, not institutions or technology, that created the modern world”.





[1] M. Wolf, “A much-maligned engine of innovation”, Financial Times, 4 de agosto de 2013.

[2] “The value for everything: making and taking in the global economy”, Penguin, 2018.

[3] M. Wolf, “Summer books of 2021: Economics”, Financial Times, 22 de junio de 2021.

11 de julio de 2021

Compromisos de pensiones: promesas de papel

El problema de la sostenibilidad económica de los sistemas de pensiones no es exclusivo de España. No existen barreras geográficas que protejan del desequilibrio de las cuentas cuando, a largo plazo, no se pueden garantizar internamente los recursos disponibles para cubrir los compromisos contraídos. Es cuestión de consistencia de diseño y de viabilidad económica, no de localización geográfica ni de carácter público o privado.

En España, después de haber escuchado durante mucho tiempo que el enfoque hispano idisioncrático y exclusivo adoptado en torno al sacrosanto Pacto de Toledo había logrado superar el reto de las pensiones, los integrantes de esa extensa y dilatada en el tiempo cohorte de los baby boomers ignoran qué les deparará su futuro prestacional.

No obstante, ya se sabe que está instalada la doctrina de "la relevancia del momento de acceso al cargo": una misma persona encarna dos yos, uno el que era antes de acceder al cargo; otro, el que es a partir de ese momento. Es, pues, plenamente legítimo y compatible que sus manifestaciones sobre un mismo tema sean diferentes en una y otra etapa. Algunos acérrimos seguidores de esta doctrina van más allá y la aplican incluso en sesiones intradía. En cualquier caso, la situación del sistema de pensiones en España requiere de un análisis extenso y pormenorizado.

Sobre el panorama de las pensiones en Reino Unido realiza Martin Wolf algunas consideraciones de alcance general. Sabemos lo calamitosos que son los tipos de interés ultrarreducidos -no digamos los negativos- para los sistemas de pensiones. El problema es extensivo a los sistemas de aportación definida y a los de prestación definida.

En el primer caso, si las contribuciones no consiguen ser rentabilizadas, el capital acumulado al término del período de actividad laboral será bastante magro. La única ventaja es que, desde un primer momento, se visualiza el desfase. En el segundo, la asunción de unos compromisos de un determinado importe, cuando no se puede contar con la munición de la rentabilización, puede dar lugar a la acumulación de una bomba de relojería.

En Reino Unido, el número de planes de pensiones de prestación definida ha caído drásticamente en los últimos años. Como señala M. Wolf, "la provisión de pensiones de prestación definida por corporaciones privadas ha llegado a ser inaceptablemente cara para los promotores corporativos[1]".

El editor económico jefe del Financial Times deja constancia de una contundente constatación, merecedora de incorporarse a la filosofía de corte toledano: "La única parte saludable del sistema de prestación definida es la del sector público: los contribuyentes están pagando para otorgar a los funcionarios públicos una pensión vinculada a la renta y a un índice que ellos no pueden tener por sí mismos".

En fin, ya conocíamos la facilidad de algunas personas para cuadrar las cuentas por la vía tributaria, aunque no deja de ser admirable que un intelectual de la talla de Wolf se haga eco, sin matices, de esa habilidad.

En un artículo posterior, plantea que, ante el declive de los sistemas de prestación definida privados, éstos sean sustituidos por un esquema que mezcle los dos enfoques, el de prestación definida y el de aportación definida. Este último componente aportaría mayor flexibilidad; el primero, mediante el diseño adecuado, un "verdadero reparto de riesgos" entre generaciones[2].

Y posteriormente, en otra entrega sobre las pensiones, coloca un título que colisiona frontalmente con algunas corrientes mayoritarias, dentro y fuera de España, sobre los resortes necesarios para hacer frente al desafío de las pensiones[3]: "Las acciones son el único fundamento adecuado para las pensiones privadas".

Esta recomendación se deriva de la observación de que, en el período 1900-2020, las acciones han superado extraordinariamente a los títulos de renta fija en todo el mundo[4]. ¿Puede significar esto un aval insospechado para un capitalismo en fase de declive ideológico?





[1] “Radical reform of British pension provision in urgent”, Financial Times, 13 de junio de 2021.

[2] “It is folly to make pensions safe by making them unaffordable”, Financial Times, 27 de junio de 2021.

[3] “Equities are the only sensible foundation for private pensions”, Financial Times, 11 de julio de 2021.

[4] Es una cuestión abordada en “Acciones vs bonos públicos: la importancia del horizonte inversor”, EdufiAcademics, Ensayos y Notas 15/2020. 

7 de abril de 2021

El paquete fiscal de Biden: ¿un experimento arriesgado?

No como pregunta, sino como afirmación. Así figura literalmente en el título de un reciente artículo de Martin Wolf: “Joe Biden’s $1.9tn package is a risky experiment” (Financial Times, 23 de febrero de 2021). Para quien haya seguido el hilo de la línea argumental desplegada durante años desde su apostolado económico con proyección mundial no es fácil asimilar esa declaración, ante un paquete de medidas presupuestarias que haría las delicias de los keynesianos más postulantes.

Es preciso leer detenidamente el artículo para ver si hay gato encerrado. Aquél empieza con una pregunta bastante lógica: “¿En qué medida un estímulo fiscal es demasiado?”.  No es fácil zanjarla de antemano, pero, en boca del editor económico jefe del influyente diario, resulta un tanto desconcertante la siguiente advertencia: “Pero una cosa está clara: el hecho de que se desplegara demasiado poco estímulo en 2009 no significa que uno mucho mayor sea correcto hoy. La política económica debe ser juzgada por su adecuación a las circunstancias actuales reconociendo al propio tiempo las incertidumbres y el equilibrio de riesgos”.

No obstante, en la página siguiente ya nos deja más tranquilos, al declarar que “No [tiene] ninguna objeción en principio a un gran gasto presupuestario”, y evocar sus conocidas posiciones de “antiausteridad”. Y no es que reniegue de sus convicciones doctrinales, sino que considera que debe tenerse en cuenta que una pandemia es diferente a una guerra o a una crisis financiera. No se destruye el capital físico y hay un ahorro acumulado por un gasto que no ha podido realizarse, lo que, en su opinión, debe condicionar el tipo de gastos a realizar. Se trata de argumentos compartidos por otros dos eminentes keynesianos y partidarios de la administración Biden, Larry Summers y Olivier Blanchard. El primero, difusor de la idea del “estancamiento secular”, ha llegado a advertir de las proporciones que puede alcanzar el déficit público en Estados Unidos.

Wolf, también un tanto sorprendentemente, alerta del posible repunte de la inflación: “Algunos analistas parecen ver un gran resurgimiento de la inflación como inconcebible, porque no ha ocurrido durante mucho tiempo. Éste es un mal argumento. Muchos pensaban en su día que una crisis financiera global era inconcebible porque no había sucedido ninguna durante mucho tiempo. En los años 60 muchos consideraban el incremento de la inflación de los 70 similarmente inconcebible”. En este contexto, plantea aplicar un paquete más reducido ahora y proponer un gran programa de inversión a medio plazo más adelante.

Quizás se hayan visto aplacados sus temores al comprobar el nuevo plan de infraestructuras en Estados Unidos, por un importe total de $2 billones, financiado con una subida del impuesto sobre sociedades[1].

En todo caso, para despejar cualquier duda, sostiene que el paquete de los $1,9 billones es un “experimento arriesgado”, pero que puede tener éxito, lo que sería de enorme importancia: “Demostrar que un gobierno activo puede proporcionar buenas cosas a la población es esencial para la salud de la democracia estadounidense. Rezo para que la apuesta de la administración Biden tenga éxito”. Sí, había gato encerrado.

 



[1] Vid. J. Politi, “Biden unveils $2tn infrastructure plan and big corporate tax rise”, Financial Times, 31 de marzo de 2021. 

3 de febrero de 2021

Hacia un nuevo orden económico, político y social

 

Los expertos en la dinámica de los procesos de transformación empresarial tienden a identificar unos factores promotores (“facilitadores”) y otros retardatarios (“inhibidores”) del cambio. De igual manera pueden apreciarse factores de uno y otro signo en las esferas social, económica y política. Desde hace ya casi un año vivimos sujetos a las perturbaciones, de alcance insospechado, acarreadas por la pandemia del coronavirus. Los estragos que ha causado y está causando han trastocado nuestras expectativas, nuestras preferencias, nuestras escalas de valores, nuestras jerarquías, y nuestras capacidades de actuación. También diría que nuestra propia capacidad de percepción de los acontecimientos y de evaluación de sus consecuencias. En muchos aspectos, la pandemia está siendo un poderoso “facilitador” de la materialización de tendencias y de patrones de comportamiento en los planos económico, social y político. Y sin que haya que dar por sentado que todo cambio ha de ser, per se, positivo.

Una de las numerosas facetas en las que se manifiesta esa dinámica es en la plasmación de un nuevo orden internacional, afianzando una senda que se venía dibujando desde hace años. Como en otros casos, el contenido de la proclama efectuada desde su atalaya del Financial Times por Martin Wolf (3-2-2021) sirve de epítome representativo. Dicho contenido merece ser repasado en detalle. Pero ya su propio título y su nota introductoria resultan bastante expresivos: “Containing China is not a feasible option”. Se resalta así que, ciertamente, “contener a China no es una opción factible”, y que “a diferencia de lo que ocurría con la Unión Soviética, Estados Unidos y sus aliados han de cooperar y competir con su creciente poder”.

La democracia, ese bien preciado que se reclama con ahínco en algunos territorios formalmente democráticos, pero envueltos en una aparente fase de decadencia, se ve abocada a una relativización selectiva en aras del pragmatismo. La premisa sacrosanta de elecciones libres tal vez ha de competir con otros principios más modernos. Pero, después de todo, quizás sea un buen momento para leer “La tragedia de la liberación”, obra que, hace unos años, escribió Frank Dikötter. Ya en su prefacio deja constancia de las diferentes acepciones que puede tener el término “liberación”, algunas de ellas con tintes dramáticos e incluso trágicos.

23 de noviembre de 2020

¡Qué viene el lobo… de la inflación!

Si oímos que alguien nos advierte de que se nos viene encima un período inflacionario, es posible que estemos tentados a pensar que se trata de un cuento. Sin embargo, quien avisa de la llegada del lobo no es un personaje frívolo sino un respetado académico, Charles Goodhart, acompañado en la tarea de Manoj Pradhan. Y, lo más significativo, es quien se hace eco de la señal de alarma. Nada menos que Martin Wolf, quien, a través de sus refinados análisis, casi nos había convencido de que la inflación era, en el escenario actual, una imposibilidad metafísica, mentalizándonos en el sentido de que estábamos abocados a instalarnos en una larga fase de “japonización”.

Pero según el reputado e influyente comentarista económico jefe del Financial Times (“Why inflation could be on the way back”, 17-11-2020), no cabe desechar el pronóstico expuesto en el libro “The great demographic reversal”. Según Wolf, “[this] book just out is crying wolf insistently”. Incluso se atreven a poner una cifra para la tasa de inflación en el año 2021, que podría llegar a más del 5%, o hasta el 10%.


El mundo, según el análisis de Goodhart y Pradhan, se encuentra en un proceso de cambio de régimen (retroceso de la globalización, envejecimiento poblacional, tensiones presupuestarias públicas, contracción de la población activa…). Además, a medida que el número de consumidores aumenta con relación al de productores, se elevarán las presiones inflacionarias. Llegan a afirmar que “el resurgimiento de la inflación es nuestra visión de más alta convicción entre los efectos de la demografía, y es algo que tanto los mercados financieros como los políticos están descartando bajo su propio riesgo”.


Un verdadero shock ante la creencia extendida y arraigada de que estamos instalados en una prolongada fase de precios y tipos de interés declinantes, en la que “lower for longer” se había convertido en una cantinela que se renovaba periódicamente con nuevos bríos.


La única ventaja que tenemos en este caso es que no tendremos que esperar mucho para conocer el final del cuento, y comprobar si tiene moraleja.

28 de junio de 2020

Best sellers económicos: la gran convergencia ideológica

Como otras publicaciones especializadas en temas económicos y financieros, el diario Financial Times, el más influyente en la esfera internacional, tiene atribuida una aureola con connotaciones intrínsecas de liberalismo y ortodoxia económica, así como de defensa a ultranza de la empresa y de los mercados libres. Cualquier lector que haga un seguimiento de sus planteamientos editoriales y del posicionamiento de sus articulistas más destacados, encabezados por Martin Wolf, el comentarista económico jefe, podrá comprobar que no siempre las presunciones o las etiquetas preestablecidas se corresponden con la realidad.

Así, las críticas al capitalismo son un lugar común, al igual que la ardorosa defensa de los postulados keynesianos, concretada en un permanente apoyo de la expansión del tamaño del sector público, vía gastos, impuestos y deuda. Propuestas como la teoría monetaria moderna, el repudio a las denominadas políticas de austeridad presupuestaria, la expansión monetaria, la aplicación de elevados impuestos sobre el patrimonio, o la realización de ingentes inversiones en el marco del Green New Deal, encuentran un respaldo inequívoco en las páginas de dicho periódico. Siempre con un amplio y sólido despliegue argumental, combinado con una variada gama de fuentes estadísticas.

Ese posicionamiento doctrinal se refleja también, al menos en parte, en las selecciones recurrentes de libros de Economía que se recomiendan en distintas fechas. Así, en la lista de obras de contenido económico propuestas por Martin Wolf para el verano de 2020 (“Summer books of 2020: Economics”, Financial Times, 23-6-2020), nos encontramos prácticamente con una veintena de títulos, entre los que predominan las críticas al capitalismo, las denuncias de los problemas de pobreza y exclusión generados por dicho sistema, la revitalización de las propuestas georgistas de traspasar al Estado el aumento del valor de la tierra, la defensa de la renta básica universal y de la dignidad económica, la justificación de la teoría monetaria moderna, y, asimismo, entre otros, el libro de Thomas Piketty “Capital e ideología”, que defiende “un nuevo programa radical de igualitarismo socialista”.

La visión económica que se desprende de la mayoría de los libros seleccionados es realmente descorazonadora, ante los panoramas tan dramáticos que reflejan, a partir de una realidad que, lejos de avanzar hacia formas más prometedoras, se ve atrapada por enormes dificultades y situaciones dramáticas. Si, después de leer “En defensa de la Ilustración”, de Steven Pinker, podíamos haber creído, vanamente, que el extendido pesimismo no estaba tan justificado, un simple repaso de los resúmenes de las referidas obras nos desmonta nuestras creencias y expectativas de forma contundente.

Después de una etapa en la que supuestamente había triunfado el liberalismo, comprobamos ahora que, entre las corrientes dominantes, más extendidas y con mayores éxitos de publicación y difusión, se ha producido una gran convergencia ideológica, que se articula sobre una crítica implacable al capitalismo y al mercado. Paradójicamente, el éxito económico alcanzado por China, país respecto al que llama la atención la condescendencia de los análisis en la vertiente política e institucional, se sustenta en la apuesta por el capitalismo y el mercado, sujeto a controles, y en la generación de enormes desigualdades distributivas.

Con independencia de ello, parece claro que los sistemas económicos imperantes en los países occidentales han fracasado en numerosos aspectos, pero no deja de ser curioso el olvido de que se trata de sistemas mixtos. A la luz de los análisis dominantes, da la impresión de que la parte del mercado ha fracasado en un 100%, en tanto que la del sector público ha sido eficaz en el mismo porcentaje. No estaría de más poder contar con estudios rigurosos que permitieran corroborar tales porcentajes y, a partir de ahí, proponer algún reparto adecuado de funciones, si es que se desprendiera que el mercado puede tener algún papel económico que desempeñar. La historia está ahí, pero, ya se sabe, agua pasada no mueve molino.

Y, finalmente, habría que contrastar si la gran convergencia ideológica identificada puede responder en parte a algún sesgo de selección y, en realidad, no existe un consenso total en ese sentido. ¿Hay que enterrar el concepto de “progresofobia” sugerido por Pinker?

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