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3 de enero de 2018

El estilo de dirección de Claudio Abbado como legado

Estaba acostumbrado a ver su nombre en las portadas o en las contraportadas de los CDs. Por motivos pragmáticos de adaptación al medio o al ambiente que cada uno se crea o en el que se tiene que desenvolver, no concebía el disfrute de la música como una actividad audiovisual. La música como compañera sonora pero callada; auxiliadora discreta y sin aditivos. Tiene así las ventajas de dar rienda suelta a la imaginación y de hacer posible la dedicación simultánea a otras tareas. Es la alternativa idónea para el investigador confinado (es un decir) en espacios cerrados, para el escritor afanado en dar un contenido adecuado a los desafiantes folios en blanco…

A veces, el aparato reproductor hace un alto en el camino sin habernos percatado de la sonoridad emitida o sin haber llegado a percibir la melodía favorita; es quizás cuando más ha cundido la producción; otras veces, en cambio, la pausa solo sirve para constatar que no hemos sido capaces de avanzar lo más mínimo. Por eso, un cambio de tercio puede ser un remedio apropiado… y vuelta a empezar.

Por distintas circunstancias, y como he dejado constancia en este mismo blog (“YouTube y el fin de las élites musicales”, septiembre de 2017), aunque tardíamente, tuve la fortuna de descubrir determinadas grabaciones musicales en YouTube y, gracias a ellas, el rostro del director italiano cobró para mí vida. He de reconocer que, si se dan las condiciones apropiadas, pasar de la experiencia auditiva a la audiovisual implica añadir bastante más que una nueva apreciación sensorial. Además, aunque el pensamiento se pueda mostrar indómito en su devenir, la concentración en el mero deleite musical, al ritmo que marca el realizador, aporta también su propia influencia.

Las sinfonías de Mahler se viven de otra manera y la magistral dirección de Claudio Abbado se aprecia en toda su plenitud, acompañada por el virtuosismo y el esmero de los integrantes de la orquesta. El dominio, la serenidad, la concentración, la emoción, la tensión, la relajación, el sentimiento y otros atributos de los que hace gala el maestro italiano en sus estelares conducciones se erigen en un componente intangible que no viene sino a magnificar y a ensalzar si cabe la grandeza de las composiciones mahlerianas.

Hace unos meses, al comienzo de la andadura de este blog, un colega (y, sin embargo, amigo) que había leído algunas entradas de aquel me recriminaba el uso o, más bien, el abuso de calificativos que él juzgaba exagerados. Es posible, bastante posible, que así sea. No voy a discutir ese extremo, cuando justamente en numerosas ocasiones se trata de algo consciente y otras, una expresión espontánea de sentimientos, que no es mi propósito reprimir. Al menos en algunos ámbitos uno tiene el derecho a tomarse algunas licencias, siempre que no causen perjuicio a alguien. Por eso, lo que ahora lamento es no poder encontrar los adjetivos que puedan hacer justicia a tan espléndidas actuaciones. Dejo a quienes puedan recrearse en la misma experiencia que busquen los que consideren más apropiados.

Como tantas otras veces me ha ocurrido a lo largo de la vida, cuando he sentido el impulso de expresar algún sentimiento oculto a alguna persona, esta ya se había marchado. Claudio Abbado lo hizo definitivamente hace ya cuatro años, pero su legado sigue vivo y su estilo de dirección nos ilumina como un ejemplo a imitar dentro y fuera de las salas de conciertos.

27 de septiembre de 2017

YouTube y el fin de las élites musicales

Los jóvenes de hoy está muy lejos de la posición económica que, a su misma edad, disfrutaban sus padres. Es uno de los mensajes que, de manera insistente, se viene repitiendo en los últimos años, como una de las secuelas de la magna crisis económica y financiera internacional iniciada en 2007. Un claro síntoma, se arguye, de la paralización e incluso inversión del proceso de avance en las condiciones de vida que había venido caracterizando hasta ahora la senda de la humanidad. ¿Se trata de un axioma irrefutable, de la consolidación de unas fuerzas incontenibles? La cuestión es de gran interés y merece sin duda la dedicación de esfuerzos de investigación académica. Sin adentrarnos en ella, es evidente que hay jóvenes y jóvenes, y padres y padres. Carezco de información acerca de la posición económica que, cuando eran treintañeros, tenían los padres del joven Mark Zuckerberg, por citar algún caso, desde luego muy especial pero no único, de un avispado representante de la generación juvenil actual. De nuevo, como en otras entradas de este blog, acecha el largo brazo de la regla de la excepción que no confirma la regla…

La Gran Recesión ha acarreado enormes dificultades para cohortes de jóvenes y menos jóvenes, y es cierto que para muchos de ellos el nivel de vida alcanzable autónomamente es, en sentido estricto, inferior al que sus progenitores habían sido capaces de alcanzar a una edad comparable (quizás no totalmente homogénea, si se aprecia alguna diferencia en la esperanza de vida). Sin embargo, lo anterior no debe ser óbice para reconocer que esos mismos jóvenes en una situación personal más precaria disfrutan de una serie de ventajas, producto de la globalización económica, de la revolución de las nuevas tecnologías, del abaratamiento de los medios de transporte o de la ampliación de los servicios públicos, entre otros aspectos, que no existían cuando sus ancestros eran adolescentes.

Por supuesto, sigue habiendo muchas diferencias en las formas de acceso a los diferentes bienes y servicios que conforman la cesta de consumo de una familia. Los contrastes entre los niveles de renta, riqueza y consumo son extraordinarios, en algunos casos descomunales. Cuestión distinta, pero no independiente, es si el nivel absoluto de los que se encuentran en las posiciones más bajas se ha elevado o no.

A pesar de tales divergencias en las posiciones personales, de manera un tanto paradójica, las nuevas tecnologías, y los proyectos empresariales que han surgido en torno a ellas, posibilitan que algunos privilegios reservados hasta hace poco a las élites estén también al alcance de cualquiera. Los conciertos de música clásica constituyen un caso paradigmático. Asistir a las grandes salas donde actúan las orquestas más prestigiadas era prácticamente una quimera para personas con recursos económicos limitados y/o dificultades para emprender largos y costosos viajes. Nadie va a discutir que hay muchas diferencias entre asistir a un espectáculo en vivo y verlo en un vídeo, pero tener la posibilidad de “asistir” a un concierto a la carta, a la hora y en el lugar elegido, es un tesoro con el que no podían soñar los padres ni los abuelos de los coetáneos de Zuckerberg. 

En mi caso, la primera vez que oí la novena sinfonía de Beethoven fue en un magnetofón cedido temporalmente. La grabación procedía del Teatro Real, lo cual por aquel entonces me dejó muy impresionado, pero la audición estaba codirigida por los circunstanciales atascos de la cinta, que imponían pausas no previstas en la partitura original.

De manera rezagada, los modestos avances tecnológicos, de incorporación tardía, fueron haciendo algo más fácil la experiencia melómana, hasta llegar a poder disfrutar de la inmensa discoteca en streaming que ofrecen los nuevos operadores globales. No recuerdo que antaño ningún Julio Verne pronosticara semejante capacidad de oferta y de demanda. ¿En cuánto ha variado el bienestar de un amante de la música desde la peliaguda cinta del magnetofón al universo en expansión de Spotify? 

No es fácil resumirlo en una cifra fría. Como tampoco lo es encontrar palabras para expresar el valor del privilegio que ofrece YouTube para asistir a las mejores salas de concierto, para vivir de cerca la interpretación de las sinfonías predilectas. Sin tener que pagar ningún canon, sin tener que respetar ninguna etiqueta, las imágenes te adentran en la sala, te acercan al director, te familiarizan con los intérpretes, te muestran la belleza de los instrumentos, te sorprenden con su gama de sonidos, te transmiten las entradas de coro, el ritmo, la armonía y la cadencia de la orquesta, te hacen partícipe de momentos sublimes, irrepetibles, una y mil veces, te irradian de esa emoción indescriptible que emana de la conjunción del talento, la maestría y el virtuosismo y, por encima, de todo, del sentimiento derrochado.

Les élites siguen existiendo y también los eventos culturales orientados a sus cultivados miembros, pero las nuevas tecnologías han venido a introducir algunos elementos de democratización, a desmantelar barreras y a aumentar la “contestabilidad” de los mercados selectos, en los que se desdibuja el sello de la exclusividad. Cerca de cincuenta años después, sigo acordándome del magnetofón y de la cinta grabada con la música del genio germano. En su momento me fueron de gran utilidad. Hoy también lo son, para apreciar cómo, al menos en algunos aspectos, ha mejorado la vida.

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