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2 de julio de 2024

Estado vs. Mercado: una perspectiva liberal

 


Ha llegado a mis manos un ejemplar de la obra “Estado contra Mercado”, del profesor Carlos Rodríguez Braun, editada en el año 2023 (Unión Editorial/Centro Diego de Covarrubias). Quien no haya reparado en la advertencia efectuada en el prólogo, y lea algunas expresiones, como la de que “el mercado ha sido incorporado al acervo doctrinal y es aceptado como ingrediente indispensable de la convivencia humana”, o la de que “la simpatía hacia el liberalismo en varios campos, sobre todo entre los economistas, es mayor que antes”, podrá discernir que, pese al año de la edición, el texto difícilmente podría ser de esa fecha. En efecto, como se indica al comienzo, no lo es, sino que corresponde a una reimpresión del escrito a finales de los años 1990. Desde entonces, con la gran crisis económica y financiera por medio, han cambiado bastante las cosas.

Lo que en absoluto ha cambiado es la convicción del autor de la adecuación de los postulados liberales como fuente inspiradora de una sociedad libre y avanzada, capaz de satisfacer las necesidades sociales. La, en su opinión, aplastante superioridad del mercado frente al Estado como eje de las decisiones económicas está en la base de esa afianzada creencia del, durante décadas, catedrático de Historia del Pensamiento Económico de la Universidad Complutense de Madrid. Aportar argumentos para respaldar esa posición es el objeto de dicho libro, de pequeño formato, pero de enorme alcance, por las cuestiones de las que se ocupa y los planteamientos que se efectúan, para la teoría económica.

Para alguien que se haya formado al amparo de la teoría normativa de la Hacienda Pública, que ofrece una detallada justificación a la intervención del sector público en la economía, a partir de un análisis riguroso y sistemático de los fallos del mercado, la lectura del texto del profesor Rodríguez Braun supone un auténtico shock, que inmediatamente da paso a un desafío intelectual. No tanto por la innovación en los argumentos expuestos, sino, más bien, por la amplitud de su recorrido, así como por la contundencia y la confianza con la que se transmiten al lector. El autor no esconde sus cartas, no se anda con rodeos, ni adopta ningún tipo de contemplaciones. Defensa del liberalismo y del mercado en estado puro, con estilo directo y sin ambages.

La tesis del ensayo es que “el Estado ha crecido excesivamente a expensas del mercado y ha usurpado derechos y libertades de los ciudadanos no solo más allá de los económicamente conveniente sino también de lo políticamente lícito y lo moralmente admisible”. Su pretensión es demostrar que “es preciso un nuevo equilibrio entre Estado y mercado”. Para ello parte de un elogio del mercado, que “florece allí donde impera la libertad, la justicia, la seguridad personal, la protección de los derechos y la garantía del cumplimiento de los contratos. Por eso la economía de mercado y la civilización y el progreso van de la mano… El mercado es un sistema de reglas que no se pliega necesariamente a los deseos individuales. Solo obliga a seguir el veredicto de la colectividad”. La lectura de los argumentos que expone en relación con el inventario de los fallos tradicionales del mercado reviste utilidad, como contrapunto del planteamiento estándar recogido en la generalidad de los manuales de Hacienda Pública y de Economía del Sector Público.

La crítica del Estado parte del rechazo categórico de que la coacción derivada de la concepción hobbesiana “pueda ser denominada el único contrato social racionalmente concebible en libertad”. Uno tras otro, va repasando lo que son cuasi-dogmas en la construcción teórica de la fundamentación de la intervención del sector público en una economía mixta. Los intervencionistas de formación se ven desafiados en su posición doctrinal, asimilada como algo consustancial e incuestionable. Caben, al menos, dos posturas. La más fácil, la del desprecio, amparada por la abrumadora mayoría de tratadistas y seguidores del enfoque hegemónico; la más productiva, la de escudriñar los argumentos, contraponerlos con los dominantes, y buscar el contraste con los datos empíricos. Todo ello a la búsqueda de una integración teórica que permita una mejor explicación de los hechos y el diseño de las mejores políticas económicas. Tal vez una quimera en un entorno de creciente polarización, no sólo en el ágora social, sino también en las supuestas torres académicas.

El profesor Rodríguez Braun apela a la búsqueda de la auténtica acepción del progreso. A tal efecto, considera como “ilustrativa la definición de progresista según el Diccionario de nuestra lengua: ‘Aplícase a un partido liberal de España, que tenía por mira principal el más rápido desenvolvimiento de las libertades públicas’”. Lo que no podía prever cuando redactó su ensayo es que el “progreso” estaba por llegar al Diccionario de la R.A.E.

7 de enero de 2022

El teorema del votante mediano: ¿Ha perdido vigencia la aportación de Downs?

Comenzamos el año con un balance luctuoso, el que hace el profesor Rodríguez Braun del amplio elenco de notables economistas que nos dijeron adiós en 2021[1]. Entre ellos figura uno muy destacado cuya principal aportación se remonta a 1957, cuando tenía tan sólo 27 años. La obra “An Economic Theory of Democracy” (Harper & Row, Nueva York, 1957) representa un hito dentro de la teoría de la Hacienda Pública, en general, y de la teoría de la Elección Colectiva, en particular. Recordar la esencia de su contribución es una manera de rendirle tributo.

El denominado teorema del votante mediano se fundamenta en un contexto sumamente simplista, lo que no impide que se deriven algunas pautas de interés. Habitualmente, se toma como referencia una situación en la que se lleva a cabo una elección entre varias alternativas que pueden ordenarse sobre la base de una característica. Por ejemplo, una elección entre diversas opciones para el presupuesto de la defensa nacional que difieran únicamente en el nivel del gasto público (bajo, medio y alto). En el supuesto de que las preferencias de los individuos sean unimodales (single-peaked)[2], el resultado de una votación mayoritaria refleja las preferencias del votante mediano[3]. Una propuesta de actuación situada por encima de las preferencias de este votante concitará el rechazo de éste y el de todas las personas con preferencias de niveles inferiores. Lo mismo ocurrirá respecto a una propuesta de un nivel inferior al del óptimo del votante mediano, con la oposición de éste y de quienes desean un nivel superior.

Ahora bien, en la práctica, los ciudadanos no toman decisiones directamente, sino que eligen a sus representantes, quienes las toman en su nombre. No obstante, bajo ciertos supuestos, el teorema del votante mediano ayuda a explicar cómo tales representantes fijan sus posiciones[4].

En este sentido, Downs demostró cómo, bajo ciertas condiciones, un político maximizador de votos adopta el programa preferido por el votante mediano. En el gráfico adjunto se representa la distribución de los votantes a lo largo del espectro político. Consideremos dos políticos, Marcelino y Santiago. El primero se posiciona en M, coincidente con la ubicación del votante mediano, y el segundo se sitúa a su derecha.

Si se supone que todas las preferencias son unimodales y que los votantes pretenden maximizar su utilidad, cabe esperar que Santiago capte todos los votantes a la derecha de S y parte de los votos entre M y S; por su parte, Marcelino aglutinará los votos a la izquierda de M (la mitad del total), y parte de los votos entre M y S, con lo que obtendría la mayoría.

Si el esquema anterior se ajusta a la realidad, cabe esperar que los dos candidatos o los dos partidos tiendan a converger en torno a las preferencias del votante mediano[5].

La realidad, sin embargo, es bastante más compleja. De entrada, en las elecciones, salvo que haya un referéndum sobre una cuestión específica, se mezclan muchos aspectos, con lo cual no resulta posible llevar a cabo una ordenación unidimensional. El enfoque económico sólo predice un resultado estable si hay una única dimensión de elección. Si los votantes eligen en función de diversos criterios, no habría un resultado estable[6].

De otro lado, la ideología puede jugar un papel determinante y dominante sobre las valoraciones de la propia utilidad personal. Asimismo, la decisión de tomar parte o no en el proceso electoral puede ejercer una notoria influencia en el resultado final. Y, en cualquier caso, si bien en Estados Unidos los partidos políticos son conscientes de la influencia que puede tener el teorema del votante mediano, también lo son de que los votantes pueden llegar a prestar poca atención a las posiciones de los candidatos y, en su lugar, votar en función de las condiciones materiales de vida[7].

En línea con lo antes señalado, es innegable que, dada la multiplicidad de temas que se suscitan ante una contienda electoral, la aplicabilidad del teorema del votante mediano decae grandemente. No obstante, no habría que desechar el efecto derivado de la tendencia a la polarización y a la tendencia hacia esquemas de pensamiento binario[8].





[1] Vid. C. Rodríguez Braun, “En ocasiones veo (economistas) muertos”, Expansión, 3-1-2022.

[2] Esto es, si una persona se mueve de su opción más preferida en cualquier dirección, su utilidad, su preferencia, cae de manera consistente.

[3] Más exactamente, del votante situado en la mediana de la distribución de preferencias, es decir, aquél cuyas preferencias se sitúan en el centro de todas las preferencias de los votantes. Así, si hay 11 personas, con la siguiente distribución de preferencias sobre el gasto público (en unidades monetarias): 1º, 100; 2º, 105; 3º, 110; 4º, 115; 5º; 120; 6º, 125; 7º, 130; 8º, 135; 9º, 140; 10º, 145, y 11º, 150, el votante mediano sería el individuo 6º. La mitad de los votantes prefieren un gasto superior, y la otra mitad, un gasto inferior.

[4] Vid. H. S. Rosen, “Public Finance”, 5ª ed., Irwin/McGraw-Hill, 1999, págs. 124-125.

[5] Se ha apuntado, para el caso estadounidense, que la convergencia de los votantes tiende a darse a la derecha del centro de la opinión pública, toda vez que el éxito electoral depende no sólo de la posición, sino también de la obtención de fondos para las campañas. Vid. J. Sachs, “An American budget for the rich and powerful”, Financial Times, 13-2-2012.

[6] Vid. D. Coyle, “The vanishing power of the median voter”, Financial Times, 19-1-2016.

[7] Vid. J. Chait, “Welcome to the GOP’s great political experiment”, Financial Times, 6-3-2012.

[8] Tiempo Vivo: La era del pensamiento binario (neotiempovivo.blogspot.com). 

30 de diciembre de 2021

La justificación del esfuerzo impositivo y la ilusión fiscal

 

Carlos Rodríguez Braun, el último mohicano liberal, sigue batallando incansable, cada lunes, desde su pequeño espacio en el diario “Expansión”, en pro de los principios y valores liberales. Su discurso desentona de las corrientes dominantes que, de forma cada vez más extendida, respaldan, cuando no sacralizan, el papel del sector público en la economía. La reciente experiencia en el contexto de la -interminable- crisis pandémica ha hecho subir muchos enteros las tesis del intervencionismo y abonado el terreno para propugnar la ampliación y la intensificación de las funciones estatales.

Pese a todo, un liberal de convicciones tan arraigadas y sustentadas en amplias fuentes doctrinales y empíricas como las del catedrático de Historia del Pensamiento Económico mencionado no ceja en su empeño. Sus postulados acerca de la naturaleza de los impuestos son bien conocidos, y han sido comentados en este blog. En su columna de fecha 27-12-2021 (“Ilusiones fiscales varias”) apela a la socorrida vena de la “ilusión fiscal” para explicar la dinámica de los ingresos y gastos públicos.

Para ilustrar uno de sus argumentos toma como referencia el mensaje de una seguidora suya que justifica la subida de los impuestos de esta manera: “para tener sanidad pública pagada entre todos: hoy por mí, mañana por ti”.

Sin embargo, el profesor Rodríguez Braun considera que dicha idea “brota desde el centro de la ilusión fiscal, porque el Estado se legitima disolviéndose en la sociedad civil, como si fuera una cooperativa o una ONG”. A continuación esgrime una serie de razones por las que ello no es así. Nadie tiene capacidad para decidir si forma parte o no de una organización como el Estado, y nadie tiene la opción de ejercer su solidaridad por la vía impositiva. Las obligaciones impositivas trascienden la voluntad individual. No hay negociación posible ante un teórico pacto interpersonal o intergeneracional. Quien cumpla alguno de los supuestos que formen parte del hecho imponible de un impuesto se verá sometido a una obligación inexcusable. Por el lado del gasto, es también el Estado el que determina los colectivos beneficiarios de los servicios públicos o de las prestaciones sociales, bien de forma universal o selectiva, sujeta o no a condiciones.

Siguiendo un enfoque un tanto simplificado, Rodríguez Braun sostiene que “nadie sabe qué está pagando, aunque confía en que esté pagando menos de lo que pagaría si el Estado no existiese. En caso contrario, rechazaría los impuestos y la redistribución coactiva de la renta”. Sería interesante poder cotejar hasta qué punto los ciudadanos llevan ese tipo de contabilidad y en qué medida se pudiera ver afectada por el fenómeno de la ilusión fiscal.



3 de octubre de 2021

El mundo de los impuestos: dos visiones antagónicas

 

Para cualquier hacendista formado bajo el manto del paradigma de la teoría de los fallos del mercado, los impuestos son el elemento esencial e imprescindible como sustento de la necesaria intervención del sector público en la economía a fin de corregir tales deficiencias. La figura de los impuestos se alza así sobre un pedestal sagrado que ha de preservarse a toda costa. Está abierta la discusión para buscar el diseño óptimo del sistema tributario, a la luz de los principios básicos, pero no se concibe cuestionar o poner en duda su papel.

Es, pues, explicable el enorme impacto que puede causar tener conocimiento de posturas que ponen en entredicho el estatus sacrosanto de los impuestos. En particular, la noción de fiscalidad voluntaria planteada por Sloterdijk es ciertamente disruptiva.

También lo es en buena medida la obra “Hacienda somos todos, cariño”, escrita por Carlos Rodríguez Braun, María Blanco, y Luis Daniel Ávila. Se trata de un libro que no dejará indiferente a quien lo lea. A unos, probablemente les enfurezca, mientras que a otros les pueda servir de rearme moral y dialéctico para defender posturas que probablemente no se habían imaginado antes o no se atrevían a expresar.

La carta de presentación es bastante clara respecto a sus intenciones: “De eso va este libro, de cómo el Estado ha procurado que los ciudadanos veamos y valoremos sobre todo sus aspectos positivos, a la vez que intenta ocultar, disfrazar o justificar sus aspectos negativos… En particular, cuestionamos el extendido dogma según el cual es inconcebible que los ciudadanos padezcamos en el futuro una opresión fiscal relativamente menor a la actual”.

En las antípodas de este libro, en el que se defiende la tesis de que “es la sociedad la que crea la riqueza y el bienestar, no la política”, se sitúa el de Emmanuel Saez y Gabriel Zucman “El triunfo de la injusticia”. “Sin impuestos no hay cooperación, ni prosperidad ni destino común”, se sostiene en esta influyente obra a escala internacional, escrita por dos distinguidos colaboradores de Piketty.

Ambos economistas se muestran partidarios entusiastas del modelo fiscal que estuvo vigente en Estados Unidos, impulsado por Roosevelt, y que, de 1941 a 1976, posibilitó lo que ellos mismos califican como “tipos cuasiconfiscatorios”, en el impuesto sobre la renta, que rondaron el 80% para los estadounidenses más adinerados. Y ponen de relieve dos aspectos importantes: por un parte, que la pretensión esencial de las medidas fiscales no era la recaudatoria, sino asegurar que nadie ganara más de una cierta cantidad de dinero; de otra, que el desarrollo de la tributación progresiva fue ante todo fruto de las transformaciones intelectuales y políticas iniciadas a finales del siglo XIX, ligadas a la evolución del partido demócrata, “brutalmente segregacionista en el sur, pero deseoso de unir a los blancos de bajos ingresos del norte y del oeste contra las élites financieras republicanas mediante un programa económico igualitario”.

Un cambio drástico se produjo con la reforma fiscal de Ronald Reagan de 1986, que, curiosamente, fue respaldada “con entusiasmo” por demócratas como Al Gore, John Kerry, y también Joe Biden. Los autores despliegan un amplio arsenal argumental contra el uso de ventajas fiscales por los contribuyentes más ricos y, asimismo, contra los esquemas utilizados por las multinacionales para minimizar su carga tributaria total. En este sentido, apelan a la “doctrina de la sustancia económica”, que tiende a considerar ilegal cualquier transacción que no tenga otro propósito que la reducción de la responsabilidad fiscal.

La conclusión principal a la que llegan es que las sociedades pueden decidir qué nivel de progresividad fiscal desean. No obstante, lo ideal sería poder decidir el marco tributario antes de saber la posición económica que va a ocupar cada persona. En los procesos de elección colectiva democráticos reales, se puede dar el caso de que una mayoría adopte acuerdos que afecten exclusivamente a una minoría. El problema de la “tiranía de la mayoría”, esgrimido por los liberales, es despreciado por quienes, como Saez y Zucman, ensalzan los beneficios de la acción colectiva y el papel central del gobierno en la organización de la sociedad.

La célebre frase del juez Oliver Wendell Holmes, Jr., según la cual “Los impuestos son el precio pagado por la civilización”, es objeto de consideración en los dos libros citados. Como piedra angular justificativa del sistema impositivo en un caso; en otro, como simple aforismo para contraponer el argumento de que la noción de que “Contribuir da derecho a exigir” sólo es válida en los contratos privados: “si pagamos impuestos, no tenemos en verdad derecho a exigir nada. Igual que si no lo pagamos”.

(Artículo publicado en el diario “Sur”; con fecha 3-5-2021, en este blog se publicó un post sobre los mismos libros).

9 de mayo de 2021

El papel de los impuestos: Rodríguez Braun et al. vs. Saez y Zucman

 

Para cualquier hacendista formado bajo el manto del paradigma de la teoría de los fallos del mercado, los impuestos son un -o, casi mejor, el- elemento esencial e imprescindible como sustento de la necesaria intervención del sector público en la economía a fin de corregir tales deficiencias. La figura de los impuestos se alza así sobre un pedestal sagrado que ha de preservarse a toda costa. Está abierta la discusión para buscar el diseño óptimo del sistema tributario, a la luz de los principios básicos, pero no se concibe cuestionar o poner en duda su papel.

Es, pues, explicable el enorme impacto que puede causar tener conocimiento de posturas que ponen en entredicho el estatus sacrosanto de los impuestos. En particular, la noción de fiscalidad voluntaria planteada por Sloterdijk es ciertamente disruptiva[1].

También lo es en buena medida la obra “Hacienda somos todos, cariño”, escrita por Carlos Rodríguez Braun –quizás el “último mohicano liberal”-, María Blanco, y Luis Daniel Ávila[2]. Se trata de un libro que no dejará indiferente a nadie que lo lea. A unos, muy probablemente les enfurezca, mientras que a otros les pueda servir de rearme moral y dialéctico para defender posturas que probablemente no se habían imaginado antes o no se atrevían a expresar.

La carta de presentación del libro que muestran sus autores es bastante clara respecto a sus intenciones: “De eso va este libro, de cómo el Estado ha procurado que los ciudadanos veamos y valoremos sobre todo sus aspectos positivos, a la vez que intenta ocultar, disfrazar o justificar sus aspectos negativos… En particular, cuestionamos el extendido dogma según el cual es inconcebible que los ciudadanos padezcamos en el futuro una opresión fiscal relativamente menor a la actual” (págs. 11 y 13).

En las antípodas de este libro, en el que se defiende la tesis de que “es la sociedad la que crea la riqueza y el bienestar, no la política” (pág. 125), se sitúa el de Emmanuel Saez y Gabriel Zucman “El triunfo de la injusticia”[3]. “Sin impuestos no hay cooperación, ni prosperidad ni destino común; no hay tan siquiera una nación que necesite un presidente” (pág. 10), se sostiene en esta influyente obra a escala internacional, escrita por dos distinguidos colaboradores de Piketty. La posibilidad de que las sociedades modulen la progresividad fiscal es la principal conclusión obtenida en este trabajo (pág. 239), en el que se esgrime que “la mayoría de los cambios en la tributación no responden a un súbito apetito popular por eximir a los ricos, sino a fuerzas que han prevalecido sin la contribución de los votantes” (pág. 11).

La lectura de ambos textos nos depara bastantes sorpresas, relativas a datos y también argumentales. La reseña de uno de los dos, a elegir libremente (lo ideal habría sido de ambos), es una de las tareas programadas dentro de la asignatura de introducción a la teoría de la imposición, impartida por quien suscribe estas líneas, en el semestre actual. Espero que los alumnos, a partir de los conocimientos supuestamente adquiridos, hayan podido acercarse a dichos estudios con visión crítica, y con capacidad para apreciar los aspectos positivos, así como también las deficiencias observables en uno y otro caso.





[1] Vid. “El desafío de Sloterdijk: la fiscalidad voluntaria”, eXtoikos, nº 17, 2015.

[2] Ed. Deusto, 2021; el subtítulo del libro es: “Cómo nos engañan para que creamos que pagamos poco y por nuestro bien”.

[3] Ed. Taurus, 2021 (versión española); el subtítulo es: “Cómo los ricos eluden impuestos y cómo hacerles pagar”.

5 de septiembre de 2018

“The new deal” de Roosevelt: el gran discurso de una época

Pronunciado en la Convención Nacional Demócrata celebrada en Chicago a mediados de 1932, el discurso de Franklin Delano Roosevelt, allí nominado como candidato a Presidente de Estados Unidos, marcó un cambio de época. “The new deal” se convirtió en un icono en la evolución del sistema económico y político occidental, como fuente de inspiración de una nueva política económica y, ante todo, en un éxito de comunicación.

Casi noventa años después de su puesta en escena, son muchas las lecciones que aún pueden extraerse y no pocas las reflexiones que su lectura suscita acerca de las declaraciones programáticas en él contenidas.

Al leer ahora ese histórico texto, gracias a la inmensa biblioteca instantánea de Internet, no he podido evitar pensar en su autoría. ¿Fueron esas memorables palabras exclusivamente fruto de la inspiración del mandatario norteamericano o tuvieron quizás el apoyo de alguna pluma desconocida? Después de haber visto la noticia acerca de las grandes habilidades desplegadas, no hace mucho tiempo, por excelsos redactores en la Casa Blanca o en El Eliseo, las dudas son inevitables. Aunque, en verdad, cuesta trabajo creer, sobre todo en el caso de los discursos que han marcado una época, que no procedan de la mente de los líderes encumbrados.

“The new deal” es un discurso de extensión considerable, adecuada para la ocasión, y, por supuesto, muy inferior a la de las disertaciones típicas de los dirigentes de las “democracias reales”. Ahora bien, su enorme densidad, a poco que se aderezara mínimamente con adornos superfluos o repetitivos, podría dar lugar a una pieza de tamaño más que respetable. Densidad de contenidos, que obliga a releer las frases para sacarle todo su jugo, unida a una más que notable falta de sistematización y de una estructura ordenada.

Y en él tampoco faltan paradojas. De hecho, Roosevelt proclama abiertamente su credo liberal, cuando en realidad está abrazando una política intervencionista. Es quizás el refrendo de la acepción estadounidense de dicha tendencia, totalmente opuesta a la europea, coherente con su significado histórico. No deja, pues, de resultar un tanto extraño identificar un posicionamiento propio mediante el uso de un antónimo. “El nuestro [el Demócrata] debe ser un partido de pensamiento liberal, de acción planeada…”, afirma en el discurso, para seguir alimentando la aparente contradicción.

Pese a su proclamado “liberalismo”, representantes genuinos de esta corriente no dudan en calificar el discurso rouseveltiano como “joya de de la demagogia antiliberal” (Carlos Rodríguez Braun, “El gran discurso de Roosevelt”, Expansión, 30-7-2018).

Mucha es la sustancia subsumida en los más de cincuenta párrafos que lo integran, y no es nuestro propósito reseñarla aquí de manera exhaustiva. Únicamente nos limitaremos a comentar algunos pasajes significativos, si es que hay alguno que no lo sea.

Especialmente lo es la profunda división, la extrema polarización, que se refleja a lo largo del mismo entre los sectores demócrata y republicano (otras denominaciones no demasiado afortunadas en cuanto a su alcance clarificador), contrapuntos respectivos de todo lo bueno y acertado, y de todo lo malo y lo erróneo.

Rousevelt presenta pronto sus credenciales al extender su invitación “a reanudar la marcha interrumpida del país por la senda del progreso real, de la justicia real, de la igualdad real para todos nuestros ciudadanos, grandes y pequeños”. El hincapié en el calificativo “real”, sobre todo en lo que concierne a la igualdad, viene así a marcar una clara diferenciación con las posiciones liberales tradicionales, que propugnan la igualdad pero de oportunidades. La universalidad de los beneficiarios de esos loables objetivos es pronto matizada, al quedar excluida la “minoría favorecida”, aunque no seamos capaces de advertirlo de manera tan directa como sugiere el profesor Rodríguez Braun.

En el discurso se sintetiza el relato económico de la génesis de la crisis de 1929: elevados beneficios empresariales que impedían la bajada de precios para los consumidores, falta de subidas salariales, escasez de dividendos y cortedad de los impuestos. El resultado conjunto de estos factores fue la acumulación de enormes excedentes empresariales que se destinaron a “plantas nuevas e innecesarias” (sic) y a los mercados financieros.

Particularmente relevante es el énfasis que se pone en la importancia de la estructura del crédito de “la Nación”, así como en las interrelaciones de los grupos de crédito. Algunas de las frases escritas servirían perfectamente para dibujar el panorama de colapso financiero producido en la crisis de 2007-2008 y para sustentar la habilitación del canal crediticio.

Para finalizar este breve recorrido, nos centraremos en tres aspectos que siguen presentes en los debates actuales sobre la actuación del sector público y que, en algunos casos, pueden llegar a sorprender a los admiradores del “new deal”:
De una parte, el reconocimiento de que el aparato de las Administraciones públicas es demasiado costoso, unido a la intención de eliminar puestos inútiles y de integrar órganos administrativos.
La emisión de bonos para financiar obras públicas que fuesen autosostenibles.
El respaldo a introducir “una razonable protección arancelaria” a los productos agrícolas básicos, a pesar de que, más adelante, con carácter general, se deploran los efectos negativos provocados por las barreras arancelarias.

El discurso finaliza con la promesa de “un nuevo pacto para el pueblo americano”, adobado con solemnes palabras que merece la pena evocar: “…Que todos nosotros aquí congregados nos constituyamos en profetas de un nuevo orden de capacidad y coraje. Esto es más que una campaña política; es un grito de guerra. Dadme vuestra ayuda, no sólo para ganar votos, sino para vencer en esta cruzada para restituir América a su propio pueblo”.

En palabras de Rodríguez Braun, “El New Deal, que anunció entonces, fue un éxito propagandístico sin parangón, como lo prueba el hecho de que tanta gente siga creyendo que también fue un éxito económico”.

¿En qué posición del espectro político deberíamos colocar el eje del célebre discurso y a su autor? ¿Cuál de los programas de los partidos políticos hispanos de la actualidad se asemeja más al contenido de dicho discurso?

En otro momento me dispondré a meditarlo. Mientras tanto, es difícil no quedarse atónito al toparnos con la información que recoge Carlos Rodríguez Braun para finalizar su columna: “En esos años 1930, antes de la Segunda Guerra Mundial, cuando ambos se guardaban mutua admiración, Mussolini definió a Roosevelt como un ‘verdadero fascista’”-                                                  

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