17 de mayo de 2020

La vacuna contra el coronavirus como bien colectivo global


En un artículo publicado en este blog hace algunas semanas (“Economía básica de la pandemia”, 29-3-2020) se recogía que la enfermedad provocada por el coronavirus constituía un mal colectivo de carácter universal. Como todo mal de esta naturaleza, se caracteriza por dos rasgos básicos: no existe rivalidad en el impacto de la terrible enfermedad, que tiene una ilimitada capacidad de contagio; tampoco existe, en la “situación tecnológica” actual, la posibilidad de evitar que llegue a afectar a más personas, salvo soluciones radicales extremas y estrictamente controladas de aislamiento total.

Ante dicha calificación económica, es evidente que el hallazgo de una vacuna contra la enfermedad constituiría un bien colectivo también global, al menos potencial e idealmente, no en estrictos términos “técnicos”. Ello se debe a que nos encontramos con una notoria asimetría entre el bien y el mal; mientras que este se propaga indiscriminadamente, sin “coste” alguno, la extensión del primero no se llevaría a cabo automáticamente, sino que estaría condicionada a aplicaciones individualizadas, sujetas a un coste determinado. La vacuna no responde, pues, a las características estrictas de un bien (servicio) colectivo puro.

Lo ideal, evidentemente, es que, en la práctica, adquiriera esa naturaleza. Así lo expresa también David Pilling en un reciente artículo, “Any Covid-19 vaccine must be treated as a global public good” (Financial Times, 14-5-2020), en cuyo título aparece una palabra “público” que tantas confusiones genera. Ya se sabe que la expresión “going public” no significa que una compañía pasa a ser propiedad del Estado, sino que accede a los mercados bursátiles, donde el “público” puede comprar y vender títulos.

Dejando al margen esas disquisiciones semánticas, en absoluto triviales, lo prioritario es, lógicamente, que alguno de los numerosos proyectos de investigación en curso pueda lo más pronto posible obtener un remedio eficaz. Una vez se logre esa anhelada meta, como señala Pilling, “cualquier vacuna debe desarrollarse para crear el máximo beneficio posible a la salud pública [de nuevo, la salud de toda la población]. Esto significará priorizar a los médicos, a los enfermeros y a otros trabajadores en primera línea, así como a las personas más vulnerables a la enfermedad, no importa dónde vivan ni cuánto puedan pagar”.

Será fundamental, en suma, que la vacuna pueda convertirse en un bien colectivo o social absolutamente universal. Para ello será preciso afrontar los costes correspondientes, que, según algunas estimaciones recogidas en el artículo citado, podrían tener un coste unitario muy moderado, que, para el conjunto de la población mundial, ascendería a 20.000 millones de dólares. Cifra este que se antoja ridícula en comparación con el beneficio asociado, pero que, en cualquier caso, habría de ser afrontada de alguna manera. Aquí sí que entraría en juego el sector público, pero no habría que descartar que, como, de hecho, ya ha ocurrido durante la pandemia, desafiando las convenciones tradicionales, el sector privado también se implicara en una causa tan crucial para la supervivencia de la humanidad y la recuperación de las pautas típicas de las sociedades libres, integradas e interconectadas.

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