Mostrando entradas con la etiqueta Economía de la escasez. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Economía de la escasez. Mostrar todas las entradas

15 de agosto de 2024

“Superabundancia”: la escasez de textos no apocalípticos

 

Hace poco, un exitoso empresario malagueño, optimista empedernido, me decía que “Superabundancia”, obra de Marian L. Tupy y Gale L. Pooley, publicada en versión española en 2023 por la editorial Deusto, era uno de los mejores libros que había leído. El hecho de que la original hubiese aparecido, en 2022, bajo el sello del Cato Institute ofrecía ya un indicio que a priori podía ser significativo. No obstante, alguien me comentaba que hoy día el sello editorial no es una garantía de la orientación ideológica de los textos publicados. Desde luego, no con un abanico editorial de tan amplio espectro como el exhibido por Deusto, pero no creo que pueda trazarse un paralelismo con una institución como el Cato Institute cuya visión es “una sociedad libre y abierta en la que la libertad permite a cualquier individuo perseguir una vida de prosperidad y sentido en paz”.

Ahora bien, si se prescinde de, o se desconoce, ese antecedente, estando acostumbrados a textos que relatan todo tipo de policrisis o tendencias apocalípticas (que, en el fondo, en no pocos casos parecen justificadas), cuando uno lee un libro imbuido de un espíritu optimista y que trata de transmitir entusiasmo ante el futuro, no puede sino pensar que hay algún tipo de anomalía. O bien se trata de una obra chusquera, tal vez se introduce un señuelo para impactar con lo que luego ha de venir, o quizás hay alguna cámara oculta para captar nuestra reacción.

Ciertamente, las tres hipótesis se desvanecen a medida que uno se adentra en la lectura y comprueba que los autores persisten en una tesis desafiante que aspira a rebatir las proyecciones más agoreras y, lo que es más sorprendente, incluso a poner patas arriba el asentado enfoque de la Economía como ciencia social de la escasez de los recursos.

Tupy y Pooley arremeten contra los planteamientos malthusianos, que, sorprendentemente, han logrado sobrevivir, y que postulan una relación inversa entre el crecimiento de la población y la disponibilidad de los recursos. Según ellos, entre 1980 y 2018, la población mundial aumentó en un 71,2%, pero el tiempo de trabajo promedio requerido para ganar suficiente dinero como para comprar 50 recursos básicos cayó un 71,6%. Denominan “abundancia” al “resultado de que el aumento en el ingreso nominal por hora que percibe el trabajador medio sea más rápido que el encarecimiento del precio nominal del recurso que se pretende adquirir con el dinero obtenido”. Y califican como “superabundancia” aquella situación en la que la abundancia de recursos crece a un ritmo más rápido que el aumento de la población.

Un concepto básico es el de “precio-tiempo”, que es la cantidad de tiempo que una persona tiene que trabajar para ganar suficiente dinero con el que comprar algo. Consideran que los precios-tiempo tienen mucho más sentido que los precios monetarios convencionales.

Un aspecto crucial en su razonamiento es que la escasez relativa conduce a precios más altos, estos crean incentivos para las innovaciones, y estas, a su vez, conducen a la abundancia.

Dedican bastantes páginas a ilustrar cómo, a pesar del progreso experimentado por la humanidad desde 1950, las películas de ficción (y muchas obras no de ficción) se han centrado en todo lo contrario. A este respecto, explican que parte de la evolución humana nos ha conducido a enfocarnos en lo negativo, lo que describen en una “(muy) breve historia del pensamiento apocalíptico”. Posteriormente, aportan una “superabundante” evidencia empírica como respaldo de su tesis.

Es también atípica la obra en cuanto a la consideración de las amenazas que se ciernen sobre el futuro. Son tres las que, según los autores, pueden frenar el proceso de innovación: a) que se produzca un declive de la población global; b) que tenga lugar una disminución de calado en el grado de libertad de expresión; y c) el peligro de que surjan mayores restricciones en los niveles de libertad imperantes en la economía de mercado.



2 de diciembre de 2021

Economía real: de la abundancia a la escasez

 

A lo largo de los últimos años hemos asistido a un despliegue de los perfiles de los paradigmas económicos de la nueva era: globalización, cambio tecnológico, economía colaborativa, gig economy, digitalización, sostenibilidad, transición energética, expansión monetaria permanente, abundancia, inmediatez…

Ante un horizonte con ausencia de inflación, los principales bancos centrales han venido prorrogando sucesivamente sus programas de compras de títulos públicos y privados, y manteniendo los tipos de interés muy próximos al cero o incluso en terreno negativo. Y ello a pesar de que la recuperación de la debacle económica ocasionada por la Covid-19 estaba siendo más rápida de lo que podía esperarse inicialmente.

Aunque las advertencias lanzadas por algunos analistas sobre el resurgimiento de precios al alza eran habitualmente tomadas con escepticismo o desdén, lo cierto es que el lobo de la inflación ha hecho acto de aparición. El Fondo Monetario Internacional (FMI) espera que ese ímpetu se frene pronto, pero no deja de apuntar la existencia de una serie de factores de riesgo.

De una situación económica caracterizada por la abundancia y la disponibilidad inmediata de bienes a precios estabilizados, hemos pasado a otra de rigideces y limitaciones por el lado de la oferta, perturbaciones en las cadenas de suministro, y elevaciones de precios de la energía y de otros productos. “Chips and ships shortage” (insuficiencia de microchips y de cargueros) es una expresión de moda como reflejo de una coyuntura inesperada. Debido a los cuellos de botella en las cadenas de producción, la producción industrial de la Eurozona cayó en agosto de este año por debajo de los niveles prepandémicos, y factorías automovilísticas se han visto obligadas a parar su actividad ante los déficits de materiales, particularmente de semiconductores. Los tiempos de entrega de mercancías han alcanzado niveles máximos desde finales de 2020, y hay empresas que han pasado a gestionar sus propios buques de carga, y otras que están desplazando sus puntos de abastecimiento más cerca de sus centros productivos (“nearshoring”), como nuevas fuentes de competitividad.

Una parte de la culpa hay que buscarla, evidentemente, en el impacto del coronavirus, algunos de cuyos efectos se manifiestan con desfase temporal. Asimismo, el enorme estímulo económico puesto en marcha globalmente ante la pandemia ($10,4 billones) ha propiciado un repunte, con un gran volumen de gasto de consumo que ha tensionado unas cadenas globales de producción que habían carecido de la inversión necesaria. La demanda de artículos electrónicos durante el confinamiento ha influido igualmente en el déficit de microchips. La escasez llega también, selectivamente, al mercado de trabajo, donde es significativo el alto número de vacantes de empleo que no se cubren.

No obstante, como ha señalado The Economist, la nueva economía de la escasez es el producto de fuerzas más profundas. El proceso de descarbonización y la consiguiente transición hacia las energías renovables han originado un aumento de los precios del gas natural y de los derechos de contaminación. Además, el repliegue previsible de las inversiones en pozos petrolíferos, plantas de gas natural y minas de carbón generará incrementos de precios. En un mundo en el que los combustibles fósiles representan aún un 81% de las fuentes de energía primaria globales, lo anterior tendrá consecuencias negativas para familias y empresas, que tendrán el consuelo, poco apreciable a corto plazo, de que se acelerará la transición hacia energías más limpias y baratas. La “greenflation” emerge como un peaje en ese tránsito.

Mientras tanto, el alza de precios puede deprimir la demanda de bienes duraderos y de inversión, y socavar la confianza de los consumidores. Las reminiscencias de los años 70 se insinúan en el horizonte, con el amargo recuerdo de tasas de inflación de dos dígitos y estancamiento económico. Casi nadie espera que se repita aquel escenario, pero, como reconoce el FMI, el futuro es ahora más impredecible de lo que era usualmente.

John H. Cochrane sostiene que la escasez actual ha de cambiar las ideas económicas, que hasta ahora habían despreciado la vertiente de la oferta, sacralizado la expansión monetaria, abogado por la instauración de desincentivos laborales, e ignorado los costes de la transición energética. ¿Estamos ante una “revancha de la oferta”?

(Artículo publicado en el diario “Sur”)



Entradas más vistas del Blog