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27 de diciembre de 2021

La evolución de la renta en los diferentes estratos poblacionales: la paradoja estadounidense

 

Existen datos que reflejan que, en algunos países, la recuperación de la crisis de 2007-2008 evidenció un contraste en la evolución de los colectivos poblacionales situados en los extremos. La renta de los mejor situados creció a un mayor ritmo que la de los situados en el estrato inferior de la renta. Las tesis pikettianas parecían cumplirse a rajatabla. Estados Unidos representaba un caso paradigmático al respecto. Todas las papeletas estaban dispuestas para que la brecha siguiera acentuándose. Así, además, lo han venido aseverando los más influyentes y reputados analistas. Para colmo, el impacto de la pandemia del coronavirus no ha hecho sino empeorar el panorama de los más débiles.

Por todo ello, son verdaderamente sorprendentes y llamativas las conclusiones obtenidas en un reciente estudio de la desigualdad en Estados Unidos[1]. Según se expresa en el título del gráfico adjunto, que sintetiza los factores explicativos, “las familias de menor renta experimentaron el mayor crecimiento en tanto el mercado de trabajo se tensionaba. Las políticas aplicadas durante la COVID-19 aceleran la tendencia”.

La revista The Economist se hace eco del referido estudio y llega a proclamar que “la desigualdad permanentemente creciente no es una ley inmutable de una economía moderna”[2].






[1] JPMorgan Chase & Co., “How did the distribution of income growth change alongside the hot pre-pandemic labor market and recent fiscal stimulus?”, septiembre 2021.

[2] “Piketty lines. The incomes of America’s poorest are growing faster than those ot its richest”, 9-10-2021.

7 de septiembre de 2021

La búsqueda de la justicia cósmica: el contrapeso intelectual de Thomas Sowell

 

Hay algunos conceptos respecto de los cuales, en un plano abstracto y genérico, es sumamente difícil discrepar. Pertenecen a esta categoría vocablos como los de justicia, igualdad, o equidad. Resulta raro encontrar personas que, de antemano, se opongan a que estos atributos formen parte del diseño del sistema económico. Los problemas comienzan cuando hay que traducir tales conceptos y trasladarlos a un entorno real. Los mismos términos pueden amparar significados muy diversos, por lo que es fundamental, con vistas a cualquier discusión, precisar su alcance.

Lo expresa con claridad Thomas Sowell: “Si comprendemos lo que realmente estamos diciendo, en muchos casos podríamos no decir eso o, si lo hacemos, podríamos tener una mejor oportunidad de conseguir que nuestras razones sean comprendidas por quienes discrepan de nosotros”. Lo indica así en el prefacio de una obra en la que realiza una disección de una noción de la justicia que ha se ha erigido como referencia central de la controversia doctrinal e ideológica, la justicia cósmica: “The quest for cosmic justice” (Simon & Schuster, 1999). Esta obra constituye una aportación imprescindible para introducirse en el análisis económico y político de la justicia y la desigualdad. Una vez más, el economista estadounidense se convierte en un potente faro para poder navegar por aguas procelosas en las que es muy fácil precipitarse contra imponentes acantilados, eso si antes no se ha sucumbido al fuego incesante de las baterías que se han adueñado de toda la costa.

“Cualquiera que sea el principio moral en el que cada uno de nosotros cree, lo llamamos justicia, por lo que estamos hablando en un círculo cuando decimos que defendemos la justicia, a menos que especifiquemos cuál es la concepción de la justicia que tenemos en mente”. Justicia social es una expresión cada vez más extendida, pero Sowell advierte de que “Toda justicia es inherentemente social. ¿Puede alguien en una isla desierta ser justo o injusto?”, se pregunta.

Pues bien, la justicia cósmica va más allá de la justicia social, después de abarcarla. Aspira a corregir no sólo las consecuencias de las acciones sociales, sino también las derivadas del infortunio físico o de la genética. Virtualmente, nadie considera las desigualdades como deseables en sí mismas, pero Sowell trae a colación la advertencia de Friedman cuando afirmaba que “una sociedad que coloca la igualdad -en el sentido de igualdad de la renta- por encima de la libertad, acabará sin igualdad y sin libertad”.

Sowell defiende el sentido de la justicia tradicional, que se basa en el establecimiento de procesos imparciales, en lugar de anteponer los resultados. La justicia social busca eliminar desventajas no merecidas para grupos seleccionados, desatendiendo los costes para otros individuos o grupos, e incluso para la sociedad en su conjunto. Ambos conceptos son incompatibles. Al desatender las consecuencias para la sociedad, la justicia social podría llamarse más apropiadamente, según el autor del libro comentado, justicia antisocial.

Asimismo, la justicia cósmica se centra en un segmento de la población, e ignora los intereses de otras personas, que, no obstante, deben pagar el precio de las decisiones tomadas. Éstas, a veces, pueden llevar a resultados catastróficos. En el libro se recogen algunos basados en experiencias reales. La actuación de los tribunales de justicia no debería estar imbuida de la búsqueda de la justicia cósmica sino del más estricto cumplimiento de los estándares aplicables a cualquier persona.

El predominio de la justicia social puede dar lugar no únicamente a resultados contraproducentes, sino que la asunción de mayor poder por los funcionarios con vistas a crear justicia social puede abrir la vía del despotismo.

Uno de los muchos contrastes entre la justicia tradicional y la justicia cósmica es que la primera implica las normas bajo las que personas de carne y hueso interactúan, mientras que la segunda cubre no sólo los individuos y grupos contemporáneos, sino también abstracciones de grupos que se extienden a lo largo de generaciones e incluso siglos. A veces se dice los negros americanos que viven en la actualidad están peor de lo que estarían si sus ancestros hubiesen permanecido en África. Sin embargo, según Sowell, puede ser oportuno señalar que el número de americanos negros contemporáneos que han emigrado a África no comienza a aproximarse al número de africanos contemporáneos que han emigrado a Estados Unidos.

Es cada vez más habitual atribuir diferencias entre personas a las consecuencias de las injusticias pasadas, pero Sowell matiza que se dan las mismas diferencias entre grupos en otros países con historias muy diferentes. Si uno maneja bastantes números, eventualmente encontrará algunas estadísticas que parecen encajar con nuestra visión. La estadística “Aha” tiene cada vez más seguidores. En esta línea, en el libro se mencionan distintos ejemplos reales sobre participación diferenciada de distintos grupos, en actividades diversas, sin que por ello haya discriminación.

Es también cada vez más habitual ilustrar el grado de desigualdad de la renta o la riqueza en país contraponiendo los porcentajes que corresponden con las decilas superiores con los de las decilas inferiores. Sowell pone el acento en un punto muy relevante: el supuesto implícito en este tipo de análisis es que se está hablando de clases de personas cuando de hecho estamos hablando de individuos en diferentes etapas de sus vidas. Según él, en Estados Unidos, sólo un 3% de la población tiende a permanecer en el 20% más bajo durante 8 años.

En el tramo final de la primera parte del libro se incide en las consecuencias prácticas de la cruzada por la justicia cósmica. Para Sowell, los que persiguen ésta han tendido a suponer que las consecuencias serían las pretendidas, lo que significa que las personas sujetas a las políticas del gobierno serían como piezas de un tablero de ajedrez, que pueden ser movidas como se quiera. Pero los beneficiarios previstos y quienes han de pagar los costes de tales beneficios reaccionan a veces de formas inesperadas. Para los jóvenes de raza negra ha habido, a su entender, algunas consecuencias trágicas.

La búsqueda de la justicia cósmica no necesariamente significa un resultado final de mayor igualdad o justicia que bajo políticas de justicia tradicional. Los únicos claros ganadores son quienes creen en la visión que dicha justicia cósmica proyecta, una visión en la que tales creyentes son así moral y/o intelectualmente superiores a otros.

Nadie debe estar feliz con las injusticias cósmicas, pero las cuestiones reales son: i) qué podemos hacer al respecto, y a qué coste; ii) qué debemos hacer colectivamente y cuánto debemos dejar a los propios individuos.Para Sowell, la justicia cósmica es irreconciliable con la libertad personal basada en el imperio de la ley, y destaca que el desarrollo económico ha sido la más exitosa de todas las políticas contra la pobreza. La primera parte finaliza con una fábula antigua, acerca de un perro que tenía un hueso en la boca, pero que pierde cuando trata de coger otro más grande que tenía su propia imagen reflejada en el agua de un charco. “La justicia cósmica se parece mucho a ese ilusorio hueso y también puede causarnos que perdamos lo que es alcanzable en la búsqueda de lo inalcanzable”.



5 de agosto de 2021

Gestión de la riqueza y aversión a la desigualdad: ¿morder la mano que da de comer?

 

“No muerdas la mano de quien te da de comer” es un conocido proverbio muy asentado en la sabiduría popular. Seguramente casi todo el mundo conoce algún caso donde se contraviene ese precepto. Es posible que haya excepciones que, desde luego, no confirmarían la regla, sino que, de constatarse, le negarían el carácter de proposición absolutamente general.

En cierto modo encontramos una contravención de dicha prescripción en un ámbito donde tal vez no lo esperaríamos, el de los más sofisticados y selectos gestores patrimoniales de las más grandes fortunas. Entre éstos se encuentra el banco suizo UBS, cuyo primer ejecutivo manifiesta una gran inquietud por cómo podríamos combatir la gran desigualdad existente, a pesar de que, como se recuerda en el diario Financial Times, dicho banco “es uno de los mayores beneficiarios del creciente desfase de riqueza”[1].

A su vez, Credit Suisse se significa por la edición de un informe anual sobre la riqueza personal y su distribución[2]. En el último publicado se destaca que, en 2020, 5,2 millones de personas en el mundo han pasado a ser dólar-millonarias, y que el número de aquellas que tienen un patrimonio de $50 millones o más aumentó un 25%[3].

Asimismo, UBS promueve investigaciones de corte académico en las que se analiza el problema de la desigualdad en la distribución de la riqueza. En una de ellas se pone de relieve cómo, en Estados Unidos, el patrimonio neto del 1% de las personas con mayor renta representa casi 26 veces el valor de sus pasivos. Para el 20% de personas con menor renta, esa relación se sitúa algo por encima de 5 veces[4].

Para Patrick Jenkins, a tenor de las reacciones de UBS, “hay un mensaje global que huele a remordimiento o a hipocresía -o quizás incluso a una genuina sensibilidad acerca de las distorsiones causadas por la aplicación de las políticas económicas, aunque quejarse sugiere una clara tensión entre el valor para el accionista y la responsabilidad con los grupos de interés”[5].

Sin duda, debe de ser bastante duro saber que el éxito de la actividad profesional realizada agudiza el problema que nos apena y que queremos combatir. No digamos si encima nuestra performance está sujeta a una retribución variable.



[1] Vid. P. Jenkins, “Why some wealth managers hate wealth”, Financial Times, 2 de agosto de 2021.

[3] Vid. A. Gray, “More than 5m people become millionaires despite pandemic”, Financial Times, 2021.

[4] Vid. J. Rennison, “How the Fed’s fine intentions feed US wealth inequality”, Financial Times, 2021.

[5] Vid. op. cit.

5 de abril de 2021

La desigualdad en la distribución de la riqueza: la importancia de los indicadores

 

En dos recientes entradas de este blog, de fechas 27 de febrero y 4 de abril de 2021, se hace referencia a la última obra de Tim Harford, “10 reglas para comprender el mundo” (Conecta, 2021), en la que aborda cómo la utilización adecuada de la información numérica puede ayudarnos a comprender mejor lo que sucede en el mundo.

La tercera de tales reglas se concreta en el siguiente mensaje: “Evita la enumeración prematura”. No dispongo del texto original, pero este enunciado genera alguna duda sobre el significado exacto del mensaje, aunque el sentido parece claro. A través de una serie de ejemplos, el economista británico nos alerta a fin de no dejarnos llevar por las primeras impresiones cuando observamos datos numéricos. Recomienda que nos tomemos “un momento para comprender el hecho principal y más obvio: ¿qué se mide o qué se cuenta? ¿Qué definición se está empleando?”. Todas las cautelas son pocas cuando afrontamos una información estadística simplificada, especialmente ante la amenaza latente de los sesgos que nos pueden influenciar.

Éstos adquieran un relieve especial cuando nos situamos antes datos relativos a cuestiones con fuertes connotaciones sentimentales o ideológicas. El tratamiento de la justicia distributiva y de la desigualdad ocupa un lugar destacado al respecto. Es uno de los grandes temas de una agenda permanentemente abierta. Algunas incursiones hemos llevado a cabo de las que se ha ido dejando rastro en este blog[1].

La desigualdad económica es un problema mundial de primera magnitud, muy difícil de resolver en la práctica. También, aunque en un plano muy diferente, las dificultades son considerables en la vertiente metodológica. Como expone el sagaz columnista estrella del Financial Times, una inadecuada medición de la desigualdad puede distorsionar grandemente la percepción sobre su alcance real. A la cuantificación de la desigualdad en la distribución de la riqueza mundial dedica una buena parte del capítulo tercero del libro mencionado.

A este respecto, comienza haciendo alusión a un estudio de Oxfam del que, en el año 2014, se hicieron eco los principales medios de comunicación de todo el mundo: “Las 85 personas más ricas del mundo tienen tanto dinero como la mitad más pobre de la población mundial”. Inicialmente dicha organización sostenía que “la riqueza mundial está dividida en dos: casi la mitad está en manos del 1% más rico de la población, y la otra mitad se reparte entre el 99% restante”[2]. Poco después, sin embargo, señalaba que “entre 2013 y 2014, las 85 personas más ricas del planeta –quienes poseen la misma riqueza que la mitad más pobre de la población mundial- aumentaron su patrimonio en 668 millones de dólares al día, lo que equivale a casi medio millón de dólares cada minuto”[3].

Tras cuestionar este cambio tan notorio, Harford no tiene empacho en afirmar que “las mediciones de Oxfam eran una manera muy escandalosa y desinformadora de pensar en la desigualdad”[4]. En el libro se relatan otras flagrantes distorsiones publicadas por medios de gran influencia y notoriedad. Entre ellos, todavía podemos encontrar en Internet la nota de la BBC en la que se recogían los nombres de “los 8 millonarios que tienen más dinero que la mitad de la población del mundo”[5]. Algún periódico llegó a identificar el grupo de los 85 multimillonarios con el 1% de la población mundial. Es verdad que un 1% es un porcentaje muy pequeño, pero, proyectado sobre un colectivo de 7.500 millones de personas, la cifra absoluta es algo superior…

Paradójicamente, los datos ofrecidos por Oxfam provenían de un estudio internacional auspiciado por un banco, y no precisamente por un banco de barrio, sino por el Credit Suisse. Dicho informe contiene información de la distribución de la riqueza neta (activos menos deudas) de la población adulta mundial.

Harford argumenta, con base en algunos ejemplos reales, que “la riqueza neta es una forma efectiva de medir a los ricos, pero no funciona tan bien para medir la pobreza”[6]. Al margen de otras limitaciones metodológicas, podemos aproximarnos al estado de la distribución de la riqueza mundial a través de la última edición del estudio de Credit Suisse[7].

La información básica se recoge en el cuadro adjunto.

A partir de estos datos podemos señalar lo siguiente: i) el 1% más rico, unos 52 millones de personas, posee un 43,4% de la riqueza mundial; ii) el 11,4% que le sigue en riqueza, 500 millones de personas, acumula algo más de un 40% del total; iii) más de 1.700 millones de personas aglutinan algo menos de un 15% del total; y iv) casi 2.800 millones de personas sólo poseen un 1,4% del total.

En suma, algo menos de 550 millones de personas acaparan la inmensa mayor parte de la riqueza mundial, casi un 84% del total.

De forma complementaria, los gráficos adjuntos permiten una comparación más visual.





[1] Por ejemplo, “Populismo y desigualdad: a lomos de un elefante”, 10 de junio de 2018. También en la revista eXtoikos: “Tiempos de desigualdad: cuestiones básicas para el análisis económico”, nº 13, 2014.

[2] Vid. Oxfam, “Gobernar para las élites. Secuestro democrático y desigualdad económica”, 20 de enero de 2014.

[3] Vid. Oxfam, “El número de multimillonarios del mundo se ha duplicado desde 2008 y la desigualdad alcanza niveles extremos”, 30 de octubre de 2014.

[4] Op. cit., pág. 87.

[5] Vid. BBC, 16 de enero de 2017.

[6] Op. cit., pág. 90.

[7] “Global Wealth Report”, octubre 2020.

10 de junio de 2018

Populismo y desigualdad: a lomos de un elefante

La ola del populismo se ha desatado en los últimos años. La Real Academia Española define este vocablo como la “tendencia política que pretende atraerse a las clases populares”. Resulta significativo que el término no aparezca en la edición del “Diccionario de la Lengua Española” de 1992. El populismo se ha extendido en muchos países, con distinta suerte en cuanto al acceso al poder formal. Con independencia de ello, su influencia real, en una sociedad en la que han alcanzado tanta relevancia las redes sociales, es notoria. Pese a las tendencias recientes, en modo alguno es un fenómeno novedoso.

Tampoco lo es ya la narrativa convencional que postula que el ascenso del populismo tiene sus raíces en la marginación de las clases medias (especialmente en sus estratos inferiores) en el reparto de los frutos de los cambios económicos acaecidos en el curso de las últimas décadas, marcadas por la globalización económica y el avance de las denominadas economías emergentes. El empeoramiento relativo de los “excluidos”, “marginados” o “relegados” (“the left behind”) aparece como uno de los principales factores desencadenantes de la ola de descontento popular.

Un estudio económico de gran impacto aportó un aval estadístico a dicha tesis. Christoph Lakner y Branko Milanovic, en un trabajo publicado en 2015 (“Global income distribution: from the fall of the Berlin Wall to the Great Recession”, The World Bank Economic Review Advance Access, 12 de agosto), ponían de manifiesto la variación acumulada de la renta entre 1988 y 2008 por grupos de renta, para la economía mundial en su conjunto.

El gráfico en cuestión muestra unos rasgos muy señalados: i) unos crecimientos muy altos, entre el 60% y el 80%, para las rentas medianas; ii) también un crecimiento muy elevado, entre el 40% y el 60%, para las mayores rentas; y iii) un estancamiento para los grupos integrantes del 20% situado a la izquierda de los más ricos.

Reconozco que la primera vez que vi este gráfico, cuyo tratamiento tenía -y tengo- pendiente desde hace tiempo en el marco de un trabajo sucesivamente aplazado sobre la desigualdad económica, no pude evitar evocar el artículo que el escritor Juan Ceyles publicó en el primer número de la revista eXtoikos (“¡Cuidado con los gráficos!”, nº 1, 2011): “Al pie de estos enormes escenarios figuraban edictos en diferentes idiomas, pero tan solo pude colegir los términos latinos y logré traducir el nombre del país y las cotas referenciadas”. Aun cuando en este caso esa tarea no resultara tan inmediata, sí se ha cumplido el vaticinio de que “… en estos juegos de pértigas y cordajes, en ese bajar y subir de rampas y escaleras, estaba trazada toda nuestra vida y que era fácil tomar conciencia de toda esa realidad con solo mirarla con un poco de atención; y hasta vivenciarla… en tal dimensión, que para mí fuera antes era terrorífica y ahora se me presentaba como felizmente mágica”.

La curva trazada por los datos calculados por Lakner y Milanovic no tardó en ser descrita como la “curva del elefante”, que ha llegado a ser calificada como “el gráfico más importante para comprender la política actual”, “el gráfico más influyente de la última década” o “el gráfico que explica el mundo”.

La identificación de la curva con el perfil de un elefante no requiere de demasiadas dotes imaginativas (sí de algunas), pero sí son precisas ciertas matizaciones para conciliar su forma con las conclusiones antes expresadas. La fundamental, que en la franja correspondiente a los percentiles 80º y 90º, claramente “ricos” dentro del ranking mundial, se sitúan las familias más pobres de los países más avanzados.

El éxito de la “curva del elefante” ha sido extraordinario, ya que, como señalaba antes, aportaba un soporte estadístico a la tesis predominante acerca del descontento social en los países desarrollados.
Sin dejar de reconocer en modo alguno la importancia de la desigualdad económica, la medición de esta, especialmente a lo largo del tiempo, se enfrenta con notables escollos metodológicos, como poníamos de manifiesto en el número 13 (2014) de eXtoikos.
En este contexto, hay que hacer mención del estudio realizado por Adam Corlett (“Examining an elephant”, Resolution Foundation, septiembre 2016), en el que se pretendía dilucidar si la “curva del elefante” resolvía realmente la explicación acerca de la evolución de las clases medias de los países ricos.

Según este estudio, el mayor crecimiento de la población en los países emergentes supone una dificultad para comparar la evolución de las familias con rentas medias-bajas a lo largo del tiempo, ya que su posición en el ranking de renta global ha cambiado. De hecho, la imagen del elefante se desvanece cuando se toman los datos a partir de una población constante con exclusión de China, Japón y los países excomunistas.

Igualmente, una actualización realizada por B. Milanovic con datos hasta 2011 sugiere un mayor crecimiento entre los grupos afectados por el estancamiento de sus rentas en los 30 años anteriores, y mucha menos ganancia para las personas situadas en el 1% más alto de las rentas globales (C. Giles y S. Donnan, “Globalisation ‘not to blame’ for income woes, study says”, Financial Times, 13 de septiembre de 2016).

La desigualdad económica tiene una enorme trascendencia. La realidad diaria de aquellas familias que no tienen suficiente capacidad adquisitiva o, aún peor, de aquellas otras que quedan excluidas económica y socialmente es un problema crucial que no puede desatenderse. De su adecuado tratamiento depende en gran medida la estabilidad política y social. Esa realidad condiciona las preferencias políticas, pero también lo hace de manera destacada la percepción social de los problemas económicos. De ahí la trascendencia de que los diagnósticos realizados reflejen lo más fidedignamente posible su verdadero alcance.

6 de junio de 2018

Ratios de desigualdad retributiva y desigualdades comparativas

La obsesión por las métricas es una corriente imparable que se extiende por todos los campos. Vivimos bajo la tiranía de las métricas. Nadie duda de la utilidad de un indicador bien construido, alimentado con datos completos y exactos, y que se utilice adecuadamente. El reto no es fácil. La tendencia a la simplificación acaba frecuentemente imponiendo su ley, a costa de sacrificar los detalles de una realidad capaces de aportar una visión más amplia y matizada.

La publicación de indicadores apropiados puede ser de gran utilidad para juzgar la actuación de empresas e instituciones en diferentes ámbitos. Son un ingrediente básico para la transparencia y la rendición de cuentas, en general, y para conocer la situación en la vertiente de la desigualdad retributiva, en particular. Es tradicional el uso de índices para medir el grado de desigualdad en la distribución de la renta y la riqueza entre el conjunto de la población de un país. Más recientemente, al hilo de la preocupación social por el avance de la desigualdad económica, también se está extendiendo su utilización a escala empresarial.

De esta cuestión nos ocupábamos en el libro “Panorama económico y financiero: cien cuestiones para la reflexión y el debate” (Ed. El Toro Celeste, 2015). Allí se hace alusión a un indicador, el de la relación entre la retribución más alta y la más baja, que, según un criterio tradicional, podría situarse en 20. De seguirse este criterio, con una retribución mínima de 20.000 euros, la máxima debería situarse en 400.000 euros.

En Estados Unidos, en el año 2010 se aprobó la publicación por parte de las grandes empresas de la ratio de la retribución salarial del primer ejecutivo (CEO) respecto a la del empleado posicionado en la mediana (aquel que se sitúa en el centro de la distribución de retribuciones: el número de empleados que tienen una retribución superior es igual al número de empleados que tienen una retribución inferior al mismo).

Los indicadores pueden ser de provecho, pero, si no tienen consistencia interna, pueden dar lugar a una visión distorsionada y, como muestra la experiencia, pueden coadyuvar a la instalación de falacias sociales. El terreno de las comparaciones retributivas se presta bastante a tales distorsiones. Así lo ponía de relieve hace varios años Javier Santana en un artículo titulado “¿Aceptaría usted un rebaja de su sueldo de un 90%?” (http://www.econosperides.es/joomla2511/images/Temas_de_interes/Art.%20Javier%20Santana.pdf).
De manera similar, podríamos preguntar lo siguiente: ¿Aceptaría trabajar usted por un salario anual de 1 dólar?

A pesar de las expectativas derivadas de la lógica imperante en el mercado laboral, nos encontramos en la práctica con que hay personas que, estrictamente, perciben una retribución de ese tenor, incluso siendo -o precisamente por ello- el CEO de su compañía.

Tal es el caso, entre otros magnates, de Larry Page, primer ejecutivo de Alphabet, sociedad tenedora de las acciones de Google. Ahora bien, no obstante, ese salario, claramente situado por debajo de la línea de la pobreza, parece que no hay riesgo de que ese directivo, cofundador de Google, pase verdaderos apuros económicos, si se tiene en cuenta que se ve auxiliado por la tenencia de un paquete accionarial valorado en 43.000 millones de dólares (Financial Times, “Pay ratios: Faangs for the money”, 28 de mayo de 2018).

Como se destaca el artículo de ese influyente diario, la referida ratio de la retribución salarial del CEO respecto a la del trabajador de la mediana se sitúa en Alphabet en 1:197.274 o, lo que es lo mismo, en 0,000005.

Las ratios retributivas presentan un amplio recorrido en las “Faangs” (Facebook, Amazon, Apple, Netflix y Google). Debido a discrepantes criterios subyacentes,  las cifras faciales quedan privadas de significación, lo que lleva a proclamar que “las ratios en sí misma demuestran carecer de sentido”.

Y es casi inevitable, en recuerdo del malogrado Javier Santana, formular otra pregunta: ¿En qué empresa preferiría trabajar usted: en una con una ratio salarial de 133 a 1 o en otra, algo  menos divergente, con una ratio de 59 a 1? 

(Pista: la primera corresponde a Netflix, donde la retribución mediana es de 183.304 dólares; la segunda, a Amazon, donde dicha retribución es de 28.446 dólares). (Sin embargo, no sabemos la dispersión salarial efectiva en cada caso, ni tampoco el lugar exacto de la escala salarial donde nos ubicaríamos).

4 de noviembre de 2017

Riqueza, refugios fiscales y desigualdad

Una de las contribuciones reconocidas por la Academia Sueca a Richard Thaler, galardonado con el Premio Nobel de Economía 2017, es la identificación de la importancia que las personas atribuyen a las consideraciones de equidad a la hora de tomar decisiones económicas y, en particular, cuando está en juego la distribución de una cantidad de dinero. Frente al frío y calculador homo economicus, exclusivamente preocupado por maximizar su utilidad, como personaje omnipresente en los modelos económicos convencionales, según la evidencia derivada de numerosos experimentos sociales controlados, los individuos exhiben pautas alejadas del egoísmo. Dicho de otra manera, ni siquiera el ganador quiere siempre llevárselo todo.

La relevancia de esta aportación es clara, pero también esa visión se ve, a su vez, desafiada, en buena medida, por ciertas preferencias reveladas, aunque permanezcan realmente ocultas: la riqueza financiera colocada en paraísos fiscales no es, ni mucho menos, una mera elucubración teórica. 

Aunque, como pone de relieve Nuria Domínguez en un artículo publicado en la revista eXtoikos (nº 18, 2016), el origen de la expresión paraíso fiscal está envuelto en un halo de misterio y, de hecho, puede no resultar apropiada en sentido estricto, hay indicios que apuntan que no son un vestigio del pasado. 

Y, a pesar de que Tim Harford ha matizado que no todo el que usa un centro financiero offshore ha de ser necesariamente un evasor fiscal, sería absurdo pretender negar que ese tipo de usuario al menos tiene en su mano alguna papeleta.

Al margen de las iniciativas de los organismos económicos internacionales, algunos equipos de economistas trabajan arduamente desde hace años para tratar de estimar la riqueza financiera familiar situada en territorios de baja fiscalidad. En este sentido, recientemente se ha difundido un estudio realizado por Annette Alstadsaeter, Niels Johannesen y Gabriel Zucman (“Who owns the wealth in tax havens? Macro evidence and implications for global inequality”, NBER Working Paper Series, Working Paper 23805, septiembre 2017) que ofrece una estimación sobre dicha riqueza.

Según este estudio, un importe equivalente al 10% del PIB mundial se mantiene en jurisdicciones de baja tributación, si bien existe un acusado contraste entre países (gráfico). Así, en algunos se llega a superar la cota del 50% del PIB del país respectivo, mientras en otros el porcentaje es irrelevante. La cifra estimada para España coincide prácticamente con la media mundial, y es significativamente inferior a las de países como Italia, Francia, Alemania, Reino Unido, Bélgica, Portugal y Grecia.

Cabe destacar que entre los países con menores saldos de activos offshore se encuentran algunos con baja presión fiscal (Corea) y otros con elevada presión fiscal (Dinamarca, Noruega).

Lo que resulta menos sorprendente es que, de computarse esa riqueza oculta, aumentaría la porción de la riqueza nacional correspondiente a los estratos integrados por las personas más ricas.

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