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13 de abril de 2024

El tiempo de las catedrales: 242 años condensados en 2 minutos

 

El tiempo de las catedrales se rige por parámetros distintos a los del tiempo convencional. Seguramente los chinos son capaces de levantar una catedral en un año, en un mes, o incluso en un fin de semana, pero sería una catedral sin alma y sin esencia. Una auténtica catedral se erige al cabo de décadas o, más bien, de siglos. Sus muros están cincelados con las cicatrices que va dejando el paso del tiempo. Al ver la magnitud de esas colosales construcciones uno se pregunta qué fuerzas lograron culminarlas, qué elementos permitieron superar retos que eran insuperables. Cómo pudo introducirse otra noción y afianzarse otra percepción del tiempo. Aunque no se perciba claramente, la era de las catedrales puede que se cerrara hace décadas, pero el tiempo de las catedrales prosigue lentamente su curso.

El reloj instalado en la torre norte marcaba la una y media (una hora menos en la Plaza de la Constitución); era el día 12 de marzo de 2024. En esos momentos, el reloj interno de la Catedral de Málaga, que, desde hace 242 años, había atenuado extremadamente su marcha, se activó para, en tan sólo 2 minutos, retomar los trabajos que en 1782 quedaron suspendidos. La viga de madera inició su ascenso con la misión de proteger las cubiertas del templo, que, un tanto inexplicablemente, han mostrado una resiliencia insospechada. A lo largo de un proceso extenuante de dos siglos y medio, la ciudad de Málaga había erigido un templo monumental de excepcional elevación. Pero, por una mezcla de razones, legendarias o mundanas, quedó desamparado a la intemperie, a merced de precipitaciones y de oscilaciones térmicas... Aedificabamus alterna die...

Según se cuenta, los órganos de la basílica comenzaron a sonar trepidantemente, algo que no estaba previsto en el programa. Lo curioso y sorprendente es que, cuando dejaron de sonar, no se pudo localizar a ningún maestro organista. No se ha querido difundir este detalle, pero se sabe que se ha iniciado una investigación.



10 de abril de 2024

Las huellas de la incidencia impositiva en la Catedral de Málaga

 

La impresionante imagen de la Catedral de Málaga viene a insinuar que el estado del cofre de las finanzas ha debido de ejercer una notable influencia en la configuración de la fisonomía que hoy exhibe. Es evidente que los recursos presupuestarios han tenido que desempeñar un papel fundamental para poder erigir un coloso arquitectónico de esa naturaleza, y también, aunque sea implícitamente, han de ser una referencia para buscar una explicación a su parte inconclusa. Muchos fueron, en efecto, los avatares financieros vividos, a lo largo de casi tres siglos, durante la construcción del sagrado templo.

En la obra “Arte y economía: la construcción de la Catedral de Málaga” (Universidad de Málaga y Colegio de Arquitectos en Málaga, 1985), de Lorenzo Pérez del Campo, encontramos los detalles de lo acontecido en el siglo XVIII. Obra ésta que, por su extensión (prácticamente, 400 páginas) y su minuciosidad, sobre la base de consultas a archivos documentales, sorprende, de entrada, por provenir de una memoria de licenciatura. Simplemente esto (desde luego, no sólo la cantidad) daría pie a alguna reflexión sobre las características deseables de un trabajo de fin de grado universitario.

En el libro se recoge un amplio apéndice en el que se transcriben documentos originales del archivo catedralicio. Entre éstos, una real cédula del año 1723 mediante la cual el rey Felipe V ordena el establecimiento de un arbitrio, durante cuatro años, con objeto de recabar fondos para la construcción de la Catedral de Málaga. El arbitrio consistía en una carga de un real de vellón por cada arroba de pasa, vino y aceite que se exportara o saliera por el puerto de Málaga.

Sin hacerse esperar mucho, a los tres días de dictarse dicha cédula, se dirige una súplica a “Su Majestas” para que reconsiderase la aplicación de dicha exacción. La petición se eleva a instancias de la Hermandad de Viñeros, y en ella se argumenta que el vino y la pasa son el “nervio principal” para el sustento del comercio y la manutención de los vecinos. Allí se exponen -en un lenguaje que recuerda la prosa cervantina en cuitas semejantes narradas en El Quijote[1]- las dificultades de los cosecheros para obtener un precio adecuado. Otras lecciones de economía, en relación con el acceso al consumo suntuario y la competencia de otros productores, se recogen en el documento, en el que, en su parte final, “se suplica [a Vuestra Magestad] se sirva mandar suprimir el expresado arvitrio”.



6 de noviembre de 2020

Clase con vistas y vistas con clase: el redescubrimiento de la Catedral de Málaga

 


A finales de septiembre retornamos, intermitentemente, a las aulas, que habían permanecido vacías durante más de seis meses. Vuelvo al aula dedicada a Paul A. Samuelson, que no frecuentaba desde el curso pasado. ¿Cuántos estudiantes de todo el mundo se habrán formado en las páginas de su manual, del manual de Economía por antonomasia? Decir manual de Economía es decir Samuelson, el Samuelson. Mi padre me lo compró en el año 1975 en la librería Ibérica, en la Calle Nueva. Todavía conservo el sufrido ejemplar.

De niño, siempre quise trabajar en una librería. Realmente llegué a tener la oportunidad, pero no pude aprovecharla. Cuando tenía quince años, el dueño de la Librería Imperio, uno de los símbolos añorados de la Calle Larios, me propuso incorporarme a su establecimiento, pero, a mi pesar, no pude aceptar la oferta. Por aquel entonces ya tenía alguna que otra ocupación. Se lo agradecí enormemente, y ha sido quizás la oferta laboral de la que me he sentido más orgulloso y más he apreciado a lo largo de mi vida.

Tampoco, en honor a la verdad, puedo decir que haya tenido un exceso de ellas. Una de las más sorprendentes fue la que, hacia mediados de los años ochenta, me hizo un pequeño empresario radicado en Málaga, con el que había tenido la ocasión de conversar en un viaje de avión desde Madrid a mi ciudad. Tan desconcertado me quedé que dudaba de que fuera una proposición cierta, y que incluso llegó a hacer extensiva a algún miembro de mi familia. En el fondo, quiero creer que fue sincero, ya que ello podría ser indicativo -ilusorio- de que al menos ha habido una persona a la que, probablemente de forma equivocada e infundada, causé una buena impresión. En cualquier caso, como tantas otras veces, lamento no poder expresar ahora mi agradecimiento, que ha pervivido a lo largo de los años, a esas personas.

También siento agradecimiento, cómo no, hacia quienes me abrieron las puertas para que, en el año 1981, pudiese incorporarme, como profesor ayudante, a la Facultad de Económicas de Málaga. Aunque no hayan sido pocos ni las decepciones ni los sinsabores acumulados en el curso de los ya casi cuarenta años transcurridos desde entonces. También, por supuesto, han sido considerables las satisfacciones, las más valoradas, las alojadas en un apartado rincón del alma, desprovistas de toda clase de oropeles.

Incluso en esta fase tardía de la trayectoria podemos encontrarnos con sorpresas agradables, llenas de connotaciones simbólicas y emocionales. Entrar en la clase y percibir la imagen de la Catedral de Málaga -ahora redescubierta tras la desaparición de algunas barreras visuales- es una dicha inmensa, al tiempo que aflora un pasivo más que imputar al terrible coronavirus, en este caso por su ataque fulminante a las actividades docentes presenciales.

Majestuosa, allá a lo lejos, tan cerca, se alza su silueta inconfundible y cautivadora.

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