24 de octubre de 2020

Las raíces de los tipos de interés nulos en los textos bíblicos

 

No corren buenos tiempos para los intermediarios bancarios, que reciben ataques desde los más variados frentes y se ven obligados a afrontar retos crecientes, ya sea de orden legal, judicial, reputacional, regulatorio, supervisor, tecnológico, social o económico. Uno de los mayores que, en los últimos años, han tenido que afrontar en España ha sido el derivado de la puesta en cuestión de las denominadas "cláusulas suelo", un elemento, según parece, sumamente difícil de interpretar.

Como en otras ocasiones, el problema no está tanto en empezar a funcionar con unas nuevas reglas de juego sino en alterarlas en medio de la partida, sin que las partes tengan ocasión de adaptarse a la situación cambiante. Aparte de otras inconsistencias económicas, en la práctica se da la curiosa circunstancia de que una entidad haya de reliquidar operaciones anteriormente sujetas a un tipo mínimo, por ejemplo, del 3%, aplicando uno menor, por ejemplo, del 0,5%, y, sin embargo, tenga que calcular el importe actual de las cantidades a retroceder aplicando el tipo de interés legal del dinero, situado en 2020 en el 3% anual.

De otro lado, la combinación de un tipo de referencia, como el Euríbor hipotecario (actualmente en el -0,415%) con un diferencial establecido cuando existían "cláusulas suelo", de un nivel bastante reducido, puede dar lugar a un tipo de interés negativo. Hasta ahora venía a aceptarse que, en tales casos, prevalecería un tipo nulo, es decir, el prestatario no abonaría ningún interés, y tampoco recibiría ninguna compensación.

Ante un escenario en el que los tipos de interés tienden a disminuir más, ya no faltan voces que abogan por la aplicación de tipos negativos en los préstamos o, lo que es lo mismo, por cobrar por tomar dinero prestado. Que venga Dios y lo vea, podría proclamar alguien acostumbrado a regirse por cánones de una mínima racionalidad económica.

Dios, sin embargo, ya se posicionó en temas financieros, cuando, entre otros muchos decretos, trasladó a Moisés, según consta en el libro del Éxodo (22:24), el siguiente: “Si prestas dinero a alguien de mi pueblo, a un pobre que habita contigo, no serás con él un usurero cargándole intereses”.

Estas palabras divinas no preveían que, un día, podría llegar a convertirse en usurero aquel que toma el dinero prestado.

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