24 de mayo de 2020

La redistribución de la riqueza según el Evangelio


Hacer una revisita periódica a los textos bíblicos es una oportunidad de rememorar escenas subyugantes, de descubrir detalles inadvertidos en anteriores incursiones, y de volver a sorprenderse o admirarse ante castigos implacables o mensajes esotéricos. También, para encontrar claves o principios con los que afrontar grandes cuestiones económicas.

El proyecto de llevar a cabo un escrutinio de los textos sagrados desde un prisma económico sigue estancado, como otros muchos, a la espera de hallar un “slot” disponible que nunca llega, más allá de las ocasionales referencias en este blog. Tal y como concluye el epílogo del Eclesiastés, “nunca se acaba de escribir más y más libros, y el mucho estudiar desgasta el cuerpo”.

La distribución de la riqueza es un tema presente en los Evangelios, y de forma explícita en los de Mateo, Marcos y Lucas, cuando narran el conocido episodio del joven rico que anhela obtener la vida eterna. Jesús le indica una receta clara, que venda todas sus posesiones y las entregue a los pobres.

¿Bajo qué coordenadas doctrinales económico-tributarias se sitúa esa prescripción divina?, podríamos preguntarnos.

Al basarse en una actuación no impuesta, cabría ubicarla en el ámbito de la filosofía de Sloterdijk concerniente a la fiscalidad voluntaria, llevada, naturalmente, a un grado extremo, en la medida en que el propietario inicial renunciaría a todo su patrimonio y, en consecuencia, se convertiría en más pobre que los pobres (al menos en el plano de lo material).

Por otro lado, si se equiparara a otras propuestas redistributivas basadas en el juego del sistema impositivo, iría más allá, no ya de los postulados fiscales de Marx en el Manifiesto Comunista -que podrían calificarse como conservadores, en términos comparativos con algunas corrientes actuales-, sino de la aplicación de la regla del sacrificio marginal igual, defendida por Edgeworth. Según ésta, de manera simplificada, mientras haya diferencias de rentas entre personas, toda la recaudación necesaria se detraería de las más ricas hasta llegar a una igualdad absoluta.

Más radicales son los planteamientos defendidos por Piketty, quien aboga por utilizar tipos de gravamen medios que llevarían a dejar a las personas más ricas con un 10% de su renta y riqueza iniciales. Aun así, les quedarían unos montantes determinados, lo que no ocurriría, como se ha señalado, con la propuesta de Jesús.

Ya el maestro se hacía cargo de la dificultad de que los ricos aceptaran su planteamiento. De ahí las conocidas dificultades de los ricos para entrar en el reino de Dios. A este respecto se suscita una duda metodológica: ¿Podrán hacerlo los grandes magnates filantrópicos, o sería necesario que se desprendiesen de todos sus bienes? ¿Son equivalentes, para el acceso a dicho reino, las donaciones voluntarias y las contribuciones coercitivas?

El requisito de Jesús puede parecer demasiado exigente, pero, en realidad, no lo es tanto. Las contribuciones fiscales y, aunque en menor medida, también las aportaciones filantrópicas, se limitan a la vertiente de la dación, forzada o no, sin contrapartida alguna. En cambio, la pauta recomendada por Jesús va ligada a una recompensa mayúscula, la de alcanzar la anhelada vida eterna.

Tal vez alguien podría argüir que se trata de una “prestación diferida” y sujeta a una considerable “incertidumbre”, pero quienes gozan del don de la fe se mueven en este terreno en una posición de certeza.

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