1 de noviembre de 2018

El viaje retrospectivo de Robert Harris a Múnich

Encontrarse en los expositores de la librería, insuficientes para acoger el frenético ritmo de aparición de las publicaciones más variopintas, con una nueva obra de Robert Harris es siempre un signo alentador y, a tenor de su trayectoria, casi inevitable que se disparen las expectativas. Aunque quizás por ese efecto apriorístico la puntuación real pueda quedar luego por debajo de la esperada.

La última vez que comenté un libro Robert Harris estábamos en plena vorágine de la Gran Recesión, sufriendo las consecuencias -al parecer inextinguibles- de la crisis financiera internacional iniciada en el año 2007. En “El índice del miedo”, el autor británico logra transmitir temor o incluso pavor en varios registros, aunque no llegue a colmar nuestras aspiraciones, tal vez infundadas o excesivas (revista eXtoikos, nº 9, 2013).

En uno de los artículos recogido en “Caleidoscopio en blanco y negro” tomaba las obras de Robert Harris como exponente de la calidad de los superventas, que no son conceptos necesariamente antagónicos. En la novela “Patria” nos recrea una sobrecogedora situación actual producto de la victoria de los nazis en la Segunda Guerra Mundial. Ahora, en “Múnich” (Grijalbo, 2018), deja atrás la ucronía y retoma el enfoque de la novela histórica, área en la que se muestra bastante prolífico.

En tiempos de exaltación de la figura de Winston Churchill y de su proverbial papel en la contención del nazismo, en su última novela, nos sorprende Robert Harris con una incursión en la estrategia desarrollada por su antecesor en el cargo de primer ministro británico, Arthur Neville Chamberlain, en el período crítico que precedió al desencadenamiento de la Segunda Guerra Mundial.

La mecha del conflicto bélico está encendida. Pese a los indicios y evidencias de la posición germana, el gobierno británico se muestra convencido de que aún es posible evitar la contienda. La obra narra el proceso de negociación con Hitler impulsado por Chamberlain, al que se suman, más bien como figuras secundarias, Mussolini y Daladier, como representantes de Italia y Francia. “Esta novela es la culminación de mi fascinación por el Tratado de Múnich”, reconoce Robert Harris al inicio del capítulo de agradecimientos.

Para el despliegue de su narración, Harris elige dos protagonistas, uno en cada bando, un funcionario inglés y otro alemán, que coincidieron en su etapa universitaria. Y ese nexo es el que potencialmente estaba llamado a jugar un papel quizás clave en el devenir de los acontecimientos. Para ello es fundamental que los antiguos amigos se reencuentren en la capital bávara en el marco de la cumbre organizada en septiembre de 1938. Buena parte de la novela gira en torno a las vicisitudes y avatares que ambos tienen que afrontar para materializar esa confluencia en un entorno sumamente hostil y complicado.

Quizás el test más claro de la eficacia del impacto de una novela histórica con fines de intriga es si llega a persuadir en algún momento al lector de que puede encontrarse con un final distinto al que conoce. Dada la trascendencia de la catástrofe bélica que en este caso concierne, eso es algo verdaderamente difícil de conseguir. Sin embargo, a tenor del encapsulamiento que se hace del proceso que centra la narración, si bien no se llegue a la sensación descrita, o tal vez sí, si nos sumergimos en la nebulosa de la exposición literaria, sí que se generan dudas respecto a las posibilidades reales de éxito de la estrategia chamberlainiana.

A lo largo de la novela se describe el lado humano de algunos personajes, así como la forma de trabajar y actuar de los gabinetes gubernamentales. Siguiendo el estilo de Harris, el tono es comedido, exento de grandes exageraciones. No faltan los elementos de intriga, aunque no parece que éste sea el lado fuerte de la novela. Teniendo en cuenta la gran cantidad de materia prima que ofrecía la situación, el autor no ha aprovechado totalmente, o no ha querido hacerlo, las oportunidades existentes. De hecho, el ritmo no es vibrante y, al menos desde una percepción subjetiva, no se suscita el efecto de la inclinación a no abandonar la lectura.

Ésta, en cualquier caso, es interesante, en particular porque invita a reflexionar sobre cuestiones trascendentales: ¿Existieron realmente posibilidades de frenar el conflicto bélico? ¿Era la negociación, en aquel contexto, una estrategia acertada? ¿Sirvió para algo o fue contraproducente? ¿Cómo es posible que no se fueran conteniendo, separadamente, los distintos factores que, a la postre, desembocaron en la barbarie?

En una entrevista concedida a Luis Ventoso (diario ABC, 7-10-2018), Harris señala que “Todo el mundo podía echarle la culpa [a Chamberlain] de lo que salió mal. Pero la verdad es que en 1938 tenía muy pocas opciones y probablemente hizo una cosa buena, que fue evitar la guerra en aquel año. Los británicos no estaban preparados… La mayoría de la gente cree que Hitler consiguió lo que quería en Múnich. Pero al final de su vida se arrepentiría de aquello como un gran error, una trampa en la que había caído”.

En la 15ª edición de la Enciclopedia Británica (EB, Micropedia, II) se recoge que “Aunque sus esfuerzos de pacificación fracasaron en la evitación de la guerra, llevó al pueblo británico unido al conflicto. Se dice que también ganó tiempo para el rearme británico, especialmente para el fortalecimiento de la Royal Air Force”. ¿Podría ser que, después de todo, de no haber mediado el Tratado de Múnich, la novela “Patria” no contuviese una ucronía?

Aquella fugaz cumbre, que “comenzó justo antes de la 1:00 PM del 29 de septiembre y duró hasta la 1:30 AM del 30 de septiembre de 1938” (EB, Macropedia, 19), ochenta años después, sigue dando bastante juego.

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